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H.P.Lovecraft - La búsqueda de Iranon (1921)



LA BÚSQUEDA DE IRANON

EL joven iba deambulando por la granítica ciudad de Teloth, coronado con hojas de
vid, el pelo amarillo rebrillando por la mirra y el atavío púrpura rasgado por las zarzas de la
montaña Sidrak, que se encuentra al otro lado del puente de piedra. Los hombres de Teloth
son cetrinos y austeros y habitan en casas cuadradas, y ceñudos interrogaron al forastero
sobre su procedencia, así como sobre su nombre y fortuna. A lo que el joven repuso:
—Soy Iranon y procedo de Aira, una ciudad lejana que recuerdo sólo débilmente,
pero que deseo volver a encontrar. Canto canciones que aprendí en esa distante ciudad, y mi
ambición reside en crear belleza con las cosas que recuerdo de la infancia. Mi fortuna está en
esos pequeños recuerdos y sueños, y en los anhelos que entono en jardines cuando la luna es
amable y el viento de poniente conmueve los capullos de loto.
Los hombres de Teloth, escuchando tales cosas, cuchichearon entre sí, ya que aunque
no hay en la granítica ciudad ni risas ni cánticos, los adustos hombres miran a veces en
primavera hacia las colinas Karthianas y piensan en los laúdes de la distante Oonai, conocida
mediante relatos de viajeros. Y con tal pensamiento invitaron al forastero a quedarse y cantar
en la plaza que existe frente a la torre de Mlin, aunque no gustaban del color de su ropa
desgarrada, ni la mirra de sus cabellos, ni su tocado de hojas de parra, ni la juventud de su
voz dorada. Iranon cantó por la tarde, y mientras lo hacía un anciano comenzó a rezar y un
ciego afirmó ver una aureola sobre la cabeza del cantor. Pero la mayoría de aquellos hombres
de Teloth bostezaron, y algunos se rieron y otros se fueron a dormir, ya que Iranon no les
contó nada útil, cantando sólo sobre sus recuerdos, sus sueños y sus anhelos.
—Recuerdo el crepúsculo, la luna y cánticos suaves, y la ventana junto a la que me
acunaban para que me durmiera. Y tras la ventana estaba la calle de donde llegaban luces
doradas, donde danzaban las sombras sobre casas de mármol. Recuerdo el recuadro de luz de
luna en el suelo, diferente a cualquier otra luz, y las visiones que danzaban sobre ese
resplandor cuando mi madre me cantaba. Y recuerdo el sol de la mañana luciendo en el
verano sobre las colinas multicolores, y la dulzura de las flores en alas del viento del sur, que
hacía cantar a los árboles.
»¡Oh, Aira, ciudad de mármol y berilo, cuán innumerables son tus bellezas! ¡Cuánto he
amado las cálidas y fragantes arboledas al otro lado del cristalino Nithra, y las cascadas del
pequeño Kra que corre por el verde valle! En aquellas frondas y en ese valle los niños se
entretejían guirnaldas, y al anochecer yo soñaba sueños extraños bajo los árboles de montaña
mientras contemplaba las luces de la ciudad abajo, y el serpenteante Nithra reflejando una
cinta de estrellas.
»Y en la ciudad había palacios de mármol colorido y veteado, con cúpulas doradas y
muros pintados, y jardines verdes con pálidos estanques y fuentes cristalinas. Con frecuencia
jugaba en esos jardines, chapoteando en los estanques, y yací y soñé entre las pálidas flores
bajo los árboles. Y a veces, al ponerse el sol, subía por la larga calle empinada hacia la
ciudadela y la explanada, y oteaba sobre Aira, la mágica ciudad de mármol y berilo,
espléndida en su atuendo de luces doradas.
»Mucho hace que me faltas, Aira, pues yo era demasiado joven al partir hacia el
exilio, pero mi padre era tu rey y yo volveré a ti, ya que así lo ha decretado el sino. Por los
siete reinos te he buscado y algún día gobernaré sobre tus arboledas y jardines, tus calles y
palacios, y cantaré ante hombres capaces de apreciar mi canto, que no se mofen ni me den la
espalda. Porque soy Iranon, el que fuera príncipe de Aira.»
Esa noche los hombres de Teloth alojaron al forastero en un establo y a la mañana
siguiente un arconte fue a él y le instó a acudir a la tienda de Athok, el zapatero remendón, y
hacerse aprendiz suyo.
—Pero yo soy Iranon, cantor de canciones –dijo–. No estoy hecho para el oficio de
remendón.
—En Teloth todos han de trabajar duro –replicó el arconte–, tal es la ley.
Entonces Iranon repuso:
—¿Por qué habéis de afanaros? ¿Acaso no podéis vivir y ser felices? ¿Si trabajáis tan
sólo para trabajar aún más, cuándo hallaréis la felicidad? ¿Trabajáis para vivir, estando hecha
la vida de belleza y cánticos? Si no aceptáis cantores entre vosotros, ¿cuáles son los frutos de
vuestro esfuerzo? Afanarse sin canciones es como un fatigoso viaje sin fin. ¿No es mejor la
muerte?
Pero el arconte era hombre sombrío y no le entendió, así que recriminó al extranjero.
—Eres un joven extravagante y me disgustan tanto tu rostro como tu voz. Tus
palabras resultan blasfemas, ya que los dioses de Teloth afirman que el trabajo arduo es
bueno. Nuestros dioses nos han prometido un paraíso de luz tras la muerte, en el que
descansaremos por toda la eternidad, y una frialdad cristalina en la que nadie turbará su
mente con pensamientos o sus ojos con belleza. Ve a Athok el zapatero o márchate de la
ciudad al ocaso. Aquí hay que esforzarse, y el cantar resulta una tontería.
Así que Iranon abandonó el establo y fue por las estrechas calles de piedra, entre
lóbregas casas cuadradas de granito, buscando algo verde en el aire de la primavera. Pero en
Teloth no había nada verde, ya que todo era de piedra. Los semblantes de los hombres eran
ceñudos, pero junto a un dique de piedra, junto al perezoso río Zuro, se sentaba un mozo de
ojos tristes, contemplando las aguas en busca de las verdes ramas en flor arrastradas desde las
colinas por los torrentes. Y el muchacho le dijo:
—¿No eres, de hecho, aquel del que hablan los arcontes, el que busca una lejana
ciudad en una tierra hermosa? Yo soy Romnod, nacido de la estirpe de Teloth, pero no soy
tan viejo como esta ciudad de granito y anhelo a diario las cálidas arboledas y las distantes
tierras de belleza y canciones. Más allá de las colinas Karthianas está Oonai, la ciudad de
laúdes y bailes, de la que los hombres cuentan que es a un tiempo adorable y terrible.
Quisiera ir allí apenas sea lo bastante mayor como para encontrar el camino, y allí debieras
acudir tú, ya que podrías cantar y encontrar auditorio. Dejemos esta ciudad de Teloth y
viajemos juntos a través de las colinas primaverales. Tú me enseñarás los caminos y yo
escucharé tus cantos al atardecer, cuando las estrellas, una tras otra, enciendan sueños en la
imaginación de los soñadores. Y tal vez esa Oonai, la ciudad de laúdes y bailes, sea la
añorada Aira que buscas, ya que dices que no has visto Aira desde la infancia, y los nombres
suelen cambiar. Vamos a Oonai, ¡Oh Iranon de los dorados cabellos!, donde los hombres
sabrán de nuestro anhelo y nos recibirán como hermanos, sin reírse ni fruncir el ceño ante
nuestras palabras.
E Iranon repuso:
—Sea, pequeño; y quienquiera que en esta ciudad de piedra ansíe la belleza, debe
buscarla en las montañas y aún más allá, y yo no te dejaré aquí, suspirando junto al perezoso
Zuro. Pero no creas que el placer y el contento existen al pasar las colinas Karthianas, ni en
cualquier sitio que puedas encontrar en un día, un año o aun en un lustro de viaje. Mira,
cuando yo era tan pequeño como tú vivía en el valle de Narthos, junto al gélido Xari, donde
nadie prestaba atención a mis sueños, y me decía a mí mismo que al ser mayor me iría a
Sinara, en la ladera sur, y cantaría para los sonrientes camelleros en la plaza del mercado.
Pero cuando fui a Sinara encontré a los camelleros completamente ebrios y alborotados, y vi
que sus cantos no eran como los míos; así que bajé en barcaza el Xari hasta Jaren, la de las
murallas de ónice. Y los soldados de Jaren se rieron de mí y me expulsaron, así que hube de
viajar por muchas otras ciudades. He visto Stethelos, que está bajo una gran catarata, y el
marjal donde una vez se alzara Sarnath. Estuve en Thraa, Ilarnek y Kadatheron, junto al
tortuoso río Ai, y he vivido mucho tiempo en Olatoë, en el país de Lomar. Pero aunque a
veces he tenido auditorio, siempre ha sido escaso, y sé que sólo seré bienvenido en Aira, la
ciudad de mármol y berilo donde mi padre fuera otrora rey. Así que buscaremos Aira, aunque
haremos bien en visitar la lejana y bendecida por los laúdes Oonai, cruzando las colinas
Karthianas, que pudiera ser en efecto Aira, aunque lo dudo. La belleza de Aira es
inimaginable, y nadie puede hablar de ella sin extasiarse, mientras que los camelleros
susurran lascivamente acerca de Oonai.
Al caer el sol, Iranon y el pequeño Romnod abandonaron Teloth y vagabundearon
largo tiempo por las verdes colinas y las frescas frondas. El camino resultaba arduo y oscuro,
y no parecían encontrarse nunca cerca de Oonai, la ciudad de laúdes y bailes; pero en el
crepúsculo, mientras salían las estrellas, Iranon pudo cantar sobre Aira y sus bellezas, y
Romnod escucharlo, por lo que, en cierta forma, ambos fueron felices. Comieron frutas y
bayas rojas en abundancia, y no se percataron del transcurso del tiempo, aunque debieron
pasar muchos años. El pequeño Romnod no era ya tan chico y era de hablar profundo antes
que estridente; pero Iranon parecía siempre el mismo y engalanaba su cabello dorado con
hojas de vid y fragantes resinas halladas en los bosques. Así hubo de llegar el día en que
Romnod pareció más viejo que Iranon, aunque era sumamente pequeño cuando éste lo
descubrió mirando las verdes ramas en flor en Teloth junto al perezoso Zuro orillado de
piedra.
Entonces, una noche, cuando la luna se encontraba llena, los viajeros llegaron a la
cima de un monte y pudieron contemplar a sus pies las miríadas de luces de Oonai. Los
campesinos les habían dicho que estaban cerca, e Iranon supo que ésa no era su ciudad natal
de Aira. Las luces de Oonai no eran como aquellas de Aira, ya que resultaban duras y
cegadoras, mientras que las luces de Aira resplandecían tan gentil y mágicamente como
relucía el claro de luna sobre el suelo, a través de la ventana, cuando la madre de Iranon lo
acunaba antaño entre canciones. Pero Oonai era ciudad de laúdes y bailes, por lo que Iranon y
Romnod bajaron la empinada cuesta, pensando encontrar hombres a quienes deleitar con sus
cantos y ensueños. Y al entrar en la ciudad hallaron celebrantes tocados de rosas, yendo de
casa en casa y asomados a ventanas y balcones, que escuchaban las canciones de Iranon y le
arrojaban flores, aplaudiendo acto seguido. Entonces, por un instante, Iranon creyó haber
encontrado a quienes pensaban y sentían como él, aunque la ciudad no resultaba ni la
centésima parte de hermosa de lo que fuera Aira.
Al alba Iranon miró alrededor desalentado, ya que las cúpulas de Oonai no eran
doradas a la luz del sol, sino grises y tristes. Y los hombres de Oonai estaban empalidecidos
por la juerga y aturdidos por el vino, totalmente distintos de los radiantes hombres de Aira.
Pero ya que la gente le había arrojado flores y había aclamado sus cantos, Iranon se quedó, y
con él Romnod, que gustaba de la juerga ciudadana y lucía en sus oscuros cabellos rosas y
mirto. Iranon cantaba a menudo durante las noches para los juerguistas, pero seguía siendo el
de siempre, coronado tan sólo con parra de las montañas y añorando las marmóreas calles de
Aira y el cristalino Nithra. Cantó en los salones cubiertos de fresco del monarca, sobre un
estrado de cristal que se alzaba sobre un suelo de espejo, y al cantar pintaba escenas para su
auditorio, hasta que al fin el suelo pareció reflejar sucesos antiguos, hermosos y medio
recordados, y no los concelebrantes rubicundos por el vino que le lanzaban rosas. Y el rey le
hizo desechar su harapienta púrpura para vestir satén y brocados de oro, con anillos de jade
verde y brazaletes de marfil teñido, y lo alojó en una sala dorada repleta de tapices, sobre una
cama de dulce madera tallada, cubierta de doseles y colchas de seda con flores bordadas. Así
residió Iranon en Oonai, la ciudad de laúdes y bailes.
No se sabe cuánto se demoró Iranon en Oonai, pero un día el rey llevó a su palacio un
puñado de salvajes bailarinas del vientre del desierto liranio y cetrinos flautistas de Drinen en
el este, y tras de eso los juerguistas no lanzaron sus rosas sobre Iranon con la misma
generosidad que sobre las bailarinas y los flautistas. Y día tras día aquel Romnod que fuera
niño en la granítica Teloth se volvía más rudo y colorado por el vino, al tiempo que menos y
menos soñador, y escuchaba con menguante deleite las canciones de Iranon. Pero aunque
Iranon se sentía triste no cesaba de cantar, y cada noche repetía sus sueños sobre Aira, la
ciudad de mármol y berilo. Luego, una noche, el rubicundo e hinchado Romnod resolló
pesadamente entre las arrulladoras sedas de su diván y murió debatiéndose, mientras Iranon,
pálido y delgado, cantaba para sí mismo en una apartada esquina. Y cuando Iranon hubo
llorado sobre la tumba de Romnod, y la hubo cubierto de verdes ramas en flor, tal como a
Romnod solía gustarle, apartó sus sedas y ornatos y se marchó inadvertido de Oonai, la
ciudad de laúdes y bailes, vestido tan sólo con la desgarrada púrpura con la que llegara,
engalanado con nuevas hojas de parra de las montañas.
Iranon vagabundeó hacia poniente, buscando aún su tierra natal y los hombres que
podían entender y amar sus cantos y sueños. En todas las ciudades de Cydathria y en las
tierras del otro lado del desierto Bnazico, muchachos de rostro alegre se reían de sus viejas
canciones y sus rasgadas ropas púrpuras, pero Iranon se mantenía siempre joven, portando
una corona sobre su dorada cabeza al cantar a Aira, delicia del pasado y esperanza del futuro.
Entonces llegó una noche a la mísera choza de un viejo pastor, sucio y cargado de
hombros, que guardaba su pequeño rebaño en una pedregosa ladera, sobre un pantano de
arenas movedizas. Iranon se dirigió a este hombre, como a otros tantos:
—¿Sabrías decirme dónde hallar Aira, la ciudad de mármol y berilo, por donde fluye
el cristalino Nythra y donde las cascadas del pequeño Kra cantan entre valles verdes y colinas
arboladas?
Y el pastor, al oírlo, contempló larga y extrañadamente a Iranon, como recordando
algo muy pretérito, y se fijó en cada rasgo del semblante del forastero, y en su dorado cabello,
y en sus hojas de parra. Pero era muy viejo y meneó la cabeza al replicar:
—Oh forastero, es cierto que he oído el nombre de Aira y cuantos otros has
pronunciado, pero proceden de lo más profundo de los años. Los escuché en la juventud de
labios de un compañero de juegos, un pequeño mendigo trastornado por extraños sueños que
era capaz de urdir interminables cuentos sobre la luna y las flores y el viento de poniente.
Solíamos burlarnos de él a causa de su nacimiento, aunque él creyese ser hijo de rey. Era
gallardo, como tú, pero lleno de locura e ideas extrañas; se marchó siendo pequeño para
encontrar a quienes pudieran escuchar con agrado sus cantos y sueños. ¡Cuán a menudo me
cantó sobre tierras que nunca existieron y cosas que jamás serán! Hablaba sin parar de Aira;
de Aira y del río Nithra y las cascadas del pequeño Kra. Decía siempre que había vivido una
vez allí como príncipe, aunque todos conocíamos su cuna. Nunca existió la marmórea ciudad
de Aira ni quienes pudieran gustar de extraños cantos, excepto en los sueños de mi antiguo
compañero de juegos Iranon, que ya no está con nosotros.
Y con el crepúsculo, mientras las estrellas iban encendiéndose una tras otra y la luna
derramaba sobre el pantano una claridad semejante a la que un niño ve temblar sobre el suelo
mientras le mecen para dormirlo, un hombre muy anciano, envuelto en desgarrada púrpura y
tocado con marchitas hojas de parra, se internó en las letales arenas movedizas mirando adelante
como si contemplara las doradas cúpulas de una hermosa ciudad donde los sueños
encuentran comprensión. Y esa noche murieron en el antiguo mundo un poco de la juventud
y la belleza.



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