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La increíble historia de Héctor Bracamonte

La increíble historia de Héctor Bracamonte




El delantero, que se fue de Boca en silencio en 2003, se desempeña como jugador y asistente del técnico en Terek Grozini, de la devastada República de la Federaciób Rusa.

Rusia es un país acostumbrado a las explosiones. Tuvo guerras, varias. Entre ellas, unas cuantas en Chechenia. En la década del 90, los enfrentamientos entre las tropas rusas y los rebeldes chechenos -múltiples atentados incluidos- provocaron la total destrucción de Grozni, la capital de esta pequeña república constituyente (parte de la Federación Rusa). Pasó por manos de fuerzas rusas y guerrilleros hasta 1999, cuando fue definitivamente liberada.

Hoy, en Grozni los atentados son cada vez más esporádicos. La ciudad, de unos 215 mil habitantes, está en gran parte reconstruida y hasta se puede ver a los niños correteando a orillas del río Zuñas, postales de la recuperación.

Allí, los hombres pueden casarse con extranjeras, pero las mujeres sólo pueden hacerlo con chechenos. Tiene la mezquita más grande de Europa y un imponente estadio de fútbol, con capacidad para 30 mil espectadores, que fue inaugurado el pasado 11 de mayo, con la presencia estelar de Diego Armando Maradona, entre otras figuras.

El Terek FC hace de local en ese moderno complejo y en este equipo, que disputa la Liga Premier Rusa (primera división), un cordobés pide la pelota y hace los cambios. Con su cabellera descontrolada -al estilo del colombiano Valderrama- y la barba desprolija, como siempre, Héctor Bracamonte, aquel que vistiera la camiseta de Boca entre 1998 y 2003, es actualmente el centrodelantero y asistente técnico del conjunto checheno, tras la rauda salida del ex entrenador, el holandés Ruud Gullit.

"De momento, soy jugador y asesor del técnico (Isa Baitiev). Ni me siento cómodo en ambos puestos -no me parece ético-, ni tengo la preparación para ser DT. Pero el presidente (del club) consideró que me necesitaban y ayudé como pude", dice Bracamonte. El presidente al que se refiere es Ramzan Kadyrov, que, a sus 34 años, también preside la república caucásica.

El clima de guerras y atentados no cambió demasiado la personalidad desfachatada del espigado delantero, oriundo de Río Cuarto, que desembarcó en Chechenia en 2009 y ya se atreve a cosas que los futbolistas nativos jamás intentarían.

"El presidente es todo un personaje. Es un multimillonario muy excéntrico que tiene un zoológico privado y 15 autos de seguridad. Juega picaditos con nosotros y yo lo reviento a patadas. Soy el único que se anima, por supuesto."

Los jugadores del Terek no viven en Grozni, porque aún hoy, con las mejoras, sigue siendo una zona peligrosa. Sin embargo, sí usan la ciudad para concentrarse y hacer de locales.

Braca, como se autodenomina el futbolista de 1,91m y 33 años, vive junto a su esposa y sus dos hijas en Kislovodosk, que queda a 600 km de Grozni y fue hogar de músicos, artistas y miembros de la aristocracia a principios del siglo XX.

"Lo que pude ver es que, a pesar de todo lo sufrido en el pasado, Grozni está creciendo mucho y muy rápido. La gente es muy cálida, a los jugadores nos quieren y admiran. Ellos sienten un enorme orgullo por su tierra, y agradecen que, desde nuestro trabajo, nosotros reivindiquemos a Chechenia".

-¿Cuál es el secreto para adaptarse a Rusia? Muchos se vuelven al año… ¿Volverías a elegir aquel país?

-Secretos no hay, supongo que depende de cada uno. Yo siempre estuve acompañado por mi familia y me puse a estudiar ruso ni bien llegué. Al principio fue un desafío, una aventura. Hoy, si tuviera la posibilidad de elegir, definitivamente volvería a hacerlo por Rusia.

-¿Cómo es un día de tu vida allí? ¿Adaptaste a tu cotidianeidad alguna costumbre rusa después de tantos años?

-Acá hacemos una vida muy tranquila. Me entreno uno o dos turnos y después, a casa, para estar con mi señora y las nenas. Nos juntamos bastante con futbolistas amigos, a jugar al póquer, a comer un asadito, mirar fútbol o simplemente conversar. Mantenemos mucho nuestras costumbres latinas. Eso de juntarse a comer y tocar la guitarra. La música sigue siendo mi gran amor, incondicional. Trato de hacerme un ratito, siempre que puedo, para tocar. Me hace bien, lo necesito".

Lejos del ruido, y a su modo, Bracamonte responde al respecto de dos temas del fútbol argentino que recorrieron las páginas y las pantallas de muchos medios de todo el mundo: el retiro de Martín Palermo y el descenso de River Plate.

"Considero que Palermo es el 9 más grande que dio la Argentina y siempre traté de aprender de su forma de manejarse, dentro y fuera del campo. Yo siempre le agradecí sus enseñanzas."

Cambia de frente y se instala en la otra vereda. Ofrece dos respuestas: una, fiel a su estilo; la otra, acorde a sus pensamientos. "Nadie imaginaba el descenso de River. Para Boca esto no es bueno, porque contaba con cuatro o seis puntos ganados todos los campeonatos, gracias a su rival de siempre. Y ahora, River va a tener un título que Boca no tiene, el del ascenso", bromea.

"Hablando seriamente, es muy feo descender, lo siento por los jugadores y el cuerpo técnico, pero no hay que olvidar que descendieron tres equipos más (Gimnasia de La Plata, Huracán y Quilmes), que también merecen el respeto y la contención que se le está dando a River".

Desde el verano de Grozni, con temperaturas promedio de 25º, sumergido en las múltiples actividades que le demandan su doble función en el Terek, sus pasatiempos y su familia, Bracamonte desnuda sus debilidades cuando confiesa que tiene dos sueños. "Quiero salir campeón en el fútbol argentino y, más adelante, ponerme mi bar, con un escenario, música en vivo y fernet para todos."
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