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Nostálgicos de la pobreza

Cada vez mayor número de amantes del fútbol en Gran Bretaña se arrojan en brazos de la melancolía. Allí existe todo un pujante subgénero literario de libros elegíacos sobre viejos estadios desaparecidos, clubes históricos venidos a muchísimo menos, gloriosas camisetas abandonadas y nostalgias del barro (de los baños de barro o chocolatadas en partidos invernales). Allí hay dos clases de aficionados: los que piensan que el fútbol acabó para siempre en 1992, año de la creación de la lujosa Premier inglesa, sustituido, el deporte, por una especie de ballet de 'primadonnas', y los que creen que es posible -solo es posible- que esa modalidad deportiva haya seguido existiendo. El primer grupo es progresivamente más numeroso. Hay rastreadores profesionales de fantasmas futbolísticos que se dedican a fotografiar el punto exacto donde animaban ellos en otra época, en un campo con gradas de chapa corrugada hace ya mucho arrasado por las bolas de demolición, cuando aún no existía la urbanización de adosados o un edificio de oficinas encima. La sensación de pérdida («era una mierda de estadio que se caía, pero era el nuestro») es tan intensa que hasta hay una clase de literatura futbolística dedicada a echar de menos la violencia 'hooligan'. Ah, los buenos viejos tiempos de las batallas campales.


Por eso la noticia de que un club de fútbol de Londres que no está en sus mejores años, el West Ham United, haya decidido cambiar su escudo (curiosamente, fusilando el diseño que tenía en los años 60) para darse a conocer en el extranjero es en Inglaterra un grave asunto, prácticamente de Estado. El escudo, en los últimos decenios, tenía un castillo con cruces cristianas y dos martillos, en referencia a los inicios del club, vinculados a la industria metalúrgica. La eliminación del castillo y las cruces, que acompañará al derribo del campo donde el West Ham ha jugado durante 110 años, ha dividido a los ciudadanos. El West Ham quiere ser como los grandes de Londres, el Chelsea, el Arsenal, o, como poco, el Tottenham. Para ello, se traslada desde el inconfundible campo de sueños donde la gente se encaramaba a las torres de iluminación para ver los partidos, 'Boleyn ground', un sitio que se cree hechizado (en su solar se piensa que vivió la desdichada Ana Bolena o Anne Boleyn), a otro más de esos asépticos estadios como platillos volantes que, repartidos por todo el planeta, parecen todos franquiciados del mismo despacho de diseñadores, sin ningún rasgo identitario. El nuevo escudo de esa afición que canta el himno más encantadoramente soñador que existe, 'yo estoy siempre soplando pompas/ bonitas pompas en el aire...', se ha simplificado por lo mismo que el Real Madrid eliminó, en países musulmanes, la cruz de su corona: para que un chino, un afgano o un esquimal no tengan problemas en comprar la camiseta.






Con ese mismo propósito fue cambiado recientemente el escudo del Cardiff City, poniendo el dragón rojo de la bandera galesa porque a sus nuevos propietarios malayos les parecía que eso del dragón tenía mercado en Asia. No es seguro que con esos cambios de marketing el West Ham se haga más popular fuera de Inglaterra: el también londinense Fulham diseñó hace tiempo un nuevo escudo minimalista y adquirió como himno multicultural el inefable 'Que viva España' (ligeramente modificado a 'Que viva el Fulham'), pero no hay noticia de que los seguidores de Manolo Escobar se hayan hecho nuevos fanáticos del club.





olimpico de londres


Pero, mientras los equipos británicos medianos tratan de aumentar ingresos fuera de las islas, en el este de Londres cierta amargura queda. Al final, la polémica sobre el escudo del West Ham quedará en nada, aún siendo importante en el país que más importancia da a la conservación de las tradiciones, por anacrónicas que sean. En realidad, las tradiciones no cuenta casi nada ya, ni siquiera en Inglaterra. Todos los escudos de los clubes ingleses se han modificado bastantes veces, a través del tiempo. Ni los lemas en latín han respetado. Ningún equipo grande juega ya en el viejo campo en que lo hacía. No ya los propietarios de los clubes, ahora multimillonarios de dudosa catadura: ni la afición ya es parecida a la que era. Pero, como respuesta a eso, en las islas crece y crece cada vez más la nostalgia del fútbol anterior al año de desgracia de Nuestro Señor de 1992. Cada vez hay más rastreadores de fantasmas que hacen fotos en los viejos solares de campos hoy comidos por los helechos, que echan de menos el tiempo en que el fútbol movía poco dinero.
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