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La dictadura de Messi







La dictadura de Messi











El argentino, a quien Luis Enrique sustituyó en el segundo tiempo pensando en el clásico frente al Real Madrid, se basta para derrotar a un Ajax virginal







Messi tuvo la culpa de que el partido frente al virginal Ajax no fuera más que otra noche de entreguerras a la espera del reto del Bernabéu. El argentino avista el clásico encaramado a un mástil desde donde analiza al rival antes de ejecutarlo.

La Pulga ordena y manda. Juega cuánto y dónde quiere. Pero, mientras no se tuerza esa sonrisa que quedó quebrada en las dos últimas temporadas por la escasa pericia del entrenador de turno y el nulo aprecio mostrado por algunos de los que ocupan la planta noble del Camp Nou, el Barcelona disfrutará de un genio sin igual. Un futbolista que, por sí solo, convierte un equipo notable en excelente, que hace de un buen cuadro una obra de arte. Bendita dictadura, pensó en su día Guardiola. Bendita dictadura, piensa ahora Luis Enrique, a quien toca gestionar dicha realidad sin comprometer su imagen, cuestionada tras vacilar con el cambio de Messi en el partido contra el Eibar. El asturiano, esta vez sí, sustituyó al diez a los 66 minutos con el choque frente al Ajax aparentemente resuelto. Sin preguntas ni señales. Una maniobra con aroma a pacto.

Todos los planetas gravitan como deben alrededor del Rey Sol. A su alrededor, ninguna pieza chirría. Neymar es quien mejor está aprovechando la ventura de un Messi que se ha propuesto reinventar una posición tan legendaria como la de enganche. El brasileño, que ha marcado tantos goles como partidos ha jugado esta temporada con el Barcelona (10), ha ganado músculo y confianza. Alejado de la cal y siempre pendiente del arrebato del argentino, Ney se ha convertido en un martillo pilón. Nadie lo hubiera dicho cuando el curso pasado, un soplido bastaba para sacarle del partido.

Messi escupió el chicle con el que suele comenzar los encuentros, amaneció en el verde, encontró apoyo en Rakitic y Pedro, y echó a correr hacia adelante hasta ver a su izquierda la estilizada figura de Neymar. El brasileño se dispuso entonces a homenajear a Thierry Henry. Nadie dibujó las roscas con el pie derecho como el francés. Neymar clavó el golpeo, y el Ajax, incapaz de respetar su libro de estilo pese a ser un equipo que nunca supo defender, no pudo más que resignarse ante un destino al que sólo discutió con la noche ya cerrada.

No se había alcanzado la media hora cuando Messi dobló la mano del meta Cillessen. Pero, esta vez, quien se disfrazó de artista del Renacimiento fue Iniesta. El manchego, tras tiempos oscuros, volvió por donde solía. No sólo concedió al argentino el gol con una asistencia cruzada que derrumbó la endeble defensa holandesa, sino que supo tomar el gobierno del partido hasta el punto de protagonizar jugadas orgásmicas. En la mejor de ellas, después de sortear a cuantos rivales le salieron al paso por la garganta central, sólo la intervención del portero le dejó sin premio.

El triunfo, zanjado en el tiempo añadido merced a una contra parida por Rafinha y Munir, coronada por Sandro, permitió a Luis Enrique mimar a futbolistas de cara al clásico (Neymar, Messi e Iniesta acudieron rápido al banquillo). Pero también sirvió para que el técnico, además de comprobar la estabilidad que le proporciona Mascherano en el eje, evidenciara que las únicas preocupaciones nacen en la retaguardia, donde Piqué, señalado en el gol crepuscular de El Ghazi, sigue a años luz del central que un día fue.







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