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Perdón, Rojo





Puro corazón, Marcos volvió a ser una de las figuras de la Selección Argentina: ante Suiza hasta acertó en el foul de amarilla que lo dejó fuera de los cuartos de final. Después de las críticas que sufrió en la previa del Mundial, ¿se viene la bandera reivindicatoria?

Por entender los momentos y las necesidades de un partido. Por una especie de inconsciencia que lo hace el más consciente. Por ir al frente sin miramientos. Por suplir con fuerza de voluntad y cabeza ciertas deficiencias de fábrica. Por la rabona en el Maracaná -desconcepto en el fondo por el lugar que la tiró y para dónde la tiró- que hasta se hizo canción. Por entender que a Irán había que atacarlo cuando la mayoría era horizontal. Por el rodillazo a Nigeria hecho gol. Por el señor partido que jugó ayer frente a Suiza, hasta que un calambre lo sacó de la cancha y generó ese aplauso genuino. Y por todo eso, esto: la crónica de un relato no anunciado.

Medias bajas a lo Thomas Müller en el epílogo con Argelia, Marcos Rojo se reencarnó en absoluta revelación cuando el Mago Garré del 86 era su fantasma. “Yo sé lo que soy”, fue su mayor defensa en el peor momento de un luchador que se embarró las patas, la peleó desde que iba en bicicleta a los entrenamientos de Estudiantes en City Bell y tuvo su primer auto porque se lo regaló el Chapu Braña.

Con Suiza, en este drama interminable, hasta acertó en ese foul de amarilla que lo deja afuera de los cuartos de final. Porque recibió la tarjeta por cortar una contra rival cuando los cuartos, justamente, eran una incógnita nacional. “Rojo, un jugador que era muy criticado, hizo un gran partido nuevamente”, fue la caricia de Sabella cuando la pregunta iba por otro costado. “Soy un defensor de Rojo”, ya había dicho el entrenador que lo dirigió desde poco tiempo después de su debut en la Primera de Estudiantes, y ahora vive este enrojecimiento como un absoluto triunfo personal. Por eso la frase anterior y el “nuevamente” como agregado. Es más, en el cuerpo técnico de la Selección consideran que Marcos -zaguero de fábrica y zaguero en el Sporting de Lisboa por si alguno se olvidó- será el mejor lateral izquierdo de la Copa del Mundo en la tierra de Roberto Carlos y otros nenes que algo jugaron en esa posición.

Para su madre Carina -otra luchadora de una familia humilde- es “un bendecido” y le cuenta a quien quiera escucharla que desde que su nene se fue de La Plata, Estudiantes no ganó ningún título. Es más, la señora asegura que le dijo a su héroe que va a ser campeón del mundo. Y Marcos va: anticipa, mete la pata como la meterías vos, Shaqiri ni encara por su sector, pasa al ataque y tira centros razonables, sus compañeros -los que al principio no le daban mucho la pelota- ahora lo buscan con más frecuencia, mete un cierre justo ante Drmic, se anima y mete un fierrazo al arco que provoca un uuuhhh.

Hay banderas y banderas en un Mundial. También momentos. Se reproducen instantáneas. Crecen supuestos enanos. Y Rojito juega para que lo pongan en un marco. Y para que le llegue el perdón.

SAN PABLO (ENVIADO).
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