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River:Boyé abusó

Boyé abusó



El pibe de 18 años volvió a ser titular y metió un gol de 9 en el 3-3 con Huracán. River se muestra como un equipo peligroso en el más absoluto de los sentidos.

La manta corta y las patas largas (del pibe). La ausencia de un 9 y ese 9 que asoma (el pibe). El elogio del entrenador a una defensa de a ratos indefensa y las dudas enterradas -de momento- por un ataque que explota (alrededor del pibe). Paradojas del fútbol, en definitiva. Paradojas de un River que busca reacomodarse después del título y del agigantamiento de la leyenda Ramón.

El 3-3 con Huracán, hermético y bajo la lluvia, advierte sobre un campeón peligroso en el más absoluto de los sentidos. Como aquel -perdón señor Marcelo Gallardo, pero las comparaciones son inevitables- parece no necesitar de demasiada construcción para llegar al gol. Es más directo por idea del Muñeco y por características de los futbolistas (Ponzio por Ledesma como ejemplo más evidente de vértigo en lugar de pausa).

En este contexto, de un equipo que ya gatea y mama nuevos modos, un gurrumín surge como la sorpresa-figura-apellido del invierno millonario. Lucas Boyé, 18 años, 1,83 metro, chico en envase grandote, fortachón, de gambeta rara y oportunismo en el área. Un centro de Augusto Solari, una arremetida de Mora y una pelota que queda boyando... Un manjar para Boyé. Es su primer gol más o menos en serio en la Primera de un River al que llegó en el 2010 por “una cadena de personas que sabían que estaban buscando delanteros de la categoría 96”, como le explicó en la semana a Olé.

Remanido pero realista, Boyé es un hijo parido por la necesidad. De Cavenaghi a Scocco y de Teo a Pratto, el cambalache por la 9 de River no está cerrado ni mucho menos. Por eso el pibe ocupando un puesto de grandes como no hace mucho tiempo les tocó (y no se descarta que les toque de nuevo) a Andrada, Giovanni Simeone y Driussi. Está en Boyé aprovechar la oportunidad, una zanahoria insospechada hace pocos meses cuando hasta era suplente en su categoría (de Driussi). Está en el cuerpo técnico y en sus propios compañeros ayudarlo a transitar este comienzo sin la obligación de sentir un peso extra: y que esa ayuda no quede en palabras.

Después del partido, feliz y tranquilo, Boyé se fue a pasar lo que quedaba del fin de semana a San Gregorio, su lugar en el mundo de 5.000 habitantes en un rincón de Santa Fe. A recargar pilas de cara a un semestre que ni el más optimista de sus familiares imaginaba. Porque hasta que Teo se ponga bien, no aparezca ninguna oferta ni se produzca nada extraño en ese micromundo llamado Teolandia, Boyé es el 9 de River.

Y sí, Boyé abusó.
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