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Osvaldo y Desábato: quien fue el mala leche?

El difuso límite de la picardía


Cuál es la línea entre la chicana y la ofensa lisa y llana? ¿Dónde está pintada la frontera entre el folclore y la barbaridad disfrazada de picardía criolla?
Durante las últimas horas, se habló mucho del episodio que enfrentó a Osvaldo con Desábato. Y muchas de las voces que se escucharon -el Coco Basile es tal vez la más resonante-, detrás del políticamente correcto “ninguno de los dos tiene razón”, condenaron al delantero que exhibió el pasto antes que al provocador. Una verdadera afrenta para los hombres “de códigos”.
A ver: de ninguna manera está justificada la reacción de Osvaldo, pero antes hay una acción, una búsqueda dirigida con premeditación hacia el personaje del que más rédito podía sacar Estudiantes. No hay micrófonos en la cancha para saber hasta dónde llegaron uno y otros, pero aun si fueran ciertas todas las afirmaciones, no es lo mismo tratar de burro a un rival o enrostrar el grosor de la billetera propia -aunque sea de muy mal gusto- que meterse con la mujer del otro. O decirle “borracho” a Ortega o “negro” al brasileño Grafite, como ha hecho Desábato.
A Osvaldo fueron a buscarlo -Arruabarrena lo suponía y se lo advirtió- como tantas veces, no en todas las épocas, los jugadores de Estudiantes se especializaron en hacer calentar hasta a los muertos (a falta de medios o redes sociales, en los 60/70 hacían una impresionante logística previa buscando el Aquiles). Le hablaron y le pegaron. ¿Es peor mostrar pasto que un golpe a escondidas en las costillas? El codazo de Damonte que no vio Abal sólo buscaba lastimar. Ni chicana, ni picardía, ni guapeza. Y acá va el calificativo tan temido por los protagonistas: ¿no es eso mala leche?






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