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The Maze Runner - Correr o Morir - Capitulo 31 al 35

CAPITULO 31
Apenas Thomas escuchó el estruendo y el chirrido de la piedra contra la piedra, anunciando el cierre de las Puertas, Alby apareció para dejarlo en libertad, lo cual resultó una gran sorpresa. Escuchó el tintineo del metal de la llave en la cerradura y la puerta de la celda se abrió por completo. —¿No estás muerto, larcho? —preguntó.
Su aspecto había mejorado mucho desde el día anterior y Thomas no pudo evitar observarlo fijamente. La piel ya tenía muy buen color, las venas rojas que atravesaban sus ojos habían desaparecido; parecía haber aumentado como siete kilos en veinticuatro horas.
El líder notó sus ojos desorbitados.
—Shuck, ¿qué significa esa mirada?
Sacudió apenas la cabeza, como si hubiera estado en trance. Su mente funcionaba a toda velocidad, preguntándose qué recordaría Alby y qué diría acerca de él.
—¿Qué...? Nada. Es alucinante que te hayas curado tan rápido. ¿Estás bien ahora? Flexionó los bíceps. —Nunca estuve mejor. ¡Afuera!
Obedeció, deseando que sus ojos no pestañearan para no delatar su preocupación.
Alby cerró la puerta del Cuarto Oscuro y bloqueó el pasador de metal.
—En realidad, no es más que una gran actuación. Me siento como un poco de plopus de Penitente.
—Sí, así estabas ayer —repuso Thomas, notando enseguida la expresión dura de Alby. Por las dudas, hizo rápidamente una aclaración—. Pero hoy pareces como nuevo. Te lo juro.
Puso las llaves en el bolsillo y se apoyó contra la puerta del Cuarto Oscuro.
—Bueno, qué charlita tuvimos ayer.
El corazón de Thomas comenzó a latir aceleradamente. En ese momento ya no sabía qué esperar de Alby.
—Eh... sí, me acuerdo.
—Nuevito, yo vi lo que vi. Se va borrando poco a poco, pero nunca voy a olvidarlo. Fue terrible. Cuando trato de hablar de eso, siento que algo comienza a ahogarme. Ahora las imágenes se están yendo, como si a ese mismo algo no le gustara que yo recuerde.
La escena del día anterior surgió fugazmente en su mente. Alby sacudiéndose, intentando estrangularse a sí mismo. No lo hubiera creído de no haberlo visto. A pesar de que temía la respuesta, sabía que tenía que hacer la siguiente pregunta.
-¿Qué fue lo que pasó conmigo? Repetías todo el tiempo que me habías visto. ¿Qué estaba haciendo?
Alby se quedó con la vista perdida antes de contestar.
—Estabas con los... Creadores. Ayudándolos. Pero eso no es lo que me alteró.
Fue como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. ¿Ayudándolos? No podía articular las palabras necesarias para averiguar qué significaba eso.
—Es posible —prosiguió Alby— que los recuerdos que obtenemos a través de la Transformación sean falsos. Algunos sospechan esto, yo sólo tengo la esperanza de que así sea. Si el mundo es como yo lo vi... —dejó de hablar, haciendo un silencio que no presagiaba nada bueno.
Thomas estaba confundido, pero siguió insistiendo.
—¿Puedes decirme lo que viste que tuviera que ver conmigo?
Alby movió la cabeza de un lado a otro.
—Ni loco, shank. No voy a correr el riesgo de estrangularme yo mismo otra vez. Es posible que hayan puesto algo dentro de nuestras mentes para controlarnos, igual que nos borraron la memoria.
—Bueno, si soy un ser maligno, deberías dejarme encerrado —dijo, con expresión seria.
—Nuevito, tú no eres malvado. Podrás ser un garlopo miertero, pero no eres malo -bromeó, insinuando una ligera sonrisa en su habitual cara de piedra—. Lo que hiciste, arriesgando tu maldito pellejo para salvarnos a Minho y a mí, no fue maldad precisamente. No, sólo me hace pensar que el Suero de los Penitentes y la Transformación huelen raro. Por ti y por mí, espero que así sea.
Thomas se sintió muy aliviado al escuchar que él no era un mal tipo.
—¿Eran muy terribles? Me refiero a los recuerdos.
—Me acordé de cuando era chico, dónde vivía, ese tipo de cosas. Y si Dios en persona bajara del cielo en este mismo momento y me dijera que puedo volver a mi casa... —miró hacia el piso y sacudió la cabeza de nuevo-. Si lo que vi fue real, te juro que me voy a vivir con los Penitentes antes que regresar.
No podía creer que fuera todo tan aterrador, deseaba que Alby le diera detalles, alguna descripción, cualquier cosa. Pero sabía que el estrangulamiento estaba todavía demasiado fresco en su mente como para hacerlo cambiar de opinión.
—Bueno, quizás los recuerdos no sean reales. Tal vez el Suero es una droga que trae alucinaciones —Thomas sabía que estaba buscando desesperadamente algo a qué aferrarse.
Alby pensó un minuto.
—Una droga... alucinaciones... —luego hizo un gesto negativo-. Lo dudo. El intento había valido la pena.
—Tenemos que lograr escapar de este lugar.
—Sí, gracias Nuevito —dijo Alby con sarcasmo—. No sé qué haría sin tus charlas de aliento —ese intento de sonrisa apareció otra vez.
El cambio de humor de Alby lo sacó de la melancolía.
—Deja de llamarme Nuevito. La chica es ahora la Novata.
—Muy bien, Nuevito —Alby lanzó un suspiro y con eso dio por terminada la conversación—. Ve a buscarte algo para cenar, tu horrible sentencia de un día ha terminado.
-Uno fue suficiente —contestó. A pesar de querer respuestas, ya deseaba salir del Cuarto Oscuro. Además, estaba hambriento. Le hizo un saludo a Alby y se encaminó hacia la cocina.
La cena estuvo increíble.
Sartén se había enterado de que él llegaría tarde, así que le había guardado un plato lleno de carne y papas, con una nota que avisaba que había galletas en la alacena. El Cocinero parecía estar totalmente decidido a mantener el apoyo que le había demostrado en la Asamblea. Minho se unió a él mientras comía, para estimularlo un poco antes de su gran primer día de entrenamiento como Corredor. Le pasó algunas estadísticas y datos interesantes: cosas en que pensar al irse a dormir.
Cuando terminaron, Thomas se dirigió nuevamente al rincón detrás de las Lápidas, donde había pasado la noche anterior. Pensó en la conversación con Chuck y se preguntó cómo sería tener padres que le dieran las buenas noches.
Varios chicos dieron vueltas alrededor del Área, pero en general todo estuvo muy silencioso, como si sólo quisieran irse a dormir y terminar el día de una buena vez. No se quejó: eso era exactamente lo que necesitaba.
Todavía seguían allí las mantas que alguien le había dejado la noche anterior. Se cubrió y se acomodó, acurrucándose en el confortable colchón de hiedra. Los olores del bosque le dieron la bienvenida mientras respiraba profundamente tratando de relajarse. El aire era perfecto. Eso lo llevó a reflexionar otra vez acerca del clima de ese lugar. Nunca llovía ni nevaba, no hacía ni mucho frío ni mucho calor. De no haber sido por el pequeño detalle de que habían sido arrancados de sus familias y amigos y encerrados en un Laberinto con una banda de monstruos, eso muy bien podría ser el paraíso.
Algunas cosas allí eran demasiado perfectas. Lo sabía, pero no tenía una explicación.
Sus pensamientos se desviaron hacia lo que Minho le había dicho durante la cena sobre el tamaño y la escala del Laberinto. Él le creyó porque ya se había dado cuenta de lo inmenso que era esa vez que había estado en el Acantilado. Pero no podía entender cómo habían podido construir una estructura semejante. El Laberinto se extendía por kilómetros y kilómetros. Los Corredores tenían que ser casi sobrehumanos para llevar a cabo su tarea diaria.
Sin embargo, nunca habían encontrado una salida. Y, a pesar de eso y de lo desesperado de la situación, aún no se habían rendido.
Minho también le había contado una vieja historia —uno de esos extraños y azarosos recuerdos de su vida anterior— sobre una mujer atrapada en un laberinto. Para poder escapar, ella no había levantado nunca la mano derecha de las paredes del laberinto, deslizándola sobre éstas mientras caminaba. De esa forma, estaba obligada a doblar a la derecha en todas las esquinas, y las leyes elementales de la física y de la geometría le garantizaban que, a la larga, encontraría la salida. Tenía sentido.
Pero no en ese Laberinto. Allí, todos los pasillos llevaban de vuelta al Área. Tenía que haber algo que se les había escapado.
Al día siguiente empezaría su entrenamiento y entonces podría ayudarlos a encontrar ese algo que no habían tenido en cuenta. En ese mismo momento, tomó una decisión. Debía olvidarse de todo lo extraño y de todo lo malo. No iba a detenerse hasta resolver el enigma y encontrar el camino de regreso.
El día siguiente. Las palabras quedaron flotando en su mente hasta que por fin se durmió.


CAPITULO 32
Con una lámpara de mano, Minho despertó a Thomas antes del amanecer y le hizo señas para que lo acompañara hasta la Finca. Se sacudió fácilmente la modorra de la mañana, entusiasmado por comenzar el entrenamiento. Se arrastró fuera de las mantas y siguió con ansiedad a su maestro, eludiendo a la multitud de Habitantes que dormían en el césped. Los ronquidos eran la única señal de que no estaban muertos. Un levísimo resplandor iluminaba el Área, cubriendo todo de sombras de un tono azul oscuro. El lugar nunca había tenido un aspecto tan pacífico. Se escuchó el canto de un gallo en el Matadero.
Finalmente, Minho sacó una llave de una ranura oculta, cercana a la pared trasera de la Finca y abrió una puerta destartalada que conducía a un pequeño depósito de almacenamiento. La curiosidad por saber qué había allí llenó a Thomas de nerviosismo. Mientras Minho iluminaba el lugar, alcanzó a ver cuerdas, cadenas y otros materiales en desuso, hasta que enfocó una caja llena de calzado para correr. Parecía tan normal que casi se echa a reír.
—Eso que está ahí es el suministro más importante que recibimos —aclaró—. Al menos para nosotros. Ellos nos mandan zapatos nuevos en la Caja de vez en cuando. Si no tuviéramos calzado bueno, nuestros pies ya estarían destruidos —continuó, mientras se agachaba y revolvía en la pila—. ¿Qué número calzas?
—¿Número? —pensó unos segundos—. No lo sé —contestó, mientras se sacaba uno de los zapatos que venía usando desde su llegada al Área—. Cuarenta y tres.
—Guau, larcho, ¡qué pata tan grande tienes! —exclamó, poniéndose de pie con un par de color plateado brillante en las manos—. Pero creo que encontré unos de ese tamaño. Güey, creo que podríamos usarlos de canoa.
—Ésos me gustan.
Los tomó y salió del cuarto. Se sentó en el piso, impaciente por probárselos. Minho buscó algunas cosas más y luego se unió a él.
—Estos son sólo para los Corredores y los Encargados —explicó. Antes de que Thomas levantara la vista de su nuevo calzado, un reloj de plástico cayó sobre sus rodillas. Era negro y muy sencillo: no mostraba más que la hora digital—. Póntelo y no te lo quites nunca más. Tu vida podría depender de él.
Estaba contento de tenerlo. Si bien el sol y las sombras le habían bastado para tener una idea aproximada de la hora, ser Corredor posiblemente requeriría más precisión. Se abrochó el reloj a la muñeca y luego continuó ajustándose el calzado.
-Aquí tienes una mochila, botellas de agua, algo de comida, pantalones cortos, playeras... y algunas cosas más —agregó, dándole un codazo. Cuando levantó la mirada, vio que Minho sostenía varios calzoncillos ajustados hechos de un material blanco brilloso—. A éstos los llamamos Calzones de Corredor. Te mantienen... eh, todo bien sujeto y confortable.
—¿Qué?
—Sí, ya sabes, tus...
—Sí, ya caigo en cuenta —dijo Thomas, llevándose la ropa interior y el resto de las cosas-. Ustedes realmente han pensado en todo, ¿no es cierto?
—Cuando te pasas dos largos años corriendo como un miserable todos los días, descubres qué necesitas y lo pides —contestó, mientras comenzaba a llenar su propia mochila.
Thomas no podía contener el asombro.
—¿Quieres decir que puedes hacer pedidos? ¿Las provisiones que necesitas? -preguntó con incredulidad.
¿Por qué aquellos que los habían enviado a ese lugar habrían de ayudarlos tanto?
—Claro que podemos. Simplemente arrojamos una nota en la Caja, y ahí va nomás. Eso no significa que los Creadores nos manden todo lo que queremos. A veces sí y a veces no.
—¿Alguna vez les pidieron un mapa? Minho se rio.
—Sí, probamos esa posibilidad. También un televisor, pero no tuvimos suerte. Me parece que esos garlopos no quieren que veamos lo maravillosa que puede ser la vida cuando no vives en un maldito Laberinto.
Thomas tenía sus dudas de que la vida fuera tan maravillosa en otro lugar. ¿Qué clase de mundo podría permitir que algunas personas obligaran a unos chicos a vivir de esa forma? El pensamiento lo sorprendió, como si en realidad se hubiera originado en su memoria: un rayo de luz en la oscuridad de su mente. Pero desapareció en un segundo. Terminó de atarse los zapatos y se puso a trotar en círculos, dando saltos para probarlos.
—Me quedan perfectos. Creo que estoy listo.
Minho seguía en el suelo, inclinado sobre su mochila. Levantó la vista con una expresión de disgusto.
—Pareces un idiota, dando vueltas como una bailarina. Te deseo buena suerte allá afuera sin desayuno, sin comida y sin armas.
Sintió un escalofrío.
—¿Armas?
—Exactamente —respondió el Corredor y volvió al depósito—. Ven aquí, te las mostraré.
Minho arrastró unas cajas de la pared trasera. Debajo de ellas había una pequeña puerta-trampa. Cuando la levantó, Thomas vio una escalera de madera que descendía en la oscuridad.
—Las guardamos en el sótano para que tipos como Gally no puedan encontrarlas. Vamos.
Los peldaños, que no serían más de doce, crujieron bajo el peso de sus cuerpos. A pesar del polvo y del fuerte olor a moho, el aire frío le resultó agradable. No pudo ver nada hasta que Minho encendió un foco jalando un cordel.
La habitación era más grande de lo que había supuesto: tendría unos diez metros cuadrados. Había muchos estantes alineados en los muros y varias mesas de madera apilables. Todo lo que se encontraba a la vista estaba cubierto por basura de todo tipo. Había postes de madera, púas de metal, grandes trozos de malla —como la que cubre los gallineros—, rollos de alambre de púas, sierras, cuchillos, espadas. Una pared entera estaba dedicada a la arquería: arcos de madera, flechas, cuerdas sueltas. Ver todo eso le trajo de inmediato la imagen de Ben recibiendo el disparo de Alby en las Lápidas.
—Guau —murmuró, y su voz sonó como un ruido sordo en el encierro del sótano. Al principio sintió terror de que necesitaran tantas armas, pero se tranquilizó al ver que casi todas estaban cubiertas por una capa gruesa de polvo.
—Usamos sólo algunas -aclaró Minho—. Pero uno nunca sabe. Todo lo que solemos llevar encima es un par de cuchillos filosos.
Hizo una seña hacia un gran baúl de madera en el rincón, que tenía la tapa levantada y apoyada contra la pared. Cuchillos de todos los tipos y tamaños estaban apilados al azar hasta el borde.
Esperaba que la existencia de ese lugar se mantuviera en secreto para la mayoría de los Habitantes.
—Parece un poco peligroso tener todo esto —dijo—. ¿Qué hubiera pasado si Ben venía aquí abajo justo antes de volverse loco y atacarme?
Minho sacó las llaves del bolsillo y se las mostró haciéndolas tintinear.
—Sólo unos pocos afortunados las tienen en su poder.
—Aun así...
—Deja de quejarte y elige un par. Asegúrate de que tengan buen filo. Luego iremos a desayunar y a buscar provisiones para la comida. Antes de salir, quiero pasar un rato por la Sala de Mapas.
Se sintió muy animado: había sentido curiosidad por ese edificio desde la primera vez que había visto a un Corredor atravesar su amenazadora puerta. Se decidió por una daga corta y plateada con mango de goma y otra con una hoja larga y negra. Su entusiasmo languideció un poco. Aunque sabía muy bien lo que lo esperaba en el Laberinto, no quería ponerse a pensar por qué necesitaba llevar armas.
Media hora después, ya comidos y aprovisionados, se encontraban delante de la puerta de metal ribeteada de la Sala de Mapas. Estaba desesperado por entrar. El amanecer había irrumpido con toda su gloria y los Habitantes ya daban vueltas, preparándose para el día que comenzaba. El olor a tocino flotaba en el aire: Sartén y su equipo se apuraban para satisfacer a decenas de estómagos hambrientos. Minho quitó el cerrojo de la puerta e hizo girar la rueda hasta que un sonoro "clic" se escuchó desde adentro, y entonces empujó. El pesado bloque metálico chirrió y se abrió con una sacudida.
—Después de usted —dijo el Corredor, con una reverencia burlona.
Thomas ingresó sin decir nada. Un terror helado y una intensa curiosidad se apoderaron de él y casi lo paralizaron.
La habitación olía a humedad combinada con un aroma a cobre tan fuerte que casi podía saborearlo. Eso disparó un recuerdo débil y lejano en su cabeza: se vio de niño chupando las monedas de un centavo.
Minho apretó un interruptor y varias filas de luces fluorescentes comenzaron a parpadear hasta que se encendieron por completo, mostrando el recinto con todo detalle.
Thomas quedó admirado por la simplicidad. De unos seis metros de ancho, la Sala tenía paredes desnudas de concreto. Una mesa de madera estaba ubicada justo en el centro con ocho sillas a su alrededor. Había pilas de papeles y lápices dispuestos ordenadamente sobre la mesa, delante de cada asiento. Además de eso, la habitación sólo contenía ocho baúles exactamente iguales al de los cuchillos en el sótano de las armas. Estaban cerrados, ubicados a la misma distancia unos de otros, dos en cada pared.
—Bienvenido a la Sala de Mapas —dijo Minho—. El lugar más alegre que hayas conocido.
Thomas estaba ligeramente desilusionado: había esperado algo más impactante. Tomó una gran bocanada de aire. —Qué lástima que huela como una mina de cobre abandonada.
—A mí no me desagrada el olor —repuso, sacando dos sillas y sentándose en una de ellas—. Toma asiento. Quiero que tengas un par de imágenes en tu cabeza antes de que vayamos allá afuera.
Minho tomó una hoja de papel y un lápiz y comenzó a dibujar. Thomas se inclinó para observar mejor: había hecho un gran cuadrado que ocupaba casi toda la hoja. Luego lo llenó de casillas más pequeñas hasta que quedó exactamente igual a un tablero para jugar gato: tres filas de tres cuadrados, todos del mismo tamaño. Escribió la palabra ÁREA en el centro, y luego numeró los recuadros exteriores del uno al ocho, comenzando por la esquina superior izquierda y siguiendo el sentido de las agujas del reloj. Por último, dibujó unas rayitas aquí y allá.
—Estas son las Puertas -aclaró-. Tú conoces las del Área, pero hay otras cuatro dentro del Laberinto que conducen a las Secciones Uno, Tres, Cinco y Siete. Permanecen en el mismo sitio, pero la ruta hacia ellas cambia cada noche con el movimiento de los muros —terminó y le deslizó el papel a Thomas.
Este lo levantó completamente fascinado ante la idea de que el Laberinto tuviera semejante estructura, y lo estudió mientras Minho seguía con su explicación.
—Tenemos el Área rodeada por ocho Secciones, cada una es un cuadrado independiente e imposible de resolver en los dos años que llevamos en este maldito juego. Lo único que se parece remotamente a una salida es el Acantilado, y no es muy buena a menos que quieras tener una muerte horrible cayendo por él —Minho dio unos golpecitos en el Mapa—. Las paredes se mueven por todo este lugar al caer la tarde, a la misma hora en que
nuestras Puertas se cierran. Al menos, eso es lo que pensamos, ya que nunca hemos escuchado ninguna pared que se moviera en otro momento.
Thomas levantó la vista, feliz de poder ofrecer un poco de información.
—La noche en que nos quedamos encerrados allá afuera, yo no noté ningún movimiento.
—Los pasillos principales que se encuentran justo afuera de las Puertas nunca cambian. Los que sí lo hacen son los que están más adentro.
—Ah —murmuró, y volvió al plano, tratando de visualizar el Laberinto e imaginar muros de piedra donde Minho había trazado líneas con el lápiz.
—Siempre tenemos por lo menos ocho Corredores, incluyendo al Encargado. Uno por Sección. Nos toma un día entero hacer el mapeo de la zona asignada, buscando desesperadamente una salida. Luego regresamos y la dibujamos, usando una hoja distinta para cada día —comentó, dirigiendo la mirada detrás de ellos—. Así es como esos baúles están repletos de Mapas.
A Thomas lo asaltó un pensamiento deprimente y atemorizante.
—¿Acaso estoy reemplazando a alguien? ¿Hubo algún muerto?
—No, sólo te estamos entrenando: es posible que alguien necesite un descanso. Tranquilo, hace tiempo que no muere ningún Corredor.
Por alguna razón, la última afirmación lo preocupó, aunque esperó que no se le notara en la cara.
—De modo que... ¿les toma todo un día recorrer cada una de estas casillas?
-Divertidísimo, ¿no? —exclamó Minho y fue hasta el baúl más cercano. Se arrodilló, levantó la tapa y la apoyó contra la pared —.Ven acá.
Thomas se inclinó sobre el hombro del Encargado y echó una mirada. Contenía cuatro pilas de Mapas que llegaban hasta el borde. Los que alcanzó a ver eran muy similares: un esbozo de un laberinto cuadrado que cubría casi toda la hoja. En la esquina superior derecha, se leía Sección 8 seguido del nombre Hank, y luego la palabra Día, y un número a continuación. El último decía: día número 749.
—Al principio, nosotros llegamos a la conclusión de que las paredes se movían hacia la derecha. Desde ese momento, comenzamos a seguir esa pista y a anotar todo. Siempre pensamos que si comparábamos lo que veíamos día tras día, semana tras semana, eso nos ayudaría a descubrir pautas que se repitieran. Y fue así. Los Laberintos básicamente se repiten aproximadamente todos los meses. Pero todavía nos queda por encontrar una salida que nos conduzca fuera del cuadrado. Hasta ahora, nunca apareció.
-Ya pasaron dos años —comentó Thomas—. ¿No están lo suficientemente desesperados como para optar por quedarse afuera por la noche y ver si algo se abre mientras las paredes se mueven?
Minho levantó los ojos con una expresión de rabia.
—Eso es casi un insulto, güey. En serio.
—¿Qué?
Estaba perplejo pues no lo había dicho con esa intención.
—Nos hemos roto el lomo durante dos años y, ¿todo lo que se te ocurre preguntar es por qué somos tan maricas que no nos atrevemos a quedarnos afuera toda la noche? Unos pocos lo hicieron, muy al principio, y todos aparecieron muertos. ¿Quieres pasarte otra noche allá? Tal vez tengas posibilidades de sobrevivir.
Se puso rojo de vergüenza.
—No, perdóname —dijo. De pronto, se sentía como un pedazo de plopus. Y realmente estaba de acuerdo: prefería volver sano y salvo al Área todas las noches que tener otra batalla segura con los Penitentes. Se estremeció de sólo pensarlo.
—Sí, bueno —masculló Minho, volviendo la mirada hacia los Mapas del arcón, para alivio de Thomas—. La vida en el Área no será perfecta, pero al menos es segura. Hay mucha
comida, estamos protegidos de los Penitentes. No podemos pedirles a los Corredores que se arriesguen a pasar la noche afuera, de ningún modo. Al menos, no todavía. No, hasta que estos planos nos den alguna pista de que podría aparecer alguna salida, aunque sea temporalmente.
—¿Y están cerca? ¿Hay algo que estén estudiando?
Minho se encogió de hombros.
—No sé. Es un poco desalentador, pero no sabemos qué más hacer. No podemos confiar en que algún día, vaya uno a saber dónde, tal vez aparezca una forma de escapar. No podemos rendirnos. Jamás.
Thomas hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, aseverando esa actitud. Por malas que fueran las cosas, renunciar sólo las empeoraría.
Minho sacó varias hojas del baúl, correspondientes a los Mapas de los últimos días. Mientras las hojeaba, fue haciendo algunas acotaciones.
—Como te estaba diciendo, nosotros comparamos un día con otro, una semana con la otra y un mes con otro mes. Cada Corredor está a cargo del Mapa de su propia Sección. Si tengo que serte sincero, todavía no hemos descubierto nada de nada. Y lo que es peor, no sabemos qué estamos buscando. Esto es realmente una mierda, hermano.
—Pero nosotros no podemos rendirnos —dijo Thomas de una manera realista, como repitiendo resignadamente lo que Minho había afirmado un momento antes. Había dicho "nosotros" sin pensarlo siquiera, y de pronto se dio cuenta de que ya se consideraba realmente un integrante del Área.
—Tienes razón, güey. No podemos entregarnos —afirmó Minho, mientras guardaba los papeles con cuidado y se ponía de pie—. Bueno, tenemos que darnos prisa porque nos entretuvimos un rato largo aquí. Los primeros días, lo único que harás es seguirme. ¿Listo?
Sintió que el nerviosismo crecía en su interior y le apretaba las tripas. Ese era el momento que tanto había esperado; ahora iba en serio, no más charlas ni reflexiones.
-Eh... claro.
-Nada de "eh" en este lugar. ¿Estás listo o no? —preguntó Minho con una expresión repentinamente dura en los ojos. Thomas le sostuvo la mirada.
—Estoy listo.
—Entonces, vayamos a correr.

CAPITULO 33
Salieron por la Puerta del Oeste hacia la Sección Ocho y marcharon a lo largo de varios pasillos. Thomas siempre se mantenía al lado de Minho, mientras él doblaba hacia la izquierda y hacia la derecha sin pensar en lo que estaba haciendo y sin dejar de correr. La luz de la mañana tenía un brillo tan nítido que hacía que todo luciera radiante y fresco: la hiedra, las paredes agrietadas, los bloques de piedra del piso. Aunque todavía faltaban varias horas para el mediodía —cuando el sol alcanza el punto más alto-, había mucha luminosidad. Trataba de mantener el ritmo de su compañero, pero a cada momento tenía que acelerar el paso para ponerse a la par.
Por fin llegaron a un muro largo que se dirigía hacia el norte, con un corte rectangular, que parecía una entrada sin puerta. Minho lo atravesó sin detenerse.
-Esto lleva de la Sección Ocho, que es la casilla del medio de la izquierda, a la Uno, que es la de arriba a la izquierda. Como ya te dije, este pasaje está siempre en el mismo lugar, pero la ruta puede resultar un poquito diferente porque las paredes se mueven.
Thomas lo siguió, impresionado por lo fuerte que se había vuelto su respiración. Supuso que sería por los nervios y que ya se le pasaría.
Anduvieron por un extenso pasadizo que torcía hacia la derecha, dejando atrás varias curvas que se dirigían a la izquierda. Cuando llegaron al extremo del pasillo, Minho disminuyó mucho la velocidad y se estiró hacia atrás para sacar un bloc y un lápiz de un bolsillo lateral de la mochila. Apuntó algo y luego lo guardó, sin frenar del todo. Thomas se preguntó qué habría escrito, pero recibió la respuesta antes de interrogarlo.
—Yo confío... más que nada en mi memoria —jadeó el Encargado, hablando con gran esfuerzo—. Pero más o menos después del quinto giro, anoto algo que me ayudará más adelante. La mayoría tiene que ver con el día anterior y las diferencias con lo que ocurre ahora. Luego puedo utilizar el Mapa de ayer para hacer el de hoy. Pan comido, amigo.
Corrieron un rato más hasta que llegaron a una intersección. Tenían tres opciones posibles, pero Minho tomó hacia la derecha sin vacilar. Al hacerlo, extrajo uno de sus cuchillos y, sin perder el ritmo, cortó un gran trozo de enredadera de la pared. Lo tiró al suelo detrás de él y continuó su carrera.
—¿Migas de pan? —preguntó Thomas, recordando el antiguo cuento infantil. Esos extraños relámpagos de su pasado ya casi no lo asombraban.
—Exacto. Yo soy Hansel y tú eres Gretel.
Y así continuaron, siguiendo el rumbo del Laberinto, unas veces doblando a la derecha, otras a la izquierda. Después de cada recodo, cortaba y arrojaba una rama de hiedra de un metro de largo. Thomas no podía evitar sentirse impresionado: Minho ni siquiera tenía que disminuir el paso al hacerlo.
-Muy bien -dijo, respirando con más dificultad—. Tu turno.
—¿Qué? —exclamó Thomas, que había supuesto que el primer día no haría más que correr y mirar.
—Corta la hiedra ahora. Tienes que acostumbrarte a hacerlo sin detenerte. Las recogemos al regresar o las pateamos a un costado.
Estaba feliz de tener algo que hacer; aunque le llevó un tiempo dominar la tarea. Las primeras veces tuvo que acelerar tras cortar la rama para no quedar atrás, y en una ocasión se cortó el dedo. Pero al décimo intento, lo hacía prácticamente igual que su maestro.
Después de haber andado durante un rato largo —Thomas no tenía idea de cuánto llevaban ya en el Laberinto, pero supuso que habían recorrido unos cinco kilómetros—, Minho redujo el paso hasta detenerse.
—Hora de descanso —dijo, mientras se descolgaba la mochila y sacaba agua y una manzana.
No necesitó que se lo dijeran dos veces. Se tragó el agua, deleitándose con la frescura que descendía por su garganta.
—Espera, cabeza de pescado -gritó Minho—. Guarda un poco para más tarde.
Dejó de beber, tomó una gran bocanada de aire y eructó. Le dio un mordisco a la manzana, sintiéndose sorprendentemente renovado. Sus pensamientos volvieron al día en que Minho y Alby se habían ido a ver al Penitente muerto, cuando todo se había ido al plopus.
—Nunca me contaste lo que realmente le pasó a Alby ese día, por qué estaba tan mal. Es obvio que el Penitente se despertó, pero ¿qué sucedió?
Minho ya se había puesto la mochila. Estaba listo para continuar.
—En realidad, ese garlopo no estaba muerto. Alby lo tocó con el pie como un idiota, y ese monstruo maldito volvió a la vida de golpe con las púas desplegadas y rodó con todo su gordo cuerpo encima de él. Sin embargo, le pasaba algo raro, porque no atacó de manera normal. Más bien parecía que estaba tratando de irse de allí, y el pobre Alby se interpuso en su camino.
—¿Así que él huyó de ustedes?
Por lo que había visto apenas unas noches atrás, le resultaba imposible imaginarse una cosa semejante. Minho puso cara de duda.
—Sí, supongo... quizás necesitaba recargar energía o algo así. No lo sé. —¿Qué problema podrá haber tenido? ¿Viste alguna herida? No sabía qué respuesta andaba buscando, pero estaba seguro de que allí debía existir alguna clave o tal vez una lección que aprender. Minho reflexionó un minuto.
—No. Ese garlopo parecía muerto, como si fuera una estatua de cera. Y luego, ¡bum!, resucitó.
La mente de Thomas trabajaba con frenesí, intentando llegar a alguna conclusión. El problema era que no tenía idea de por dónde empezar ni qué dirección tomar.
—Me pregunto adonde fue. Al lugar de siempre, supongo —murmuró, como hablando para sí—. ¿Nunca pensaron en seguirlos y ver hacia dónde se dirigían?
—Güey, realmente tienes delirios suicidas, ¿no es cierto? Vamos, tenemos que continuar —contestó, después giró y empezó a correr.
Mientras andaba tras él, trató de comprender qué era lo que daba vueltas en su cabeza. Tenía que ver con eso de que el Penitente estaba muerto y luego había vuelto a la vida. También quería saber adónde habría ido una vez que resucitó.
Frustrado, puso todos sus pensamientos a un lado y apuró el paso para alcanzar a su compañero.
Corrió detrás de Minho durante dos horas, intercaladas con algunos breves recreos, que se acortaban cada vez más. A pesar de estar en buena forma, ya se sentía adolorido.
Finalmente, el Encargado se detuvo y se quitó nuevamente la mochila. Ambos se sentaron en el piso, reclinados contra el colchón de enredadera, y comenzaron a comer, sin hablar mucho. Thomas disfrutó cada bocado del sandwich y de las verduras, masticando lo más lentamente posible. Se tomó su tiempo, porque sabía que Minho lo haría levantarse y continuar apenas terminara la comida.
—¿Encontraste algo diferente hoy? — inquirió con curiosidad.
Minho se estiró y golpeó la mochila, donde estaban sus anotaciones.
—Sólo los movimientos usuales de los muros. Nada para que te pongas a saltar de alegría.
Tomó un sorbo largo de agua mientras observaba la parte superior de la pared cubierta de hiedra que tenían enfrente. Un resplandor rojo y plateado llamó su atención, algo que ya le había ocurrido varias veces ese mismo día.
—¿Qué es lo que pasa con esos escarabajos? —preguntó. Parecían estar por todos lados. Luego recordó lo que había visto en el Laberinto: habían sucedido tantas cosas desde entonces que no había tenido oportunidad de mencionarlo—. ¿Y por qué llevan la palabra CRUEL escrita en el tórax?
—Nunca pude atrapar a uno —respondió, al tiempo que terminaba su comida y guardaba el recipiente—Y no sabemos qué quiere decir esa palabra, probablemente sólo sea algo para asustarnos. Pero tienen que ser espías. Para ellos. Seguro.
—Pero ¿y quiénes son ellos'? —agregó, esperando más respuestas. Odiaba a la gente que estaba detrás del Laberinto—. ¿Tienen alguna idea?
-No sabemos nada sobre esos estúpidos Creadores —repuso con la cara enrojecida, mientras apretaba sus manos como si estuviera estrangulando a alguien—. Me muero por romperles...
Pero antes de que terminara la frase, Thomas ya se encontraba de pie, al otro lado del pasillo.
—¿Qué es eso? —lo interrumpió, dirigiéndose hacia una débil luz grisácea que acababa de distinguir detrás de la enredadera, a la altura de la cabeza.
—Ah... sí, eso —dijo Minho con tono de indiferencia.
Se acercó, corrió la cortina de hiedra y se quedó mirando fijamente el cuadrado de metal remachado a la piedra, que tenía varias palabras estampadas encima en grandes letras mayúsculas. Estiró la mano y pasó los dedos sobre ellas, como si no pudiera creer lo que veía.
CATÁSTROFE Y RUINA UNIVERSAL:
EXPERIMENTO LETAL
Leyó las palabras en voz alta y luego se dio vuelta.
—¿Qué es esto?
Sintió un escalofrío. Eso tenía que estar relacionado con los Creadores.
-No lo sé, shank. Están por todos lados, como unas malditas etiquetas del hermoso Laberinto que ellos construyeron. Hace mucho tiempo que dejé de prestarles atención.
Volvió a mirar el cartel, tratando de reprimir la sensación de fatalidad que se había despertado dentro de él.
—Nada de lo que dice aquí suena demasiado bien. Catástrofe. Letal. Experimento. Qué bonito.
—Sí, muy bonito, Nuevito. Ya vámonos.
Muy a su pesar, soltó las lianas y se colgó la mochila sobre los hombros. Prosiguió su camino, con esas seis palabras taladrándole el cerebro.
Una hora después de la comida, Minho se detuvo al final de un largo pasadizo. Era recto, de sólidas paredes, sin ningún pasillo que se desprendiera de él.
-Es el último callejón sin salida -le dijo-. Hora de regresar. Thomas respiró hondo e intentó no pensar que apenas había pasado la mitad del día.
—¿Algo nuevo?
-Sólo los cambios normales en el camino que nos trajo hasta aquí. Ya pasó media jornada —contestó, echando un vistazo a su reloj sin demostrar ninguna emoción—.Tenemos que regresar -ordenó, y sin esperar una respuesta, salió disparado en la dirección en la que habían venido.
Thomas lo siguió, desilusionado por no haber tenido tiempo de examinar los muros y explorar un poco. A los pocos segundos, corrían al mismo ritmo.
-Pero...
—Olvídalo, hermano. Recuerda lo que dije antes: no podemos arriesgarnos. Además, piénsalo un poco. ¿Realmente crees que existe una salida en algún lugar? ¿Una puerta secreta o algo así?
—No lo sé... tal vez. ¿Por qué me lo preguntas de esa manera?
Minho sacudió la cabeza y lanzó un escupitajo asqueroso hacia su izquierda.
—Porque no existe. Es sólo más de lo mismo. Una pared tras otra. Siempre igual.
—¿Cómo lo sabes? —volvió a insistir. Aunque comprendía la terrible verdad que se escondía en las palabras de Minho.
—Porque unas personas que están dispuestas a hacernos perseguir por Penitentes, no nos van a facilitar una salida así nomás.
Thomas quedó perplejo.
—¿Entonces para qué nos molestamos en venir aquí?
—¿Nos molestamos? Porque está aquí. Tiene que haber una razón. Pero si piensas que vamos a encontrar una hermosa verja que nos lleve a la Ciudad de la Alegría, es que has estado fumando plopus de vaca.
Miró fijo hacia delante con tanta desesperación que casi se detiene por completo.
—Esto es una mierda.
—Es lo más inteligente que has dicho hasta ahora, Nuevito. Minho lanzó una gran bocanada de aire y continuó la carrera; y Thomas hizo la única cosa que se le ocurrió: seguirlo.
El resto del día fue nada más que una sucesión de imágenes confusas por el agotamiento. Volvieron al Área, fueron a la Sala de Mapas, trazaron la ruta del Laberinto de esa jornada y la compararon con la del día anterior. Se cerraron las Puertas y llegó la cena. Chuck intentó hablarle varias veces, pero Thomas estaba tan cansado que todo lo que atinó a hacer fue sacudir la cabeza, escuchando sólo la mitad de lo que le decía.
Antes de que las luces del crepúsculo se transformaran en oscuridad, ya se encontraba en su nuevo lugar favorito en el rincón del bosque, acurrucado contra la hiedra, preguntándose si podría volver a correr alguna vez. No estaba seguro de continuar al día siguiente, en especial ahora que parecía carecer totalmente de sentido. Después del primer día, ser Corredor había perdido por completo el atractivo.
Cada gota de aquella noble valentía que había sentido, la decisión de cambiar las cosas, la promesa que se había hecho a sí mismo de reunir a Chuck con su familia; todo se desvaneció en una gran nube de cansancio y desesperanza.
Estaba a puno de dormirse cuando escuchó algo dentro de su cabeza. Era una hermosa voz femenina que parecía venir de una diosa de cuento de hadas atrapada en su cerebro. A la mañana siguiente, ante el comienzo del descontrol general, él se peguntaría si la voz había sido real o parte de un sueño. Pero la había escuchado de todas maneras, y recordaba cada palabra:
Tom, acabo de activar el Final.



CAPITULO 34
Cuando Thomas abrió los ojos la luz era débil, como sin vida. Lo primero que se le ocurrió era que debía haberse despertado más temprano de lo acostumbrado y que faltaba todavía una hora para el amanecer. Pero luego escuchó gritos y miró hacia arriba, a través del toldo tupido de ramas y hojas.
En vez de la pálida luz natural de todas las mañanas, se encontró con un cielo que parecía una losa de color gris opaco.
Se levantó de un salto, se apoyó en la pared para estabilizarse y estiró el cuello para contemplar las alturas. No había azul, ni negro, ni estrellas, ni el abanico púrpura del sol asomándose. Todo el cielo estaba gris. Sin color. Muerto.
Echó un vistazo a su reloj: ya había pasado una hora de su horario obligatorio para levantarse. El brillo del sol debería haberlo despertado: siempre le había resultado muy fácil hacerlo desde su llegada al Área. Pero ese día no.
Volvió a mirar hacia lo alto, como esperando que hubiera vuelto todo a la normalidad. Pero seguía gris. Ni nublado, ni neblinoso, ni la luz de los primeros minutos del alba. Sólo gris.
El sol había desaparecido.
Encontró a la mayoría de los Habitantes cerca de la entrada de la Caja, señalando hacia el cielo muerto y hablando todos a la vez. Si confiaba en la hora, el desayuno ya debería de haberse servido y todos tendrían que estar trabajando. Pero había algo relacionado con la desaparición del centro del sistema solar que tendía a trastocar los horarios normales.
En verdad, mientras observaba la conmoción, no se sintió ni remotamente asustado como sus instintos le indicaban que debía estar. Y comprobó con asombro que la mayoría de los chicos parecían pollitos perdidos lejos del gallinero. Todo era, de hecho, ridículo.
Obviamente, el sol no se había esfumado, eso resultaba imposible. Aunque no había rastros de la bola de fuego, y las sombras inclinadas de la mañana estaban ausentes, tanto él como el resto de los Habitantes eran lo suficientemente racionales e inteligentes como para no llegar a semejante conclusión. No, tenía que existir una explicación científica aceptable para lo que estaba presenciando. De cualquier modo, claramente el hecho de que ya no pudieran ver el sol significaba que, en realidad, nunca lo habían visto. No podía desaparecer así como así. El cielo bajo el cual vivían tenía que haber sido —y todavía lo era— fabricado. Artificial.
En otras palabras, aquello que había brillado arriba de ellos durante dos años, proporcionándoles calor y vida, no era el sol de verdad. Se trataba de algo falso. Todo ese lugar era falso.
No entendía qué quería decir eso ni cómo había sucedido, pero sabía que era verdad: resultaba la única explicación que su mente racional podía aceptar. Y, a juzgar por la reacción de los demás Habitantes, ninguno de ellos había reflexionado sobre el tema hasta ese momento.
Cuando se encontraba en medio de esas especulaciones, apareció Chuck con tal expresión de miedo pintada en el rostro qué le oprimió el corazón.
—¿Qué crees que ocurrió? —preguntó el chico con voz temblorosa y lo ojos clavados en el cielo, lo cual le hizo pensar que debía de tener un tremendo dolor de cuello—. Da la impresión de ser un enorme techo gris, tan cercano que casi podrías tocarlo con la mano.
Siguió la mirada de su amigo.
—Sí, te hace pensar sobre este lugar —murmuró Thomas, absorto.
Por segunda vez en veinticuatro horas, Chuck había dado en el clavo: el cielo realmente parecía un techo, como si fuera el cielo raso de una sala gigantesca.
—Quizás haya algo roto. Digo, tal vez vuelva a componerse. Chuck finalmente dejó de contemplar asombrado hacia arriba e hizo contacto visual con él.
-¿Roto? ¿De qué estás hablando?
Antes de que pudiera contestar, lo invadió el recuerdo tenue de la noche anterior, previo a dormirse. Las palabras de Teresa dentro de su mente: "Acabo de activar el Final". No podía ser una coincidencia. Sintió náuseas. Cualquiera fuera la explicación, aquello que había en el cielo, fuera el sol real o no, ya no estaba más. Y eso no podía ser algo bueno.
—¿Thomas? —preguntó Chuck, dándole una palmada ligera en el brazo.
—¿Sí? —contestó, con la mente confusa.
-¿Qué quieres decir con "roto"? —repitió.
Sintió que necesitaba tiempo para pensar sobre todo lo ocurrido.
-No lo sé. Es que hay cosas en este sitio que es obvio que no comprendemos. No se puede borrar el sol del espacio así nomás. Además, por débil que sea, todavía hay luz suficiente para ver. ¿De dónde vendrá?
Los ojos de Chuck se abrieron de golpe, como si el secreto más profundo y oscuro del universo le acabara de ser revelado.
—Es cierto, ¿de dónde vendrá? ¿Qué está sucediendo, amigo?
Estiró la mano y apretó el hombro del chico. Se sentía incómodo.
—No tengo idea, Chuck. Pero estoy seguro de que Alby y Newt encontrarán una explicación.
—¡Thomas! -gritó Minho, acercándose hacia ellos—. Se acabó tu recreo con Chucky. Tenemos que irnos, ya es tarde.
Estaba atónito. Había creído que ese cielo raro arrojaría todos los planes normales por la ventana.
—¿Van a ir allá afuera a pesar de todo? -exclamó Chuck, claramente sorprendido a su vez.
Estaba contento de que el chico hubiera hecho la pregunta por él.
—Por supuesto, larcho. ¿No tienes nada que limpiar? —contestó, y desvió la mirada hacia Thomas—. Esto nos da más razones para salir al Laberinto. Si el sol se fue realmente, en poco tiempo las plantas y los animales se morirán. Creo que el nivel de desesperación acaba de elevarse un poco.
La última afirmación lo golpeó con fuerza. A pesar de todas sus ideas —las sugerencias que le había lanzado a Minho—, él no estaba dispuesto a cambiar la forma en que había funcionado todo en los últimos dos años. Cuando se dio cuenta de lo que estaba diciendo el Corredor, lo invadió una mezcla de entusiasmo y terror.
-¿Quieres decir que vamos a quedarnos a pasar la noche para examinar más de cerca los muros?
—Todavía no. Pero puede ser que lo hagamos pronto —respondió mirando al cielo—. Qué manera de despertarnos, campeón. Vámonos ya.
Thomas desayunó rapidísimo y preparó sus cosas sin abrir la boca. Estaba muy ensimismado como para participar de cualquier conversación, pensando en el cielo gris y en lo que Teresa —al menos él creía que había sido ella— le había comunicado en su cabeza.
¿Qué habría querido decir con el Final? No podía evitar la sensación de que debía decírselo a alguien. A todos.
Pero no sabía qué significaba y no quería que los demás se enteraran de que tenía la voz de una chica dentro de su mente. Pensarían que sufría alucinaciones y quizás lo encerrarían. Para siempre.
Después de mucho deliberar, decidió mantener la boca cerrada y se marchó con Minho en su segundo día de entrenamiento, bajo un cielo triste y descolorido.
Divisaron un Penitente antes de llegar a la puerta que conducía de la Sección Ocho a la Sección Uno.
Minho iba un poco más adelante que Thomas. Acababa de doblar una esquina hacia la derecha, cuando se detuvo de golpe y casi da un patinazo. Saltó hacia atrás y sujetó a Thomas de la camisa, empujándolo contra la pared.
—Shh —susurró—. Hay un maldito Penitente a la vuelta. Aunque su corazón ya venía latiendo duro y parejo, con esa noticia se aceleró más.
Minho se llevó el dedo a los labios. Soltó la camisa de Thomas, retrocedió un paso y luego se arrastró hasta el rincón detrás del cual había visto al Penitente. Se inclinó hacia delante muy despacio para espiar. Thomas quería gritarle que tuviera cuidado.
La cabeza de Minho se sacudió bruscamente hacia atrás y giró para mirarlo. Su voz era todavía un murmullo.
—Está sentado allí. Me recuerda al que nosotros vimos, que parecía muerto.
—¿Qué hacemos? —preguntó lo más bajo que pudo, tratando de ignorar el pánico que crecía en su interior—. ¿Viene hacia nosotros?
—No, idiota. Te dije que estaba sentado.
—¿Y entonces? —levantó las manos con frustración—. ¿Qué hacemos? Estar tan cerca de un Penitente parecía en verdad una pésima idea. Minho hizo una pausa para pensar.
—Tenemos que ir en esa dirección para llegar a nuestro objetivo. Veamos qué pasa: si nos sigue, volvemos corriendo al Área —explicó y echó otro vistazo. Luego miró rápidamente sobre su hombro—. ¡Mierda! ¡Ya no está! ¡Vámonos! —gritó, y sin esperar respuesta ni ver la expresión de espanto de su compañero, salió volando hacia el lugar en donde había visto a la bestia.
Thomas corrió detrás de Minho por el largo pasadizo. Antes de cada recodo, disminuían la velocidad para que el Encargado mirara primero lo que había más adelante. Todas las veces, le susurraba que acababa de ver la parte trasera del monstruo desaparecer tras la esquina siguiente. Continuaron así durante diez minutos hasta que llegaron al pasillo que terminaba en el Acantilado. Más allá de eso sólo se veía el cielo sin vida. El Penitente se dirigía hacia allí.
Minho se detuvo tan violentamente que Thomas casi lo atropella. A continuación, observaron horrorizados cómo la criatura clavaba sus púas en el piso, rodaba hasta el borde del Acantilado y luego se arrojaba hacia el abismo gris. El Penitente desapareció de la vista como una sombra tragada por el vacío.


CAPITULO 35
—Esto lo aclara todo —dijo Minho.
Thomas se encontraba de pie al lado de él, al borde del Acantilado, contemplando esa vasta extensión grisácea que se desplegaba delante de ellos. No había ningún indicio, ni rastro, ni señal de nada a la izquierda, a la derecha, hacia arriba, hacia abajo o hacia delante hasta donde alcanzaba la vista. Sólo un muro blanco.
—¿Qué cosa? -preguntó.
—Ya es la tercera vez que vemos lo mismo. Algo pasa.
—Sí —murmuró Thomas.
Entendió lo que Minho quería decir, pero prefirió esperar su explicación.
—Primero, el Penitente muerto que yo encontré. Corrió en esta dirección y nunca lo vimos regresar o adentrarse en el Laberinto. Luego, esos cabrones a los que engañamos para que cayeran por el precipicio.
—¿Habrá sido así? —dijo Thomas—. Quizás no existió tal engaño.
Minho lo miró con expresión reflexiva.
—Bueno, de cualquier modo, después viene éste —comentó, señalando el abismo—.Ya no quedan muchas dudas: no sabemos cómo, pero los Penitentes pueden salir del Laberinto de esta forma. Parece magia, pero también lo es que el sol desaparezca.
—Si ellos pueden, nosotros también —intervino Thomas, continuando con el mismo razonamiento. La emoción le recorrió el cuerpo.
Minho se rio.
—Otra vez con tus instintos suicidas. ¿Quieres salir con los Penitentes? No sé, ¿ir con ellos a comer una hamburguesa, tal vez? Sintió que sus ilusiones se derrumbaban.
—¿Tienes alguna idea mejor?
—Una cosa por vez, Nuevito. Juntemos unas rocas y examinemos la zona. Tiene que haber alguna salida secreta.
Hurgaron por todos los rincones del Laberinto, levantando cuanta piedra suelta encontraron. También consiguieron varias al escarbar las grietas de las paredes. Una vez que recolectaron una buena cantidad, las transportaron hasta el borde del barranco y se sentaron, con los pies colgando.
Minho sacó papel y lápiz, y los ubicó en el piso junto a él.
—Muy bien, tenemos que hacer unas buenas anotaciones. Y también memorizar todo en esa cabeza de garlopo que tienes. Si existe algún tipo de ilusión óptica que esconda una salida de este lugar, no quiero ser el que meta la pata cuando el primer larcho trate de saltar por ella.
—Ese larcho debería ser el Encargado de los Corredores —bromeó Thomas, tratando de esconder el miedo detrás del humor. Estar tan cerca de un lugar de donde podrían salir los Penitentes en cualquier momento lo estaba poniendo muy nervioso—. Vas a necesitar una linda cuerda de la cual agarrarte.
Minho tomó una piedra de la pila.
—Sí. Bueno, arrojemos por turnos para un lado y para el otro. Si existe alguna salida mágica, con suerte también funcionará con rocas.
Thomas comenzó, apuntando con cuidado hacia la izquierda de donde se encontraban, justo enfrente del sitio donde la pared izquierda del pasillo que llevaba al Acantilado se unía con el borde. La piedra fue cayendo hasta desaparecer en el vacío gris.
Luego le tocó el turno a Minho. Lanzó una roca unos treinta centímetros más lejos que la anterior. Siguió Thomas, treinta centímetros hacia delante. Todos los proyectiles se hundían en las profundidades. Continuaron así hasta que completaron una fda que llegaba hasta unos
cuatro metros del Acantilado, y entonces movieron su objetivo unos treinta centímetros hacia la derecha y comenzaron a volver hacia el Laberinto.
Todas las piedras caían. Lanzaron tantas como para cubrir toda la mitad izquierda de la zona que estaba delante de ellos, abarcando la distancia que cualquier persona —o cosa— podría llegar a saltar. El desaliento de Thomas aumentaba con cada tiro y no dejaba de recriminarse que había sido una idea estúpida.
Entonces Minho tomó impulso. La piedra salió volando y esa vez sí desapareció. Fue la cosa más extraña y difícil de creer que Thomas hubiera presenciado en su vida.
Minho había lanzado un trozo grande de roca, un pedazo que había salido de una de las grietas del muro. Thomas había observado con total concentración cada uno de los proyectiles. Este dejó la mano de Minho, voló hacia delante casi en el centro mismo de la línea del Acantilado y comenzó a descender hacia el suelo oculto más abajo. Pero luego se esfumó como si hubiera caído a través de una masa de niebla.
En un momento estaba allí, cayendo. Y al otro, no estaba más.
Thomas se quedó mudo.
—Nosotros ya hemos arrojado cosas desde el barranco —dijo Minho—. ¿Cómo se nos pudo pasar eso? Yo nunca vi nada que desapareciera. Jamás.
—Hazlo de nuevo, tal vez parpadeamos o algo así.
Lanzó una piedra al mismo lugar y otra vez se desvaneció en el aire.
—Es posible que las otras veces no miraras atentamente -dijo Thomas-. Lo que quiero decir es que como debería ser algo imposible... A veces uno no presta mucha atención a aquello que no cree que pueda suceder.
Agotaron el resto de las rocas, apuntando al lugar original y cubriendo todo el espacio que lo rodeaba. Para sorpresa de Thomas, el sitio por donde se esfumaban las piedras no podía medir mucho más de un metro cuadrado.
—No es raro que no lo hayamos visto antes —dijo Minho, anotando frenéticamente detalles y dimensiones, y hasta dibujando un diagrama—. Es bastante pequeño.
—Los Penitentes deben pasar muy justos por allí —comentó Thomas, con los ojos clavados en el área donde flotaba el cuadrado invisible, tratando de grabar en su mente la distancia y la ubicación exactas—Y cuando salen de allí, deben de hacer equilibrio en el costado del agujero y saltar al vacío hasta el borde del Acantilado. No es muy lejos. Yo creo que podría atravesarlo de un salto. Si es fácil para ellos...
Minho terminó de dibujar y levantó los ojos hacia el sitio específico.
—¿Cómo puede ser esto factible, güey? ¿Qué es lo que tenemos delante?
—Como tú dijiste, no es magia. Debe ser algo parecido a lo que ocurrió con nuestro cielo. Alguna especie de ilusión óptica o quizás un holograma, que esconde una entrada. Este lugar es un desastre.
Tuvo que reconocer en su interior que también le resultaba alucinante. Ansiaba saber qué tipo de tecnología se ocultaba detrás de todo eso.
—Tienes razón, es un completo desastre. Vámonos —repuso el Encargado. Se levantó con un gruñido y se puso la mochila—. Mejor aprovechemos el tiempo para recorrer un rato más el Laberinto. Con nuestro nuevo decorado, tal vez hayan ocurrido más cosas extrañas a nuestro regreso. Hablaremos esta noche con Newt y Alby sobre todo esto. No sé en qué puede ayudar, pero al menos ahora sí sabemos adonde van esos Penitentes garlopos.
—Y probablemente también de dónde vienen —agregó Thomas, echándole una última mirada a la entrada secreta—. La Fosa de los Penitentes.
—Sí, es un nombre tan bueno como cualquier otro. Larguémonos de aquí.
Thomas se quedó sentado observando, esperaba que Minho tomara la iniciativa. Pasaron varios minutos en silencio: debía de estar tan fascinado como él. Finalmente, sin decir una palabra, Minho se dio vuelta para marcharse. Y Thomas lo siguió de mala gana hacia el Laberinto gris.
Todo lo que encontraron antes de regresar no fue más que paredes de piedra y enredadera. Thomas se encargó de cortar las ramas y tomar notas. Le resultó difícil descubrir los cambios ocurridos desde el día anterior, pero Minho le señaló, sin pensarlo siquiera, los lugares donde los muros se habían movido. Cuando llegaron al último callejón sin salida, Thomas sintió un impulso casi incontrolable de quedarse a pasar la noche para ver qué ocurría.
Minho pareció notarlo y le apretó el hombro.
—Todavía no, güey. Ten paciencia.
Entonces iniciaron la vuelta. Un ánimo sombrío se había instalado sobre el Área, algo nada raro teniendo en cuenta que todo era gris. La luz pálida era la misma desde que se habían despertado esa mañana, y Thomas se preguntó si algo cambiaría cuando llegara el "atardecer".
En cuanto atravesaron la Puerta del Oeste, Minho se encaminó directamente a la Sala de Mapas.
A Thomas le pareció extraño: pensó que era lo último que debían hacer.
—¿No te mueres de ganas de ir a contarles a Alby y a Newt acerca de la Fosa de los Penitentes?
—Hey, nosotros todavía somos Corredores. Y tenemos un trabajo que hacer —contestó, y esbozó una leve sonrisa—. Pero sí, lo haremos rápido, así podremos hablar con ellos cuanto antes.
Cuando entraron a la Sala, ya había otros Corredores pululando, enfrascados en sus Mapas. Nadie abrió la boca, como si todas las especulaciones acerca del nuevo cielo ya se hubieran agotado. El desaliento que reinaba allí adentro era palpable, pero Thomas no se sintió afectado. Aunque sabía que también debería estar exhausto, tenía demasiada emoción encima como para reparar en ello: estaba desesperado por ver las reacciones de Alby y de Newt ante las noticias del Acantilado.
Se sentó a la mesa y dibujó el Mapa del día basándose en su memoria y en las anotaciones. Minho le daba indicaciones por encima del hombro: "Creo que el corte en ese pasillo estaba más adelante", "Cuidado con las proporciones", "Shank, haz líneas más rectas". Era muy molesto, pero de gran ayuda y, quince minutos más tarde, examinó el producto terminado. El orgullo lo inundó: el plano era tan bueno como cualquiera de los que había visto.
—No está mal -dijo Minho—. Para ser un Novato.
Se puso de pie y fue hasta el baúl de la Sección Uno y lo abrió. Thomas sacó el Mapa del día anterior y lo puso al lado del que acababa de dibujar.
—¿Qué estoy buscando? -preguntó.
—Patrones, pautas que se repitan en forma sistemática. Pero no te va a ser muy útil comparar solamente dos días, tienes que estudiar los planos de varias semanas. Yo sé que ahí hay algo importante que nos va a ayudar, pero todavía no he podido descubrir qué. Ya te dije que esto era una mierda.
Volvió a sentir la misma curiosidad que la primera vez que había entrado en ese recinto. Los muros del Laberinto que se movían. Los modelos que se repetían. Todas esas líneas rectas, ¿acaso insinuaban la existencia de un tipo de mapa completamente distinto? ¿Indicaban algo? Tenía una sensación muy fuerte de que estaba pasando por alto alguna clave o tal vez una pista.
Minho le dio una palmada en el hombro.
—Después de cenar, puedes regresar y devanarte los sesos examinando esto, una vez que hablemos con Newt y Alby. Vámonos.
Thomas guardó los papeles en el arcón, irritado ante la sensación de inquietud que se había instalado en todo su cuerpo. Paredes que se movían, líneas rectas, patrones... Tenía que existir una respuesta.
—Muy bien.Vamos.
En cuanto dieron un paso fuera de la Sala de Mapas y la pesada puerta se cerró de un golpe tras ellos, aparecieron Newt y Alby con rostros preocupados. El entusiasmo se evaporó de inmediato.
—Hey -dijo Minho. Estábamos por...
—Sigan trabajando —lo interrumpió Alby—. No hay tiempo que perder. ¿Descubrieron algo? ¿Cualquier cosa?
Minho retrocedió ante la dureza de sus palabras, pero Thomas notó en su cara más confusión que enojo.
—Sí, yo también estoy encantado de verte. Pero, en realidad, sí encontramos algo —contestó Minho.
Curiosamente, Alby parecía casi decepcionado.
—Porque todo este lugar miertero se está cayendo a pedazos —repuso, lanzándole una mirada de furia a Thomas, como si él fuera el culpable de todo.
¿Qué problema tiene?, pensó, mientras la rabia se encendía en su interior. Habían estado trabajando como locos todo el día, ¿y así se lo agradecían?
—¿De qué hablas? —preguntó Minho—. ¿Qué más ocurrió?
Newt señaló hacia la Caja.
—Hoy no llegaron los malditos suministros. Durante dos años, han venido todas las semanas, el mismo día y a la misma hora. Pero hoy no.
Los cuatro dirigieron la vista hacia las puertas de acero pegadas al piso. A Thomas le pareció que había una sombra flotando sobre ellas, más oscura que el aire gris que los rodeaba.
—Shuck, ahora sí que estamos jodidos —murmuró Minho, y su reacción alertó a Thomas
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