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libro: el planeta de los simios parte 12

Capítulo XII
Por un reflejo de defensa contra las veleidades demasiado abrumadoras del pensamiento logré dormir
hasta el día. Sin embargo, mi sueño fue poblado de pesadillas febriles en las que el cuerpo de Nova se
me aparecía como el de una serpiente monstruosa enroscada en el mío. Cuando abrí los ojos, brillaba ya
el sol. Ella estaba despierta. Se había apartado algo de mí y me observaba con aquella mirada siempre
perpleja.
Nuestro vehículo redujo la marcha y me di cuenta de que entrábamos en una ciudad. Los prisioneros
se habían levantado y estaban acurrucados contra los barrotes mirando un espectáculo que parecía revivir
su emoción de la víspera. Los imité arrimándome a los barrotes y contemplé por vez primera una ciudad
civilizada del planeta Soror.
Rodábamos por una calle bastante ancha, bordeada de aceras. Examiné ansiosamente a los
viandantes. ¡Todos eran simios! Vi un comerciante, una especie de droguero, que acababa de levantar la
puerta de su tienda y se volvía con curiosidad para vernos pasar: era un mono. Traté de ver a los
pasajeros y a los conductores de los coches automóviles que nos pasaban: estaban vestidos como
hombres, pero eran monos.
Mi esperanza de descubrir una raza humana civilizada iba resultando una quimera y pasé el resto del
trayecto sumido en un triste descorazonamiento. Nuestro camión redujo más la marcha. Pude ver entonces
que durante la noche el convoy se había disgregado, ya que solamente quedaban dos vehículos y los otros
debían de haber tomado otra dirección. Después de haber franqueado una puerta cochera, nos detuvimos
en un patio. En seguida nos rodearon unos monos, que con unas picas se aplicaron a calmar la excitación
creciente de los prisioneros.
El patio estaba rodeado de edificios de varios pisos, con hileras de ventanas iguales. El conjunto
sugería la idea de un hospital y esta impresión fue confirmada por la llegada de unos personajes que
avanzaban al encuentro de nuestros guardianes. Todos llevaban bata blanca y un pequeño gorro, como los
enfermeros, pero también eran monos.
Todos eran monos, gorilas y chimpancés. Ayudaron a nuestros guardianes a descargar los camiones.
Nos sacaron de la jaula, uno a uno, y metidos en sacos grandes, nos condujeron al interior del
edificio. Yo no opuse resistencia alguna y me dejé llevar por dos gorilas gordos, vestidos de blanco.
Durante unos minutos tuve la impresión de que íbamos por unos largos corredores y subíamos unas
escaleras. Finalmente, fui depositado, sin ningún cuidado, sobre el parquet y después, una vez abierto el
saco, proyectado dentro de otra jaula, esta vez fija, con el suelo recubierto de un lecho de paja y en la
que estaba yo solo. Uno de los gorilas corrió cuidadosamente el cerrojo de la jaula.
La estancia donde me hallaba contenía un gran número de jaulas parecidas a la mía, dispuestas en dos
hileras y que daban a un largo corredor. La mayor parte estaban ocupadas, unas por victimas, como yo, de
la batida, y otras por hombres y mujeres que debían llevar allí algún tiempo. A éstos se les reconocía por
su actitud resignada. Miraban a los recién llegados con aire desengañado, casi sin levantar la vista
cuando alguno de ellos profería un gemido plañidero. Me fije también en que los nuevos eran colocados,
como yo, en jaulas individuales mientras que los antiguos, en general, estaban reunidos por parejas.
Pasando la nariz entre dos barrotes, pude ver una jaula mayor, al final del pasillo, en la que había gran
número de niños. Contrariamente a los adultos, éstos parecían muy excitados por la llegada de nuestra
hornada. Gesticulaban, se empujaban y hacían como si sacudieran los barrotes dando pequeños gritos,
como monos jóvenes y pendencieros.
Los dos gorilas volvieron a entrar con otro saco. De él salió mi amiga Nova y tuve el consuelo de ver
que la metían en una jaula situada precisamente frente a la mía. Ella protestó a su manera contra aquella
operación, intentando arañar y morder. Cuando cerraron la puerta se lanzó contra los barrotes tratando de
moverlos, rechinando los dientes y lanzando unos aullidos que partían el alma. Al cabo de un rato me vio,
se quedó quieta y levantó un poco la cabeza como un animal sorprendido. Le dirigí una media sonrisa
prudente y le hice un pequeño gesto con la mano que ella intentó imitar con torpeza, lo que me llenó el
corazón de alegría.
Me distrajo la llegada de los dos gorilas con blusas blancas. Debía de haberse terminado la descarga
porque no traían ningún saco, pero iban empujando un pequeño carrito cargado de comida y de cubos de
agua que distribuían a los prisioneros, lo que hizo renacer la calma.
Pronto me llegó la vez. Mientras uno de los gorilas montaba guardia, el otro entró en mi jaula y puso
ante mi una terrina conteniendo una papilla, y algunos frutos y un cubo de agua. Yo había decidido hacer
lo posible para establecer contacto con estos simios, que parecían ser los únicos seres civilizados y
racionales del planeta. El que me traía la comida no tenía aspecto de malo. Al ver mi tranquilidad,
incluso me dio un golpecito en la espalda, en un gesto amistoso. Yo lo miré fijamente y luego, llevándome
la mano al pecho, me incliné ceremoniosamente. Al levantar la cabeza, vi en su semblante una viva
expresión de sorpresa. Entonces le sonreí poniendo en la sonrisa toda mi alma. Estaba a punto de salir y
se detuvo desconcertado, profiriendo una exclamación. Por fin había logrado hacerme notar. Queriendo
confirmar mi éxito a base de desplegar toda mi capacidad, pronuncié, con bastante estupidez, la primera
frase que me pasó por la cabeza:
—¿Cómo está usted? Soy un hombre de la Tierra. He hecho un largo viaje.
El sentido no tenía importancia. Bastaba hablarle para revelarle mi verdadera naturaleza. Ciertamente,
había logrado mi objetivo. Nunca la cara de un mono reflejó tanta sorpresa. Se quedó sin respiración y
con la boca abierta, igual que su compañero. Los dos empezaron una rápida conversación en voz baja,
pero el resultado no fue el que yo esperaba. Después de haberme observado con aire suspicaz, el gorila
retrocedió rápidamente, salió de la jaula y la cerró con mayor cuidado que antes. Los dos monos se
miraron entonces mutuamente y empezaron a reír a grandes carcajadas. Yo debía ser para ellos un
fenómeno verdaderamente único porque no acababan de regocijarse a mis expensas. Lloraban de tanto
reír y uno de ellos tuvo que dejar en el suelo la marmita que llevaba para sacar el pañuelo.
Mi desilusión fue tan grande que de repente me entró un furor espantoso. Yo también me puse a
sacudir los barrotes, a enseñar los dientes y a insultarlos en todas las lenguas que conocía. Cuando hube
acabado mi repertorio de invectivas, seguí emitiendo sones indistintos, lo que dio por resultado hacerles
encogerse de hombros.
De todas maneras, había logrado atraer la atención sobre mí. Al marcharse, se volvieron varias veces
para observarme. Como yo había acabado de calmarme por haber agotado mis fuerzas, vi que uno de
ellos sacaba un carnet de su bolsillo y escribía unas notas después de haber anotado con cuidado un signo
marcado sobre una tablilla encima de mi jaula que supongo debía de ser un número.
Salieron. Los demás prisioneros, agitados un momento por mi demostración, habían reanudado la
comida. No había nada más que yo pudiera hacer: comer y descansar mientras esperaba una ocasión más
favorable para revelar mi noble esencia. Tragué una papilla de cereales y algunos frutos suculentos.
Frente a mí, Nova paraba de comer de vez en cuando para dirigirme miradas furtivas.
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