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Lemiteliusansin - Fragmento Capitulo IV

La realidad de El Leprosario a esas horas de la mañana es de comprensión un tanto compleja, si carecemos de los procedimientos de protocolo y seguridad.
Todo individuo efectúa sin siquiera soñarlo, un filtrado inconsciente de esa realidad, acomodando el aparato sensible al entorno. Gracias a ese filtrado, la sórdida realidad del leprosario, pasa generalmente desapercibida al parecer de nuestros héroes, como ocurre normalmente al ingresar al mercado norte.
Durísmas increpaciones, diálogos, salutaciones, acusaciones escatológicas de sodomía pasiva, ínsita en el habitual y amigable saludo:
¿Cómo estás, puto del orto?-
Tierna frase que se amalgama con el resto de los sonidos, resultando una bella música de fondo, que incluye además la voz del locutor omitible y -perdón lector, pero es cierto- la música que deja escapar a diario, a través del mal llamado éter, el fatídico artefacto.
Fuente esta de discusiones filosóficas entre los héroes ¿Si corresponde llamar música a eso que sale de la radio? No. ¿La homosexualidad del saludado? No.
La discusión sobre el éter, ya Odiseo comienza a esbozarla, ya Sisoco recrimina que es la tercera vez que la escucha, para abonar la aseveración, al girar la cabeza el semidiós en búsqueda de apoyo, encuentra los bellos ojos de Anita, a la derecha de Sisoco, ojos que asienten mudamente casi con tristeza, que es cierto, que ya está cansada de escuchar la teoría medieval del éter y supervivencia de las palabras mas allá de su verdad o falsedad, a lo largo de los siglos. Aun despues de la desaparición del eter, le sabrevive lo etéreo.
-Continuamos llamando madrigueras a cuevas en la tierra, siglos después de descubrir con horror que no existen las mandrágoras-
-Ahora viene el poniente y el levante -Dice Anita a Sisoco, anticipando las palabras de Odiseo-
Este entiende que esas palabras indican un pié para su entrada en escena.
Quinientos años desde Galileo, no alcanzan para que omitamos llamar poniente a esa parte de nuestro horizonte. Es indudable que naciente, poniente o levante, resulten bastante mas agradables al oído del individuo sensible, por sobre neologismos que los reemplacen, mas apegados a la astronomía moderna, pero carentes de virtud alguna como: Torneante Inicial y final, o the end para el comienzo y final del día respectivamente.
Las palabras, duro es decirlos, sobreviven a la realidad, mas allá de ser ciertas, o válidas o correctamente dispuestas en el discurso, tal cual nos enseñara el estagirita. Recuerde sino usted lector, lectora, cuando le dijeron aquello muy parecido a “escuchando tu voz podría viajar a Marte”, o “con solo recordar tu sonrisa me hace sobrevivir una semana” y usted deambuló el orbe durante meses argumentando que la materia no difiere de la velocidad, por el cuadrado de la luz, por haberla visto in personae, por la fe que le merecieron esas palabras. Hay quien sugiere que hasta el entorno físico, el barrio, la provincia, condicionan la utilización de las palabras.
Alguien que en esta oficina mencione la transferencia, de seguro está haciendo mención al cambio de titularidad de algún vehículo registrable, cuyo sinónimo mas llamativo es: el cero ocho. Imposible que en el leprosario, aquella palabra haga mención a abstracciones del psicoanálisis, o de circuitos que comunican el par de fuerza con su antagónico, o remesas de dinero dispuestas en un punto llamado A, para ser extraído en un punto llamado B.
Todo vocablo, da muestra de esta manifestación de la cólera divina, la condena a la que sumió a la estirpe humana. Bástenos pensar cualquier palabra de uso diario y merced a esta virtud intrínseca que cargan, llamada polisemia. Como experimentan esa metamorfosis de verbo a sustantivo, a nombre de embarcación, a simbología química. Imaginemos soltar una al azar, sin preámbulos en una rueda de desconocidos, por caso la palabra: Vela. La observamos desplegar, primero su sonido, luego sus diferentes sentidos, conforme las preferencia de los usuarios. Nace inmediatamente en este, la noción por defecto. Para el creyente, puede ser originalmente ese sustantivo sinónimo del sirio, luego, parte de la oración de la liturgia “vela por nosotros”, ya en formato de verbo.
Podríamos aclarar que sirio, no se refiere al cuerpo celeste, puesto que en ese caso, deberíamos haberlo escrito con mayúscula, hecho que no solo distraería la atención narrativa, sino que además nos forzaría a volver y sugerir “no el sirio estelar sino la vela” volviendo al punto original, haciendo un bucle recursivo del que no es del todo fácil escapar.
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