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¿Por qué Colombia perdió con Brasil?

Pasada la agitación del mundial, del que coincido con quienes lo han sentido como el mejor de la historia, viene el momento de hacer reflexiones de todo tipo. Y si bien el mundial ya es historia, puntualizar algunos aspectos sobre lo que hicimos como equipo, sobre nuestras virtudes, pero por encima de todo sobre nuestras flaquezas no deja de ser valioso y en mi humilde opinión necesario pensando en el futuro. Y por favor no se entienda que mi propósito es la crítica destructiva. Remitirme a los puntos en los que el rendimiento aún puede ser más alto, se debe a creer que desde las flaquezas es más fácil limar imperfecciones y llevar el equipo a punto.

Decir que se falló es disonante cuando los logros alcanzados fueron inéditos. Pero cuando el fútbol expuesto a lo largo de la Copa otorgaba la ilusión del lugar más alto del podio, o por lo menos uno más alto del que alcanzamos, es inevitable revisar por qué un equipo con muchísimo menos fútbol que Colombia nos eliminó, aunque haya sido justicieramente.

Primero, y al margen de cualquier planificación, el gol de camerino reformula el partido. Tanto como me lamento por el gol de Yepes (no sé si fue), no dejo de imaginar qué habría pasado si en la jugada del primer gol de Brasil, Carlos Sánchez no hubiese perdido la marca de Thiago Silva. Fue una desconcentración, un lapso infinitesimal en el que desembocaron la historia del rival, su localía y la intensidad de los primeros minutos. Todas las limitaciones que había exhibido Brasil para buscar un partido, simplemente se omitieron porque ya no tenían esa obligación.



El gol llenó de aire la camiseta de Brasil que empezó a imprimir temperamento al partido, no sin injerencia de un juez que dejó de pitar muchas faltas. Y vuelvo a la palabra "injerencia" porque no podemos culpar totalmente al juez por la derrota. A Alemania le habrían podido anular el quinto gol por fuera de lugar, y sin embargo no habría importado porque ellos hicieron la tarea de ir al frente y marcar goles, Colombia no. Nunca asimiló lo que significaba estar por debajo del marcador, cosa que hasta el momento no había ocurrido, y menos cuando David Luiz marcó un gol de otro partido.

Con jugadores corpulentos Brasil embestía, sin ideas, sin talento, pero embestía. Colombia no atinaba a encontrar el planteamiento que permitiera contrarrestar un rival físicamente diligente y arriba en el marcador. En ese sentido, los cuatro primeros partidos de Colombia pudieron haber jugado en contra. Grecia, Costa de Marfil, Japón y Uruguay esperaron. Nunca fueron a presionar a Colombia desde su salida, situación que le brindaba a nuestro sistema defensivo la tranquilidad de salir jugando. Cuando Brasil nos presiona desde nuestro primer cuarto de cancha, nos encontramos con una situación que estando empatado el partido podría solventarse rechazando el balón, pero que con el marcador abajo implicaba sapiencia para administrarlo.

Brasil cometió el mismo error de Colombia ante Grecia, Costa de Marfil y Uruguay: entregar la pelota. El frenetismo de los últimos 20 minutos del partido no se debe a que Colombia haya tomado las riendas, si no a que Brasil decidió esperar, tomó la decisión de encerrarse y acumular hombres para sostener el resultado. Claramente ningún equipo puede sostener la presión sobre la salida de su rival los 90 minutos, pero cuando el rival está desorientado y además el marcador favorece, las líneas no tienen porqué echarse para atrás. Si la línea atacante permanece en el último cuarto de cancha, su presión en la salida del rival es físicamente menos demandante porque los delanteros ya están incrustados en la defensa. No es necesario recorrer largas distancias.

Esa fue una de las claves de Alemania. Entender que la superioridad no es abstracta ni histórica, si no que se debe ejecutar, y se ejecuta con el dominio total del balón, haciendo 50 goles si el rival lo permite y poblando todo el campo los 90 minutos como señal de autoridad, de que no hay porqué retroceder las líneas si el rival es inferior.

Brasil ganó con justicia porque ejecutó con eficacia un plan basado en las fortalezas de Colombia. Entendió que la salida de Armero y Zúñiga era una de nuestras armas; copó el medio campo con cuatro volantes y dos delanteros, lo que ocasionó que Colombia sólo pudiera atacar por intervenciones individuales de James y Cuadrado; salieron a ganar de camiseta, a pasarle su historia por encima a una Colombia que de haber aguantado el envión cinco minutos más, seguramente habría salido airosa y sin modestia lo diré, con creces.

Subrayar los errores de esta Selección es un trabajo arduo. Después de Alemania, Colombia en mi concepto tuvo el mejor funcionamiento como equipo durante el campeonato, sustentado por una calidad de jugadores asombrosa. A esto sumo un equipo con corazón. Una Selección que sin contar con su estrella más refulgente fue solidaria, aplicada. Con dos volantes externos sensacionales, un arquero seguro y un capitán que terminó siendo el latido, la fuerza anímica de un grupo que de mantenerse, ojalá con el mismo cuerpo técnico, puede aspirar a mayores cosas para el futuro.

Entiendo que pensar en lo que habría pasado si, es una labor inútil y que en nada aporta a una historia ya escrita. Lo hago sin embargo, con la firme seguridad de que este equipo se presta para hacerlo. Pensar en logros muy altos ha dejado de ser una utopía, más que por nuestro fútbol, por una mentalidad ganadora que ha equiparado el talento del que dispone. Con una generación en la que el 95% de su plantel puede estar en Rusia 2018, tenemos el derecho y el equipo de esperar los lugares más altos.

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