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René Houseman: Mi adicción al alcohol

René Houseman: Mi adicción al alcohol



No me costó dejar de tomar porque tuve los huevos para superar el alcoholismo. Hoy tengo 57 años y hace ya veintiuno que no bebo gracias a la ayuda de mi familia y de mis amigos con los que jugaba al truco. Con los muchachos apostábamos por una vuelta de tragos. Todavía juego, yen mi etapa de recuperación ninguno me jodía ni me insinuaba para que tomara alcohol, lo que fue una mano muy importante para mí. Ahora juego y tomo gaseosa, y si estoy en un asado y no hay otra cosa, directamente me sirvo agua.

Empecé a beber a los 19 años, aunque en los comienzos no estaba ni cerca de lo que llegué a tomar en la última época. Como digo, nunca volví a tomar alcohol, salvo una vez en que los muchachos del club me hicieron una broma: vinieron a cortar el césped, hacía mucho calor y me invitaron a que probara de una botella de naranja. Cuando comencé a beber, le di uno de esos besos largos y me di cuenta de que le habían puesto vodka. Al llegar el líquido al estómago, sentí que mi organismo lo rechazaba. Tuve que ir corriendo al baño para vomitarlo todo. La verdad que era para matarlos a los pibes, pero bueno, no sabían nada de esto. Les aclaré: “No sean tarados, no repitan eso conmigo porque estoy tratando de dejar el alcohol”. Pero mi cuerpo lo había rechazado, eso es bueno.

Estuve veinte días internado en el Hospital Durand, y eso me sirvió muchísimo. Ahí me trataron de mil puntos. Tuve un amigo que me hizo quedar para internarme. Le decimos Factura, es camillero. Él estaba todo el día conmigo, venía a almorzar a la habitación, un fenómeno. La verdad, me divertía todo el día. Ya parecía el dueño del hospital, andaba en pijama por los pabellones, parecía un doctor. Fue una terapia muy buena para zafar del todo.

Es un mito que yo jugaba mejor borracho, porque lo cierto es que una sola vez jugué ebrio, en un partido contra River. El 3 de octubre fue el cumpleaños de mi hijo, y el 4 jugaba. Me había tomado hasta el agua de los floreros, y aún así, me había calmado un poquito sabiendo que el partido era contra River. Me fui a concentrar a la una de la mañana, y con la excusa de que yo tenía las llaves de mi casa para que pudieran entrar mi señora y los chicos, me escapé para el cumpleaños: pregunté si me dejaban llevar la llave a casa y me dijeron “andá y volvé enseguida”. Aparecí a las once de la mañana del otro día, con un pedo para cuatro: en ese momento, yo regalado era una estafa.

Cuando me vieron los del cuerpo técnico, decidieron que no iba a jugar porque no estaba en condiciones. Después uno dijo que me aguantaran, que me pusieran a dormir, y entonces me prepararon tres termos de café caliente y bien amargo y me mandaron a que me diera una ducha fría. Después sí, a dormir hasta el partido, que era a eso de las cuatro de la tarde. Cuando me desperté, estaba bien. Bah, estaba reanimado, pero cuando hice el precalentamiento, empecé a transpirar y con el primer aliento en la cara de alguien, los ponía en pedo. “Que sea lo que Dios quiera”, pensé. Entré a la cancha y tuve la suerte de hacer un gol y pedir de inmediato el cambio: me hice el que me había dado un calambre y salí, porque mi estómago era una coctelera. Ese partido, Huracán lo ganó 1 a 0 gracias al gol que convertí.

Es un mito que yo jugaba mejor borracho, porque lo cierto es que una sola vez jugué ebrio.

Dejé de tomar porque no me conducía a nada, y además, por no seguir haciéndole pasar vergüenza a mi familia. Fui consciente de eso un día en que me caí mientras cruzaba la calle, camino a reunirme con los muchachos. Me fui de trompa al suelo y entendí esa tremenda vergüenza, porque el que tenía que pasar vergüenza era yo, no mis hijos. Mi hija tenía 8 años. Ahí me di cuenta de que el camino no era el adecuado y dije “esto no va más”. Me habló mi hermana, me dio a entender que yo dejando el alcohol iba a ser diferente, una persona más sensata, y comprendí que ella tenía razón, porque empecé a disfrutar de mis hijos, de la vida y de mis amigos. La terapia con mis compañeros de truco fue importantísima. Lejos de insistirme para que tomara, me alentaban para que no lo hiciera. Lo mismo con mi familia: fue fundamental para que yo me sobrepusiera a esa etapa.

Fuente: Nota de Revista SH.
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