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Messi nunca será ídolo en Argentina




“Lo que se dice un ídolo” es un cuento muy corto y conciso, no aborda explícitamente la filosofía del problema (cosa que muchos otros de este autor sí hacen), más bien plantea el hecho controversial y lo deja flotando en el eter para que el lector elabore al respecto. Pero tira algunas puntas para ordenar esa reflexión. Por empezar, es claro (como también ocurre en casi todos los cuentos del Negro) que la historia transcurre en Argentina y que la conducta del hincha de fútbol no está desvinculada de la idiosincracia general del argentino. En segundo lugar, no hay que bucear demasiado para pensar en numerosos ejemplos de Pedros y anti-Pedros en el fútbol local, del cual Fontanarrosa era un fanático empedernido. Por último, el cuento está redactado en forma de diálogo pero sin intervenciones de uno de los dos interlocutores. Es decir, el cuento le habla a alguien. No parece demasiado ambicioso imaginar que el autor le habla al lector, que lo sienta en una silla y lo pone en el lugar de receptor en un diálogo en el que uno está obligado a tomar partido. Pero el autor también se habla a sí mismo, ya que él también es parte del colectivo que identifica como su receptor, los “monos en la tribuna”, siendo él también espectador de fútbol. En otras palabras, es un cuento sobre la Argentina, escrito por y para argentinos.




Es cierto que no todos los ídolos argentinos encajan en el molde de Pedro o en su antinomia. Pero es igualmente cierto que la amplia mayoría sí lo hace en esta última. Los ídolos argentinos suelen ser imperfectos: contradictorios, volubles, soberbios, infantiles, caprichosos, profundamente egoístas, tribuneros. No hay mejor ejemplo que “el” ídolo, Diego Maradona. Pero una lista completa debería incluir también a Charly García, Guillermo Vilas, Juan Román Riquelme y otros tantos. El argentino no suele desarrollar idolatría hacia seres que no expresen abiertamente sus imperfecciones y contradicciones. Los tipos correctos nos parecen serviles, los profesionales nos aburren. Somos capaces de aceptar su grandeza, no de reverenciarla. Maradona es recordado por sus goles a Inglaterra en cuartos de final de un Mundial que luego ganamos, tanto como por chicanear a Pelé en televisión, por tomar merca en el medio de un amistoso internacional o por participar en la intoxicación de un jugador rival con el famoso bidón de Galíndez. Un poco más incómodo (pero no por eso menos frecuente) es invocar su ferviente apoyo a Menem, la campaña de “Sol sin drogas” en la que participó cuando todavía era adicto o su desastrosa performance como técnico de la selección. Sin embargo, ninguna de esas cosas disminuye la pasión maradoniana en Argentina y no sería exagerado decir que hasta la potencian.



Messi nunca va a poder estar en esa lista. Messi es demasiado Pedro. Quizás haya sido el problema hormonal que vivió de chico, que lo volvió excesivamente tímido e introvertido. Quizás sus padres se hayan esmerado demasiado a la hora de inculcarle valores de humildad y sensatez. Quizás sea un poco tonto y no haya descubierto aún los placeres del mundo de los excesos. Sí, debe ser eso, Messi es un poco tonto. Es buen tipo y, fundamentalmente, es algo tonto. No le gusta dar entrevistas y no se esfuerza en disimular su incomodidad frente a las cámaras. No le interesa competir con Cristiano Ronaldo, a quien derrota semana a semana. No le interesa ganarle a sus compañeros de equipo en los premios internacionales, de hecho, hasta se pone contento cuando gana otro. Se pone contento como solo un tonto es capaz. Los tipos vivos como Maradona y Vilas jamás se pusieron contentos cuando perdieron. Messi está lleno de oro, pero se compró una casa con relativamente poco lujo. Es una casa de ricos, sí, pero no de oligarcas. La pileta la tiene que compartir con docenas de otras personas. Cosa de tontos.




Pero lo peor que tiene Messi, lo que más lo aleja de la lista de ídolos, es que Messi no tiene enemigos públicos. Messi no odia a nadie, al menos no que sepamos. Nunca habló mal de sus compañeros, ni de sus entrenadores, ni de sus rivales, ni de la AFA, ni del gobierno, ni del FMI, ni de la FIFA, ni de Lanata, ni de nadie. Vilas ventilaba sus internas con Clerc en cada partido; los conflictos entre Riquelme y Palermo fueron tapa de suplementos deportivos durante años; sobre las campañas quijotescas de Maradona contra los males del mundo mejor no comentar para no aburrir al lector con un listado interminable de causas heroicas. Pero Messi, no. Nada. Él no es un héroe militante de ninguna causa. Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que Messi odia, si es que odia algo. El hincha de Messi no tiene nemesis, no tiene un rival contra el que polarizar, de manera que se queda sin folklore, sin la posibilidad de dedicarle cánticos al contrincante. Por eso todavía hay pocos hinchas de Messi en Argentina; el argentino es más hincha del folklore que de su figura. El argentino, al fin y al cabo, es hincha de sí mismo.

¿Se revertirá algún día la tendencia? ¿Los argentinos podrán tratar a Messi como a un ídolo? Los números del pibe son imponentes, a tal punto de que es imposible negar que es el mejor jugador del mundo y cada vez se hace más difícil argumentar que no es el mejor de la historia. Si la selección argentina tiene alguna esperanza en el Mundial 2014, es pura y exclusivamente gracias a él. Pero él sigue ahí, tan Pedro, tan tonto, que todavía son mayoría los que no ven en él un ídolo.


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