Crónicas de un amor eterno

¿Qué le queda al pobre joven?, algún día lleno de ganas de vivir. Melancolía, Alegría y amor, las notas que más se repetían en la vida de él, la primera la nota que más grave sonaba, aquel hombre, lamento, odio y amo haber sido él.
Yo me encontraba como siempre, llendo a mí trabajo en el tren subterráneo, cuando, de repente, una chica hermosa, pasó por al lado mio y sentí como si su mirada me hablara. De inmediato sentí como si la conociera de toda la vida, que mi ser estaba incompleto sin ella, así que quise entablar una conversación con ella. Su rostro me parecía familiar, pero mí timidez no me permitió hablarle, así que seguí con lo mío a pesar de lo ocurrido. En unos pocos minutos llegué al trabajo y comenzé a hacer lo mío, la misma tarea monótona de siempre, realizar tareas administrativas mientras mis compañeros hablaban de lo que veían en la televisión igual que todos los días. Pero no podía sacarme de la cabeza a esa bella mujer de ojos verdosos y cabello castaño, la previa aparición de ella en el colectivo y mí falta de coraje al no hablarle turbaba mí mente, pero debía olvidarlo, quizás a esa mujer no la volvería a ver en el resto de mí vida. Pero lo mejor no era pensar en eso, podía ser que el destino haga posible mí reencuentro con aquella chica. Pasó el tiempo y se hizo la hora de partir a mí hogar, el reloj marcaba las seis y media y yo estaba ansioso de irme. Así que tomé mí mochila y me fui de el edificio de la empresa. Llegué a mí casa y con una melancólica expresión en mí rostro, fuí a a mi cuarto y me acosté en mí cama. Al día siguiente me desperté, desayune algunas galletas que habían quedado en la vieja latita gris en donde las guardaba siempre, mezcladas con un poco de café instantáneo. Me bañe y me vestí, aguarde unos minutos hasta que se hiciera la hora de ir al trabajo. Luego, partí hacia mí oficina y me senté en mí cubículo. Cuando llegue mí jefe dijo: .-”Muchachos, les presento a la nueva cadete; Lucía”. Quedé atónito. Esa tal Lucía era la misma hermosa mujer que había divisado en el colectivo. Ahora estaba en la empresa realizando las actividades que nadie quería hacer; hacer entregas de paquetes, limpiar los pisos y otras cosas. Como buen cobarde, seguí con mis actividades productivas hasta el descanso en donde fuí a tomarme un café. Ahí estaba ella, pero esta vez, dando patadas sin cesar a la máquina de café para que le de su vuelto. .-¿Te ayudo?. Le dije .-¡Dale!, no sabes como te agradezco. Me respondió. Dí un golpe seco a la máquina y ésta devolvió el vuelto rápidamente, mantuve una breve conversación con Lucía, nada del otro mundo, simplemente intente establecer cierta relación, aunque no llegue a nada serio,le hablé acerca de mi, esa chica tenía que ser parte de mí vida. Luego de un tiempo volvimos a nuestros puestos de trabajo y me despedí de ella. Seguí trabajando hasta las 6:30, en ese momento, tomé mí mochila y me largué de allí pero sin antes ofrecerle mí compañía a Lucía para que no se valla sola. No puede ocultar la sonrisa de mi rostro, tenía a la mujer de mis sueños a mí lado, al menos unos minutos. La acompañe hasta su casa y me despedí de ella con un beso cuando de repente se escuchó un ruido. .-¿Está todo bien?. Le dije .-No. Creo que se me cayeron las llaves en el colectivo. Me respondió .-Uh. Emm escuchame , recien te conozco, pero si querés podés quedarte en mí casa. .-Bueno, esto es raro, no me suelo quedar en la casa de cualquier chabón, pero no me queda otra, no me malinterpretes, no digo que no seas un buen tipo pero... .-¿Pero?... Le respondí .-No, nada, supongo que está bien. Volvimos a mí casa y al llegar le dije: .-Bueno, esta es mí casa; ¿qué te parece? .-¡Me encanta!. Es un palacio comparado con mí casa. Respondió ella Compartimos un té y hablamos toda la noche, ¡teníamos tanto en común!, los mismos gustos, los mismos intereses y sospeché que también teníamos las mismas intenciones el uno con el otro. Fué raro estar con una mujer que apenas había visto una mañana en un colectivo. Entre sorbo y sorbo se hizo la madrugada. .-Bueno, ya es muy tarde, yo me voy a dormir, te dejo mí cama, yo me voy al sillón. .-¡Espera!; ¡¿cómo me vas a dejar tu cama si yo ni debería estar acá?!. Deja, yo me voy al sillón. Me respondió .-Quedate tranqui, yo insisto, después de todo, sos una invitada. Le dije .-Te debo demasiado, no sé cómo agradecerte. Dijo ella. Pase la noche con insomnio, me preguntaba cómo un día había cambiado tanto mí vida. Mí madre había muerto y mi padre era alcohólico y no tenía una buena relación con él. Ya varias veces había caído en la tentación del suicidio. Tomar un cuchillo, armarme de valor y hacerlo de una vez, pero en mí interior había una voz que me calmaba y me decía que en el futuro me estaba guardando una sorpresa muy especial. Y así fué, tan sólo la presencia de Lucía en mí vida había iluminado todo a mí alrededor y puso mis metas bien claras: era ella o nada. Al despertar, la ví haciendo el desayuno, y con una felicidad envidiable me dijo: .-Te hice el desayuno, era lo mínimo que podía hacer de tanto que hiciste por mi. No pude responderle, pero le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Comimos hasta que se hizo la hora de ir a trabajar y nos tomamos el colectivo. Llegamos al edificio de la empresa y cada uno comenzó con lo suyo. Mí jefe notó un cambio radical en mí capacidad productiva y decidió llamarme para felicitarme. Se escuchó salir una voz de los parlantes que había en la oficina. .-”, por favor Gonzáles, venga a mí oficina”. Con una soberbia sonrisa en mí rostro caminé hasta la oficina de Martín. Él me dijo: .-Noto una gran mejora en su labor, está trabajando el doble o hasta quizás el triple de lo que trabajaba antes y se destaca por sobre la de los demás, pero tengo una pregunta: ¿Cómo puede mejorar tanto en tan poco tiempo?... .-¿Nunca sintió el hecho de vivir como un peso y que de repente, en la parte más miserable de su vida aparezca una luz de esperanza?. Bueno, así me siento, la aparición de una persona especial en mí vida revivió todo el vigor que alguna vez había tenido. Le respondí Martín se quedó callado unos segundos y luego me respondió: .-No, nunca sentí eso, pero me alegro por usted. Parece que tiene un lazo muy especial con esa persona y espero que ese lazo no se rompa. .-Gracias jefe. Ahora si me lo permite me retiro.Le respondí. .-Pero si no hace falta que me llame así, dígame Tincho por favor. Dijo él. Me sorprendí. Jamás en mis años de trabajo Martín había tenido esa confianza conmigo, quizás fue por el hecho de confesarle la verdadera razón del repunte de mis actividades laborales. Quizás el contarle eso a mí jefe había establecido una relación de confianza entre ambos. Pero no era momento para ponerme a pensar, debía seguir con lo mío y enfocarme en mí trabajo para que llegue la tarde y pueda acompañar a Lucía aunque esta vez no se quedara en mí casa, podría acompañarla en el colectivo. La mañana se hizo tarde y las horas pasaron, poco a poco llegaba la hora de volver a casa, apagué la computadora de la oficina y esperé pacientemente por Lucía hasta que termine. Unos diez o quizás veinte minutos después ella llegó exhausta y me dijo: .-Uff, este laburo me tiene harta, ¡Y eso que es solo mí segundo día!. .-Los primeros días son difíciles, uno lo aprende por las malas, pero después te vas acostumbrando y se hace cada vez más fácil. Le respondí .-Supongo que sí. ¿Me acompañas a mí casa?, esta vez si tengo llaves, mí hermana me hizo una copia de unas viejas que tenía. Dijo ella .- Dale. Le dije con un poco de entusiasmo. Mantuvimos una conversación como lo habíamos hecho la otra vez hasta llegar a su casa. Ella me dió un beso en la mejilla y se despidió. El perfume que dejó en mí ropa era como llevar la esencia de su ser allí. Al llegar a mí casa no quería lavar mí camisa por miedo a que esta pierda su olor. Cené tan solo un poco de arroz que quedaba hervido de la noche anterior y me fuí a dormir. Al día siguiente, me desperté como siempre a las siete, desayuné un poco de granola y miré la televisión. Todo me hacía acordar a Lucía, hasta la comida que comía, ya que ella compartía la misma dieta vegetariana que yo. Tomé mí mochila y agarre mí tarjeta para viajar en el colectivo. No me animé a ir a la casa de ella por miedo a ser muy molesto, así que hice mí trayecto al trabajo solo. Llegué a las ocho y media como siempre, me senté en mí puesto de siempre a hacer las mismas tareas de siempre. Normalmente me hubiera quejado de hacer esas cosas, pero Lucía había convertido la monotonía de mí vida en una dulce costumbre de la cuál me enamoré casi inmediatamente. Era viernes, y yo tenía pensado invitar a Lucía a cenar el fin de semana: así que fuí de frente y le dije lo que le tenía que decir, ella respondió “OK” con un tono de voz alegre. Intenté contener mí emoción y le dije que la vería en el restaurant “La farola” y que yo lo pasaría a buscar a las nueve. Al día siguiente me desperté más alegre que nunca. Desayuné y leí las noticias por internet en mí computadora, todo parecía ir bien, no habían malas noticias y el clima era perfecto. Pase el resto del día pensando en la cita. No podía sacarme a Lucía de mí mente, así que me acosté en mí cama y repose mí cabeza en la almohada y me dormí. Al despertarme eran las siete y media. Tenía tiempo suficiente para bañarme, arreglarme y pasar por Lucía, así que pase una hora arreglandome, me puse un traje que había alquilado el día anterior y unos zapatos que tenía guardados y pase a buscarla en un remis. Al llegar a la casa de Lucía, la ví salir de su casa con un vestido rojo e inmediatamente al verla, pensé en cómo una flor se abre para desplegar toda su belleza. Le dije: .-Estás hermosa… .-Ay, ¡gracias!, aunque no es para tanto… Dijo ella. El viaje duró menos de lo que yo esperaba. No había casi nada de tránsito y llegamos a tiempo. Le pagué al remisero su respectiva tarifa y me despedí de él. Entramos con Lucía a el restaurante y al sentarnos, le dije: .-¿Qué vas a pedir? .-Alguna pasta… Son mí debilidad. Respondió ella. Llamé al mesero y este vino de inmediato. Le dí la orden y el me dijo que enseguida la traería. Mientras tanto, Lucía hablaba acerca de ella y de la relación con sus padres mientras yo me perdía en sus ojos. Unos minutos más tarde, el mesero trajo el pedido; unos fideos con salsa cuatro quesos para ella y unos ñoquis con salsa bechamel para mí. Pase toda la cena contándole anécdotas de mí infancia con humor, mientras ella se reía. Poco a poco las horas pasaron y llegó el momento de irnos. Le pedí la cuenta al mozo y se la pagué dejándole cuarenta pesos de propina. Le dije a Lucía: .-Lu, ya es tarde, ¿Querés que te lleve a tu casa?. .-Me harías un favor enorme. Dijo ella. Paré un radio taxi y le dí las indicaciones. Ella estaba cansada y se durmió en mí hombro. Al llegar a la casa la desperté con un suave golpecito en su codo mientras le susurraba que ya habíamos llegado. Ella se levantó lentamente mientras yo le pagaba al remisero. Cuando salí del auto, ella ya estaba en la puerta de su casa, caminé yo también hacía la puerta y me acerqué a ella. Ella me tomó de las manos, posó sus labios en mí oído y me susurró: .-La pasé genial, nunca me sentí tan bien en mucho tiempo, nos vemos la próxima vez. Yo me quedé inmóvil frente a su puerta mientras ella entraba a su casa. No podía creerlo; había logrado llegar a tener a la mujer que me había hechizado con su mirada días atrás susurrandome en el oído y diciendome que quería verme una vez más. Mí vida estaba en el mejor momento y estaba listo para seguir adelante y conquistar a la bella mujer de la cuál me había enamorado a primera vista. Tomé un colectivo y volví a mí casa tratando de procesar en mí mente todo lo acontecido. Me tomé un té mientras pensaba un rato y luego me fuí a dormir. Esta vez tardé sólo unos pocos minutos, mi cita ya había acabado y yo podía descansar en paz. Me quedé pensando en los pequeños errores que había cometido en ella y me dormí rápidamente. Recuerdo haber soñado que me le declaraba a Lucía. Sí… Recuerdo que estábamos los dos juntos en un barco y yo le comenzaba a recitar mís palabras de amor hacía ella. Ella quedaba encantada de lo que yo le había dicho y cuando estábamos a punto de besarnos, me desperté. Jamás había odiado tanto despertarme en la mejor parte de un sueño, pero en el recuerdo borroso de mí sueño, logré acordarme de algún que otro verso, así que me levanté de mí cama rápidamente y apurado tomé una hoja mientras escribía. Recuerdo que era algo como “Eres la salvación de mí alma” o “Eres la encarnación humana de un ángel”, no lo recuerdo muy bien, pero sé que terminaba con un “te amo”. No podía decirle todas esas cosas a Lucía si la conocía desde hacía tan poco tiempo, pero en esos días había sentido como si la conociera de una vida pasada y nos volvieramos a encontrar luego de mucho tiempo. Ese día no hice nada más que quedarme en mí casa. La realidad fue que me quede todo el día pensando en Lucía: qué cosas eran las que más le gustaba, su comida favorita, etcétera. También pensaba en la forma de declarar mí amor hacía ella. Todas las ideas que consideraba buenas las anotaba en un cuaderno que bauticé como “El diario de un amor eterno”, tan solo ese día había logrado escribir más de veinte páginas. Mí pasión por esa mujer, ya era un hecho. Las páginas del libro iban aumentando paralelamente a mí felicidad, mientras más escribía más feliz era y viceversa. Pero de todos esos versos, sólo uno o dos destacaban de entre los demás, yo quería únicamente lo mejor para Lucía, no importaba si era mucho o si era poco, pero sabía que por más preciosos que sean los versos, ella siempre iba a merecer algo más, mí alma le rogaba con fervor su amor y parecía que ella respondía pero no con palabras, sino con gestos, lo hacía con su lenguaje corporal. Una sonrisa para ella no era más que un gesto amistoso que le llevaba unos segundos, pero para mí, era un sentimiento de alegría pura que corría por mis venas. Terminé de escribir exhausto a las diez de la noche aproximadamente, mí labor dejó como resultado cuarenta páginas llenas de palabras de amor dedicadas a Lucía. Decidí salir de casa e ir al supermercado a comprar algo de comida para cenar, algo que realmente me gustara -después de todo, tantas horas de duro esfuerzo merecen una buena recompensa- me dije a mí mismo. Merodee por el supermercado unos 10 minutos buscando la comida que más me gustara, luego de eso, unos momentos después estaba en la caja con un balde de helado y un paquete de cuatro milanesas de soja. Compartí una breve charla con la cajera: .-Hola… Es solo esto. Le dije .-Bueno. Son treinta y ocho pesos con veinte centavos. Respondió ella con cierto rechazo No pronuncié ni una palabra más por qué me había ofendido el mal humor de la empleada, pero pensé que era normal que esté así luego de haber atendido decenas o quizás hasta centenas de personas pasando todos y cada uno de los productos que llevaban en el carrito uno por uno, hora tras hora. Segundos después de haberle entregado los productos que llevaba en mis manos para que me cobrará, me dijo: .-“Son treinta y ocho pesos con veinte centavos”. Le pague exactamente lo que le debía para que no tenga que darme vuelto y me despedí con un indiferente “chau”. Salí a la calle y paré el colectivo con la mano que cargaba las bolsas, el colectivo paró, me subí, le pagué el viaje y me senté en un asiento de las fila de atrás. El viaje se sintió algo más corto de lo normal, pero llegué a mí casa, cené y me fuí a dormir. Al día siguiente me levante con un leve dolor estomacal así que solo me tomé una pastilla y me quedé en cama todo el día. Así pase el resto del fin de semana, acostado en mí cama dedicándome a escribir toda palabra que anduviera rondando por mi mente. Al despertarme el lunes, me puse mí mejor corbata y los zapatos que tenía en mejores condiciones, no había una ocasión especial, pero con Lucía en la empresa, nunca está demás ir bien vestido por una mujer tan hermosa. Me tomé el colectivo como siempre y al llegar a la empresa, me topé en la entrada con ella e intenté hablarle, pero ella puso su dedo en mis labios y sonriendo me dijo: .-Antes de que digas nada, quiero decirte que la pase re bien el viernes, aunque nos hayamos conocido hace tan poco… .-Lo mismo iba a decir, ¡pero que bueno que sintamos lo mismo!. Le respondí. .-Qué bueno, pero qué cagada que sea otra vez lunes, el laburo me tiene re embolada. Dijo ella .-Sí, te entiendo, en algún momento yo también tuve que hacer todas esas cosas y no me gustaba un carajo. Le dije .-Jaja, sí, es verdad, pero el edificio de la empresa es lindo y la gente que hay acá es muy buena onda, no tiene nada que ver con la empresa en la que estuve trabajando hace un año y medio masomenos. Respondió ella. Seguimos charlando hasta que se hizo la hora de volver a nuestros puestos de trabajo. No tenía ganas de seguir haciendo lo mismo, ya me había cansado de la misma rutina de trabajo a pesar de que lo hacía todo el tiempo. Así que pase unos minutos, casi una hora jugando juegos flash allí. Me fuí del trabajo a mí casa e hice la rutina de siempre; mirar televisión hasta que se haga la hora de la cena, prepararme la cena, cenar e ir a dormir pensando en Lucía. Los días pasaron de la misma forma, todos los días tratando y tratando de demostrarle mí amor hacia ella con pequeños gestos, con insinuaciones ocultas en palabras que le decía. Recuerdo que un miércoles mientras estaba en la computadora en mí trabajo, me puse a pensar acerca de la relación que tenía en ese momento con Lucía, creía que estaba en el momento justo para declararle mí amor. Al salir del trabajo le dije que me acompañara al río, que tenía que decirle algo, mis intenciones eran un poco obvias por la forma en la que había dicho eso, pero ella no había reaccionado de una forma repulsiva a ello, lo cuál me ilusionaba mucho. Al llegar al río me armé de valor, y frente al ocaso de vibrantes colores, en el cuál parecía que el cielo caía al rió y se escondía en la penumbra de la noche, le declare mí amor a Lucía intentando materializar todos mí amor en palabras, mientras ella lloraba de felicidad y asentía con la cabeza antes de que yo le preguntara si quería ser mí novia. El estado de felicidad en el que me encontraba en ese momento era indescriptible. Pasamos unos minutos acostados en una lona en el pasto hasta que decidimos volver a nuestras casas, como buen caballero y novio, la acompañe a su casa en el colectivo. Esta vez, no nos despedimos con el inocente beso en la mejilla que nos dábamos siempre, sino con un intenso y fogoso beso. Pero no quería largarme de su lado. Justo antes de que me vaya, ella me ofreció entrar a tomar un café. Pude percibir las intenciones ocultas que tenía esa propuesta. No era un simple café, sino otra propuesta muy distinta. Poco recuerdo de aquella noche, sólo sé que en la mañana del día siguiente me desperté en su cama, con ella a mi lado. Ví su sonrisa y sentí como si se hubiera sellado nuestro destino; estábamos destinados a estar juntos. Puedo haber olvidado detalles, pero nunca voy a olvidar lo feliz que era con Lucía. Pasaron unos meses y estábamos rumbo a un restaurante para cenar, en el camino, la ví respirar con un poco de dificultad, cosa que me produjo cierta hiel, así que le pregunté intentando simular un poco de tranquilidad si estaba bien. Respondió que sí y que no era nada. Llegamos allí y parecía que su malestar había cesado. Me encontré con un viejo amigo y le fuí a hablar con ella a mí lado. Así, entre cada palabras compartidas y cada mordisco en la cena, se le hizo la hora de dormir a él y a su novia. Poco más nos quedamos allí, hasta que Lucía tuvo otro ataque, esta vez le dije que la iba a llevar a un médico que quedaba a unas pocas cuadras de allí. Sin siquiera lograr caminar una cuadra, ella empeoro muy progresivamente, tomé mí celular para llamar a una ambulancia y apenas comenzo a sonar el tono intermitente de una llamada, el cuerpo de ella se desplomó en el suelo, no podía hacer nada más que intentar hacerla reaccionar mientras le decía desesperado el número de la calle al médico de guardia. Fuí afortunado, pues la ambulancia llegó muy rápido. Fué tan rápido, en unos segundos pase de la alegría a la desesperación, repitiendo la misma frase sin cesar -Todo va a salir bien amor, todo va a salir bien- esforzándome para no caer en el llanto. El viaje más largo de mí vida, los médicos tripulantes, produciéndole shocks eléctricos para que no muriera. Llegamos a el hospital. No pude lograr controlar más mis lágrimas, de inmediato toda la tristeza la mía y la de ella se materializaron en un mar de lágrimas, no llores mí amor, yo lo haré por tí. Ya no quedaba más remedio, me dí cuenta de que me quería decir algo, con la poca fuerza que tenía me tomó de la mano y con un débil suspiro me dijo “te… te amo”, su débil, corta e incesante respiración cesó. Caí de rodillas, un fuerte grito al cielo, oído por todos, ignorado por nadie. Los médicos me quitaron de allí, me quede tirado en el suelo de la sala de espera con un inconsolable llanto, mientras la gente de allí me miraba con una mirada que demostraba pena y tristeza. Luego, vino el médico y me dijo lo que yo ya sabía, Lucía, mí amor, la musa de aquellos hermosos versos, había muerto. ¡Maldición!, me largué de allí, no había nada que hacer en ese lugar, me fuí a mí casa, una última cosa por hacer… Aquel libro lleno de amor, era hora de sellarlo con el fin. Un último grito de amor, el último suspiro. Apareciste en la peor étapa de mí vida y convertiste las ruinas de mí vida en el apogeo de otra vida aún mejor. Seugro, con un cuchillo en mis manos, listo para sumergirme en las entrañas de la muerte para buscarte mí amada. Soñando que todo sea un sueño y vos me esperes cuando despierte. Te amo, te amé y te amare hasta que el último rastro de mí sir se destruya por completo y mí grito de amor, rogando tu presencia, se vea ahogado en el mar de la perdición. Este es el libro, estas son las crónicas de un amor eterno, está fué lo mejor de mí vida. Adiós