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libro: el planeta de los simios parte 5

Capítulo V
—Es la huella de un pie de mujer —afirmó Arturo Levain.
Esta observación concluyente, hecha con una voz embargada por la emoción, no me sorprendió en
modo alguno. Expresaba también mi propio sentimiento. La finura, la elegancia, la belleza singular de la
huella me habían impresionado hondamente. No podía haber duda alguna sobre el hecho de que se trataba
de una huella humana. Podría pertenecer quizás a un adolescente, incluso a un hombre de talla pequeña,
pero lo más verosímil era que se tratase de una huella femenina, y esto era, además, lo que yo deseaba
con toda mi alma.
—Así, pues, Soror está habitado por seres humanos —murmuró el profesor Antelle.
Se notaba en su voz como una sombra de decepción que, en aquel momento, hizo que me fuera menos
simpático. Levantó los hombros con el gesto que le era familiar y se puso a inspeccionar la arena
alrededor del lago. Descubrimos otras huellas que, evidentemente, pertenecían a la misma persona.
Levain, que se había apartado algo, nos llamó para señalarnos una marca sobre la arena seca. La huella
aún estaba húmeda.
—Hace menos de cinco minutos que estaba aquí —exclamó el joven.
—Debía de haber venido a bañarse cuando nos ha oído y ha escapado.
Para nosotros era ya de una evidencia implícita que se trataba de una mujer. Guardamos silencio,
acechando el bosque sin oír siquiera el ruido de una rama al romperse.
—Tenemos tiempo de sobra —dijo el profesor Antelle encogiéndose de hombros—. Pero si un ser
humano se bañaba aquí, también nosotros podemos hacer lo mismo sin peligro alguno.
Sin más razonamientos, el grave profesor se desembarazó también de sus vestidos y zambulló su
cuerpo flaco en la piscina. Después de nuestro largo viaje, el placer de poder sumergirnos en aquella
agua fresca y deliciosa nos hacía casi olvidar nuestro reciente descubrimiento. Sólo Arturo Levain
parecía ensimismado y ausente. Iba a gastarle una broma sobre su aire melancólico cuando de pronto vi a
la mujer, precisamente encima de nuestras cabezas, encaramada sobre la plataforma rocosa desde donde
se precipitaba la cascada.
No olvidaré nunca la impresión que me produjo aquella aparición. Ante la maravillosa belleza de aquella
criatura de Soror, que se nos revelaba salpicada por la espuma e iluminada por los rayos rojizos de
Betelgeuse, contuve la respiración. Era una mujer, mejor dicho, una joven, a menos que se tratara de una
diosa. A la luz de aquel monstruoso sol afirmaba con audacia su feminidad, enteramente desnuda, sin otro
adorno que una cabellera muy larga que le caía sobre los hombros. Es verdad que hacía dos años que
estábamos privados de punto de comparación, pero ninguno de nosotros era propenso a dejarse engañar
por un espejismo. Era de toda evidencia que la mujer que se mantenía inmóvil sobre la plataforma, como
lo estaría una estatua sobre su pedestal, tenía el cuerpo más perfecto que pueda concebirse sobre la
Tierra. Levain y yo nos quedamos sin aliento, rendidos de admiración, y estoy por creer que hasta el
mismo profesor Antelle se sintió conmovido.
De pie, inclinada hacia delante, el pecho tendido hacia nosotros y los brazos ligeramente echados
hacia atrás, en la actitud del buceador que toma impulso, la joven nos miraba y creo que su sorpresa
debía igualar la nuestra. Después de haberla contemplado por un largo instante, me sentía tan
completamente trastornado que me era imposible apreciar detalle alguno; el conjunto de sus formas me
tenía hipnotizado. Hasta después de unos minutos no pude darme cuenta de que pertenecía a la raza
blanca, que su piel era dorada, más bien muy bronceada, que era alta, sin exceso, y delgada. Después,
como en un sueño, vi una cara de una pureza singular. Finalmente, miré sus ojos.
Mis dotes de observación se despertaron entonces bruscamente, mi atención se hizo más aguda y me
estremecí, porque allí, en su mirada, había un elemento nuevo para mí. Descubrí allí un toque insólito,
misterioso, un algo extraño que todos nosotros esperábamos ver en un mundo tan alejado del nuestro.
Pero no me sentí capaz de analizar ni siquiera de definir la naturaleza de aquel algo extraño. Solamente
notaba una diferencia esencial con los individuos de nuestra especie. No estaba en el color de los ojos,
pues eran de un gris poco corriente entre nosotros, pero no excepcional. La anomalía residía en la
emanación de aquellos ojos, en una especie de vacío, una ausencia de expresión, que me recordaba a una
pobre demente que conocí una vez. Pero no, no era esto, no podía ser locura.
Cuando se dio cuenta de que ella era también objeto de curiosidad, o, para decirlo con mayor
precisión, cuando mi mirada se encontró con la suya, pareció como si recibiera un impacto y se volvió
bruscamente, con un gesto mecánico tan rápido como el de un animal atemorizado. No era pudor por
verse sorprendida de aquella manera. Sin saber por qué, tuve la convicción de que habría sido un error
suponerla capaz de un tal sentimiento. Simplemente, su mirada no encontraba agradable la mía o no podía
sostenerla. Vuelta la cabeza de perfil, nos acechaba ahora a hurtadillas, con el rabillo del ojo.
—Ya se lo había dicho, es una mujer —murmuró el joven Levain.
Había hablado casi en voz baja, ahogada por la emoción, pero la joven lo oyó y el sonido de la voz
produjo en ella un efecto singular. Retrocedió con un movimiento brusco, tan rápido que nuevamente lo
comparé con el reflejo de un animal asustado que vacila antes de emprender la huida. Pero después de
haber dado dos pasos hacia atrás, se detuvo nuevamente, esta vez con el cuerpo casi totalmente oculto
tras las rocas. No se le veía más que la parte superior de la cara y un ojo que seguía acechándonos.
Torturados por el temor de verla huir, no nos atrevíamos a hacer movimiento alguno. Nuestra actitud
la tranquilizó. Al cabo de un rato se adelantó otra vez hasta el borde de la plataforma. Pero el joven
Levain estaba demasiado sobreexcitado para poder contener su lengua:
—No he visto nunca...
Calló en seguida, al comprender su imprudencia. La joven había retrocedido de la misma manera de
antes, como sí la voz humana la aterrorizara.
El profesor Antelle nos hizo una seña para que nos calláramos y empezó a chapotear en el agua sin
dedicar aparentemente ninguna atención a la joven. Adoptamos la misma táctica, que obtuvo un éxito
total. No solamente volvió a acercarse, sino que pronto demostró un vivo interés por nuestras
evoluciones, un interés que se manifestaba de una manera muy insólita, lo que excitaba aún más nuestra
curiosidad. ¿Habéis observado alguna vez en la playa la actitud de un perro joven y asustadizo cuando su
dueño se baña? Se le ve que se muere de ganas de unirse a él, pero no se atreve. Da tres pasos hacia un
lado, tres hacia el otro, se aleja, vuelve, sacude la cabeza, se agita inquieto. Pues éste era exactamente el
modo de comportarse de aquella muchacha.
Y, de repente, la oímos, pero los sonidos que profirió aumentaron la impresión de animalidad que nos
había producido su actitud. Se encontraba entonces en el límite extremo de su pedestal, lo que hacía creer
que iba a precipitarse en el lago. Por un momento había interrumpido su especie de danza. Abrió la boca.
Yo me encontraba algo apartado y pude observarla bien sin que ella se fijara. Pensé que iba a hablar, a
gritar. Esperaba una llamada. Estaba preparado para escuchar el lenguaje más bárbaro posible, pero no
lo estaba para los sonidos extraños que salieron de su garganta. Y digo precisamente de su garganta,
porque ni la lengua ni la boca podían tener parte alguna en aquella especie de maullido o de piada aguda,
que parecía propio para expresar el frenesí alegre de un animal. En nuestros jardines zoológicos, los
chimpancés jóvenes juegan a veces y se empujan profiriendo pequeños gritos semejantes a aquél.
Como que, a pesar de nuestra sorpresa, nos esforzábamos en seguir nadando sin preocuparnos de ella,
pareció tomar una decisión. Se agachó sobre la roca y ayudándose con las manos empezó a bajar hacia
nosotros. Tenía una agilidad asombrosa. Su cuerpo dorado se deslizaba rápidamente a lo largo de la
pared y se nos aparecía, salpicado de agua y de luz, como una visión de ensueño a través del tenue velo
del agua de la cascada. Agarrándose a unos salientes imperceptibles, en pocos momentos llegó al nivel
del lago y se arrodilló sobre una piedra llana. Aún nos observó unos segundos y luego entró en el agua y
se dirigió nadando hacia nosotros.
Comprendimos que quería jugar y, sin ponernos de acuerdo previamente, seguimos con ardor los
retozos que tanta confianza le habían inspirado, modificando nuestra actitud apenas veíamos que
empezaba a asustarse. Resultó de ello, al cabo de poco tiempo, una especie de juego cuyas reglas había
determinado ella misma inconscientemente, un juego extraño en verdad que presentaba alguna analogía
con las evoluciones de las focas en una piscina y que consistía en huir de nosotros y en perseguirnos
alternativamente, apartándonos bruscamente cuando nos sentíamos a punto de ser cogidos y acercándonos
hasta casi tocarnos cuando ella se apartaba, pero sin entrar nunca en contacto. Era un juego pueril, pero
¿qué no habríamos hecho nosotros para domesticar a aquella bella desconocida? Observé que el profesor
Antelle participaba en aquel juego infantil con un no disimulado placer.
La cosa hacia ya mucho tiempo que duraba y empezábamos a perder el resuello cuando me di cuenta
de un rasgo paradójico de la fisonomía de aquella muchacha que me sorprendió: su seriedad. Se veía que
tomaba parte en el juego que ella había provocado con un placer desbordante y, sin embargo, ni una sola
sonrisa había alterado la seriedad de su cara. Hacía rato que sentía un malestar confuso cuya razón
concreta no llegaba a explicarme y experimenté una verdadera sensación de alivio cuando la descubrí. La
muchacha no reía ni se sonreía: solamente, de vez en cuando, emitía uno de aquellos sonidos que le
servían seguramente para expresar su satisfacción.
Quise hacer una prueba. Cuando se me acercaba, hendiendo el agua con aquella manera especial de
nadar, parecida a la de los perros, con la cabellera flotando tras ella como la cola de un cometa, la miré
fijamente y antes de que tuviera tiempo de volverse le dirigí una sonrisa con toda la amabilidad y toda la
ternura de que yo era capaz.
El resultado fue sorprendente. Dejó de nadar, haciendo pie en el agua, que le llegaba a la cintura, y
tendió hacia mí las manos crispadas, como en un ademán de defensa. Después volvió la espalda y huyó
hacia la orilla. Una vez fuera del lago, vaciló, se volvió a medias observándome de reojo, como cuando
estaba en la plataforma, con el aspecto perplejo de un animal que acaba de darse cuenta de algo
alarmante. Tal vez habría recobrado la confianza porque la sonrisa se había fijado en mis labios y yo me
había puesto a nadar nuevamente con aire inocente, si no hubiera sido porque un nuevo incidente renovó
su emoción. Oímos ruido en el bosque y apareció nuestro amigo Héctor, que se descolgó de rama en
rama y al llegar al suelo avanzo hacia nosotros haciendo cabriolas, muy feliz por habernos encontrado de
nuevo. Me sobresalté al ver la expresión bestial, mezcla de miedo y de odio, que apareció en la cara de
la joven cuando vio al mono. Se replegó sobre sí misma, incrustada en las rocas hasta casi confundirse
con ellas, con los músculos tensos, la espalda arqueada y las manos crispadas como garras. Todo ello
por un pobre y pequeño chimpancé que se aprestaba a festejarnos.
Cuando el animal pasó cerca de ella, sin verla, la muchacha saltó. Su cuerpo se disparó como un
arco. Cogió el mono por el cuello y sus manos se cerraron como garfios mientras inmovilizaba al pobre
animal entre sus piernas. La agresión fue tan rápida que no nos dio tiempo de intervenir. El mono casi no
se debatió. Al cabo de unos segundos se envaró y, cuando ella le soltó, cayó muerto. Aquella criatura
radiante, a la que en un arranque romántico de mi corazón había dado el nombre de «Nova», ya que sólo
podía comparar su aparición a la de un astro rutilante, acababa de estrangular a conciencia a un animal
doméstico e inofensivo.
Cuando, al salir de nuestro estupor, nos precipitamos hacia allí, ya era tarde para salvar a Héctor.
Ella volvió la cabeza hacia nosotros, como sí quisiera hacernos frente, con los brazos tendidos y los
labios arqueados, en una actitud amenazadora que nos dejó clavados en el suelo. Después profirió un
último grito agudo, que podía ser interpretado como un canto de triunfo o un alarido de furor, y huyó hacia
el bosque. En pocos segundos desapareció entre la maleza, que se cerró tras su cuerpo dorado,
dejándonos desconcertados en medio de la selva nuevamente silenciosa.
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