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Un River modelo mundial

El Comité Técnico de la FIFA, integrado. entre otros, por los entrenadores Gerard Houllier y Gabriel Calderón, dio a conocer el informe del Mundial Brasil 2014 .



En el análisis se exalta "el juego ofensivo y de alta calidad", la cantidad de goles, que igualó el récord de Francia 1998 (171, con un promedio de 2,67 por encuentro; bastante por encima del total de los 145 de Sudáfrica 2010), y "el alto ritmo de las transiciones entre la defensa y el ataque". Es cierto que la FIFA funciona como una industria que a veces sobredimensiona las virtudes de su producto y esconde los defectos o los datos negativos. Si bien el fútbol se vende solo por estar incorporado a la cultura de muchos pueblos, una buena publicidad nunca está de más. Pero por encima de los matices, hay cierto consenso en que el último Mundial fue agradable a los ojos, cumplió con ciertas metas del espectáculo. Quizá faltó una gran figura (ni Messi se creyó el Balón de Oro que le entregaron y tampoco hubo un indiscutido para quedarse con el trofeo), pero por contrapartida se destacó lo colectivo, el funcionamiento en bloque y la implicación de todos los integrantes de un equipo en las dos facetas que exige el fútbol: ataque y defensa. Fue el Mundial que postergó a los especialistas, al héroe o al salvador. Ante todo, el equipo.

Los modelos exitosos generan tendencia, son imitados. No es que Gallardo haya necesitado el Mundial para inspirarse o definir su ideario de juego como entrenador, pero su River interpreta los postulados que quedaron de Brasil. Su equipo enseña una diferencia fundamental con el resto: una cosa es correr mucho, como es norma en nuestros torneos, y otra es tener ritmo, darle un sentido técnico y físico al despliegue. River cuenta con varios futbolistas en un alto nivel, pero ninguno es más importante que la productividad global.

La capacidad goleadora es única. Entre los convertidos y recibidos, la diferencia de gol es +13. Un récord para las primeras seis fechas en torneos cortos. Supera la marca (+10) del Newell's de Martino.

Este River llama la atención por la mentalidad y motivación, como si no viniera de ser campeón. Es costumbre que el último en dar la vuelta olímpica al torneo siguiente decaída, se disperse, afloje. Hace 16 certámenes que un campeón no repite, que no es capaz de retener el título. El último fue el Boca de Coco Basile en el Apertura 2005 y Clausura 2006.

En medio del justificado aluvión de elogios que recibe River se filtran las preguntas insidiosas: ¿aguantará? ¿No tiene un plantel demasiado corto para embarcarse en la triple competencia (copas Sudamericana y Argentina)? ¿Tendrá variantes para sorprender cuando ya lo tengan debidamente estudiado? Este River hace soñar y despierta el orgullo de sus hinchas como hace años no ocurría, mientras los simpatizanes rivales lo reconocen sin egoísmo. Este River da felicidad, un estado que normalmente es más fugaz que duradero. Si todo se esfuma antes de lo previsto, si el resultadismo no corona las intenciones y la ambición quedará la sentencia de William Faulkner: "Entre la pena y la nada, elijo la pena". No se sabe si este River acabará en gloria o pena, pero lo hecho ya lo exime de la nada.

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