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Partidazos del recuerdo: Boca 4 - Independiente 5



Este no fue un partido del fútbol argentino reciente, de esos tantos que duermen hasta a las ovejas y llevan a más de uno a replantearse si vale la pena gastar la tarde de un domingo en ir a la cancha o sentarse frente al televisor. Este no fue el Boca campeón, el de la defensa inexpugnable y los partidos manejados con rienda corta. Este no fue el Independiente que no podía con su alma, que estaba mudo de gol y anoche de desgañitó hasta perder la voz de tanto festejo. Este no fue el encuentro tantas veces repetido en los últimos tiempos en los que los arqueros son figuras y determinan que la eficacia sea baja. El pibe Rodríguez y el experimentado Orion no atajaron una, les tocó el papel de villanos en una película que tuvo por héroes al que se dedicó a jugar (Riquelme) y al que desplegó el instinto de goleador que tenía algo adormecido (Farías).

Para fortuna del espectáculo, el clásico escapó de todos los tópicos que vienen saturando la competencia doméstica. También estuvo divorciado de lo que era la actualidad de ambos equipos. Para pesar de Boca, que aún en la derrota y en la claudicación del invicto de 33 cotejos de torneos locales, fue digno. Para satisfacción de Independiente, que en buena parte del segundo tiempo perdía igual que en las cuatro fechas anteriores, pero que en el epílogo menos pensado ganó con una grandeza desconocida.



Este clásico inolvidable nació con un gol (a los 37 segundos, el del juvenil Vidal) y se extinguió de la misma manera, en el cuarto minuto de descuento, con la agónica definición de Farías. Entre ambos extremos, un desarrollado endemoniado, cambiante, lleno de señuelos que llevaban a pistas equivocadas. Porque no se había cumplido un cuarto de hora y parecía que Boca no iba a tener muchas posibilidades con esta formación mixta, en la que descansaron varios titulares y la estructura era bastante más endeble de lo acostumbrado. No tanto por la defensa, sino porque Orion siempre estaba mal ubicado y el medio campo extrañaba a Somoza, siempre dominante en el quite y para sacar la pelota desde campo propio. Esas responsabilidades exceden las condiciones del voluntarioso Erbes.

Continuemos con las falsas sensaciones que iban surgiendo. Independiente empezó como si con la renuncia de Ramón Díaz se hubieran ido también la languidez y el desconcierto. Y en casi todo el segundo tiempo volvía a ser ese equipo que se queda sin respuestas y poco aire. En dos oportunidades, Independiente estuvo en ventaja por dos goles (2-0 y 3-1), y a un cuarto de hora del final se veía arrastrado a un derrota 4-3 por la lección futbolística que estaba dando Riquelme y el empuje del resto, que ponía el cuerpo con bravura. Boca se resistía a entregar el invicto y daba muestras de que la derrota del miércoles contra Fluminense no le había quitado la confianza en las propias fuerzas, más allá de que debía adaptarse a un partido que no se regía por el libreto de la solidez y contundencia que aplicó a rajatabla en el Apertura que lo consagró como un rotundo campeón.




Obviamente, hubo errores y fallas, que en vez de estropear el partido lo llenaron de emociones. Christian Díaz queda como el técnico interino que encontró la fórmula, y sin embago algunas de sus decisiones son muy discutibles y el partido no le dio la razón. Como la de elegir al arquero juvenil Rodríguez por encima de Navarro y Gabbarini (Assmann se recupera de una operación). Osmar Ferreyra fue muy importante con la pelota detenida, ya que hizo un gol de tiro libre (Orion fue y vino para no llegar a ningún lado) y ejecutó los tiros libres en dos de los goles de Farías, pero no pudo disimular que no es lateral; por su sector, Gaona Lugo llegó varias veces al fondo y si Independiente no lo pagó más caro fue porque el delantero paraguayo siempre tiró centros pasados y sin destinatarios.

El fútbol es travieso. Independiente disfrutó en la Bombonera de Farías, al que Ramón Díaz pidió hasta el hartazgo sin que pudiera durar algo más en el cargo gracias a los goles del Tecla.



Ayer se destapó Farías, mientras a Silva se le alarga la sequía. Al uruguayo le pasó de todo un poco: a veces no lo buscaron bien, en otras no le quedó la pelota, en una tuvo mala suerte (cabezazo en el palo que aprovechó Roncaglia para el 3-3) y tuvo la ocasión para el 5-4 que en la jugada siguiente fue para Farías e Independiente.

De la mano de Riquelme, que ya había estado participativo en el primer tiempo, Boca mejoró en el segundo con el ingreso de Chávez y la ubicación en el lateral izquierdo de Sánchez Miño, que sorprendió con sus proyecciones más que cuando se movió como volante.



Independiente, replegado y cansado, parecía firmar la capitulación en esos dos minutos en los que Milito (firme en el quite y los cierres) salía lesionado y su reemplazante, Galeano, cometía el error que propició el fulminante contraataque entre Riquelme, Sánchez Miño y el cabezazo de Ledesma para el 4-3. La Bombonera estallaba.

Era una resurrección gloriosa de Boca. El que iba a la tumba, Independiente, sin avisar se levantó y volvió a romper los moldes. Schiavi, más cansado que un maratonista, calculó mal en un cruce y le dejó el camino despejado a Farías para que tocara por encima de la salida de Orion y el clásico fuera vibrante e imprevisible hasta el último suspiro. Al Clausura le quedan 14 fechas, pero ya tiene la mejor carátula posible para venderse como espectáculo.




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