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Se paso de la raya... Len Bias y su ultima noche

El siguiente articulo es muy largo...
Para resumir un poco Len Bias fue un prometedor jugador de basquetbol de universitario de la Universidad de Maryland, elegido Nº 2 en el Draft de 1986 por los Boston Celtics, falleció de una arritmia provocada por una sobredosis de cocaína, era llamado a ser el sucesor de Larry Bird

La historia comienza el 18 de junio de 1986, el día siguiente de que Bias fuese elegido por los campeones Celtics en el número 2 del Draft. Son las 21:30 y..caía la noche. A través de la ventanilla el horizonte parecía combar el Atlántico con una serenidad que le despertó celos. Al sentir la cálida mano de su padre sobre la suya se sobresaltó de la misma manera que el día anterior en el Felt Forum, cuando alguien reclamó su atención por la espalda y se puso en pie como un resorte. Un sonriente mocetón, aún más alto que él, estrechó con fuerza su mano. “Hola, Chris Wasburn, Carolina del Norte”. Con seguridad aquel tipo alcanzaba los dos diez. “Len Bias, Maryland”, correspondió como un autómata. “Lo sé, Len. Nos han puesto juntos. Eso está bien, porque yo estoy bastante nervioso”. No más que él. “¿Sabes ya dónde irás?”. Pero Len, ante la sorpresa de su padre, junto a él, se encogió de hombros. Acaso la pregunta le había cogido desprevenido. O simplemente temía confesarlo, como quien cruza los dedos ante un suceso crucial. Demasiado lo sabía él.

En especial desde el verano anterior, terminado su año junior, cuando fue invitado al campus que anualmente organizaba Red Auerbach en New England. Auerbach se fiaba de sus amigos. Y John Thompson lo era. ¿Tanto tiempo había pasado? “Tiene 16 años. Es fuerte. Tiene talento. No lo pierdas de vista –advertía entregándole un número–. Toma, el padre termina tarde la jornada. Es buen tipo”. Dos años después la confidencia había elevado su valor.
-Créeme, Red, es lo que necesitas.
Gavitt era un hombre lapidario. (1)
-¿Estás seguro?
-No. Es más de lo que necesitas.
Eso ya quedaba claro con la asombrosa realidad de elegir en segundo lugar. De cómo Boston gozaría de semejante privilegio, la elección más alta en la historia de la franquicia, unos días después de proclamarse campeón de la NBA, era responsabilidad directa de Red Auerbach, quien dos años atrás había conseguido de Seattle su primera ronda a cambio de un Gerald Henderson notablemente apreciado por su decisivo robo de balón en la segunda velada de las Finales. Según se había escrito Len Bias era todo lo que los Celtics empezaban a no ser, la llave maestra con que franquear el terrible vacío de una transición. En su fuero interno Auerbach no podía menos que remontarse a aquellos días de 1978 y su obsesivo cortejo a Larry Bird.
El papel de Bias en aquel campus de Marshfield fue algo más que estelar. Auerbach, Jones, Rodgers y Ford quedaron prendados de lo que, en realidad, ya sabían. A una acción de absoluta contundencia del muchacho en los dos aros, un antiguo terrapin, Buck Williams, se había levantado del asiento contrariando su aspecto de hombre calmo: “Did you see that!? He’s unbelievable!”. De no ser por la incesante resonancia del balón sobre el parqué, hasta podrían haber llegado a los oídos de Len algunas perlas procedentes de la grada cuando Jan Volk, mánager general de los Celtics, y Ed Badger, su ojeador principal, dejaron a un lado sus libretas. “Te lo dije. Es nuestro hombre”. Demasiado lo sabía ya el viejo, a quien le unía una estrecha amistad con el entrenador del chico, Lefty Driesell, lo que había facilitado aún más las cosas. “Len, si me das tu palabra, yo te daré la mía –le había prometido Auerbach en una cena con el chico y sus padres al término de su año junior–. Si te presentas a ese Hardship Draft ahora no creo que pases del 15. Pero si esperas al año que viene y te gradúas jugarás con nosotros. Jugarás en los Celtics”. Conforme pasaban los días sentía que aquella promesa perdía fuerza. De ahí la inseguridad del muchacho aquel último año. Había dicho que no a los Knicks y a los Warriors, los primeros en ponerle limusinas a la puerta de casa. “Please, draft me!”, había suplicado a Volk hasta en tres de las seis ocasiones en que el mánager viajó para verle en acción. Entretanto, Badger se conocía el Cole Field House al dedillo. Len anduvo cerca de convencerse un 27 de mayo en Boston, cuando fue sometido a un riguroso examen físico que incluía un análisis de orina. “Hijo mío, está claro que te quieren –le persuadía su padre–. No le des más vueltas. Simplemente te necesitan”. Boston estaba obligado a reconocer al jugador. Pura rutina. Pero en el fondo Auerbach no había olvidado aún la tragedia sufrida en Maryland diez años atrás, en 1976, cuando en apenas dos meses dos jugadores a las órdenes de su amigo Driesell, Chris Patton y Owen Brown, habían fallecido repentinamente sin que nadie hubiera detectado que Patton padecía el extraño síndrome de Marfan y Brown cardiomiopatía hipertrófica. Era comprensible que Auerbach no hiciera la menor mención a Driesell de aquel terrible episodio, lo que no impidió que el técnico advirtiera satisfecho: “Adelante, es una roca”.

Len vs. Michael
Con la frente pegada a la ventanilla Len recordó cómo sus dudas más tenaces pudieron disiparse del todo al ser invitado al mismísimo Boston Garden durante las Finales. Aquel espléndido domingo, diez días atrás, ocupando un asiento tras el banquillo de los Celtics, cuando a pocos minutos del término apareció sobreimpresionado en el electrónico de fondo el “SWEET 16” mientras McHale y Walton se fundían en un conmovedor abrazo en pista bajo el atronador rugido del Garden, sintió que las piernas le abandonaban y la escena se diluía a través de sus ojos, empapados de auténtica emoción. Era imposible abstraerse a la idea de verse allá adentro, tocando el cielo con sus propios dedos.
Y también volvió a revivir cómo tras salir Daugherty al estrado todo sucedió como una película de la que él extrañamente tomaba parte. “Eh, Lenny, ¿estás preparado para ir a Boston?”. Esta vez asintió con la cabeza a Washburn porque el sueño ya estaba en marcha y nada podía quebrarlo. “Pues mejor será, porque tú eres el siguiente”. Para entonces Len ni sintió el manotazo en su hombro ni el mismísimo techo de habérsele caído encima.
-With the #2 pick in the NBA draft the Boston Celtics select... –¿por qué tardaba tanto?– Len Bias, University of Maryland.
Supo entonces que alguien le situaba en el mejor lugar del mundo, que de repente se había vuelto completamente verde mientras caminaba por el pasillo central de la abarrotada sala. El resto de la velada desapareció para él como si nada más existiera. Así que cuando minutos más tarde proclamaba a la prensa “es un sueño, es un sueño hecho realidad” y prometía su entera vida a los Celtics no supo de las declaraciones de Badger comparando su irrupción en la liga “a la explosiva manera de Michael Jordan”, ni tampoco de las del más jubiloso Red Auerbach: “Es un gran deportista. Le he visto jugar muchas veces. Le he visto entrenar. Tiene los mejores hábitos que uno puede desear. Es un chico ideal. ¿Has oído alguna vez la expresión ‘seguro de vida’? Pues Len es nuestro mejor seguro de vida”.
Al momento de abandonar el Madison, con la vista todavía deslumbrada por los focos, un denso enjambre de reporteros y fotógrafos taponaban su salida. Acompañaban a Len y James Bias tres hombres: Lee Fentress y Bill Shelton, de Advantage International, la compañía representante del jugador, y Steve Riley, como parte de los Celtics. En el cruce entre la 8ª Avenida y la Calle 33 Shelton se despidió de ellos mientras Bias cedía los últimos autógrafos a la legión de chiquillos que les rodeaban. Los cuatro hombres tomaron allí un taxi camino de La Guardia, el aeropuerto desde el que un puente aéreo les llevaría hasta Boston, donde a las seis le aguardaban el Garden y las news locales junto a K.C. Jones, Auerbach, y buena parte de la plana directiva. “Empezaremos con 700 mil”. James Bias se ganaba la vida como electricista, pero sabía perfectamente el dinero que entraba en casa. Y eso era más de cuarenta veces lo que Lonnie y él ganaban en un año. Ya de noche aún habría tiempo de entrar en directo en tres canales distintos de TV y su padre ya roncaba en la habitación cuando Len descolgó el teléfono del hotel. “Eh, Brian, te voy a llevar unas zapatillas, las mejores que habrás llevado nunca”. ¿Conciliar el sueño?

Temprano por la mañana, en torno a las siete y media, volvía a descolgar el teléfono para hacer la misma promesa a su amigo John Walker, el culpable de que Lenny se iniciara en el Baloncesto hacía ocho años en el pequeño gimnasio de Columbia Park. “Soy millonario, Johnny, ¿Lo oyes? ¡Millonario!”. Dentro de la limusina que acudió a recibirlos al Royal Sonesta Hotel, Len se preguntó cuánto habría dormido. ¿Tres? ¿Cuatro horas? En las oficinas de Reebok le aguardaba una sorpresa. “Bienvenido, Len –Danny Ainge estaba allí para recibirlo–. Bienvenido al mejor equipo del mundo”. Len estrechó su mano con una mezcla de admiración y remordimiento, pues precisamente había sido Ainge una de sus víctimas en el campus de Marshfield el verano anterior. Andando el día la negociación se le antojó interminable. A las tres de la tarde pudo escapar por primera y única vez. A esa hora sonó el teléfono en casa de Lefty Driesell, que pensó nuevamente en la prensa. Pero no era la prensa. Era su perla favorita, el mejor jugador de la ACC por segundo año consecutivo y el casi único motivo por el que Maryland ocupara primeros puestos en la Atlantic y primeros planos en todo el país. Un emocionado Len confió al técnico todo lo que éste ya sabía, pero dejó que hablara y hablara hasta tomar aire luego de un interminable rosario de gratitudes que lograron estremecer al entrenador de Maryland desde 1970. “Lenny, eres lo mejor que ha pasado por mi vida profesional. Es sólo mérito tuyo. No nos defraudes –¿eran sollozos lo que escuchaba al otro lado?–. Oye, espabila, juega duro con esos tipos. Es tu primer partido”. Aquellos tipos eran los hombres de Reebok, la firma deportiva que haría de Len Bias el contrapeso ideal a Nike y su estrella Michael Jordan (2). La marca había decidido emplearse a fondo con ese propósito, pues al día siguiente la misma operación estaba ya concertada con Brad Daugherty. Llegado el momento de estampar la firma Len sintió un alivio infinito. “Cinco años y un total de 1.62 millones. ¿Estamos de acuerdo?”. Luego de una nueva rueda de prensa Len recibía de manos de su agente, Lee Fentress, un anticipo de 15 mil dólares como muestra de confianza. No hubo respiro. La tarde arrancó en el Blades&Boards Club: fiesta de presentación con miembros destacados de los Celtics y Larry Bird entre ellos. Más focos. “Len, aquí, por favor, ¡sonríe a la cámara!”. Pero ya era difícil hacerlo. Cuando empezó a no saber dónde estaba ni qué era exactamente lo que hacía y por qué, Len sintió que sus palabras al USA Today la víspera de su elección –“Todo esto me está volviendo loco”– cobraban especial sentido aquel miércoles (3), a cuyo término padre e hijo viajaban otra vez camino del aeropuerto Logan, donde el último avión les llevaría de vuelta a casa, el avión en el que ahora, pasadas las nueve y media de la noche y a doce mil pies de altura, ambos disfrutaban de sus primeros momentos de intimidad. A oportuna distancia, Fentress volaba con ellos.
Cuando James Bias buscó la mano de su hijo lo hizo a sabiendas de sentirlo visiblemente nervioso. Los dos días más agotadores de su vida llegaban a su fin y, sin embargo, no parecía cansado. No podía estarlo.
-Padre, creí que me moría...
-¿Al salir tu nombre?
-No, después, la prensa, ayer, hoy, las preguntas, una y otra vez lo mismo, las fotos, las luces, las cámaras encima, la gente... Dios, creí que no terminaríamos nunca.
El rostro de James Bias dibujó una amplia sonrisa que parecía comprenderlo todo.
-Pues más vale que te vayas acostumbrando.
El de su hijo seguía pegado a la ventanilla, que no le devolvía más que sus propios pensamientos. La noche había cerrado cuando James Bias terminaba de ojear el último periódico. Más que los elogios y especulaciones, le deleitaban especialmente las líneas por lo ya conseguido: “Máximo anotador en la historia de Maryland, máximo anotador de la Atlantic Coast Conference, cuarto reboteador, mejor porcentaje de tiros libres, diez o más puntos en 85 de sus últimos 86 partidos...”. Acto seguido dobló con orgullo aquel fajo de periódicos sobre sus piernas.
-Cuéntame, Len, qué es lo que te han prometido.
Por fin se enderezó.
-Pues verás, papá, cuesta creerlo pero me lo han prometido todo. Todo. Jugaré minutos. Minutos desde el principio –su entusiasmo, ahora sí, crecía por momentos–. No me quieren en el banquillo. Seré el sexto hombre ¿Sabes lo que eso significa para mí?
-¿De quien me imagino? –preguntó con ironía. Solamente Mo Cheeks había consumido más minutos que Bird aquella temporada.
-Sí, pero también de McHale. De los dos. Por eso dispondré de minutos. Me dijeron que soy yo lo que de verdad necesitan. Que conmigo el juego interior de este equipo puede ser el mejor que se haya visto nunca.
-Bueno...
En el fondo el propósito primero de Auerbach y su corte pasaba por prolongar las carreras de Bird y McHale al descargarles de minutos efectivos en pista. Bias era, pues, la pieza perfecta para lograrlo, un ejemplar natural y tácticamente versátil en esa doble posición.
-¿Sabes, papá? ¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer...?
-Sí –repuso bruscamente el padre–, graduarte. Eso es lo primero que vas a hacer. Diez créditos y serás libre.
Por un momento Len sospechó que su padre sabía de las no pocas clases que se había saltado en el último semestre, que sabía los verdaderos motivos por los que ahora tendría que apretar hasta agosto, no por 10 sino por 21 créditos (4). Pero no. Era imposible. Además, parte de aquellas faltas eran producto de sus citas con las franquicias NBA. Y eso era algo que su padre conocía de sobra.
-Claro... pero en cuanto me gradúe lo primero que voy a hacer es comprarme un coche, ¿sabes? Un Mercedes.
James estaba delante cuando Len declaró eso mismo a la prensa la tarde de su elección, pero hizo como si no supiera nada. Len era un enamorado de los coches y tanto le había reiterado esa promesa a su entrenador que cuando éste le sugirió la compra de una casa, Len había respondido que dormiría dentro del Mercedes.
-¿Ah, sí? Pues que sea verde.
Y los dos rieron antes de fundirse en un cálido abrazo. Por un instante cruzó la mente de James Bias un grotesco recuerdo. Se trataba de una vaga escena emitida por TV hacía entonces justamente diez años. En ella otro alumno de Maryland, John Lucas, exhortaba a los asistentes a la cena: “Yo podré ser presidente de los Estados Unidos” (5). Pero no, su hijo no era un chiflado como Lucas. Era todo eso que tan bien había escrito Larry Donald en la Basketball Times, un chico serio, laborioso, impoluto, una apuesta segura, otro hijo de Auerbach. De eso estaba seguro.
El avión tocó tierra en Washington minutos después de las diez. Una hora más tarde, el coche frenaba a la puerta de casa. Pero sólo James, al volante, pareció darse cuenta.
-¿No entras a saludar a tu madre?
Len parecía distraído.
-Claro. Tengo que coger ropa.
La puerta se abrió sola. Su hermana Michelle no pudo contener la emoción cuando apretó a Len contra sí. “Estoy muy orgullosa de ti, Frosty, muy orgullosa”. Por un momento pensó que era su madre quien le hablaba. El pequeño Jay, menos tímido que Eric, salió desatado al encuentro de su hermano mayor. Len se adelantó ofreciéndole unas espléndidas Reebok.
-Felicidades, enano. ¿Cuántos eran? ¿Nueve? ¿Diez?
-Muy gracioso. Dieciseis, hermano. Pero todavía queda media hora para que los cumpla. ¿Sabes? Voy a pintarme tu nombre en estas zapatillas.
-¿Juegas mañana?
La liga de verano había arrancado y Jay crecía entusiasmado con Northwestern Wildcats, el instituto de Hyattsville que había visto a Len hacer 25 por noche en su tercer y último año, el año en que Auerbach le vio por primera vez.
-Sí, en Montgomery, contra los Panthers, y voy a ser la estrella, como tú. (6)
Jay adoraba a su hermano.
-¿Y mamá?
Pero Lonise Bias no estaba en casa. En Pilgrim la última misa se oficiaba muy tarde y aquél era un día de infinita gratitud al cielo. Len corrió a su habitación. Al tirar la corbata sobre la cama fijó la mirada en los tres posters que la presidían. Era él en plena acción. Lo flanqueaban un Lamborghini y un Porsche. Sobre su mesita el anuario de los Terrapins y otra portada suya. ¿Cuántas veces había observado aquellas fotos? Ahora parecían distintas. Todo tenía sentido. Minutos después volvía a estar junto a la puerta, con los mismos zapatos, la misma camisa blanca y el mismo traje italiano que había estrenado en el Grand Hyatt Hotel de Nueva York la mañana del draft, semanas después de comprarlo en Georgetown. Al hombro, una mochila verde que abrió por primera vez para meter su ropa, algo cómodo, una sudadera azul de Reebok, unos vaqueros anchos y unas deportivas. “¿No cenas?”. Al poner la mano sobre el hombro de su padre deslumbraba su inseparable pulsera con su nombre tallado en oro. “Luego cenaré algo”. Todos se despidieron. “Descansa, hijo, tienes que estar agotado”.

No lo parecía por las prisas con que montó en su deportivo azul de tres puertas. Por unos segundos el rugido del Nissan 300ZX profanó la noche de Landover antes de desaparecer calle abajo. Adoraba su coche. Lo suyo le había costado. Los ahorros de varios años de limpieza junto a Brian Tribble en los despachos del rectorado soñando con deshacerse de su viejo Cutlass. Ahora pagaría el resto de letras de golpe. Y el Mercedes también.

Cerca de la medianoche el vehículo se adentraba en el campus de la Universidad de Maryland y detenía su marcha en el College Park, a la entrada del Washington Hall, la residencia de Len aquel último año, a unos quince kilómetros de casa. Qué cerca tuvo siempre todo. Al instituto podía ir andando y North Carolina le parecía demasiado grande. Él quería algo más pequeño, algo como North Carolina State. Pero cuando Valvano confesó a sus padres que no se iba a hacer cargo de la educación de su hijo –“Para eso ya tenemos a otras personas”–, James Bias decidió que su chico tenía que seguir cerca de casa. No hubo más razón para quedarse en Maryland entre los más de 150 destinos que reclamaron a su hijo.

Cuando abrió la puerta la suite de tres dormitorios parecía una fiesta.
-¡Eeehhh...! –corearon a su entrada.
-Tsssh, pero queréis bajar la voz, locos. Cómo venga Dull (7) nos pone a todos en la calle...
-Jajaja... ¡A ti eso ya te da igual!
Todos pasaron por su abrazo. David Gregg, el espigado novato interior del equipo, Keith Gatlin y su gran amigo Terry Long, aleros junior, y Keeta Covington, un fornido defensa del equipo de fútbol. Los minutos siguientes fueron cálidos y cercanos, cómodos tal y como Len había deseado, quedando la estancia a merced de la más cómplice camaradería. Aprovechó entonces para hacer una llamada. “Madelyn, ya estoy de vuelta”. Madelyn Woods era una amiga íntima, su más reciente cortejo. A las doce la habitación no daba abasto. Además de Madelyn, al grupo se habían unido Phil Nevin, el pívot novato y único blanco del grupo, y Ben Jefferson, otro miembro del equipo de fútbol. Las paredes, el sofá, las sillas, el suelo... En el vestíbulo no cabía un alfiler. “Abrid las ventanas, esto es un horno”. Todos alrededor de un solo hombre al que en pocos minutos le resultaría difícil abrir la boca. Y es que una vez terminaron todos de manosear las bolsas, zapatillas, camisetas, medias y gorras que había dejado caer al suelo al entrar, sucedió al alboroto algo que se asemejaba a un interrogatorio. “Eh, Lenny, ¿de qué vas a jugar?”. Empezaba a sentir que las 36 horas que llevaba siendo el absoluto centro de atención –“¿No tienes una de éstas para mí?”– se le echaban encima. “¿Has hablado con Bird?”. Nadie pareció comprender la súbita gravedad su su rostro. “¿Vas a ser titular?”. Las voces de los presentes formaron al cabo un zumbido insoportable. “¿Sabes ya cuánto ganarás?”. La cabeza le estallaba.
-¡Pero queréis callaros de una maldita vez! –era lo que había deseado gritar a la prensa los dos días que llevaba soportando lo mismo.
En efecto, todos callaban cuando Lenny se incorporó, cogió otra vez las llaves del coche y salió apresuradamente de la habitación –“Ahora vuelvo”– dando un portazo.
-Eh, Lenny, ¡esa tía puede esperar!
Todos rieron. Poco antes Madelyn se había marchado.
El reloj marcaba las doce y cuarto de una espléndida noche de junio cuando Len advirtió que alguien le había seguido hasta el coche. “¿Se puede saber qué haces? –era Covington– No nos hagas caso, tío. Sólo estamos curioseando. Es normal”.
Len contestó desde el coche.
-No lo soporto. Simplemente no aguanto más. Sólo os falta el micrófono. Me largo.
-Está bien pero... –el motor le obligó a alzar la voz– ¡no hagas tonterías!

No improvisaba sus pasos. En tres acelerones el coche llegó a su destino, un pequeño apartamento junto al área universitaria. “Soy yo, Brian, abre”. La puerta estaba bajo llave. “Oye, enciérralos”. Por dentro tres pit-bull rasguñaban nerviosos la puerta. “No quiero que me destrozen el traje”. Su dueño los hacía llamar Asesino, Moreno y Devorador. Como si hiciera falta. Al cabo la puerta se abrió. Más que un perro, Brian parecía un toro.
-Hey, Lenny, estás vivo, tío. Creí que ya sólo te vería por televisión...
Brian Tribble aún vestía ropa de calle.
-Toma, tus zapatillas.
Un abrazo y Len se mostró expeditivo.
-Oye, ¿tienes algo?
-Claro. ¿Dónde vas? Anda, pasa.
Dentro había una chica algo amodorrada. “Hola, Sherry” (8). Los dos pasaron a la salita y Brian invitó a Len a sentarse en un pequeño tresillo. “Tienes que estar hecho polvo. Anda, siéntate, por qué no me cuentas...”. Pero Len seguía sin parecer cómodo en ningún sitio. “No sé, me apetece tomar el aire –Brian fue a la cocina–. Bueno, la verdad es que no sé muy bien qué es lo que me apetece”. Volvió con algo en la mano y cayó al sofá. “Hay una pequeña fiesta en Cherry Hill –se acercó una mesita–, sin mucho jaleo, con niñas y tal... Podríamos acercarnos”. Brian abrió la bolsita y vertió sobre la mesa un pequeño monto de cocaína, la suficiente como para abrir bien los ojos. Un minuto después los dos habían terminado. Tribble seguía hablando cuando Len cerraba la bolsita. “¿Cuánto hay aquí?”, preguntó.
-Diez cuando la saqué esta tarde –y siguió hablando–. ¿Sabes? Te juro que hoy he visto más camisetas de los Celtics por aquí que en toda mi vida. Eres un héroe, tío. ¡Un héroe!
Len guardó la bolsa y se incorporó. Tenía lo que quería.
-Vámonos.
Cherry Hill no estaba lejos. Unos minutos en coche. Antes de llegar al final de Baltimore Avenue se detuvieron frente al Town Hall Liquors, un comercio de licores que no cerraba nunca para contento de los estudiantes y del dueño, Michael Cogburn, encantado del buen negocio que representaban los chicos. La tienda estaba junto a un McDonalds y el trasiego de estudiantes era tal durante todo el año que había un servicio exclusivo para la Universidad, el McBus. Lenny entró solo y Cogburn le reconoció enseguida.
-Dios mío, qué sorpresa, pero si tú eres... ¡Len Bias!
-Deme seis paquetes de cerveza Private Stock.
-Menuda celebración, muchacho.

Len dejó las bolsas en el estrecho asiento de atrás. La avenida seguía desierta, lo que invitaba a pisar el pedal. Llegando al último cruce antes de empalmar con la Ruta 1 el Nissan aceleró bruscamente al doblar la curva haciendo que los neumáticos chillaran en el asfalto. “¡Mierda!”. El corazón de ambos sufrió un vuelco. A menos de cien metros un policía hacía la noche junto a su moto. De inmediato les dio el alto. “Para, tío, para y tranquilo”. Por un momento Len imaginó lo peor. Todo se hacía trizas. Sin embargo, la suerte estaba de su lado. El policía también le reconoció y lo hizo con grata sorpresa. Len tan sólo tuvo que forzar unas breves sonrisas que experimentó como muecas. La cocaína empezaba a tensar su rostro.
-Enhorabuena, muchacho. Tú y Sugar Ray (9) hacéis que me sienta orgulloso del sitio donde nací –su amabilidad era cosa del cielo–. ¿Vais lejos?
-No, agente, vamos a Cherry Hill... a saludar a unos amigos.
-A celebrarlo, claro que sí –el policía vio las cervezas–. Oye, cuando hay que celebrar algo a lo grande, algo de verdad, nada como un buen Cognac. Nada como brindar con un Hennessy. Da buena suerte, créeme. Cogburn guarda algunas botellas en su tienda.
El mundo había cambiado.
-Gracias, agente.
-Adelante, no hagáis locuras.
Salieron de allí pitando. Len nunca había sido tratado así por un policía. Ningún negro lo era. Eso le hizo sentir muy poderoso.
-Lenny, no sabes cómo te envidio. Eres alguien, tío.
Aceleró con más fuerza.

Las palabras de Tribble ocultaban una personal frustración. Brian adoraba el Baloncesto. Su gran sueño pasaba por todo lo que su amigo estaba viviendo. Y no lo hizo mal en Northwestern HS. Era de hecho un gran tirador, pero con graves problemas de integración y sin la menor voluntad para los estudios, lo que dificultó su admisión universitaria. Para colmo el accidente de moto le había destrozado la rodilla, que valía mucho más que los 10 mil dólares que cobró de indemnización. Por todo ello le envidiaba. Siempre lo hizo. Conocía a Len desde los 14 años. Ahora tenía 24 y había de ganarse la vida. Primero un almacén, luego como mensajero en UPS, más tarde como celador en el Howard Hospital un par de días por semana, hasta que una empresa de limpieza le ofreció su primer contrato serio. Ya no le faltaban los dólares. Con ese dinero pretendía ayudar algo en casa, de la que se había independizado hacía seis meses para compartir un apartamento de 680 pavos con otro cabeza loca, Mark Fobbs. Tribble era el menor de cuatro hermanos. La primogénita, Priscilla, vino al mundo con graves problemas de salud. Precisaba de continua medicación y no podía quedar a solas. A su terrible epilepsia se añadía ahora una meningitis que hacía de la vida de Loretta Tribble, su madre, un auténtico calvario. Tan joven y ya sabía lo que era sufrir un ataque al corazón. Las pocas veces que Brian había llorado lo hizo por su hermana... y su madre.
Dejaron el coche en los alrededores del parque, donde se celebraba la fiesta. Había gente, pero no demasiada: la suficiente para que los chicos, la mayoría estudiantes, pasaran un buen rato en compañía de amigos y las amigas de éstos. Len reparó en las miradas curiosas que su presencia despertaba. No obstante sintió un gran alivio al ver que el interés no pasaba de eso y la gente volvía a lo suyo. No reconoció a nadie, al contrario que Tribble, que en camiseta y cortos parecía empeñado en saludar a todo el mundo mientras se pegaba con orgullo a su amigo. Len empezaba a sentirse algo incómodo cuando alguien reclamó su atención por detrás.
-Eh, Lenny, me alegro de verte.
-Qué tal, David.
Era David Driggers, una verdadera amistad de la infancia que se había forjado casi más en las pistas de Landover que fuera de ellas. “Oye, llevo fardando de ti dos días. Espero que sepas devolverme el favor –bromeaba–. Enhorabuena, amigo mío. No sabes cómo me alegro”. La compañía de Driggers le resultó agradable y durante un rato charlaron animadamente. Lenny comenzaba a estarlo. “Ya te dije que aquella finta a Salley te llevaría muy lejos. ¿O es que ya no te acuerdas?”. Len recordó fugazmente aquel partido ante Georgia Tech en el Field Cole y cómo se había prometido deslumbrar a Red Auerbach, presente en la grada, y el modo en que aquella acción le hizo disfrutar humillando a su par, desbordado por un cambio de mano que Len culminaría con una suspensión corta, donde era maestro. Driggers seguía hablando cuando Len sintió por primera vez en sus piernas el peso del agotamiento. Parecía además distraído y algo nervioso cuando vio a Tribble acercarse haciéndole un gesto que invitaba a salir de allí. “Bueno, David, tengo que marcharme. Estoy muy cansado”. Driggers volvió a apretar su hombro. “Espero verte por aquí este verano, antes de que nos dejes para siempre”. Ambos se despidieron.
Tribble caminaba rápido. Lo hacía como en dirección al coche. “Oye, tío, aquí no hay más que soda. Qué tal si nos vamos...”. Len callaba. Tenía la boca seca y por nada del mundo quería acostarse. No podía estar cansado. No aquella noche.

El Nissan estaba lo bastante retirado. Los dos montaron. Sin mediar palabra Len abrió la guantera y sacó la carpeta que contenía los papeles del coche. Haría de cubierta. “Espera”, le detuvo cuando Len se metía la mano al bolsillo. Tribble sacó del suyo una bolsita mayor, del tamaño del puño de un niño, y vertió sobre la carpeta unas cuantas rocas brillantes que aplastó con un mechero hasta hacerlas polvo. “¡No enciendas la luz!”. El gesto de Len había sido maquinal al comprobar que algún fragmento salía disparado (10), cosa que a Tribble no pareció importar. En un abrir y cerrar de ojos ambos repitieron el ritual. “¡Joder! –exclamó Len llevándose una mano a la cara–, ¿es de Fobbs?”. Tribble prefirió callar. “Arranca, tío, vámonos”. El material de Fobbs, su compañero de apartamento y único proveedor, un camello de mayor escala, apenas había sufrido corte. Era de una calidad muy superior a los nueve gramos que llevaba Len en el bolsillo y que pagaría a Tribble al día siguiente o cualquier otro. El Nissan salió disparado del parking. Cuando Tribble pasó su mano por el fornido cuello de su amigo en señal de amistad, éste comenzaba a sentir una intensa dormidera en la boca y la garganta. “Necesito un trago”.

Minutos después el coche volvía a detenerse en el 8135 de Baltimore Avenue. Ahora era una chica la que estaba tras el mostrador. Además de por la enorme presencia, llamó su atención el fuerte olor a colonia que desprendía el cliente. Sin duda era un tipo presumido.
-Quiero una botella de Hennessy.
Como si le estuviera esperando Cogburn salió de una estantería con dos botellas.
-¿La grande o la pequeña?
-La... pequeña.
-Ahora no te preocupará el dinero –y volvió a mostrar la grande–. Dentro de poco podrás comprar un camión lleno de éstas.
-Sólo quiero hacer un brindis.
-Buena elección entonces. Son 18 dólares.
Dejando un billete de 20 ya se largaba cuando Cogburn le detuvo.
-Verás, hijo, antes olvidé pedirte algo.
Len firmó un autógrafo para el hombre. No llevaba dedicatoria. Pero por primera vez añadió a su firma una rúbrica que, así se convenció, le acompañaría en adelante: “Len Bias #30”. Su dorsal en los Celtics (11).
Pasadas las dos entraban de nuevo al College Park. La noche seguía siendo calma, extrañamente agradable. Invitaba a sumergirse en ella. Tribble salía del coche cuando Len volvió a abrir la guantera para dejar allí su bolsita, oculta bajo los papeles y cintas de música, casi todas de su adorado Al Jarreau. Arriba, la suite 1103 del Washington Hall mostraba ahora un aspecto distinto, el habitual a esas horas. Desordenada, con las cosas de Len por el suelo, pero vacía. Todos dormían cuando Lenny sintió que prendía en su interior el ardor de la euforia. Irrumpió por ello en el dormitorio de Long, y luego en el de Gregg. No así en el suyo, donde dormía Chris Gatlin, que escuchó la puerta, las voces, la nevera y el inconfundible sonido de las botellas, pero decidió seguir durmiendo. Gregg y Long salieron en calzoncillos.
-¿Qué coño hacéis acostados?
-¿Tú qué crees?
-Vaya panda de... –repuso Len mientras lanzaba dos cervezas a sus compañeros de equipo–. ¿Y los demás?
-Baxter con la novia, Nevin ni idea.

Tribble lo llevaba mejor. La costumbre lo permitía. Pero a Len se le notaba particularmente alterado, moviéndose de un lado a otro con gestos rápidos y nerviosos, vaciándose de un trago media botella. Viéndole además en compañía de Tribble, Long y Gregg comprendieron enseguida. No había pega. Al contrario, ellos también se animarían. “Mejor vamos dentro”. Los cuatro pasaron al dormitorio doble de Long y echaron la llave. La estancia era sencilla, de estudiantes. Dos camas, una mesita, un pequeño sofá y dos sillas, escueta pero cómoda. Al cabo de un cuarto de hora la nevera se había abierto ya un par de veces y en la habitación el calor había prendido aprisa. Lenny junto a la mesa, que hacía de centro. Sobre ella reposaban las botellas, un espejo empolvado, una pajita del McDonalds cortada por su mitad y una bolsa abierta con no menos de treinta gramos, suficiente para llenar una taza de café. Entrados en faena todos hablaban rápido, pisándose las palabras, con los ojos bien abiertos y bebiendo trago tras trago para aplacar el quemazón de una lengua irrefrenable.

Ni se dieron cuenta que alguien acababa de entrar en la suite. Todo estaba revuelto. No se podían dar dos pasos sin tropezar con bártulos de los Celtics. “Vaya, Lenny ha vuelto”. El jaleo llegaba claramente al vestíbulo. Golpearon la puerta. Todos callaron.
-¿¡Quién es!?
-Soy yo, Bax.
Barrieron la mesa en un segundo. Baxter sabía que Gregg y Long fumaban hierba, lo que no soportó nunca. Pero nada más. A Lenny era imposible asociarle a nada de eso. Imposible. Delante suyo había recriminado a otros hacerlo. Se conocían desde hacía cinco años, cuando coincidieron en el Howard Garfinkle’s Five Star Basketball Camp, donde receló de aquel chico demasiado protagonista que se tiraba cada balón que recibía. Baxter odiaba la droga. De niño había de sortear hordas de hippies al entrar al colegio. Toda aquella estridente teatralidad y que fumaran lo prohibido con tal descaro le impresionaba, como también que se dirigieran a él de manera indescifrable. Pero mucho menos que ver a no pocos con la jeringuilla colgando, tirados en cualquier sitio, como muertos en plena calle. Suplicaba a su hermano mayor que le acompañara. Con los años aquello desapareció. Y su inocencia también. Aunque no a los ojos de sus compañeros. “Eh, mirad quién ha venido. Si es Guido, The Killer Pimp”, se burlaron (12). El susto lo merecía. “Dame un abrazo, Lenny, enhorabuena”. La presencia de Tribble destacó a los ojos de Baxter. Ambos se conocían de los tiempos de instituto, pero su relación se había congelado desde entonces, sobre todo sabiendo de qué iba Tribble, con quien Lenny había pasado más tiempo que con ningún otro en los dos últimos años. Juntos iban a todos los sitios. Solían salir de noche, acudir a clubes y demás. Les perdían las mujeres. La lista de Lenny era incontable y Baxter estaba convencido que no era otro el motivo de aquella intensa relación.

Jeff Baxter, el base titular del equipo, escuchó atentamente lo que su amigo contaba, aunque lo hiciera un poco a golpes, con voz entrecortada y gestos muy acusados. “Parece una bombilla antes de fundirse, está a punto de derrumbarse, tiene que estar agotado”, pensó Baxter mientras abría la cerveza que le pasaron. No tenía mucha gana, le molestaba todo aquel humo y al día siguiente madrugaba para ir a clase, pero qué menos que un cortés rato con Lenny. Todos hablaban rápido, apurando trago tras trago. Sí, se acostaría enseguida, después de compartir con ellos algunos recuerdos. Parecían tan animados...
-Eh, Baxter –exclamó el novato Gregg–, tú tienes que acordarte del primer partido. Vaya pinta tendría, ¿no?
-Bueno, la misma que yo. Al menos él jugaba. Perdimos en Baltimore de paliza, me acuerdo perfectamente. Y también la primera vez que saliste de titular –dijo ahora dirigiéndose a Lenny–. Era... Wake Forest, sí. (13)
-Trece puntos y ganamos. No fue gran cosa, pero ya no volví a saber lo que era chupar banquillo –mientras miraba socarrón a Long y Gregg, acostumbrados a salir del banco.
-Los mismos puntos que metiste seguidos en el último –repuso Tribble.
-¿Eh?
Tribble se refería al último partido de Lenny con Maryland, jugado el 16 de marzo en Long Beach ante UNLV. Aquel día cayeron por 70 a 64. Bias había anotado los últimos 13 puntos de su equipo, dejando su casillero en 31 puntos y 12 rebotes. Como incondicional de Bias nadie rivalizaba con Tribble. Era el mejor biógrafo del jugador pese a ser el único de los presentes que no lo era. Si bien había repudiado siempre la figura del entrenador, con Lenny actuaba a menudo como tal, opinando con entusiasmo en la victoria y en la derrota, haciendo de su privación un punto fuerte. Era un auténtico especialista y a la mínima gozaba denunciando los errores de la prensa. Como ahora hacía con Lenny.
-Me hace gracia eso de que yo no volviste a tocar el banquillo.
-¡No como antes!
-¿Qué pasa? ¿Que ya no te acuerdas que querías largarte?
Era cierto. Brian recordaba perfectamente las Navidades del 83 y cómo un furioso Lenny, recién llegado al equipo, decía sentirse engañado: “Estoy harto. ¿Comprendes? ¡Harto de ese tipo!”. Se sabía muy superior a Coleman y Branch. Y por eso ansiaba minutos, minutos que Driesell no le concedía. “Johnny, tienes que ayudarme –le suplicó entonces a su amigo John Walker– Tienes que hablar con Valvano. Quiero irme con él”. El reglamento prohibía que un técnico tanteara a un jugador de otra Universidad. Con Walker como intermediario Valvano prometió entregarle todo lo que Driesell parecía no cumplir. Pero poco tardó el técnico en enterarse de todo. A partir de ese momento Lenny concentró los máximos esfuerzos deportivos y humanos de Driesell. Y todo cambió. Por eso invadían ahora a Lenny y a los demás no más que los mejores recuerdos.
-Lo que nunca podré olvidar será mi primer buzzer.
-Tennessee-Chattanooga... 52-51 –repuso otra vez Tribble.
-No hay mejor sensación –mientras reproducía aquella inapelable suspensión desde la bombilla (
Minutos después de que Baxter tomara el relevo de la conversación Tribble salió al baño. Llevaba la bolsa consigo. Baxter seguía atento a Len y no percibió la mirada cómplice entre Long y Gregg, que enseguida siguieron los pasos de Tribble, cerrando la puerta al salir. Bax y Lenny quedaron solos en el dormitorio.
-¿Por qué no te acuestas? Mañana vas a estar hecho polvo, ¿no crees?
Lenny no contestó. La templanza de Baxter ejercía ahora un enorme contraste con la velocidad de la noche. Su presencia le hizo recordar con fastidio la cita que a la mañana siguiente tenía con un tal John Powers, del Boston Globe.
-¿Qué te pasa? Te noto... no sé... nervioso...
Sin duda lo estaba. Pero consiguió eludir la inocencia de Baxter con hábil sinceridad. Lenny se confesó, ahora sí, largamente. Estaba feliz, eufórico, vivía un sueño, el sueño de su vida, pero tampoco podía ocultar el enorme agobio de los dos últimos días, y aún peor, de lo que ahora se le vendría encima. Una parte de él se mostraba también insegura y así se lo hizo saber a Baxter durante la media hora larga que quedaron a solas.
-Pero a ti siempre te gustó la presión.
-Esto es diferente, Bax. Todo el mundo me pide cosas. ¡Todo el mundo! Tendrías que haber escuchado lo que me decían, lo que me preguntaban. No sé, es... demasiado. ¿Sabes cómo se siente el hombre más perseguido del mundo?
Por un segundo lo pudo ver en sus ojos. Lenny seguía siendo aquel muchacho que apenas había salido de Landover.
-¿Tienes miedo?
Lenny resopló.
Afuera la puerta del baño no permanecía quieta. Baxter echó un vistazo al reloj. Las tres y cuarto. Se le había hecho tarde. Se despidió de Lenny, cogió su cerveza a medias, la guardó en la nevera y dijo adiós a los demás. Era momento de acostarse.

Al cabo el dormitorio de Long volvía a tener el mismo aspecto que antes de llegar Baxter. Sin dilación Tribble lanzó a Lenny la bolsa y sacó otra de su bolsillo. “Hey, casi me olvido”. Era polvo de ángel (15). “Guarda eso, tío”. Los demás llevaban ventaja y esta vez Lenny fue algo más generoso con su dosis, tanto que terminó vertiendo un par de rocas sueltas en la cerveza. Cuando Long le vio otra vez pegarse al espejo recordó fugazmente la Nochevieja del 84, cuando la probó por primera vez a insistencia suya. “Venga, tío, que no pasa nada. ¿No fumas hierba? Pues esto es todavía mejor”. Desde entonces las veces que volvió a probarla habían sido contadas, igual que Gregg. Pero quizá no tanto como Lenny. Que pasara tanto tiempo con Tribble era suficiente motivo. Lenny no era un adicto, ni mucho menos. Pero tampoco decía que no cuando las circunstancias eran propicias. Había fiestas de estudiantes continuamente y, tras cuatro años, parecían habérsele quedado pequeñas. Él y Tribble salían por ahí. A saber dónde. Driesell lo sabía. Y Lenny era además una bestia. Creía poder con todo. No, podía con todo. Con razón le llamaban “horse” (caballo). Y allí estaba ahora, dando vueltas por el dormitorio, como un poseso. La ansiedad le impedía estar sentado. Imponía verlo. “Tiene el cuerpo de un dios”, había escrito Sally Jenkins en el Post. De proponérselo, pensó Long, habría podido cargar a hombros con todos ellos.
-Oye, sabrás lo que ha dicho Bird, ¿no? –prorrumpió Gregg.
-¿Qué?
Claro que lo sabía. Larry Bird había prometido recortar sus vacaciones, estar presente en el ‘rookie camp’ de verano e incluso acordar con Bias sesiones previas a solas para conectar cuanto antes. Había mucho que enseñar.
-Vaya, lo que daría yo...
Aquel recordatorio vino a alterar a Lenny su percepción de la noche. Si hasta entonces la principal motivación era celebrar lo logrado, liberarse a placer de esos dos últimos días en que se había sentido también aprisionado, se vio ahora invadido por la sensación de que acaso fuera aquélla su última noche, la última ocasión que tendría de divertirse con sus amigos a su manera. Tenía además pendiente su graduación y el tiempo se acortaba. Sí, merecía esa fiesta como nadie.
-¿Tenéis papel de aluminio?
Qué oportuno sonó Tribble.
-¡En la cocina!

La mención a Bird renovó la curiosidad de los tres amigos. “¿A quiénes has visto?”. Lenny enumeró las estrellas a quienes había estrechado la mano y cruzado unas palabras. Los demás le seguían con renovado entusiasmo, imaginándose en su pellejo. Aquellos nombres continuaban sonando tan irreales como siempre. “Si me da la mano Ainge –Tribble quemaba la plata– le dejo sin ella”. Tribble era abiertamente racista. Su vida parecía un empeño en rehusar todo trato con el Washington blanco. Otra de sus grandes frustraciones era no haber nacido en Nueva York. “Allí habría triunfado, respetan a los negros”, solía decir. Lenny actuaba torpemente con el tubo de plata. “Así no, ¡aspira fuerte!”. En silencio Long, que había devorado la prensa aquellos días, repleta de artículos sobre su compañero y amigo, tenía la extraña sensación de estar asistiendo en lo más hondo del mundo a una escena única, prohibida, algo de lo que únicamente ellos sabrían. Aquella morbosa complicidad entre los cuatro alimentaba la noche.
Las cuatro y media. Gregg salió a por más cerveza. No pasaba ni un cuarto de hora sin que los bártulos de la mesa cambiaran de sitio. “Oye, ¿quién ha traído esa botella de Cognac?”. Lenny se llevó las manos a la cabeza. Lo había olvidado. “Eeey, ¡tenemos que brindar!”. Al acudir a la cocina a por vasos sintió las piernas entumecidas, pero al dar unos pasos se sintió más alto, más fuerte, más poderoso. “Buff, eso es una bomba”. Bastaba con brindar. Tribble se adelantó de nuevo. “Por un anillo de Lenny... con los Celtics”. En pie todos chocaron los vasos. “¿Uno? ¿Cómo que uno?”. Lenny fue el único que apuró el suyo de un trago, desatando además una sonora mueca. Estaba desbocado.

Ruta tomada de Cherry Hill al campus con parada en Liquors Town
Tribble pronunció la promesa de todo corazón. La felicidad de Lenny era también cosa suya. Por primera vez en su vida le ilusionaba el futuro. Pero al mismo tiempo era incapaz de imaginar una noche igual a la que, en febrero, le hizo llorar de emoción contemplando en directo a su mejor amigo. “Si en la NBA haces algo así te juro que...”. No haber recordado antes la gesta por la que Len Bias pasó a ser conocido en todo el país se debía no más que al gran número de veces que ya lo habían hecho. Pero era imposible no volver a hacerlo. Era el mejor momento vivido por todos con Lenny como protagonista. Aquella noche en el Dean Smith Center, la fortaleza de North Carolina, Len Bias puso a la nación a sus pies. A tres minutos del término Maryland perdía por ocho. “Te juro que me dije: ‘Se acabó. Esto es mío’”. Tenía los ojos encendidos mientras volvía a estar ocupado en la mesa. “Yo no iba a dejar que perdiéramos allí”, resoplaba al despegarse del espejo. Primero fue una suspensión. ¿Qué número hacía? Era una de aquellas elegantes suspensiones suyas que tanto sorprendían a los especialistas por el enorme contraste con su aparente brutalidad. A ella siguió el robo de balón a saque de fondo y el contundente mate de espaldas sobre Warren Martin que hizo prender la rabia en sus compañeros. En aquel preciso instante 31 de los 65 puntos de los Terrapins eran obra suya, y la prórroga fue una realidad luego de un apabullante dominio de su tablero. “Pobre ‘perrita’”, recordaba Gregg entre risas. Así era como Lenny había llamado a Daugherty en el vestuario al descanso. La prórroga tuvo un solo dueño. “Nunca me había sentido igual –terminó con voz ahogada–. Nunca...”, terminó con la mirada perdida en el suelo. Tribble se estremeció con él. Al poner su mano sobre la rodilla de Lenny pensó que aquel temblor sólo podía deberse a la intensa emoción. Nadie hasta entonces había logrado derrotar a los Tar Heels en su propia casa. “Tenías que haber visto a Lefty en la banda cuando remontábamos”. Cuando todo terminó Lefty Driesell aseguraba haber visto a jugadores anotar 50 puntos, pero a nadie hacer lo que Lenny había conseguido aquella noche. “¿En la banda? –ironizaba Long– Pero si parecía otro árbitro”.
La noche pasaba deprisa, demasiado deprisa. Recordando partidos y más partidos, escenas y nombres de una juventud en común que ahora parecía decir adiós para siempre, el tiempo no tenía ningún sentido. ¿Qué hora era? Parecían cansados. Todos salvo Lenny, que inmensamente seducido por el poder de la gloria que creía tener en sus manos, volvió a actuar a solas con la bolsa. De inmediato Tribble agarró su brazo. “Eh, tío, vale, ¿no? ¡Vale ya! Acabas de...”. Lenny se soltó de un manotazo. “Déjame en paz, puedo con todo, ¡soy un caballo!”, replicó mientras se hacía polvo los labios.
Pasadas las seis ninguno de los cuatro jóvenes era ya capaz de sonreír. Y hasta pronunciar cuatro o cinco palabras seguidas se hacía complicado. “Llévate a Gatlin contigo –volvía a desafiar Tribble algo molesto–. Nadie te las va a poner así ahora”. Tribble no lo decía tanto por la extraordinaria afinidad de Lenny con su escolta para desatar alley oops, sino porque en los Celtics los mates eran la excepción, acaso una herejía. “Eso ya lo veremos”.
Un rato después Lenny salía de la habitación. La orina apretaba. Al volver a entrar nadie observó su rostro, tenso hasta lo grotesco, ni sus ojos, desorbitados, ni su boca, a medio abrir y convulsa, hasta que tropezó de manera ridícula. Tribble le sujetó contrariado. “Siéntate, coño”. Así lo hizo, en el sofá, por unos segundos antes de volver a incorporarse. Ya no hablaba. Tomó ahora asiento en la silla. Seguía sin parpadear. Amanecía. “¿Queda cerveza?”. La voz de Long le llegó entonces desde muy lejos. Sí, quizá fuera momento de acostarse.
La primera luz del día entraba por la ventana cuando Lenny sintió un repentino desasosiego. Algo le aplastaba las sienes. Un fuerte picor recorrió su cuerpo hacia manos y piernas seguido de un intenso escalofrío. Le faltaba el aire e hizo un esfuerzo por llenar sus pulmones. No podía respirar. Gregg y Long seguían hablando pero Tribble notó a su amigo definitivamente extraño. “¿Lenny?”. Pero Lenny no contestó. La barbilla llegó a tocar su pecho antes de derrumbarse hacia un lado de la silla y caer a plomo en el suelo, con medio cuerpo entre las camas. “¡Lenny!”. Comenzaron las convulsiones. Hacia delante, hacia atrás. Su cuerpo se combaba como un arco y las piernas padecían un frenético temblor. De no ser por la moqueta, ya se habría lastimado la cara. No era una broma. En un segundo el pánico se apoderó de ellos. “Joder, ¡qué le pasa!”. Tribble se tiró al suelo. “Agárrale”. Tribble y Long le sujetaron las piernas como si al hacerlo pudieran detener el ataque. De pie Gregg observaba la escena con la sangre congelada. “Es... es... una broma, ¿verdad?”. De pronto el movimiento cesó. Pero Lenny no reaccionaba. No tenía pulso.
Long buscó nervioso las tijeras, las mismas con que había cortado la pajita del McDonalds horas antes. Insertó el mango en la boca de Lenny para evitar que se tragara la lengua, tal y como le habían enseñado en el curso de primeros auxilios. Pero no era fácil. Porque Lenny sufría un segundo ataque. Volvieron las convulsiones. “¡Agarradle!”. Gregg abrió la puerta del dormitorio sin saber dónde ir, sin saber qué hacer hasta que se arrojó a sus piernas para detener aquel diabólico temblor. Long comenzó a hacerle el boca a boca. Tribble había corrido al teléfono. El reloj acababa de marcar las seis y media.
-¡Mamá!
-¿Brian? Qué pasa...
-Es Len, mamá... Está sufriendo un ataque...
-¿Qué dices, Brian?
-¡Que no respira!
Tribble llamó a su madre por una razón: su hermana Priscilla. Brian había visto a su hermana epiléptica sufrir muchos ataques. Hasta dieciseis seguidos un fatídico día que sólo Dios sabía por qué no fue el último. Mamá sabría qué hacer.
-Ponedle... ponedle de lado y...
Cortaron la llamada. Era Gregg, a la espalda de Tribble.
-¡Llama ahora mismo al 911!
Loretta Tribble no podía creerlo. Lenny era un mulo, una bestia a la que tenía que reprender cuando en la salita de casa, con los pies sobre la mesa junto a Brian, se devoraba todas las pastas que con tanto celo elaboraba para sus hijos y aún le pedía más. “¿Pero cómo no le he dicho que llame a urgencias?”, pensó Loretta, con el teléfono otra vez en la mano y marcando el número del apartamento de su hijo.
-¿Q... quién? –contestó una voz apagada.
-Brian, ¡llama a una ambulancia!
-¿Eh...? No...
Era Gideon, el hermano de Mark Fobbs. La llamada acababa de despertarle. Brian no estaba en su casa. Loretta Tribble no sabía dónde estaba su hijo.

Su hijo maldecía cada uno de los interminables tonos antes de escuchar la maquinal voz de un operador (17).
-Hospital Leland, buenas noches.
-¡Que venga una ambulancia!
-¿A qué lugar?
-Es la 1103 del Washington Hall. ¡Es una emergencia! ¡Es Len Bias... que ha ido a Boston... –balbuceaba– y necesita ser atendido!
-¿De qué está usted hablando?
-Estoy diciendo que alguien necesita ayuda... ¡Len Bias necesita ayuda!
-De acuerdo, no hay problema con su nombre. ¿Qué es lo que ocurre?
El operador había reconocido perfectamente el nombre, pero precisamente por ello creyó que podía tratarse de una broma. No era la primera vez que alguien llamaba a deshoras con una falsa alarma, sobre todo si reclamaba ayuda para algún famoso.
-No... no respira bien.
No respiraba en absoluto y Long aplastaba su pecho una y otra vez.
-¿Cuál es la dirección?
-La 1103 del Washington Hall en el campus de la Universidad de Maryland.
-¿El Washington Hall?
-¡Sí!
-¿Cómo se llama usted?
-Brian.
-¿Brian qué?
-Tribble.
-¿Tribble?
-¡Sí!
-¿Cuál es su número de teléfono, Brian?
-Yo.. yo estoy en la habitación de Len Bias. No sé cuál es el número...
-¿Cuál es el número de la habitación?
-¡1103!
-¿1103?
-¡Sí!
-Vale –seguía anotando–. Cuál es... Dice usted que es el Washington Hall. ¿Cuál es la dirección del Washington Hall?
-Es... no lo sé... no tiene dirección... –¿por qué le preguntaba eso?– Vengan por Hungry Herman y sigan recto... queda a mano derecha. ¡Por favor, vengan rápido! ¡No es una broma!
-De acuerdo, Washington Hall, apartamento número 1103.
-¡Sí! ¡Le están haciendo el boca a boca! ¡Escuche! –y dirigió ingenuamente el teléfono hacia el dormitorio– ¿No lo oye? ¡Es Len Bias! ¡Tienen que hacer que viva! ¡No puede morir! ¡En serio, señor! ¡Vengan rápido, por favor!
-De acuerdo, Washington Hall y apartamento... umm... habitación 1103, ¿es así?
-¡Sí!
-A ver, ¿es la mil ciento tres?
Era desesperante.
-¡Sí! ¡Sííí! ¡Once cero tres! ¡Mil ciento tres!
-De acuerdo, mandamos una ambulancia para allá, ¿vale?
-¿Perdón?
-Que mandamos una ambulancia para allá.
En el dormitorio el cuerpo de Lenny sufría un tercer ataque.

Sólo Gregg parecía saber qué hacer. Corrió a la mesita, cogió el espejo, lo limpió aprisa con su manga y lo guardó en un cajón del vestíbulo. Acudió después a la cocina y abrió el armario bajo el fregadero, donde estaba el cubo de la basura. Allí encontró una pequeña bolsa de dulces donde metió aprisa la cocaína. Le temblaban las manos. Los nervios le habían hecho derramar parte de ella en el dormitorio, el vestíbulo y la cocina. Acto seguido entregó la bolsita a Tribble. “Tío, ¡deshazte de esto!”. Volvieron al dormitorio. Long seguía haciéndole el boca a boca. En los ojos de Lenny no había vida.
“David, hay una llamada de urgencia en la Universidad. Habitación 1103. Parada respiratoria. Lleva lo necesario. Nosotros vamos para allá”. David Purcell hacía la guardia en la estación de bomberos, a menos de un kilómetro del campus. Minutos después entraba en la suite. Conocía de sobra a los chicos. “¿Se puede saber qué pasa?”. Tribble no podía hablar y se limitó a señalar con el dedo el dormitorio. Al entrar el cuerpo de Long seguía tapando el rostro de Lenny. Cuando Purcell pudo ver de quién se trataba sintió una fuerte sacudida. No podía ser cierto. Había que mantener la calma. “Vamos a llevarle al vestíbulo. Esto es muy pequeño”. Purcell venía de la calle y el ambiente del dormitorio se le antojó cargado, insano. Estaba claro. Todos habían pasado la noche allí encerrados. Colocaron el cuerpo de Lenny otra vez en el suelo. “Con cuidado”. Primero la máscara de oxígeno, después el pulso. No tenía pulso. “¿Ha tomado algo raro?”. La expresión de Purcell no ayudaba en absoluto. “Cerveza”, se adelantó maquinalmente Long. “Sólo cerveza”.
Sin poder aguantar más Gregg entró al dormitorio de Baxter, que seguía dormido.
-¡Bax, Bax, despierta!
-¿Q... qué?
-Despierta, Lenny se está muriendo...
-¿Qué... qué coño dices? Deja de hacer el idiota...
-No respira... maldita sea... se está muriendo... –sollozaba.
Baxter tenía la sensación de recién haberse acostado. ¿Cuánto hacía que estuvo hablando con Lenny? ¿Cinco? ¿Diez minutos? Vale, sería temprano por la mañana. ¿Pero cómo podía haber aguantado Lenny toda la noche despierto? ¿Cómo después de los dos días que arrastraba? “Un caballo, eso es lo que es”, se convenció al incorporarse. Cuando salió al vestíbulo su corazón se detuvo. Varios operarios de urgencias rodeaban a Lenny, tendido en el suelo, envuelto en aparatos y cables. Gatlin estaba despierto. Permanecía quieto junto a la puerta de su dormitorio. No podía creer lo que estaba viendo. Baxter tampoco. Sacaron a Lenny en camilla y los chicos quedaron a solas.
El silencio era insoportable.
-Pero... ¿qué ha pasado? –insistía Baxter.
Long no contestaba. Gatlin sí lo hizo, como si estuviera seguro de algo.
-Estuvieron haciendo... esa mierda.
-¿Fumando hierba? –repuso Bax.
Gatlin prefirió recular. Podía haber pasado cualquier cosa.
-No lo sé. Estuvieron haciendo... algo.
Baxter imploraba una explicación. Gregg salía del dormitorio y Bax corrió hacia él, lo agarró con fuerza y lo metió al baño cerrando la puerta. Sintió sus manos frías y extrañamente húmedas.
-Me quieres decir qué coño ha pasado. ¡Qué es lo que ha pasado!
-No... nada... no sé... –era inútil– Bebimos cerveza... Él también y de pronto... se cayó al suelo.
La puerta de la suite volvió a abrirse. Purcell había olvidado su chaqueta. Vio a Long apilando las cervezas, una caja de pizza y demás desperdicios que sacaba del dormitorio, metiéndolo todo aprisa en una bolsa. “¿Es momento de recoger la basura?”, se sorprendió Purcell. “Vamos, puedo llevar a alguien”. Gregg, Long, Gatlin y Nevin bajaron con él. Long montó el último. Había corrido hasta el contenedor. Al igual que ocurría en el pasillo fuera de la suite, por entre las imponentes columnas que presidían la entrada del Washington Hall, aumentaba el número de estudiantes alertados por el revuelo. “Creo que Bias está en problemas”, se decían. “¿¡Qué!?”. Una ambulancia acababa de salir de allí. “¿¡Bias!?”. Era difícil de creer. El reloj marcaba la siete de la mañana.

Arriba en el dormitorio Baxter se desesperaba buscando algo. “Las... tengo yo”. Tribble extendió su mano. Eran las llaves del Nissan. “Vamos, llévame”. El hospital Leland Memorial quedaba a unos tres kilómetros al sur del campus, en Riverdale. Durante el trayecto no se dirigieron la palabra. Baxter se repetía lo mismo una y otra vez. “No está muerto. Todo va a salir bien”.
En el hospital el cuerpo médico luchaba contra reloj para que el corazón de Lenny volviera a latir. A las siete y media la sala de espera mostraba una inusual agitación. A David Gregg, Terry Long, Brian Tribble, Phil Nevin, Jeff Baxter y Keith Gatlin se había unido otro compañero de equipo, Speedy Jones, uno de los tres seniors junto a Baxter y Lenny, y el único que parecía entonces poder hablar.
-¿Habéis avisado ya a su familia?
Nadie levantó la cabeza. Había que armarse de valor para hacerlo.
-Lenny se va a poner bien. ¿Para qué alarmar...?
Gatlin corrió a uno de los teléfonos del pasillo.
-Señora Bias, soy Ke
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