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¿Quién es mejor: Messi o Maradona?

¿Quién es mejor: Messi o Maradona?

Eduardo de Banfield prefiere a Diego porque está en contra de la tecnología. Una historia de rebeldía.


La eterna competencia entre Messi y Maradona y un nuevo capítulo para debatir.

Incluso en 2001, unos meses antes de que estallara la crisis, a Eduardo le habían ofrecido poner un cyber en el centro de Banfield. Tenía unos dólares que había heredado tras la muerte de su tía abuela que no tenía hijos y los tenía en una valija porque no confiaba en ningún otro sistema que no fueran sus ojos. Fue su primo Víctor el que entró a su casa en un atardecer con un Gancia y una sprite y un limón y le dijo la idea. Pero Eduardo fue tajante en su negación: “¿No te das cuenta que eso de la internet que andan vendiendo por ahí es solamente una moda más?

Eduardo, que ahora es más grande, divide al mundo en tres posiciones: los que lo consideran un genio, los que lo consideran un raro y los que lo consideran un boludo. El mundo, en su caso, serán unas 32 personas que lo conocen y -nada menor- lo recuerdan. Pero qué importa el tamaño si, en definitiva, sólo existe lo que uno sabe que existe y el resto, sinceramente, son extras.

Carmen, su mujer, está convencida de que es un poco las tres cosas, pero la verdad es que, después de treinta y dos años de dormir escuchando ese horrible ruido que le sale de su fosa nasal izquierda, le da lo mismo todo lo que él haga o deje de hacer. Aunque lo que es seguro es que no puede decir que esto no venía con el paquete que eligió como marido: desde siempre, Eduardo tuvo esa ideología que como toda filosofía que se siente se vuelve política.

La postura de Eduardo podría resumirse de esta manera: se niega a pagar mensualmente cualquier servicio que no responda a necesidades básicas. Claro que, como él no es en sí mismo un centro de estudios y de estadísticas oficiales, su concepción de las necesidades básicas es particular, aunque no por eso menos válida. La luz, el gas, el agua, los alimentos, la vestimenta -hasta que se rompe-, los medicamentos que no otorga el Estado, los impuestos municipales, el diario, el teléfono -por las dudas- los descuentos de ganancias y la cuota de socio de Banfield -que él considera un impuesto municipal- están dentro de su parámetro. El resto no le importa si sirve o no: él no lo consume.

Por eso, cuando una mañana de octubre de 1983 fue a comprar el diario y se enteró de la existencia de una empresa llamada Cablevisión que emitía televisión por cable -de forma privada- le anunció a Carmen: “Te lo aviso para que lo sepas desde ahora: el día en que vos quieras poner esta mierda que están vendiendo lo vas a hacer agarrando tus valijas y yéndote a vivir a otra casa porque acá nunca jamás pondremos eso. Acá sólo se verá la televisión por aire”.


Toda crítica guarda una ilusión entre sus piernas. Y así fue que, sentado en una reposera en ese patio de su casa de Banfield, puso la radio y escuchó un programa que invitaba a los oyentes a llamar por teléfono y a contestar a quién preferían: ¿Maradona o Messi?

Quién sabe qué sintió Albert Einstein las milésimas previas a descubrir la teoría de la relatividad, pero a él le temblaron las piernas. Sentía que ese era el momento. Esa voz, la del conductor del programa, lo invitaba, hasta quizás sabiendo que él podía estar ahí, a hacer pública su militancia de años y de años. El gugul, el iutub, el feisbuc, el tuiter, el fivertel, el güifi, el h b o y toda esa mierda que le habían querido vender con carteles en la calle, de una vez por todas, iban a escucharlo bien clarito. Agarró el tubo, se lo clavó en la oreja y marcó sin parar, aunque diera ocupado, volviéndolo a intentar, una vez, otra vez y otra vez hasta que la voz de un pibito joven, quizás de unos veinte años ponele, le apareció del otro lado y le dijo: “Ya te ponemos en línea”.

Sentía una adrenalina infernal en esos segundos en que el conductor le dijo sí, qué tal, cómo te llamás, de dónde sos y toda esa pantomima. Esperó a que llegara el turno de la pregunta y cuando escuchó si Maradona o Messi se lanzó:

“Mirá, yo al Diego lo pude ver en el '86 por la televisión porque en esa época no había que pagar. En el metropolitano del 81, lamentablemente ni Banfield, ni Temperley, ni Lanús, ni Quilmes estaban en Primera y encima Racing hacía algunos partidos de local en el Monumental. Pero el 5 de abril de ese año, me fui con mi amigo Coco, con el que fui al secundario, a verlo a la cancha de Independiente. Diego la rompió: ganó Boca 2-0 y él hizo el primero. Después volví a verlo, pero él, como yo, ya era más viejo y no era el mismo. Con esto, lo que yo quiero decirte es que a Diego lo vi y vi cómo la rompía. Yo prefiero a Diego porque yo en mi casa no tengo cable y del Messi del que todos hablan no tengo la menor idea porque cada vez que viene a jugar con Argentina, por favor, nadie puede decir que es mejor que el Diego. Eso de Messi y del Barcelona del que todos hablan para mí no existe. No es real. Y acá en el fútbol argentino no jugó. Con la Selección lo veo porque lo da la tele de aire, pero a veces es apenas un jugador más”.

El conductor, que ni sabía qué decir y que, de alguna manera, pensaba que era un boludo el viejo que llamaba, cometió un error y repreguntó, construyendo un monumento a los asistidores que dejan la pelota picando: “¿Y nunca lo vio por internet?”.

Ahí, frente a la República Argentina, casi considerándose en cadena nacional, Eduardo de Banfield tuvo el momento que tanto esperaba desde ese 2001 antes de la crisis.

En los veinticinco segundos que salió al aire mencionó al Pentagono, a Bin Laden, a Fidel Castro, a los dos Bush, a Julio Argentino Roca, a Jesús y a su amigo Coco. Cuando estaba terminando de decir, por cuarta vez, la palabra mierda, un productor decidió sacarlo del aire y una locutora empezó a contar cómo estaría el clima el fin de semana.
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