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The Maze Runner - Correr o Morir - Capitulo 16 al 20

CAPITULO 16
Thomas pasó la mañana con el Encargado de los Jardines, deslomándose y trabajando, como hubiera dicho Newt. Zart era el chico alto, de pelo negro, que había estado adelante del poste durante el Destierro de Ben, y que, por alguna razón, olía a leche agria. No hablaba mucho, pero le enseñó las cuestiones básicas para que él pudiera empezar a trabajar solo: desmalezar, podar un árbol de ciruelas, plantar semillas de calabaza, recolectar verduras... No le encantó la actividad, y prácticamente ignoró a los otros chicos del grupo, pero tampoco le disgustó tanto como la tarea que había hecho para Winston en el Matadero.
Se encontraba sacando las malas hierbas de una hilera de maíz con Zart, cuando consideró que había llegado la hora de sacarle información. Ese Encargado parecía mucho más accesible que los demás.
—Dime, Zart —comenzó.
El chico levantó la mirada hacia él y luego continuó trabajando. Tenía ojos caídos y cara alargada. Daba la impresión de estar terriblemente aburrido.
-Sí, Novato, ¿qué quieres?
-¿Cuántos Encargados hay en total? —preguntó, tratando de sonar despreocupado-. ¿Y cuáles son las opciones de trabajo?
-Mira, están los Constructores, los Fregones, los Embolsadores, los Cocineros, los Mapistas, los Docs, los Aradores, los Carniceros. Y los Corredores, por supuesto. No sé, algunos más quizás. Yo en realidad me ocupo de lo mío.
La mayoría de las palabras no requería demasiadas explicaciones, pero había algunas que no le resultaban tan claras.
-¿Qué es un Fregón? —sabía que Chuck lo era, pero el chico se negaba a hablar de eso.
—Son los larchos que no saben hacer otra cosa. Limpian los baños, la Cocina, el Matadero, todo. Pasa un día entero con esos idiotas y se te van a ir las ganas de seguir en esa dirección. Créeme.
Sintió una punzada de culpa por Chuck y también le dio pena. El chico se esforzaba tanto por hacerse amigo de todo el mundo, pero no parecía caerle bien a nadie. Ni siquiera le prestaban atención. También era verdad que hablaba demasiado y vivía en permanente estado de excitación, pero él estaba contento de tenerlo cerca.
—¿Y qué hacen los Aradores? —preguntó, arrancando una maleza impresionante, con pedazos de tierra colgando de las raíces.
Zart se aclaró la garganta y continuó trabajando mientras contestaba.
—Son los que se ocupan de todo el trabajo pesado en los Jardines. Cavar zanjas y todo eso. En su tiempo libre, hacen otras tareas en el Área. En realidad, muchos Habitantes tienen más de un trabajo. ¿Alguien te contó eso?
No prestó atención a la pregunta y siguió adelante, dispuesto a conseguir todas las respuestas que pudiera.
—¿Y los Embolsadores? Sé que se encargan de las personas que mueren, pero tampoco debe ser algo muy frecuente, ¿verdad?
—Esos tipos son horripilantes. Hacen de guardias y también de policías. A todos les gusta llamarlos Embolsadores. Cómo nos divertimos el otro día, hermano... —y soltó una risita, que a Thomas le resultó muy simpática.
Tenía más preguntas. Muchas más. Chuck y los demás chicos del Área nunca habían querido darle respuestas sobre nada. Y aquí estaba Zart, totalmente dispuesto a hacerlo. Pero, de pronto, ya no tuvo más ganas de hablar. Cuando menos se lo esperaba, la chica había vuelto a aparecer en su mente; luego, la imagen de Ben y el Penitente muerto... Su nueva vida era un asco
Respiró profundamente. Mejor dedícate a trabajar, pensó. Y eso hizo.
A media tarde, Thomas estaba a punto de desplomarse del agotamiento. Todo eso de estar inclinado y arrastrarse de rodillas por la tierra era lo peor que había. El Matadero, los Jardines. Dos golpes duros.
Corredor, rogó, a la hora del recreo. Sólo déjenme ser Corredor. Una vez más pensó que resultaba absurdo que lo deseara tanto. Pero, aunque no comprendía el porqué de su anhelo ni de dónde venía, era innegable. Sus sentimientos con respecto a la chica también eran muy fuertes, pero hizo un esfuerzo por apartarlos.
Cansado y adolorido, se dirigió a la Cocina por algo de alimento y agua. Era capaz de ingerir una comida completa, a pesar de haber desayunado dos horas antes. Hasta la idea de comer cerdo volvía a sonarle tentadora.
Mordió una manzana y se arrellanó en el suelo, al lado de Chuck. Newt también estaba allí, pero se sentó solo, ignorando a todos los demás. Tenía los ojos rojos y líneas profundas en la frente. Thomas observó cómo se mordía las uñas, cosa que nunca le había visto hacer antes.
Chuck se dio cuenta e hizo la pregunta que él tenía en la cabeza.
—¿Qué le pasa? —susurró-. Tiene la misma cara que tú tenías cuando saliste de la Caja.
—No sé —respondió Thomas—. ¿Por qué no le preguntas?
—Estoy escuchando cada una de sus malditas palabras —dijo Newt en voz alta—. No me extraña que nadie quiera dormir al lado de ustedes.
Sintió como si lo hubieran pescado robando, pero estaba realmente preocupado. Newt era una de las pocas personas del Área que le agradaban.
-¿Qué es lo que anda mal? —quiso saber Chuck—, No es para ofenderte, pero tienes un aspecto de plopus...
—Todas las criaturas del universo... -respondió, y luego se quedó en silencio observando el espacio. Thomas estaba a punto de abrir la boca, pero el muchacho continuó-. La chica de la Caja. Sigue gimiendo y diciendo todo tipo de cosas extrañas, pero no se quiere despertar. Los Docs hacen todo lo posible por alimentarla, pero cada vez come menos. Les aviso desde ahora que hay algo muy malo en toda esta condenada historia.
Thomas le dio otro mordisco a la manzana. Ahora tenía un sabor amargo. Se dio cuenta de que estaba inquieto por la chica, por su bienestar. Como si la conociera.
—Shuck. Pero eso no es lo que me tiene más jodido —dijo Newt, tras un largo suspiro.
-¿Y qué es entonces? -preguntó Chuck.
Thomas se inclinó hacia delante, con tanta curiosidad que fue capaz de sacarse a la chica de la mente.
Newt entornó los ojos mientras miraba hacia una de las entradas del Laberinto.
-Alby y Minho -murmuró—. Debieron estar de vuelta hace horas.
Antes de darse cuenta, ya estaba otra vez en su trabajo, quitando malezas; contaba los minutos que le faltaban para terminar su labor con los Jardineros. Vigilaba constantemente la Puerta del Oeste, esperando ver alguna señal de Alby y de Minho: Newt le había contagiado su intranquilidad. Había dicho que ellos deberían haber vuelto antes del mediodía, el tiempo necesario para llegar hasta el Penitente muerto, explorar durante una hora o dos y luego regresar. Con razón estaba tan molesto. Cuando Chuck trató de tranquilizarlo diciendo que era posible que sólo estuvieran examinando el lugar y divirtiéndose, Newt le había echado una mirada tan dura que Thomas pensó que el chico se desintegraría allí mismo.
Pero tampoco podía olvidar su cara cuando, un minuto después, él le había preguntado por qué no entraban en el Laberinto a buscar a sus amigos. La expresión de Newt fue de horror rotundo: sus mejillas se contrajeron, tornándose oscuras y amarillentas. Una vez que se le pasó, había explicado que estaba prohibido mandar grupos de búsqueda, ya que de esa manera era posible que se perdiera más gente. Pero fue evidente el temor que había cruzado por su rostro.
Newt le tenía terror al Laberinto.
Sea lo que fuere que le hubiera ocurrido allí —quizás relacionado con la persistente lesión del tobillo—, había sido verdaderamente espantoso. Intentó no pensar en eso y se concentró de nuevo en su trabajo.
La cena resultó ser un momento lúgubre, y el motivo no tenía nada que ver con la comida. Sartén y sus cocineros habían preparado un gran banquete de carne, papas, legumbres y panecillos calientes. Thomas había descubierto rápidamente que las bromas acerca de la comida de Sartén eran sólo eso, bromas. Todos devoraban lo que él servía y en general pedían más. Pero esa noche, los Habitantes comieron como si se tratara de la última cena.
Los Corredores habían retornado a la hora de siempre. La preocupación de Thomas había ido en aumento al ver cómo Newt corría de Puerta en Puerta mientras los Corredores entraban en el Área. Pero Alby y Minho nunca aparecieron. Newt obligó a los Habitantes a ir a comer lo que Sartén había preparado y que tanto se merecían, pero él insistió en quedarse de guardia hasta que llegaran los dos que faltaban. Nadie lo dijo, pero todos sabían que de un momento a otro las Puertas se cerrarían.
Siguiendo las órdenes a regañadientes como el resto de los chicos, Thomas se encontraba compartiendo una mesa con Chuck y Winston, en la parte sur de la Finca. Sólo había logrado ingerir unos pocos bocados, cuando ya no soportó más.
—No puedo estar aquí comiendo mientras ellos están allá afuera —dijo, dejando caer el tenedor en el plato—. Voy a vigilar las Puertas con Newt —agregó, se levantó y salió corriendo.
No le sorprendió que Chuck estuviera pegado a él.
Encontraron a Newt en la Puerta del Oeste, caminando de un lado a otro, mientras se pasaba las manos por el pelo. Levantó la vista cuando los vio acercarse.
—¿Dónde están? —dijo, con voz débil y crispada.
A Thomas le enterneció ver a Newt preocupado por Alby y Minho, como si fueran de su propia sangre.
—¿Por qué no mandamos un equipo de búsqueda? —sugirió una vez más. Parecía una tontería estar allí de brazos cruzados y angustiados, cuando podrían salir y encontrarlos.
—La maldita... -comenzó a decir Newt y se detuvo. Cerró los ojos unos segundos y respiró profundamente—. No podemos. ¿Me captas? No vuelvas a sugerirlo. Está en contra de las reglas. Especialmente con las condenadas Puertas a punto de cerrarse.
—Pero ¿por qué? —insistió, sin comprender la terquedad de Newt—. ¿Acaso los Penitentes no los van a atrapar si se quedan allá afuera? ¿No deberíamos hacer algo?
Newt giró hacia él y lo enfrentó, con la cara roja y los ojos brillando de furia.
-¡Nuevito, cierra el hocico! —le gritó—. ¡No hace ni una semana que estás aquí! ¿Crees que yo no arriesgaría mi vida por salvar a esos dos cretinos?
-No... yo... Lo siento, no quise... —balbuceó. No sabía qué decir, sólo estaba tratando de ayudar.
La cara de Newt se suavizó.
—No lo entiendes todavía, Tommy. Ir allá afuera por la noche es como rogar que te maten. Estaríamos malgastando vidas. Si esos larchos no logran volver... —hizo una pausa, como dudando si expresar o no lo que todos estaban pensando—. Los dos hicieron un juramento, como yo y como todos. Tú también lo harás cuando vayas a tu primera Asamblea y seas elegido por un Encargado. Nunca salir de noche. Pase lo que pase. Jamás.
Thomas echó una mirada a Chuck, que estaba tan pálido como Newt.
—Él no quiere decirlo —exclamó el niño—, así que yo lo haré. Que ellos un hayan regresado significa que han muerto. Minho es demasiado inteligente como para perderse. Es imposible. Están muertos.
Newt no abrió la boca. Chuck dio media vuelta y se dirigió a la Finca, con la cabeza baja. ¿Muertos?, pensó. La situación era tan grave que no sabia cómo reaccionar. Sentía un vacío en el corazón.
—El chico tiene razón —observó Newt con solemnidad—. Es por eso que no debemos salir, No podemos darnos el lujo de empeorar las cosas más de lo que están.
Puso la mano en el hombro del Novato y luego la dejó caer hacia su cuerpo. Tenía los ojos humedecidos y Thomas estaba seguro de que, a pesar de su memoria borrosa, nunca había visto a nadie tan triste. La creciente oscuridad del crepúsculo encajaba justo con lo sombrío de la situación.
—Las Puertas se cierran en dos minutos —dijo Newt. Esa declaración tan breve y definitiva pareció quedar suspendida en el aire como una mortaja llevada por la brisa. Luego se alejó, encorvado y en silencio.
Thomas sacudió la cabeza y miró hacia el Laberinto. Apenas conocía a los dos chicos, pero le dolía el corazón de sólo pensar que estaban allí afuera, en las garras de esa horrenda criatura que había visto a través de la ventana en su primera mañana en el Área.
Un ruido atronador sonó en todas direcciones y lo sacó súbitamente de sus reflexiones. Luego siguieron los crujidos y los chirridos de la piedra contra la piedra. Las Puertas se estaban cerrando. Llegaba la noche.
El muro de la derecha resbalaba por el piso con gran estruendo, arrojando tierra y piedras a su paso. La hilera vertical de conos, tantos que parecían llegar hasta el cielo, se dirigía hacia los orificios correspondientes de la pared izquierda, listos para cerrarse herméticamente hasta la mañana siguiente. Una vez más, observó impresionado el gigantesco muro en movimiento, que desafiaba cualquier ley de la física. Todavía no había podido acostumbrarse.
De pronto, una leve agitación hacia la izquierda llamó su atención.
Algo se movió dentro del Laberinto, en el largo pasadizo frente a él.
Al principio, un brote de pánico lo atravesó. Retrocedió inquieto, pensando que sería un Penitente. Pero luego se fueron delineando dos formas que se acercaban con dificultad por el callejón hacia la Puerta. Una vez que sus ojos pudieron enfocar después de la momentánea ceguera de miedo, se dio cuenta de que era Minho, con uno de los brazos de Alby colgando sobre los hombros, trayéndolo casi a rastras. El Encargado levantó la mirada y vio a Thomas, que lo observaba con ojos exorbitados.
—¡Ellos le dieron! —gritó, con la voz ahogada por el agotamiento. Cada paso que daba parecía ser el último.
Thomas estaba tan aturdido por el giro de los acontecimientos que tardó en reaccionar.
-¡Newt! -exclamó finalmente, obligándose a desviar la vista—. ¡Ya vienen! ¡Puedo verlos! —gritó más fuerte. Quería correr hacia el Laberinto y ayudarlos, pero la regla de no salir del Área estaba grabada en su mente.
Newt ya estaba llegando a la Finca cuando escuchó a Thomas. Dio media vuelta y salió disparado hacia la Puerta.
Thomas volvió a mirar hacia el Laberinto y el terror se apoderó de él. Alby se había zafado del brazo de Minho y había caído. El Corredor trató de levantar al chico sin resultado, entonces comenzó a arrastrarlo de los hombros, por el piso de piedra.
Todavía se encontraban a unos treinta metros. La pared de la derecha se deslizaba velozmente. Sólo quedaban segundos para que se clausurara por completo. No había posibilidad de que llegaran a tiempo. Ninguna.
Echó un vistazo a Newt, que se acercaba rengueando lo más ágilmente posible, pero se encontraba aún a mitad de camino.
Miró otra vez hacia el Laberinto y hacia el muro que se cerraba. Sólo unos pocos metros más y todo habría concluido.
De repente, Minho tropezó y se desplomó. No iban a lograrlo. El tiempo se había acabado. Era el fin.
Escuchó unos gritos de Newt a sus espaldas.
—¡Tommy, no lo hagas! ¡Ni se te ocurra, cabrón!
Los conos de la pared derecha parecían brazos que se estiraban, buscando aferrarse a esos pequeños agujeros donde encontrarían su descanso nocturno. Mientras tanto, los chirridos de las Puertas seguían aturdiendo el aire.
Un metro y medio. Un metro. Sesenta centímetros.
Supo que no le quedaba alternativa. Se movió hacia delante, pasó rozando los conos en el último segundo y entró en el Laberinto.
Los muros se cerraron con fuerza detrás de él. Pudo oír el eco del estruendo, ionio una carcajada enloquecida resonando por las paredes cubiertas de enredadera.


CAPITULO 17
Durante varios segundos, Thomas sintió que el mundo se había congelado. Un gran silencio siguió al trueno de la Puerta y un velo de oscuridad cubrió el cielo, como si hasta el sol hubiera huido temeroso ante lo que acechaba dentro del Laberinto. Las últimas luces del crepúsculo se habían apagado y los muros colosales parecían enormes tumbas en un abandonado cementerio de gigantes. Se recostó contra la roca, abrumado por lo que acababa de hacer y aterrorizado ante las posibles consecuencias.
Un quejido agudo de Alby y los gemidos de Minho lo hicieron volver a la realidad. Se separó de la pared y corrió hacia ellos.
Minho había logrado ponerse de pie con mucho esfuerzo pero, aun en la semioscuridad, su aspecto era horrible: sudoroso, sucio, lleno de rasguños. Alby estaba en el piso y lucía mucho peor, con sus ropas desgarradas y los brazos cubiertos de cortadas y moretones. Le corrió un escalofrío. ¿Acaso habría sido atacado por un Penitente?
-Nuevito —dijo Minho—, si piensas que fuiste valiente al venir acá, vas a tener que escucharme. Eres el garlopo más miertero que conozco .Ya estás muerto, igual que nosotros.
Sintió que la cara se le encendía. Había esperado al menos un poco de gratitud.
-No podía quedarme ahí sentado y abandonarlos a ustedes aquí.
-¿Y de qué nos sirves a nosotros? —prosiguió, con una mueca de irritación—. Como quieras, güey. Rompe la Regla Número Uno, mátate, no me importa.
-De nada. Sólo trataba de ayudar —susurró. Tenía ganas de darle un golpe en la cara.
Minho dibujó una sonrisa forzada; luego se volvió a arrodillar junto a Alby. Thomas lo observó atentamente y se dio cuenta de lo mal que estaban las cosas. El líder parecía estar al borde de la muerte. Su piel oscura estaba perdiendo el color velozmente y su respiración era rápida y poco profunda.
La desesperanza se apoderó de él.
-¿Qué pasó? —preguntó, dejando de lado su enojo.
—No quiero hablar de eso —dijo Minho, mientras le tomaba el pulso y se inclinaba para escuchar el corazón—. Digamos que los Penitentes saben hacerse los muertos muy bien.
Esa afirmación lo tomó de sorpresa.
—¿Entonces, lo... picaron? ¿Lo pincharon? Como sea. ¿Está pasando por la Transformación?
—Te queda mucho por aprender —fue su única respuesta.
Quería gritar. Ya sabía que tenía mucho que aprender, por eso mismo estaba haciendo preguntas.
-¿Se va a morir? -se obligó a decir, sabiendo lo superficial que sonaba.
—Es probable, dado que no logramos regresar antes del atardecer. Podría morir en una hora. Yo no sé cuánto tiempo se puede soportar sin el Suero. Claro que nosotros también estaremos muertos, de modo que no te pongas a llorar por él. Eso mismo, bien muertos en poco tiempo.
Lo dijo tan naturalmente que a Thomas le costó procesar el significado de sus palabras. Pero pronto la dura realidad de la situación lo alcanzó.
—¿En serio nos vamos a morir? —preguntó, incapaz de aceptarlo—. ¿Me estás diciendo que no tenemos ninguna posibilidad de salvarnos?
—Ninguna.
—Vamos, tiene que haber algo que podamos hacer. ¿Cuántos Penitentes nos van a atacar? —preguntó, harto.
Echó un vistazo por el pasillo que llevaba al interior del Laberinto, como esperando que las criaturas aparecieran, atraídas por la mención de su nombre.
—No lo sé.
De pronto, se le ocurrió una idea, que le dio un poco de esperanza.
—Pero... ¿qué pasó con Ben? ¿Y con Gally... y los otros que fueron pinchados y sobrevivieron?
Minho levantó la vista con una expresión que decía que él era más tonto que plopus de vaca.
—¿Es que no me oíste? Todos ellos volvieron antes del atardecer, idiota. Regresaron y recibieron el Suero.
Aunque quería saber cosas sobre el Suero, tenía otras preguntas más importantes que hacer primero.
—Pero yo pensaba que los Penitentes sólo salían de noche.
—Entonces estabas equivocado, shank. Siempre salen de noche, lo que no quiere decir que no aparezcan durante el día.
No se permitía caer en la desesperanza como Minho, no quería rendirse y darse por muerto.
—¿Alguien se quedó fuera de los muros por la noche y logró sobrevivir?
—Nadie.
Frunció el ceño, deseando encontrar algún rayo de esperanza. —¿Cuántos han muerto ya?
Minho miró hacia abajo. Estaba agachado con el antebrazo sobre la rodilla, completamente exhausto y aturdido.
—Al menos doce. ¿No estuviste en el cementerio?
—Sí —contestó. Entonces fue así como murieron, pensó.
—Bueno, ésos son sólo los que encontramos. Hay otros cuyos cuerpos nunca aparecieron — agregó, señalando distraídamente hacia el Área—. Ese maldito cementerio está en el bosque por una razón. Nada arruina tanto los buenos momentos como estar todo el día recordando a tus amigos masacrados.
Se levantó y tomó los brazos de Alby, luego hizo un gesto hacia los pies.
—Sujeta esas cosas apestosas. Tenemos que llevarlo hasta la Puerta. Démosles un cuerpo que será fácil de encontrar en la mañana.
Thomas no podía creer que hiciera un comentario tan morboso.
—¿Cómo puede ser que esto esté ocurriendo de verdad? —gritó hacia las paredes, dando vueltas en círculo. Sintió que estaba a punto de volverse loco.
—Deja de llorar. Deberías haber respetado las reglas y permanecido adentro. Vamos, levanta las piernas.
Con una mueca de dolor por los retortijones en el estómago, se acercó y agarró los pies de Alby. Transportaron el cuerpo casi sin vida, a veces a rastras, unos treinta metros hasta la grieta vertical de la Puerta, donde Minho lo apoyó contra la pared dejándolo semisentado. El pecho de Alby subía y bajaba con una respiración ahogada, pero su piel estaba empapada de sudor. Parecía que no podía durar mucho más.
—¿Dónde lo picaron? —preguntó—. ¿Puedes verlo?
—Ellos no te pican, te pinchan, ¿entiendes de una vez? Y no, no puedes verlo. Podría tener marcas en todo el cuerpo —contestó con impaciencia, cruzándose de brazos y recostándose contra la pared.
Por algún motivo, Thomas pensó que la palabra "pinchar" sonaba mucho peor que "picar".
—¿Te pinchan? ¿Y eso qué quiere decir?
—Sólo tienes que verlos para entender de qué estoy hablando, hermano. Señaló los brazos de Minho y luego las piernas. -Bueno, ¿y por qué no te pinchó a ti? Minho estiró las manos.
—Quizás lo hizo y me dé un colapso en cualquier momento.
—Ellos... —comenzó, pero no supo cómo seguir. No sabía si Minho había hablado en serio.
—No hubo ellos, sólo el que pensamos que estaba muerto. Se puso como loco, pinchó a Alby y luego huyó —explicó, y después miró hacia el Laberinto, donde reinaba una oscuridad casi completa—. Pero estoy seguro de que ése y otros miserables más van a estar pronto aquí, para acabar con nosotros con sus agujas.
-¿Agujas? -repitió. Las cosas le resultaban cada vez más inquietantes.
—Sí, agujas —afirmó, y no dio más detalles. Su cara reveló que no planeaba hacerlo.
Thomas levantó la mirada hacia los enormes muros cubiertos de enredadera. La desesperación había despertado en él la necesidad de hallar soluciones a los problemas.
—¿No podemos subir a esas moles? —preguntó— Las lianas... ¿por qué no trepamos por ellas? Minho lanzó un suspiro de frustración.
—Te juro, Nuevito, que creo que nos debes considerar un atado de inútiles. ¿Realmente piensas que nunca se nos ocurrió la ingeniosa idea de trepar las malditas paredes?
Por primera vez, sintió que la furia lo invadía y superaba al miedo.
—Sólo trato de ayudar, güey. ¿Por qué no dejas de rechazar todo lo que digo y me hablas?
El Corredor saltó bruscamente y lo sujetó de la camisa.
—¡Es que no lo entiendes, garlopo! ¡No sabes nada y estás empeorando las cosas al tratar de mantener la esperanza! Estamos muertos, ¿me oyes? ¡Muertos!
No podía decidir qué era más fuerte en ese momento, si la rabia que sentía contra él o la lástima que le provocaba. Se estaba rindiendo muy fácilmente.
Minho observó sus manos, aferradas a la camisa de Thomas, y la vergüenza se apoderó de él. Lo soltó lentamente y retrocedió. Thomas se arregló la ropa con aspecto desafiante.
—Ay, hermano —susurró, desplomándose en el suelo y enterrando la cara entre sus puños apretados—. Nunca tuve tanto miedo en mi vida.
Quería decirle algo, que madurara, que pensara, que le explicara todo lo que sabía. ¡Cualquier cosa!
Abrió la boca para hablar, pero la cerró inmediatamente al escuchar un ruido. Minho alzó la cabeza y dirigió la vista hacia uno de los oscuros pasillos de piedra. Thomas sintió que se le aceleraba la respiración.
Era un zumbido grave y constante, que venía de las profundidades del Laberinto. Producía un sonido metálico cada tres o cuatro segundos, como cuchillos filosos chocando entre sí. Se volvía más fuerte a cada momento, y se unió a él una serie de chasquidos espeluznantes, que parecían uñas largas repiqueteando contra un vidrio. Un gemido apagado llenó el aire, seguido del ruido de cadenas que se arrastraban.
Todo era terrorífico, y el escaso valor que había logrado juntar comenzó a evaporarse.
Minho se levantó, con la cara apenas visible en la luz que agonizaba. Pero cuando habló, Thomas imaginó que sus ojos estaban inundados de terror.
—Tenemos que separarnos, es nuestra única posibilidad. ¡Empieza a correr y no te detengas! -exclamó. Después dio media vuelta y salió a toda velocidad, desvaneciéndose en pocos segundos, tragado por la oscuridad del Laberinto.

CAPITULO 18
Thomas se quedó mirando el lugar por donde Minho había desaparecido.
Una repentina antipatía por él se despertó en su interior. Era un veterano, un Corredor. Él, en cambio, apenas un Novato. Llevaba sólo unos días en el Área y unos pocos minutos en el Laberinto. Y, sin embargo, de los dos, Minho había sido el que había entrado en pánico y había huido ante la primera dificultad. ¿Cómo pudo abandonarme aquí?, pensó. No puedo creerlo.
Los ruidos aumentaban. Sonaban como el rugido de motores junto con sonidos metálicos, similares a las cadenas en funcionamiento de una vieja fábrica de maquinaria. Luego llegó el olor, como de algo que ardía, aceitoso. No podía imaginar lo que le aguardaba. Había visto a un Penitente, pero brevemente y a través de un vidrio sucio y empañado. ¿Qué le harían? ¿Cuánto tiempo podría soportar?
Basta, se dijo a sí mismo. Tenía que dejar de perder el tiempo esperando que vinieran a acabar con su vida.
Se dio vuelta hacia Alby, que seguía apoyado contra la pared de piedra. Se arrodilló, buscó el cuello y le tomó el pulso. Algo se escuchaba. Acercó el oído al corazón, como había hecho Minho.
Bum-bum, bum-bum, bum-bum.
Todavía estaba vivo.
Se inclinó hacia atrás sobre los tobillos y se pasó el brazo por la frente, para secar el sudor. En ese momento, en unos pocos segundos, aprendió mucho de sí mismo, del que había sido antes.
No podía dejar morir a un amigo, aunque fuera alguien tan malhumorado como Alby.
Se estiró y lo tomó de los brazos. Se puso en cuclillas y pasó los miembros alrededor de su cuello. Cuando consiguió cargar todo el cuerpo sobre su espalda, intentó incorporarse. Lanzó gruñidos por el esfuerzo. Era demasiado peso. Se desplomó de cara contra el suelo y Alby cayó extendido de costado con un gran golpe.
Los sonidos atemorizantes de los Penitentes se acercaban cada vez más, produciendo un eco que se extendía por los muros del Laberinto. Le pareció ver destellos de luces a lo lejos, rebotando por el cielo nocturno. No quería encontrarse con la fuente de esas luces y de esos sonidos.
Decidido a probar una nueva estrategia, volvió a sujetar los brazos de Alby y comenzó a arrastrarlo por el piso. No podía creer lo pesado que era. Le llevó sólo unos tres metros darse cuenta de que eso no iba a funcionar. Pero ¿adónde podría llevarlo?
Empujó el cuerpo hasta la grieta que marcaba la entrada al Área y lo puso otra vez en la misma posición, contra la pared de piedra.
Se sentó con la espalda apoyada en el muro, jadeando del agotamiento y pensando. Mientras observaba los oscuros pasadizos del Laberinto, buscó una solución en su mente. No se veía casi nada y él sabía, a pesar de lo que Minho había dicho, que sería estúpido correr aun cuando pudiera cargar a Alby. No sólo existía la posibilidad de perderse, sino qué podría estar corriendo hacia los Penitentes en vez de estar huyendo de ellos.
Pensó en la pared, en la enredadera. Minho no había entrado en detalles, pero pareció dejar claro que trepar las paredes era imposible. Sin embargo...
Comenzó a concebir un plan en su cabeza. Todo dependía de las desconocidas habilidades de los Penitentes, pero fue lo mejor que se le ocurrió.
Caminó unos metros junto a la pared hasta que encontró una enredadera tupida que cubría casi todo el muro. Estiró la mano y tomó una de las lianas que bajaba hasta el suelo. Se envolvió el puño con ella. Parecía más gruesa y- fuerte de lo que había imaginado; tendría un centímetro y medio de diámetro. Dio un tirón y pudo escuchar cómo se desprendía de la pared,
como un papel que se rasga. Continuó retrocediendo mientras la liana se separaba cada vez más del muro. Cuando ya se encontraba a unos tres metros, no pudo ver más el extremo de la rama que se perdía en la negrura.
Pero como la liana todavía no se había soltado de la planta, supuso que seguía sujeta allá arriba, en algún lado.
Al principio vaciló, pero luego se armó de valor y jaló la enredadera con todas sus fuerzas.
Resistió.
Dio otra sacudida. Y otra, jalando y soltando con las dos manos, una y otra vez. Después levantó los pies y se aferró de la liana. El cuerpo se balanceó hacia delante.
La rama aguantó.
De prisa, tomó más lianas, desprendiéndolas del muro, creando una serie de cuerdas para trepar. Probó cada una. Todas resultaron ser tan fuertes como la primera. Animado ante el resultado, fue a buscar a Alby y lo arrastró hasta la enredadera.
Un fuerte estallido resonó dentro el Laberinto, seguido de un ruido horroroso como un metal que se abolla. Sobresaltado, giró para mirar: su mente estaba tan concentrada en la planta que había olvidado por completo a los Penitentes. Examinó los tres caminos del Laberinto. No alcanzó a divisar nada que se acercara, pero los sonidos se intensificaban: los zumbidos, los gruñidos, el traqueteo del metal. El aire se aclaró apenas y pudo distinguir algunos detalles más.
Recordó las extrañas luces que había observado a través de la ventana del Área con Newt. Los Penitentes se encontraban cerca. Era obvio.
Ahuyentó el pánico creciente y se puso a trabajar.
Tomó una de las lianas y la pasó alrededor del brazo derecho de Alby. La rama no era tan larga, por lo que tuvo que enderezar el cuerpo para lograrlo. Después de darle varias vueltas, le hizo un nudo en el extremo. Luego eligió otra liana y la pasó alrededor del brazo izquierdo, después por ambas piernas, atando bien fuerte cada una. Le preocupó que pudiera cortarle la circulación, pero decidió que valía la pena correr el riesgo.
Siguió adelante, intentando no prestar atención a la posibilidad de que el plan fracasara. Ahora era su turno.
Agarró una liana con ambas manos y empezó a trepar, justo encima del lugar donde acababa de atar a Alby. Las hojas gruesas de la enredadera le servían para sujetarse y descubrió con alegría que las grietas del muro eran soportes ideales para sus pies. Comenzó a pensar lo fácil que sería todo sin...
Se negó a terminar la idea. No podía abandonar a Alby.
Una vez que estuvo unos sesenta centímetros arriba del líder, envolvió su propio cuerpo con una de las lianas, dándole varias vueltas y ajustándola contra las axilas para quedar bien sostenido. Se dejó caer lentamente, soltando las manos pero manteniendo sus pies firmemente apoyados en una gran grieta. El alivio lo inundó al comprobar que la liana resistía.
Ahora venía la parte más difícil.
Las cuatro lianas que sujetaban a Alby colgaban tirantes a su alrededor. Thomas alcanzó la que estaba atada a su pierna izquierda y jaló. Sólo consiguió levantarla algunos centímetros antes de soltarla: el peso era excesivo. No podía hacerlo.
Bajó hasta el suelo del Laberinto, para intentar empujar desde abajo en vez de tirar desde arriba. Para probar, trató de elevar a Alby sólo unos setenta centímetros, un miembro a la vez. Primero, empujó la pierna izquierda hacia arriba y le ató una nueva liana alrededor. Luego la derecha. Cuando ambas estuvieron bien aseguradas, hizo lo mismo con los brazos: primero el derecho, luego el izquierdo.
Retrocedió agotado para observar su obra.
Alby estaba suspendido, aparentemente sin vida, casi un metro más arriba que cinco minutos antes.
Escuchó que se aproximaban los ruidos de metal desde el Laberinto. Chirridos. Zumbidos. Gemidos. Creyó ver un par de destellos rojos hacia su izquierda. Los Penitentes estaban cada vez más cerca, y era evidente que eran varios.
Retomó su tarea.
Empleando el mismo método de empujar hacia arriba cada uno de los miembros de Alby unos sesenta a noventa centímetros por vez, fue subiendo despacio por la pared de piedra. Trepaba hasta quedar justo debajo del cuerpo, ataba una liana alrededor de su propio pecho para quedar bien sujeto y luego empujaba todo lo que podía, miembro por miembro, y remataba con un nudo. Después repetía todo el proceso. Trepar, atar, empujar, rematar.
Trepar, atar, empujar, rematar. Los Penitentes parecían moverse lentamente por el Laberinto, dándole un poco más de tiempo.
Y así siguió escalando poco a poco, haciendo lo mismo una y otra vez. El esfuerzo era exorbitante: respiraba agitadamente y el sudor lo cubría por completo. Las manos comenzaron a resbalar por las lianas y le dolían los pies por la presión que hacía al apoyarse en las grietas. Y aunque los horrendos sonidos aumentaban, continuó su labor.
Cuando lograron llegar a unos nueve metros del suelo, se detuvo, balanceándose en la liana que había atado alrededor de su pecho. Valiéndose de sus brazos exhaustos, se dio vuelta para observar el Laberinto. Un agotamiento que no había creído posible abarcaba hasta la más mínima parte de su cuerpo. Sus músculos aullaban de dolor. No podía empujar a Alby un centímetro más.
Ese era el lugar donde debía esconderse o resistir.
Se había dado cuenta de que no podían subir más, sólo esperaba que los Penitentes no miraran —o no pudieran mirar— por encima de ellos. De lo contrario, podría combatirlos desde arriba, uno por uno, en vez de que lo atacaran todos juntos allá abajo.
No tenía idea de lo que pasaría. No sabía si llegaría al día siguiente. Pero en ese lugar, Alby y él enfrentarían su destino.
Después de algunos minutos, vio el primer destello de luz que se reflejaba en las paredes interiores del Laberinto. Los ruidos terribles que venían acrecentándose desde hacía una hora, se transformaron en un sonido mucho más agudo y mecánico, como el aullido mortal de un robot.
Un brillo rojizo a su izquierda, en la pared, le llamó la atención. Giró la cabeza y casi lanzó un grito: había un escarabajo a pocos centímetros de él. Se movía por la enredadera con sus pequeñas patas escuálidas adheridas a la piedra. La luz roja de su ojo era como un sol, demasiado brillante como para poder mirarlo directamente. Entrecerró los ojos, tratando de enfocar su cuerpo.
El tórax era un cilindro plateado de unos ocho centímetros de diámetro y veinticinco de largo. Tenía doce patitas articuladas dispuestas en la parte inferior, extendidas hacia fuera, lo cual lo asemejaba a una especie de lagartija. Era imposible ver la cabeza por el haz de luz rojo apuntando hacia él, aunque parecía pequeña y quizás su única función fuera la visión.
Pero luego llegó a la parte más siniestra. Creyó haberla visto antes en el Área, cuando el escarabajo había pasado a toda prisa junto a él perdiéndose en el bosque. Ahora quedaba confirmado: la luz roja de su ojo arrojaba un resplandor sobre cinco letras borroneadas a lo largo del tórax, como si hubieran sido escritas con sangre:
CRUEL
No podía imaginar por qué esa palabra estaría impresa en el escarabajo, si no fuera para anunciarles a los Habitantes que se trataba de algo salvaje. Inhumano.
Sabía que tenía que ser un espía de quienes los habían enviado allí: eso era lo que Alby le había explicado al decirle que era la forma en que los Creadores los vigilaban. Se
quedó quieto; contuvo la respiración, esperando que tal vez la criatura sólo detectara el movimiento. Pasaron unos segundos eternos, mientras sus pulmones reclamaban aire desesperadamente.
Con un golpeteo metálico, el escarabajo dio media vuelta y se escurrió por la enredadera. Thomas respiró hondo, sintiendo cómo las lianas le oprimían el pecho.
Otro chirrido se escuchó por el Laberinto, cada vez más cerca, seguido por el traqueteo de máquinas y engranajes trasladándose a gran velocidad. Trató de imitar el cuerpo inerte de Alby, dejándose caer sin fuerzas entre las lianas.
Un momento después, algo rodeó la esquina que se encontraba delante de ellos y se dirigió hacia la pared.
Algo que ya había visto antes, pero detrás de la seguridad de un vidrio grueso.
Algo indescriptible.
Un Penitente.

CAPITULO 19
Thomas observó aterrorizado esa criatura monstruosa que se acercaba por el largo pasillo del Laberinto.
Era un personaje de pesadilla, como si fuera un experimento que había salido terriblemente mal. Parte animal, parte máquina, el Penitente rodaba con un traqueteo metálico a lo largo del sendero de piedra. Su cuerpo era como el de una enorme babosa, cubierto de escasos pelos, con un brillo mucoso palpitando grotescamente al respirar. No se podía distinguir si había una cabeza y una cola, pero desde el frente hasta el extremo medía por lo menos un metro ochenta de largo y poco más de un metro de ancho.
Cada diez o quince segundos, unas púas de metal brotaban de su carne bulbosa y se transformaba abruptamente en una pelota, que rodaba hacia delante. Luego volvía a su estado anterior, y las púas se retraían dentro de su piel húmeda con un sonido nauseabundo, como el que se hace al sorber un líquido ruidosamente. Hacía eso una y otra vez, trasladándose muy despacio.
Pero el pelo y las púas no eran los únicos elementos que se proyectaban fuera de su cuerpo. Varios brazos mecánicos dispuestos al azar surgían aquí y allá, cada uno con una función diferente. Algunos tenían unas luces brillantes adosadas a ellos; otros exhibían unas agujas largas y amenazadoras; uno tenía una garra de tres dedos, que se abría y cerraba sin motivo aparente. Cuando la criatura se deslizaba, esos brazos se doblaban y maniobraban para evitar los choques. Se preguntó qué —o quién— podía haber creado unos monstruos tan repugnantes y aterradores.
Quedaba claro el origen de los sonidos que había estado oyendo. Cuando el Penitente rodaba, emitía ese zumbido metálico, como la hoja de una sierra mecánica. Las púas y los brazos explicaban los repiqueteos espeluznantes del metal contra la piedra. Pero nada le causaba más escalofríos que esos gemidos estremecedores y cadavéricos que profería cuando se quedaba quieto, como el estertor de los soldados moribundos en el campo de batalla.
Ahora que lo veía todo a la vez —la bestia junto con los sonidos que producía— no se le ocurrió ninguna pesadilla que pudiera igualar a ese asqueroso monstruo que apuntaba hacia él. Trató de vencer el miedo, obligó a su cuerpo a mantenerse completamente estático, colgando de la enredadera. Estaba seguro de que su única esperanza era evitar que reparara en ellos.
Quizás no nos vea, pensó. En una de esas... Pero la realidad de la situación le cayó como una piedra en el estómago. El escarabajo ya había revelado su posición exacta.
El Penitente se desplazaba rodando y repiqueteando, moviéndose en zigzag, gimiendo y zumbando. Cada vez que se detenía, los brazos metálicos se desplegaban y giraban de acá para allá, como un robot buscando señales de vida en un extraño planeta. Las luces proyectaban sombras siniestras a lo largo del Laberinto. Un recuerdo débil trató de escapar de la cárcel de su memoria: había sombras en las paredes, él era un chico, estaba asustado. Ansió regresar a ese lugar dondequiera que fuera, para correr hacia esa mamá y ese papá, que esperaba que estuvieran vivos, en algún lugar, extrañándolo y preguntando por él.
Un fuerte olor a algo quemado le hizo picar la nariz, una mezcla desagradable de motores recalentados y carne calcinada. No podía creer que alguien hubiera creado algo tan espantoso para perseguir niños.
Trató de no pensar en eso, cerró los ojos por un momento y se concentró en permanecer inmóvil y en silencio. La criatura se encontraba cada vez más cerca.
Espió hacia abajo sin mover la cabeza: el monstruo había llegado finalmente a la pared donde estaban ellos. Se detuvo junto a la Puerta cerrada que llevaba al Área, unos pocos metros a su derecha.
Te lo suplico, ve en la otra dirección, imploró para sus adentros.
Da la vuelta.
Vete. Por allí. ¡Por favor!
Las púas saltaron hacia fuera y continuó rodando.
Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.
Clic-clic-clic-clic.
Se quedó en reposo por unos segundos y luego se trasladó hasta el borde del muro.
Thomas dejó de respirar, sin atreverse a hacer el más mínimo ruido. El Penitente estaba justo debajo de ellos. Se moría de ganas de mirar, pero sabía que cualquier movimiento lo delataría. Los rayos de luz brillaron por todo el lugar sin detenerse en ningún punto en especial.
De pronto, sin previo aviso, se apagaron.
En un instante, el universo quedó a oscuras y en silencio. Era como si alguien hubiera desconectado a la criatura. No se movía ni emitía sonidos, hasta los gemidos terroríficos se habían detenido por completo. Y sin las luces, Thomas no podía ver nada.
Estaba ciego.
Respiró un poco por la nariz, pero su acelerado corazón necesitaba oxígeno desesperadamente. ¿Acaso la bestia podría oírlo? ¿Olerlo? El sudor le empapó el pelo, las manos, la ropa, todo. Un terror que nunca antes había sentido comenzó a enloquecerlo.
Nada todavía. Ninguna vibración, ni una luz ni un solo sonido. El nerviosismo de tratar de adivinar cuál sería su próximo movimiento lo estaba matando.
Pasaron los segundos. Algunos minutos. Las lianas se hundían en su piel y su pecho perdía la sensibilidad. Quería gritarle al monstruo: ¡Mátame de una vez o regresa a tu agujero!
De golpe, con un repentino estallido de luz y sonido, el Penitente volvió a la vida —con sus zumbidos y golpeteos metálicos— y comenzó a trepar el muro.


CAPITULO 20
Las púas de la criatura avanzaban deprisa por la piedra, lanzando a su paso vegetación y roca en todas direcciones. Sus brazos se sacudían como las patas del escarabajo y algunos de ellos tenían puntas filosas, que se clavaban en el muro y le servían para sostenerse. Una luz brillante en el extremo de uno de esos miembros apuntaba directamente a Thomas, pero esa vez, el rayo no siguió de largo.
Sintió que la última gota de esperanza se escurría de su cuerpo.
Sabía que la única opción que le quedaba era correr. Alby, lo siento, pensó, desatándose la gruesa liana del pecho. Usando la mano izquierda para sujetarse con fuerza del follaje, terminó de desenvolverse y se preparó para entrar en acción. No podía ir hacia arriba, porque eso llevaría al Penitente hasta Alby; hacia abajo... bueno, eso sólo era una posibilidad si quería morir lo antes posible.
Tenía que moverse hacia el costado.
Se estiró y tomó una liana que estaba a sesenta centímetros de donde él se encontraba. La ató alrededor de su mano y le dio un buen tirón. Resistía perfectamente como las otras. Un rápido vistazo hacia abajo le reveló que su perseguidor ya había atravesado la mitad de la distancia que los separaba y se desplazaba rápidamente, sin detenerse.
Dejó ir la cuerda que había llevado alrededor de su pecho y levantó su cuerpo hacia la izquierda con gran esfuerzo, rozando la pared. Antes de que el movimiento pendular lo llevara de nuevo hasta Alby, extendió la mano y agarró otra liana gruesa. La sujetó con ambas manos y giró para apoyar los pies en la pared. Arrastró el cuerpo hacia la derecha tan lejos como la planta se lo permitía, la soltó y tomó otra. Y luego una más. Saltando como si fuera un mono, descubrió que podía moverse más rápido de lo que nunca hubiera imaginado.
Los sonidos del Penitente no cesaban, y ahora había agregado un estruendo de rocas que se partían a su paso, que lo estremecía hasta los huesos. Se balanceó hacia la derecha varias veces más antes de atreverse a mirar hacia atrás.
El monstruo había alterado el rumbo y ahora se enfilaba directamente hacia él. Por fin, pensó, algo salió bien. Impulsándose con los pies lo más fuerte que podía, balanceo tras balanceo, fue huyendo de la espantosa bestia.
No necesitaba voltear para saber que la criatura ganaba terreno segundo a segundo, porque el ruido era evidente. Tenía que buscar la forma de regresar al piso si no quería que ése fuera el final.
En el próximo cambio, dejó que su mano se deslizara un poco antes de sujetarse fuertemente. La cuerda le quemó la palma, pero había acortado la distancia. Hizo lo mismo con las lianas siguientes. Tres oscilaciones después, ya se hallaba a mitad de camino del suelo del Laberinto. Un ardor intenso se avivó en ambos brazos. Podía sentir la piel de las manos en carne viva. Pero la adrenalina que corría por su cuerpo lo ayudó a expulsar el miedo y seguir adelante.
En el próximo balanceo, la oscuridad le impidió ver una pared que se levantaba delante de él, hasta que fue demasiado tarde. El pasillo terminaba y doblaba hacia la derecha.
Al chocar contra la piedra, soltó la empuñadura de la liana y, estirando los brazos, se sacudió frenéticamente tratando de aferrarse a algo que detuviera su caída. Al mismo tiempo, pudo ver por el rabillo del ojo izquierdo que el Penitente había cambiado el curso y se encontraba muy próximo a él, con su garra extendida, que se abría y se cerraba.
Cuando estaba por caer al suelo, logró sujetarse de una liana. Los brazos casi se le salieron del cuerpo ante la abrupta parada. Empujó la pared fuertemente con los pies, logrando que el cuerpo se alejara oscilando, justo cuando la criatura lo embestía con sus garras y agujas extendidas
Thomas lanzó una patada con la pierna derecha hacia el brazo de la garra. Un fuerte chasquido reveló una pequeña victoria, pero la euforia terminó pronto cuando se dio cuenta de que el impulso del balanceo lo estaba llevando hacia abajo y aterrizaría justo encima de la bestia.
Con la adrenalina corriendo por sus venas, juntó ambas piernas y las atrajo con fuerza contra el pecho. Tan pronto como hizo contacto con el cuerpo del Penitente, hundiéndose en su inmunda piel viscosa, pateó con los dos pies para alejarse, retorciendo el cuerpo, y así evitó la maraña de agujas y garras que se acercaban a él desde todos los flancos. Giró hacia la izquierda y saltó hacia el muro del Laberinto, intentando agarrar otra liana. Las malvadas armas de la máquina lo atacaron desde atrás. Un rasguño profundo le hirió la espalda.
Sacudiéndose otra vez frenéticamente, buscó otra liana y se aferró a ella con las dos manos. Sujetó la planta sólo lo suficiente para que disminuyera la velocidad del descenso, ignorando las terribles quemaduras. En cuanto los pies tocaron el piso, salió corriendo, a pesar del agotamiento que lo invadía.
Un gran estrépito se escuchó a sus espaldas, seguido de toda la gama de ruidos que acompañaban a la criatura. Pero se negó a mirar hacia atrás, sabiendo que cada segundo contaba.
Doblaba las esquinas del Laberinto a toda velocidad, golpeando la piedra con los pies. Guardó en su mente los movimientos que realizaba, esperando vivir lo suficiente como para usar esa información al regresar a la Puerta.
A la derecha, luego a la izquierda. A través de un largo pasillo y otra vez a la derecha. Izquierda. Derecha. Dos a la izquierda. Otro extenso pasadizo. Los ruidos de la persecución no cesaban ni desaparecían, pero él tampoco perdía terreno.
No dejaba de correr mientras su corazón latía con furia. Tomaba grandes bocanadas de aire para llenar de oxígeno los pulmones, pero sabía que no duraría mucho tiempo. Se preguntó si no sería más fácil detenerse y pelear, para acabar de una vez con todo.
Al doblar un recodo, frenó de golpe y sólo atinó a quedarse mirando, en medio de los jadeos.
Tres Penitentes se dirigían hacia él, rodando por el pasillo, clavando sus púas en la piedra.
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