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el libro del club de la pelea online (2)

parte 2 del libro el club de la pelea

Cuatro


Esta noche están aquí todos los típicos parásitos cere¬brales. Las sesiones de Arriba y Más Allá siempre cuen¬tan con una nutrida asistencia. Éste es Peter. Este es Aldo. Esta es Marcy.
¿Qué tal?
Presentaciones. Hola a todos; ésta es Marla Singer; es la primera vez que viene.
Hola, Marla.
La sesión de Arriba y Más Allá comienza con el rap de la recuperación. El grupo de apoyo no se llama En¬fermos con Parásitos Cerebrales. Jamás oirás a nadie de¬cir parásitos. Todos están siempre en franca mejoría. ¡Ah, este nuevo medicamento! Aunque siempre acaban de salir de un bache, no verás más que miradas extravia¬das, tras llevar cinco días con dolor de cabeza. Una mu¬jer se enjuga unas lágrimas involuntarias. Todos llevan una tarjeta de identificación y la gente a la que has visto todos los martes por la noche a lo largo de un año, acu¬de a tu encuentro con la mano tendida y los ojos clava¬dos en tu tarjeta de identificación.
No creo que nos conozcamos.
Nadie dirá parásitos. Dirán agentes.
Tampoco dirán curación. Dirán tratamiento.
Durante el rap de la recuperación uno de los enfermos describirá la forma en que el agente se extendió por su columna vertebral hasta que, de repente, perdió el control sobre la mano izquierda. El agente, dirá alguno, le ha secado las meninges y ahora el cerebro se desplaza con libertad dentro del cráneo provocando este tipo de ataques.
La última vez que estuve aquí, la mujer llamada Cloe nos comunicó las únicas noticias buenas que tenía. Cloe se puso de pie con dificultad, apoyándose en los brazos de madera de la silla, y dijo que ya no tenía miedo a morirse.
Esta noche, después de las presentaciones y el rap de la recuperación, una chica a la que no conozco y cuya tarjeta la identifica como Glenda nos dice que es la hermana de Cloe y que, por fin, a las dos de la mañana del martes pasado Cloe se murió.
¡Oh! Este momento debería de ser delicioso. Duran¬te dos años Cloe ha llorado en mis brazos y ahora está muerta; muerta y enterrada, enterrada en una urna, mau¬soleo o columbario. ¡Oh!, la prueba de que un día estás vivo y arrastrándote por el mundo, y al siguiente te has convertido en un frío fertilizante, en bufé para gusanos. Este es el asombroso milagro de la muerte, y sería un mo-mento delicioso si no fuera por... ¡ah! por esa mujer.
Marla.
¡Vaya! Marla me está mirando otra vez, destacándo¬se entre todos los parásitos cerebrales.
Mentirosa.
Farsante.
Farsante.
Marla es la farsante. Tú eres el farsante. En realidad, cada vez que alguien pone cara de dolor, o cae al suelo retorciéndose y gruñendo mientras la entrepierna de sus vaqueros se vuelve azul oscuro, todo es una farsa.
Esta noche, de repente, la meditación guiada no me transportará a ninguna parte. Detrás de cada una de las siete puertas del palacio, la puerta verde, la puerta na¬ranja, está Marla. La puerta azul: Marla está allí de pie. Mentirosa. Durante la meditación guiada, mientras atravieso la cueva, el animal que me hace de guía es Marla. Marla, mientras fuma un cigarrillo y entorna los ojos. Mentirosa. Con su pelo negro y labios carnosos, estilo francés. Farsante. Labios de sofá italiano de cuero oscu¬ro. No tienes escapatoria.
Cloe sí era auténtica.
Cloe era tal y como sería el esqueleto de la cantante Joni Mitchell si consiguieras hacerle sonreír y pasearse por una fiesta mostrando una amabilidad exquisita con todo el mundo. Imagínate el popular esqueleto de Cloe, del tamaño de un insecto y corriendo a las dos de la ma¬ñana por los sótanos y las galerías de sus tripas. Su pulso convertido en una sirena cuyo aullido se oye por encima de todos y que anuncia: preparada para morir dentro de diez segundos, nueve, ocho. La muerte se iniciará dentro de siete segundos, seis...
Por la noche Cloe corrió por el laberinto de sus pro¬pias venas colapsadas y por conductos que reventaban para derramar linfa caliente. Los nervios asomaban por el tejido como cables trampa y brotaban abscesos que se hinchaban como perlas blancas y calientes.
Aviso de megafonía: Preparada para evacuar los in¬testinos dentro de nueve segundos, ocho, siete.
Preparada para evacuar el alma dentro de diez se¬gundos, nueve, ocho.
Cloe avanza chapoteando en el líquido expulsado por sus ríñones enfermos, y que ahora le llega a los to¬billos.
La muerte comenzará dentro de cinco segundos.
Cinco, cuatro.
Cuatro.
En torno a ella, el pulverizador antiparásitos tiñe su corazón.
Cuatro, tres.
Tres, dos.
Cloe escala a pulso los conductos helados de su gar¬ganta.
La muerte comenzará dentro de tres segundos, dos.
La luz de la luna entra por su boca abierta.
Preparados para el último aliento, ya.
Evacuación.
Ya.
El alma se libera del cuerpo.
Ya.
Se inicia la muerte.
Ya.
¡Oh!, sería tan delicioso recordar el amasijo de hue¬sos calientes de Cloe aún en mis brazos mientras Cloe yace muerta en alguna parte.
Pero no, Marla me observa.
Durante la meditación guiada abro los brazos para recibir al niño que hay en mí y el niño es Marla fuman¬do un cigarrillo. No aparece ninguna bola de luz curati¬va. Mentirosa. Ni los chakras. Imaginaos los chakras abriéndose como flores y, en el centro de cada uno, una deliciosa explosión de luz a cámara lenta.
Mentirosa.
Mis chakras siguen cerrados.
Al terminar la meditación, todos se estiran, giran la cabeza de un lado a otro y se ayudan a ponerse de pie para estar preparados. Contacto físico terapéutico. A la hora del abrazo, doy tres pasos y me planto delante de Marla, que levanta la mirada y fija la vista en mi rostro mientras yo observo al resto, que ya está preparado para la representación.
Vamos, la actuación va a empezar; abrazad a quien tengáis más cerca.
Mis brazos se cierran como cepos en torno a Marla.
Esta noche escoged a alguien especial.
Marla mantiene prendidos a su cintura dedos que parecen cigarrillos.
Decidle a vuestro compañero cómo os sentís.
Marla no tiene cáncer testicular. Marla no tiene tu¬berculosis ni se está muriendo. Bueno, está bien; según la sesuda filosofía sobre la nutrición cerebral, todos nos estamos muriendo; sin embargo, Marla no se está mu¬riendo de la misma forma que se moría Cloe.
El momento ha llegado, entregaos.
Entonces, Marla, ¿te gustan estas manzanas?
Entregaos a fondo.
Marla, lárgate. Vete. Vete.
¡Adelante! Llorad si queréis.
Marla me mira fijamente. Tiene los ojos castaños. Los lóbulos de las orejas se arrugan en torno a los agu¬jeros de los pendientes, aunque no los lleva puestos. Sus labios agrietados están escarchados con piel muerta.
Adelante, llorad.
—Tampoco tú te estás muriendo —dice Marla.
A nuestro alrededor, las parejas sollozan, abrazadas.
—Si me denuncias —dice Marla—, te denunciaré.
—Entonces, podemos repartirnos la semana, —le digo. Marla puede quedarse las enfermedades óseas, los parásitos cerebrales y la tuberculosis. Yo me reservo el cáncer testicular, los parásitos sanguíneos y la demencia encefálica orgánica.
—¿Y qué pasa con el cáncer de colon ascendente? —pregunta Marla.
Esta chica ha hecho los deberes.
Nos repartiremos el cáncer de intestino. Ella irá el primer y el tercer domingo de cada mes.
—No —dice Marla.
No; lo quiere todo. Los cánceres y los parásitos. Marla entrecierra los ojos. Nunca soñó que pudiera sentirse tan maravillosamente bien. De hecho se sentía viva. Tenía la piel más clara. Nunca había visto a un muerto. No sabía bien qué era la vida porque no tenía con qué contrastarla. ¡Ah!, pero ahora conocía experiencias de agonía, muerte, dolor y pérdida; llanto, temblores, te¬rror y remordimientos. Ahora que sabe a dónde vamos todos, Marla disfruta cada instante de la vida.
No, no estaba dispuesta a dejar ningún grupo de apoyo.
—No, nada de volver al anterior estilo de vida —dice Marla. Trabajaba en una funeraria para sentirme a gusto conmigo misma, sólo por seguir respirando. ¿Qué pasa¬ría si no encontrara trabajo en mi campo?
—Pues vuelve a trabajar en la funeraria, —le contesto.
—Los funerales no se pueden comparar en nada con esto —me dice Marla—. Los funerales son ceremonias abstractas. Aquí, en cambio, adquieres una experiencia real de la muerte.
A nuestro alrededor, las parejas se secan las lágri¬mas, se sorben la nariz, se dan palmaditas en la espalda y se separan.
—No podemos venir los dos, —le digo.
—Pues no vengas.
Lo necesito.
—Entonces vete a los funerales.
Los demás se han separado y se dan la mano para la oración final. Suelto a Marla.
—¿Cuánto hace que vienes aquí?
La oración final.
Dos años.
Un hombre del círculo de los que rezan me coge una mano. Otro coge la mano de Marla. Por lo general, cuando comienzan estas oraciones dejo de respirar. ¡Oh!, bendícenos. ¡Oh!, bendice nuestra rabia y nues¬tros miedos.
—¿Dos años? —Marla inclina la cabeza para hablar en un susurro.
¡Oh! Bendícenos y ampáranos.
A lo largo de estos dos años, si alguien pudo haber¬me descubierto, o bien había fallecido o se había recu¬perado y dejado de asistir.
Ayúdanos, ayúdanos.
—Está bien —accede Marla—, de acuerdo, de acuer¬do. Te dejo el grupo de cáncer testicular.
Bob el grandullón, ese bendito pedazo de pan, se¬guirá mojándome con sus lágrimas. Gracias.
Condúcenos a nuestro destino. Danos la paz.
—De nada.
Así conocí a Marla.










Cinco


El tipo del cuerpo de seguridad me dio toda clase de explicaciones.
Los mozos de equipaje pueden desentenderse de las maletas que hagan tictac. El tipo del cuerpo de seguri¬dad llamaba «lanzadores» a los mozos de equipaje. Las bombas modernas no hacen tictac; en cambio, si una maleta vibra, los mozos de equipaje —los «lanzado¬res»— tienen la obligación de llamar a la policía.
Por eso acabé viviendo con Tyler, porque la mayo¬ría de las líneas aéreas han adoptado esas normas con las maletas que vibran.
De regreso en el vuelo desde Dulles llevaba todo en aquella maleta. Cuando viajas mucho, aprendes a hacer la misma maleta para todos los viajes. Seis camisas blan¬cas. Dos pantalones negros. Lo mínimo imprescindible para sobrevivir.
Un despertador de viaje.
Una máquina de afeitar a pilas.
Un cepillo de dientes.
Seis mudas de ropa interior.
Seis pares de calcetines negros.
Según me dijo el tipo del cuerpo de seguridad, la po¬licía había retenido en Dulles mi maleta porque vibraba.
Tenía allí todas mis pertenencias: el material para las lentillas, una corbata roja con rayas azules, una corbata azul con rayas rojas. Las rayas eran de uniforme militar; nada de rayas de corbata tipo club. Y una corbata lisa de color rojo.
Solía tener colgada en la cara interior de la puerta del dormitorio una lista con todas estas cosas.
Vivía en un apartamento que estaba en el piso deci¬moquinto, una especie de archivador gigantesco para viudas y jóvenes profesionales. El folleto de propagan¬da prometía treinta centímetros de hormigón en los sue¬los, techos y paredes con el fin de separarte de cualquier estéreo o televisión a todo volumen. Aire acondiciona¬do y treinta centímetros de hormigón; sin embargo, por mucho parqué de arce que tengas, o por mucho regula¬dor de voltaje, no puedes abrir las ventanas, así que, cada uno de los doscientos metros cuadrados van a oler a la última comida que hayas preparado o a la última vi¬sita al cuarto de baño.
Ah, sí, además, la tapa del contador era como la ta¬bla de un carnicero y había también un circuito de ilu¬minación de bajo voltaje.
Sin embargo, un suelo de treinta centímetros de hor¬migón es importante cuando a la vecina se le ha acabado la batería del audífono y ve los concursos de la tele con la voz bien alta. O cuando se produce una erupción volcáni¬ca de gas y los escombros de lo que un día fueron el salón y tus efectos personales salen volando por las ventanas y caen envueltos en llamas dejando tu apartamento, sólo tu apartamento, convertido en un agujero de hormigón car¬bonizado, abierto en el acantilado del edificio.
Estas cosas pasan.
Todo, hasta la vajilla de vidrio verde soplado a mano con aquellas burbujitas e imperfecciones y granitos de arena, que eran la prueba de que había sido fabricada por aplicados, sencillos y honrados indígenas aboríge¬nes de vete a saber dónde; todo, hasta esos platos se han hecho añicos con la explosión. Imagínate las cortinas devoradas por las llamas, hechas jirones y volando en el viento caliente.
Desde una altura de quince pisos sobre la ciudad, todo esto cae ardiendo, abollando y destrozando los co¬ches de todo el mundo.
Mientras vuelo dormido en dirección oeste y a una velocidad 0,83 mach, es decir, a setecientos treinta kiló¬metros por hora —a una verdadera velocidad aérea—, el IBI dirige mi maleta hasta una pista de aterrizaje deso¬cupada del aeropuerto de Dulles con el fin de desactivar¬la. Nueve de cada diez veces, confiesa el tipo del cuerpo de seguridad, la vibración está causada por una máqui¬na de afeitar; en este caso, por mi máquina de afeitar a pilas. Y la décima vez, la culpa es de un consolador.
El tipo del cuerpo de seguridad me dio estas explica¬ciones en el aeropuerto de destino —adonde llegué sin mi maleta— cuando estaba a punto de coger un taxi para ir a casa y encontrarme las sábanas de franela hechas ji¬rones por el suelo.
Imagínese —me dice el tipo del cuerpo de seguri¬dad— que al llegar aquí le dijese a una pasajera que su equipaje se quedó en tierra, allá en la Costa Este, por culpa de un consolador. A veces, es incluso un hombre completo. Las líneas aéreas tienen como norma no con¬siderar de quién es el objeto cuando se trata de un conso¬lador. Hay que emplear el artículo indefinido.
Un consolador.
Nunca «su consolador».
Siempre hay que decir que «el consolador» se puso en marcha accidentalmente.
«Un consolador se puso en marcha y provocó una situación de emergencia que obligó a retener su equipaje.»
Llovía cuando me desperté para coger mi conexión a Stapleton.
Llovía cuando me desperté y por fin estaba cerca de casa.
Un aviso por megafonía nos rogó que nos cerciorá¬ramos de que no dejábamos ningún objeto olvidado en los asientos. A continuación se oyó mi nombre. ¿Sería tan amable de presentarme a la salida, donde me espera¬ba un representante de la compañía aérea?
Aunque retrasé tres horas el reloj, seguía siendo más tarde de medianoche.
En la puerta estaba el representante de la compañía aérea y estaba también el tipo del cuerpo de seguridad para decirme: «¡Vaya!, la máquina de afeitar es la culpa¬ble de que su equipaje se quedara en Dulles». El tipo del cuerpo de seguridad llamaba «lanzadores» a los mozos de equipaje. Después los llamó «trepaescalerillas». Para demostrarme que podría haber sido peor, el tipo me dijo que al menos no se trataba de un consolador. Lue¬go, quizá porque era la una de la madrugada y porque soy un tío y él era un tío, y quizá para hacerme reír, me dijo que, en el argot del gremio, a las auxiliares de vue¬lo las llamaban «camareras espaciales» y «colchones aé¬reos». Parecía llevar puesto un uniforme de piloto: ca¬misa blanca con charreteras pequeñas y corbata azul. Mi equipaje ya había sido registrado y llegaría al día si¬guiente.
El tipo de seguridad me preguntó el nombre, direc¬ción y número de teléfono, y luego me preguntó si sabía cuál era la diferencia entre un condón y la cabina de los pilotos.
—Pues que en el condón sólo cabe un capullo —me dijo.
Cogí un taxi de vuelta a casa con los últimos diez dólares.
La policía local también había estado haciendo un montón de preguntas.
La máquina de afeitar, que no era ninguna bomba, estaba todavía a tres husos horarios detrás de mí.
Y algo que sí era una bomba, una gran bomba, había
pulverizado mis ingeniosas mesillas de café de Njurun-
da, que formaban un círculo compuesto por un yin, de
color verde lima, y un yang, de color naranja. Habían
quedado reducidas a astillas.
El conjunto de sofás de Haparanda, con fundas de quita y pon naranjas diseñadas por Erika Pekkari, ya no era más que basura.
Y no era yo el único esclavizado por el instinto de
construirse un nido. Personas que conozco y que solían
llevarse pornografía al cuarto de baño, ahora se llevan el
catálogo de muebles de IKEA.
Todos tenemos el mismo sillón de Johanneshov ta¬pizado con rayas verdes de Strinne. El mío, envuelto en llamas, cayó en una fuente desde una altura de quince pisos.
Todos tenemos las mismas lámparas de papel de Rislampa/Har, fabricadas con alambre y papel ecológi¬co sin colorantes. Las mías ahora son confeti.
Todo ese tiempo pasado en el cuarto de baño.
La cubertería de Alie, de acero inoxidable y apta para lavavajillas.
El reloj de Vild de acero galvanizado que estaba en el recibidor, y que, por supuesto, no podía dejar de tener.
Y ¡cómo no!, las estanterías de Klipsk.
Y también las sombrereras de Hemling.
La calle del rascacielos resplandecía salpicada de to¬dos esos objetos.
El juego de edredones de Mommala, diseñado por Tomas Harila y disponible en los siguientes colores:
Orquídea.
Fucsia.
Cobalto.
Ébano.
Azabache.
Cascara de huevo o brezo.
Me había costado toda una vida comprar esos trastos.
La laca de fácil cuidado de las mesitas de Kalix.
La mesas nido de Steg.
Compras muebles. Te dices a ti mismo: «Éste es el último sofá que necesitaré en toda mi vida». Compras el sofá y durante un par de años te sientes satisfecho de que aunque no todo vaya bien, al menos, has sabido so¬lucionar el tema del sofá. Luego, la vajilla adecuada. Luego, la cama perfecta. Las cortinas. La alfombra.
Finalmente, te quedas atrapado en tu precioso nido y los objetos que solías poseer ahora te poseen a ti.
Hasta que llegué a casa desde el aeropuerto.
El portero surge de las sombras para decirme que ha habido un accidente y que la policía estuvo por allí ha¬ciendo un montón de preguntas.
La policía cree que puede haber sido el gas. Tal vez se apagó la llama piloto del horno o se quedó abierto uno de los quemadores y el gas fue saliendo hasta inun¬dar todas las habitaciones desde el techo hasta el suelo. El apartamento tenía doscientos trece metros cuadrados y los techos eran altos, por lo que el escape tuvo que du¬rar días y días hasta llenar todas las habitaciones. Cuan¬do el nivel del gas llegó a ras del suelo, el compresor si¬tuado en la base de la nevera emitió un chasquido...
Detonación.
Las ventanas, que ocupaban desde el suelo hasta el techo, estallaron en sus marcos de aluminio y cayeron a la calle junto con los sofás, las lámparas, los platos y los juegos de cama envueltos en llamas, y las revistas anua¬les del instituto, los diplomas y el teléfono. Todo salió volando como una erupción solar desde un decimo¬quinto piso.
¡Oh, no, mi nevera no! Tenía los estantes llenos de frascos de clases diferentes de mostaza, algunas molidas, otras al estilo de los pubs ingleses. Había catorce salsas bajas en calorías y de distintos sabores y siete clases de alcaparras.
Lo sé, lo sé, una casa llena de condimentos y sin co¬mida de verdad.
El portero se sonó la nariz y algo cayó en el pañue¬lo con la solidez de una pelota de béisbol atrapada por el guante de un receptor.
—Si quiere puede subir al piso decimoquinto —me dijo el portero—, pero no entre en el apartamento. Ór¬denes de la policía. La policía estuvo haciendo pregun¬tas: si tenía alguna antigua novia que deseara hacerme esto o si me había ganado algún enemigo que tuviese ac¬ceso a dinamita.
—No vale la pena subir —dijo el portero—. Lo úni¬co que queda es la estructura de hormigón.
La policía no había descartado que fuera un incen¬dio provocado. Nadie había olido el gas. El portero ar¬quea una ceja. El tío se pasaba el tiempo flirteando con las sirvientas y enfermeras que trabajaban en los grandes apartamentos del último piso, y que esperaban en las si¬llas del vestíbulo hasta que las iban a buscar en coche después del trabajo. Yo había vivido aquí durante tres años; el portero se sentaba todas las noches a leer la revista Ellery Queen mientras yo, cargado de paquetes y bolsas, hacía equilibrios para abrir la puerta de la calle y entrar.
El portero arquea una ceja y me cuenta que hay gen¬te que se va de viaje y deja una vela, una vela muy, muy larga, encendida en medio de un gran charco de gasoli¬na. Hay personas que al pasar dificultades económicas hacen cosas así. Personas que quieren dejar de tocar fondo.
Le pregunté si podía usar el teléfono de recepción.
—Muchos jóvenes tratan de impresionar al mundo y compran demasiadas cosas —dijo el portero.
Llamé a Tyler.
El teléfono sonó en la casa que Tyler había alquila¬do en Paper Street.
Vamos, Tyler, por favor; sálvame.
El teléfono sonaba.
El portero se apoyó en mi hombro y me dijo:
—Muchos jóvenes no saben lo que quieren en rea¬lidad.
Oh, Tyler, por favor, sálvame.
El teléfono sonaba.
—Los jóvenes creen que se pueden comer el mundo.
Sálvame de los muebles suecos.
Sálvame del arte inteligente.
Y el teléfono sonaba, y Tyler contestó.
—Si no sabes lo que quieres —continuó el porte¬ro—, terminas teniendo un montón de cosas que no necesitas.
Ojalá nunca llegue a realizarme.
Ojalá nunca me sienta satisfecho.
Ojalá nunca llegue a sentirme perfecto.
Tyler, sálvame de sentirme perfecto y satisfecho.
Tyler y yo convenimos en encontrarnos en un bar.
El portero me pidió un número de teléfono en el que pudiera localizarme la policía. Seguía lloviendo. Mi Audi aún estaba en el aparcamiento, pero un aplique de ésos de luz halógena indirecta —marca Dakapo— había atravesado el parabrisas.
Tyler y yo nos encontramos y bebimos muchísima cerveza. Tyler me dijo que sí, podía mudarme a su casa, pero tendría que hacerle un favor.
Al día siguiente llegaría mi maleta con lo mínimo im¬prescindible: seis camisas, seis mudas de ropa interior.
Borrachos en un bar donde nadie se fijaba en noso¬tros y a nadie importábamos, le pregunté a Tyler qué quería que hiciera.
Tyler me dijo:
—Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.


Seis


Íbamos por la segunda pantalla de la demostración para Microsoft cuando noto en la boca el sabor a sangre y ten¬go que tragármela. Mi jefe no conoce el material, pero no me dejará presentar el proyecto con un ojo morado y media cara hinchada por los puntos de sutura que me han cosido en el interior de la mejilla. Los puntos se han sol¬tado, lo noto al rozar el carrillo con la lengua. Imaginaos un sedal enmarañado en la playa. Me los imagino como los puntos de sutura negros de un perro después de ha¬berle hecho un zurcido, y sigo tragándome la sangre. Mi jefe es quien presenta el proyecto con mis notas y yo ma¬nejo el proyector portátil, por lo que me encuentro apar¬tado en un extremo de la habitación a oscuras.
Tengo los labios cada vez más pegajosos de sangre por haber intentado limpiármelos con la lengua y cuando se enciendan las luces y me vuelva hacia los consejeros de Microsoft —Ellen, Walter, Norbert y Linda— para de¬cirles: «Gracias por venir», tendré la boca brillante de san¬gre y la sangre asomará por los intersticios de los dientes.
Puedes tragar casi medio litro de sangre antes de sentir náuseas.
Mañana toca club de lucha. No pienso perderme el club de lucha.
Antes de la demostración, ese tal Walter de Microsoft, que tiene un bronceado color de patata frita con sabor de barbacoa, sonríe abriendo su mandíbula de fría excava¬dora como si fuera una herramienta de marketing. Wal¬ter, con su anillo de sello, estrecha mi mano, la envuelve con su mano suave y tersa, y dice:
—No me gustaría ver cómo quedó el otro tipo.
La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.
Le digo a Walter que me caí.
Me lo hice yo mismo.
Antes de la presentación, tras sentarme frente al jefe para explicar en qué parte del texto van las diapositivas, y cuándo quiero proyectar el fragmento de vídeo, el jefe me dice:
—Pero ¿dónde te metes los fines de semana?
—No quiero morirme sin unas cuantas cicatrices—, le digo.
De nada sirve ya lucir un cuerpo hermoso y maci¬zo. Cuando veo esos coches de color cereza, tan desfa¬sados, que desde 1955 esperan comprador a la entrada de la tienda de automóviles, siempre pienso: «¡Vaya basura!».
La segunda regla del club de lucha es que no se ha¬bla del club de lucha.
Tal vez durante el almuerzo acuda a tu mesa un ca¬marero que desde el fin de semana lleva los ojos mora¬dos como si fuera un panda gigante. Sabes que se los pusieron así en el club de lucha, cuando un chico de no¬venta kilos le aplastaba con la rodilla la cabeza contra el suelo de hormigón, y le golpeaba una y otra vez el puen¬te de la nariz, con un ruido seco y compacto que se oía por encima de los gritos, hasta que el camarero tomó aire y, escupiendo sangre por la boca, se rindió.
No contestas nada porque el club de lucha existe sólo entre las horas en que el club de lucha abre y el club de lucha cierra.
Te encontraste al chico de la copistería. Sabes que hace un mes el muchacho no se acordaba de hacer tres agujeros con la taladradora en un pedido, ni se acordaba de poner los clasificadores de colores entre los paque¬tes de copias. Pero este muchacho fue un dios durante diez minutos cuando le viste dejar sin respiración de una patada a un contable que lo doblaba en tamaño, para caer luego sobre él y molerlo a golpes hasta el mo¬mento en que tuvo que parar. Ésta es la tercera regla del club de lucha: cuando alguien dice basta o resulta heri¬do, aunque esté fingiendo, se da por terminada la pelea. Aun así, cuando ves al chico, no puedes felicitarlo por el gran combate que libró.
Sólo dos tíos por combate. Un combate cada vez. Se lucha sin camisa ni zapatos. El combate dura lo que haga falta. Éstas son las otras reglas del club de lucha.
Estos tíos no son los mismos en el club y en la vida real. Aunque felicitaras al chico de la copistería por su lucha, no estarías hablando con la misma persona.
El que yo soy en el club de lucha no es nadie que mi jefe conozca.
Después de una noche en el club de lucha, se baja el volumen del mundo real. Nadie conseguirá cabrearte. Tu palabra es ley y si alguien rompe esa ley o pone en duda tu palabra, ni siquiera eso te cabrea.
En la vida real, soy un coordinador de campañas de retirada, que viste camisa y corbata, se sienta amparado por las sombras con la boca llena de sangre y pasa las diapositivas mientras el jefe dice a los de Microsoft por qué escogió un tono especial de azul cianita para un ico¬no del programa.
El primer club lo inauguramos Tyler y yo a puñe¬tazos.
Antes me bastaba con limpiar el apartamento o escri¬bir un informe pormenorizado del coche cada vez que llegaba a casa enfadado, sabedor de que mi vida no iba a cumplir las expectativas del plan quinquenal. Llegaría un momento en que moriría, sin una sola cicatriz, sólo que¬darían un coche y un apartamento muy agradable. Allí estaría el apartamento hasta que el polvo o el siguiente propietario se adueñara de él. Nada es inalterable. Inclu¬so la Mona Lisa se está pudriendo. Desde que comenzó el club de lucha, la mitad de los dientes me bailan en la man¬díbula.
Tal vez la autosuperación no sea la respuesta.
Tyler nunca conoció a su padre.
Tal vez la autodestrucción sea la respuesta.
Tyler y yo seguimos yendo juntos al club de lucha. El club de lucha está ahora en el sótano de un bar que cierra los sábados por la noche. Cada vez que vas hay más tíos.
Tyler se sitúa debajo de la única luz, que pende en medio del sótano de hormigón, y ve esa luz parpadean¬do en la oscuridad en cien pares de ojos. Lo primero que Tyler grita es:
—La primera regla del club de lucha es que no se ha¬bla del club de lucha.
»La segunda regla del club de lucha —grita Tyler— es que no se habla del club de lucha.
Yo viví con mi padre unos seis años, pero no recuer¬do nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, esta¬blece una franquicia.
Lo que ves en el club de lucha es una generación de hombres criados por mujeres.
Tyler está de pie bajo la luz solitaria de la bombilla en la negrura nocturna de un sótano lleno de hombres y recita las otras reglas: dos hombres por combate; un combate cada vez, nada de camisas ni zapatos; los com¬bates duran lo que haga falta.
—Y la séptima regla —chilla Tyler— es que si ésta es tu primera noche en el club de lucha, tienes que luchar.
El club de lucha no es como un partido de fútbol americano transmitido por televisión. No ves a una pandilla de tíos desconocidos que recorren el mundo y se acaban de cascar unos a otros vía satélite hace dos mi¬nutos mientras te bombardean con anuncios de cerveza cada diez minutos y ahora una pausa para identificar la estación emisora. Después de haber estado en el club de lucha, ver partidos de fútbol americano por televisión es como ver películas porno cuando podrías estar follando a lo grande.
El club de lucha se convierte en la única razón por la cual vas al gimnasio, llevas el pelo corto y las uñas bien recortadas. El gimnasio al que vas está lleno de tíos que intentan parecer hombres, como si ser un hombre signi¬ficara rendirse a los deseos de un escultor o un director artístico.
Como dice Tyler, hasta los soufflés parecen inflados.
Mi padre nunca fue a la universidad, así que era real¬mente importante que yo fuera. Al acabar la universidad, le llamé por teléfono y le pregunté: «¿Y ahora qué?».
Mi padre no sabía qué responder.
Cuando conseguí un trabajo y cumplí veinticinco tacos, le volví a llamar y le pregunté: «¿Y ahora qué?». Mi padre no sabía qué responder; así que me dijo: «Cá¬sate».
Tengo treinta años y me pregunto si lo que realmen¬te necesito es otra mujer.
Lo que sucede en el club de lucha no puede ex¬plicarse con palabras. Algunos tíos necesitan una pelea semanal. Esta semana, Tyler dice que bastará con los pri¬meros cincuenta tíos que crucen la puerta. Ni uno más.
La semana pasada, le hice una señal a un tío y nos apuntamos para luchar. El tío debió haber tenido una se¬mana pésima; me dobló los brazos por detrás de la espal¬da con una llave perfecta y me machacó la cara contra el suelo de hormigón hasta que los dientes me desgarraron la mejilla por dentro y me hinchó un ojo, que quedó cerrado y sangrando. Y, después de pedirle que parara, miré el suelo y vi la huella de sangre dejada por la mitad de mi cara.
Tyler se puso a mi lado, ambos miramos la huella sanguinolenta en forma de O dejada por mi boca y la mancha de mi ojo, que nos contemplaba desde el suelo. Tyler dijo:
—Genial.
Le doy la mano a mi contrincante y le digo:
—Buen combate.
Y el tío me responde:
—¿Qué tal otro la semana que viene?
Trato de sonreír a pesar de la hinchazón y le digo:
—Mírame. ¿Qué tal el mes que viene?
En ningún sitio te sientes tan vivo como en el club de lucha, peleando un tío y tú bajo esa luz solitaria, mientras los demás te observan, formando un círculo. En el club de lucha no se trata de ganar o perder comba¬tes. Al club de lucha tampoco se va a hablar. Ves a un tío entrar por vez primera en el club de lucha y su culo pa¬rece una hogaza de pan. Ese mismo tío, dentro de seis meses, parece tallado en madera y se cree capaz de cual¬quier cosa. Se oyen gruñidos y ruidos igual que en un gimnasio, pero en el club de lucha no se trata de lograr una buena apariencia física. Se oyen también gritos his¬téricos, igual que en misa, y cuando te levantas el do¬mingo por la tarde te sientes a salvo.
Después del último combate, el tío que había lucha¬do contra mí limpiaba el suelo con una fregona mientras yo llamaba al seguro y me daban permiso para ir a ur¬gencias. En el hospital, Tyler les dice que me he caído.
En ocasiones Tyler habla por mí.
«Me lo he hecho yo mismo.»
Fuera, estaba saliendo el sol.
No se habla del club de lucha porque, exceptuando esas cinco horas entre las dos y las siete de la mañana del domingo, el club de lucha no existe.
Cuando Tyler y yo inventamos el club de lucha, ninguno de los dos había luchado antes. Si nunca te has visto envuelto en una pelea, te haces preguntas sobre las heridas, sobre lo que eres capaz de hacerle a otra perso¬na. Yo fui el primer tipo con el que Tyler tuvo confian¬za para pedírselo. Estábamos los dos borrachos en un bar donde no le importábamos a nadie y Tyler me dijo:
—Quiero que me hagas un favor. Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.
Yo no quería, pero Tyler me lo contó todo: que no de¬seaba morir sin cicatrices, que estaba cansado de ver sólo combates entre profesionales, que quería conocerse mejor.
Y lo de la autodestrucción.
En aquel momento la vida me parecía demasiado completa y tal vez hubiera que romper con todo para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Eché un vistazo a mi alrededor y le dije:
—Está bien, de acuerdo, pero fuera, en el aparca¬miento.
Así que salimos y le pregunté a Tyler si quería que lo golpeara en la cara o en el estómago.
—Sorpréndeme —dijo Tyler.
Le dije que jamás le había pegado a nadie. Tyler contestó:
—Vamos, ponte loco.
—Cierra los ojos.
—No —dijo Tyler.
Como cualquier otro tío en su primera noche en el club de lucha, cogí aire y describí una parábola con el puño en dirección a la mandíbula de Tyler, tal y como estaba acostumbrado a ver en las películas de vaqueros, pero mi puño chocó contra un lado del cuello de Tyler.
—Mierda —dije yo—; no ha valido. Probaré otra vez.
—Claro que ha valido —dijo Tyler. Y me lanzó un directo, ¡paf!, igual que un guante de boxeo impulsado por un muelle, como en los dibujos animados del sábado por la mañana; justo en mitad del pecho. Caí hacia atrás y me di contra un coche. Nos quedamos los dos de pie, Ty¬ler frotándose el cuello y yo apoyando una mano en el pecho, y sabíamos que habíamos llegado más lejos que nunca y que, igual que el perro y el gato de los dibujos animados, seguíamos vivos, pero estábamos deseosos de ver hasta dónde podíamos continuar sin dejar de estarlo.
—Genial —dijo Tyler.
Le pedí que me golpeara otra vez.
—No. Pégame tú —dijo Tyler.
Así que le lancé un gancho de chica justo por deba¬jo de la oreja, y Tyler me derrumbó y me hundió el ta¬cón del zapato en el estómago. Lo que sucedió después es indescriptible. El bar cerró, la gente salió al aparca¬miento y nos rodeó para azuzarnos a gritos.
En vez de Tyler, fui yo quien finalmente acabé por darme cuenta de que podía acostumbrarme a todas aquellas cosas que no iban bien: la ropa limpia que vol¬vía de la lavandería con los botones del cuello rotos; el banco que me anuncia que tengo un descubierto de cientos de dólares. El trabajo, donde el jefe se mete en mi ordenador y juguetea con los comandos de ejecución del DOS. Y Marla Singer, que me robó los grupos de apoyo.
No habíamos resuelto nada al terminar el combate, pero no importaba.
La primera vez que luchamos era un domingo por la noche y Tyler no se había afeitado en todo el fin de se¬mana, así que me ardían los nudillos en carne viva por culpa de su barba de dos días. Tumbados boca arriba en el aparcamiento, mientras contemplábamos una estrella que apareció entre las farolas, le pregunté a Tyler con¬tra qué había luchado.
Tyler contestó que contra su padre.
Tal vez no necesitábamos un padre para sentirnos completos. No es nada personal lo que determina quié¬nes son tus contrincantes en el club de lucha. Se lucha por luchar. Se supone que no se debe hablar del club de lucha, pero sí hablamos y durante las dos semanas si¬guientes empezaron a venir tíos al aparcamiento des¬pués de que cerrara el bar y, antes de que llegara el frío, otro bar nos había ofrecido el sótano en el que ahora nos reunimos.
Cuando los miembros del club de lucha se reúnen, Tyler recita las reglas que establecimos él y yo.
—La mayoría de vosotros —grita Tyler bajo el cono de luz, en el centro del sótano lleno de hombres— estáis aquí porque alguien quebrantó las reglas. Alguien os ha hablado del club de lucha.
»Lo mejor será que dejéis de hablar del club o ya po¬déis ir fundando otro club de lucha —dice Tyler—, por¬que la semana que viene, cuando lleguéis aquí, anotaréis vuestros hombres en una lista y sólo pasarán los cincuenta primeros. Los que entréis prepararéis un combate enseguida, si lo que queréis es luchar. Si no queréis luchar, hay otros tíos que quieren, por lo que tal vez deberíais quedaros en casa.
»Si ésta es vuestra primera noche en el club de lucha —chilla Tyler—, tendréis que luchar.
La mayoría de estos tíos está en el club de lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor.
Muchos que ahora son buenos amigos se conocie¬ron en el club de lucha. Voy a reuniones y congresos, donde veo rostros de contables, jóvenes ejecutivos o abogados con la nariz rota y abultada como una beren¬jena bajo el vendaje, o con un par de puntos de sutura bajo un ojo, o con la mandíbula inferior sujeta por un alambre. Todos son jóvenes apacibles que escuchan has¬ta que llega la hora de tomar decisiones.
Nos saludamos con un ademán de cabeza.
Más tarde, mi jefe me preguntará cómo es que co¬nozco a tantos de esos tíos.
Según él, cada vez hay menos caballeros en el nego¬cio y más macarras.
La demostración sigue adelante.
Me fijo en Walter, el de Microsoft. He aquí a un jo¬ven de piel pálida y con la dentadura perfecta, con un empleo de esos por los que te molestas en escribir a la revista de licenciados para informarte. Sabes que es de¬masiado joven para haber luchado en ninguna guerra y, aunque sus padres no se habían divorciado, su padre nunca estaba en casa. Me mira a la cara, la mitad afeita¬da y limpia, y la otra, magullada y malévola, oculta en la oscuridad. La sangre brilla en mis labios y puede que Walter esté pensando en aquel convite informal y vegetariano al que fue el pasado fin de semana, o en el ozo¬no, o en la desesperada necesidad —por el bien de la Tierra— de que se detengan los crueles experimentos de productos con animales, pero también es probable que no esté pensando en todo eso.

parte 3

http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/7284529/el-libro-del-club-de-la-pelea-online-_3_.html

parte 1

http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/7284540/el-libro-del-club-de-la-pelea-online-_1_.html
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