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Lo siento, pero detesto el boxeo




Como de costumbre los fines de semana, me levanto temprano todas las mañana, le doy un beso y un abrazo a mis hijos y a mi esposo, me aseguro de que no carezcan de nada, me preparo una taza de café y me dedico a leer un poco de lo que ocurrió durante la noche en mi hilo de noticias de Facebook.

Este domingo, lo primero que encontré en la pantalla de mi computadora fue la actualización de estatus de una conocida: "Pacquiao lo mata".

Instantes de lectura como estos son los que más me chocan. Son momentos en los que mi cerebro se colma de ganas de desactivar mi cuenta en Facebook, pues no me hace sentido ni gracia comenzar el día de esta manera tan sanguinaria. No es por casualidad que el verbo matar está casi prohibido en mi casa. Siento inmediatamente el impulso, la necesidad de dejar de consumirlo todo eso, de "apagar la luz" e irme definitivamente. Pero continúo leyendo, a ver qué fue lo que pasó con el famoso púgil filipino Manny Pacquiao.





Les confieso que a veces caigo presa de un nivel de morbo, con tal de estar informada sobre el mundo en el que vivo, pues tampoco es realista hacerme de una cápsula impermeable de contenido exclusivamente positivo y color de rosa. Me someto al morbo que conlleva leer sobre un asesinato u otra desgracia, aunque en la mayoría de las ocasiones siento que este morbo me degrada, me resta humanidad, me hace una peor persona.

"Pacquiao lo mata", volví a leer. Resulta que en el transcurso de la noche anterior, sin yo haberme enterado porque no sigo esas noticias, se presentó una atractiva cartelera de la Organización Mundial de Boxeo en la que Pacquiao estaría luchando estelarmente contra el estadounidense Brandon Ríos para disputarse la faja del campeón peso welter internacional. También me enteré de que la gran expectativa sobre la pelea a nivel de los fanáticos se debía a que habría de verse qué pasaría con el reconocido y talentoso Pacquiao tras el aparatoso nocaut que recibió más recientemente a manos de Juan Manuel Márquez. Recuerdo cómo su foto tras aquel combate, la de su cuerpo inmóvil sobre la lona, dio la vuelta al mundo, objeto de burlas y todo tipo de vejaciones. ¿Saldría esta vez el multimillonario púgil victorioso del cuadrilátero?




Pues sí, esta vez Pacquiao, tal y como leí en otro titular en Facebook logró "acabar" con Ríos, cosa que muchos de los fanáticos del boxeo se saborearon hasta la saciedad.

A medida que voy bajando el cursor de mi pantalla en la computadora puedo conocer más y más de la pelea. Otros medios noticiosos como el periódico El Nuevo Día de Puerto Rico, llenaron a capacidad mi hilo de noticias con una secuencia casi minuto a minuto de los asaltos, los puños, los derechazos, las cortaduras y la sangre que brotó del cuerpo de los boxeadores.


"Séptimo asalto: Brandon Ríos sangra por fuera del ojo izquierdo; el derecho está inflamado. Manny Pacquiao dominando en el séptimo", dice una actualización de estatus del periódico. Y mi cerebro sólo capta la cruda imagen del chorro que le nubla la vista al boxeador. Es demasiado para mi estómago.


Por eso, y con respeto a los boxeadores, yo detesto el boxeo. Es una cuestión de principios para mí, que siempre he tenido una posición fija y no negociable de antiviolencia, de cualquier tipo y manifestación. Mi aversión al boxeo es inquebrantable pero quizás se me exacerba por culpa de tanta sobresaturación informativa.

Y solo se profundiza mi repulsión a este deporte cuando veo a tantos de mis conocidos entrar en una total contradicción de filosofías e ideologías y cátedras de vida mediante su disfrute de un deporte cuyo fin, en mi opinión, es esencialmente aniquilar a otro ser humano. Ya quisiera yo que alguien me explicara y me convenciera de que no es así.

Sigo leyendo mi hilo de noticias y veo que tengo entre mis contactos a la activista que lucha diariamente contra la violencia de género y sin embargo, escribe y recuenta puño tras puño que dio Pacquiao a Ríos. Veo como el amigo que se dice pacifista o el amigo budista y la amiga cristiana glorifican que un boxeador caiga a la lona hecho leña caída y no se levante por lo malherido que está su cuerpo. Tengo al activista por la igualdad de derechos que sin embargo escribe un "dale más duro, acábalo, acábalo". ¿Acaso es que se puede creer en los principios del amor al prójimo, al respeto, a la igualdad y gozarse tan apasionadamente ver a dos seres humanos agrediéndose de esa manera en un ring de boxeo? Si se puede, yo creo que no me he enterado todavía. Quizás estas personas pueden separar una cosa de la otra, pudiendo así creer en la nobleza del deporte y a la vez en el no agredir a otro ser humano. Pero yo confieso que no logro conciliar ambas ideas.





Como también me cuesta entender cómo es que esa noche seguro que hubo padres y madres que compraron la pelea en Pay-Per-View, prepararon el plato hondo de palomitas de maíz, abrieron las latas de cervezas y se sentaron con su familia --y con sus hijos pequeños-- a ver cómodamente la transmisión en casa. No sé si en el calor del momento habrán recordado enseñar y educar a sus hijos en los valores de la no-violencia y decir: "Esos puños NO se dan en el patio del colegio". ¿Podrán entender los chiquitos de edad escolar lo que quiere decir papá cuando emocionado se le salió un grito de "toma, toma, dale duro" o de la risa de mamá cuando el boxeador que va perdiendo luce amoratado y la sangre le va bajando ya por la mejilla? ¿Habrá papá y mamá recordado decir --con verdadera autoridad moral-- eso NO SE HACE? He visto padres y madres agonizando en la escuela porque sus hijos le cayeron a puños a un compañero y me he preguntado si son fanáticos de la lucha libre o el boxeo.

Lo curioso es que puedo llegar a reconocer el enorme mérito del boxeador que logra asumir su disciplina y el gran esfuerzo que se requiere de él para lograr el nivel de condición física que necesita un boxeador. Son horas interminables de entrenamiento que tienen un indudable valor. Puedo admirar el nivel de fortaleza y resistencia de Manny Pacquiao, Tito Trinidad en su época como gloria puertorriqueña, Oscar de la Hoya y tantos otros campeones contemporáneos. Puedo comprender el carácter histórico del deporte a nivel mundial por figuras legendarias como Muhammad Ali, Roberto "mano de piedra" Durán, Sugar Ray Leonard y hasta Mike Tyson. ¿Pero no debe ser el deporte, al menos filosóficamente, la práctica de una disciplina en aras de rendir culto al ser humano, a sus talentos innatos y la maximización absoluta de su potencial físico para el beneficio de la humanidad y la gloria histórica? Es aquí donde los caminos del boxeo y el bienestar de la humanidad se me bifurcan y no encuentro cómo volverlos a unir por causa de sus puños.

Todas estas cosas y algunas otras más me las pregunto cada vez que veo las noticias sobre una pelea de boxeo. Y estoy llegando al punto de que me gustaría hablar personalmente con un boxeador --pues no conozco a ninguno-- a ver si me ayudan a entender su deporte, su disciplina, su profesión. Estoy dispuesta a considerar que ellos pueden saber algo del propósito de la vida que a mí sencillamente me elude. Estoy segura de que mucha gente está en total desacuerdo conmigo y los respeto y estoy dispuesta a aceptarlo.

Pero, si me preguntan a mí, por estas razones yo detesto el boxeo.


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