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The Maze Runner - Correr o Morir - Capitulo 6 al 10

CAPITULO 6
Alguien sacudió a Thomas para levantarlo. Cuando abrió los ojos vio una cara que lo contemplaba atentamente desde arriba. A su alrededor, reinaban las sombras y la oscuridad de la madrugada. Quiso decir algo, pero una mano fría le cerró la boca con fuerza. Entró en pánico hasta que descubrió quién era.
—Shh, Nuevito. No queremos despertar a Chuck, ¿verdad?
Era Newt, el tipo que parecía ser el segundo en el mando. El aire se impregnó con su aliento matutino.
Aunque estaba sorprendido, la sensación de alarma desapareció de inmediato. No podía evitar preguntarse qué querría ese chico de él. Asintió con la mirada, hasta que finalmente Newt retiró la mano.
—Vamos, Novato -susurró. Se estiró y lo ayudó a incorporarse. Era tan fuerte que parecía que podía arrancarle el brazo-. Debo mostrarte algo antes del despertar.
Cualquier resto de sueño que quedara en su cabeza ya se había desvanecido.
—Bueno —dijo simplemente, listo para acompañarlo. Sabía que tenía que estar atento, ya que todavía no tenía motivos para confiar en nadie. Pero la curiosidad lo derrotó y se puso los zapatos rápidamente—. ¿Adónde vamos?
—Sólo sígueme y no te alejes.
Pasaron sigilosamente entre los cuerpos dormidos, que yacían desparramados por el suelo. Thomas tropezó varias veces. Al pisar la mano de alguien, escuchó un grito agudo de dolor y recibió un golpe en la pantorrilla.
—Lo siento —murmuró, ignorando la mirada molesta de su guía.
Una vez que dejaron la zona del césped y pisaron la piedra gris del patio, Newt comenzó a correr hacia el muro occidental. Al principio, Thomas dudó, sin saber por qué era necesario apurarse, pero enseguida se recuperó y lo siguió a la misma velocidad.
La luz era tenue, pero los obstáculos se cernían como sombras más oscuras, permitiéndole andar muy rápido. Newt se detuvo justo al lado del enorme muro que se levantaba encima de ellos: otra imagen al azar que surgía como un recuerdo borroso en la memoria perdida. Observó unas lucecitas rojas que brillaban en distintas partes de la pared: se movían, frenaban, se encendían y apagaban.
—¿Qué son? —susurró, rogando que su voz no sonara tan temblorosa como él la sentía. El resplandor intermitente de las luces ocultaba una advertencia.
Newt se encontraba a menos de un metro de la tupida cortina de hiedra.
—Carajo, cuando tengas que saber algo, lo sabrás, Nuevito.
—Bueno, es medio estúpido mandarme a un lugar donde nada tiene sentido y no contestar mis preguntas -repuso, sorprendido ante su repentino valor—. Larcho —agregó, cargando la palabra de sarcasmo.
Newt lanzó una carcajada, pero de inmediato la cortó.
—Me caes bien, Novato. Ahora cállate y déjame mostrarte algo.
Dio un paso adelante, hundió las manos en la enredadera y separó varias lianas de la pared. Apareció una ventana cuadrada de unos sesenta centímetros, con un vidrio opaco y polvoriento. Como todavía estaba oscuro, parecía que lo habían pintado de negro.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó en voz baja.
—Aguántate un poco, shank. Algo va a aparecer en cualquier momento.
Pasó un minuto. Dos. Varios más. Thomas movía nerviosamente los pies, preguntándose cómo Newt podía estar ahí tan tranquilo, con la mirada fija en la oscuridad.
Luego todo cambió.
Unos rayos de luz fantasmagórica brillaron por la ventana, proyectando un ondulante arco iris en la cara y el cuerpo de Newt, como si estuviera al lado de una alberca iluminada.
Thomas permaneció inmóvil, entrecerrando los ojos para descifrar lo que había del otro lado. Sintió un nudo en la garganta. ¿Qué es eso?, pensó.
—Allá afuera está el Laberinto —susurró Newt con los ojos abiertos, como en estado de trance-. Todo lo que hacemos, nuestra vida, Nuevito, gira alrededor de él. Pasamos cada precioso segundo del día tratando de resolver algo que parece no tener una maldita solución, ¿entiendes? Queremos mostrarte por qué no hay que meterse con él y que veas por qué esas estúpidas paredes se cierran cada noche. Así te quedará claro el motivo por el cual no tienes que posar tus sucios pies más allá de estos muros.
Retrocedió, con la enredadera todavía en las manos, y le hizo un gesto para que tomara su lugar junto a la ventana.
Thomas se inclinó hacia delante hasta que su nariz tocó la superficie fría. Le tomó unos segundos enfocar sus ojos en el objeto que se movía del otro lado y poder distinguir algo a través de la mugre y el polvo. Cuando lo logró, sintió que se le atoraba la respiración en la garganta, como si un viento helado hubiera pasado por allí congelando el aire.
Una criatura bulbosa y amorfa, del tamaño de una vaca, se agitaba y se retorcía en el suelo de uno de los pasillos de afuera. Trepó la pared opuesta y luego saltó hacia la ventana de vidrio grueso dando un golpazo. Thomas pegó un alarido y se alejó bruscamente de la pared. Pero la cosa rebotó hacia atrás, dejando el vidrio intacto.
El respiró profundamente y se inclinó otra vez. Estaba muy oscuro para poder ver con claridad, pero los flashes de unas luces extrañas que provenían de una fuente desconocida revelaban una imagen borrosa de púas plateadas y carne brillante. De su cuerpo sobresalían unos siniestros miembros a modo de brazos, que tenían mecanismos en los extremos: una cuchilla de una sierra, una colección de tijeras, varillas largas cuya función era difícil de adivinar.
Era una mezcla espeluznante de animal y máquina, y parecía percibir que la estaban observando. Daba la impresión de que sabía lo que ocultaban los muros del Área y quería entrar para darse un banquete de carne humana. Thomas sintió que un terror helado brotaba en su pecho y le dificultaba la respiración. Con pérdida de memoria y todo, estaba seguro de que nunca había visto algo tan horroroso.
Retrocedió, mientras se desvanecía la valentía que había sentido la tarde anterior.
—¿Qué es esa cosa?
Algo se estremeció dentro de sus entrañas y se preguntó si podría volver a comer otra vez.
—Los llamamos Penitentes —contestó Newt—. Tipos desagradables, ¿no? Puedes estar contento de que sólo salen por la noche. Deberías agradecerles a estas malditas paredes.
Trató de calmarse mientras imaginaba la manera de ir allí afuera alguna vez. Su deseo de convertirse en Corredor había recibido un duro golpe. Pero, por alguna extraña razón, sabía que tenía que hacerlo. Era una sensación tan rara, especialmente después de lo que acababa de ver.
Newt echó una mirada indiferente a la ventana.
—Ahora sabes qué es lo que acecha en el Laberinto, mi amigo. Y que no estamos para bromas. Has sido enviado al Área, Novato, y todos esperamos que sobrevivas y nos ayudes a cumplir con nuestra misión.
—¿Y cuál es? -preguntó, aunque la respuesta le producía terror.
Newt se dio vuelta y lo miró directo a los ojos. Las primeras huellas del amanecer ya habían asomado y Thomas pudo ver cada detalle de su cara: la piel tirante, la frente arrugada.
—Descubrir la forma de salir de aquí, Nuevito —repuso—. Es eso, resolver los enigmas del maldito Laberinto y encontrar el camino a casa.
Un par de horas después, una vez que las Puertas se reabrieron, retumbando y sacudiendo el piso.Thomas se sentó ante una mesa inclinada fuera de la Finca. No podía
pensar en otra cosa que en los Penitentes: cuál era su función, qué hacían allá afuera toda la noche. Cómo sería el ataque de algo tan terrible.
Trató de quitarse la imagen de la cabeza y pasar a otra cosa. Los Corredores. Apenas habían partido sin decir nada a nadie. Habían salido disparados hacia el Laberinto a toda velocidad, desapareciendo tras los recodos. Su mente seguía trabajando mientras comía los huevos con tocino, sin hablar con nadie; ni siquiera con Chuck, que desayunaba en silencio a su lado. El pobre chico había quedado exhausto tratando de entablar una conversación, pero Thomas se había negado a responder. Todo lo que quería era que lo dejaran en paz.
No podía comprender lo que ocurría. Su cerebro estaba sobrecargado de información esforzándose por escudriñar lo imposible de la situación. ¿Cómo podía ser que un Laberinto, con muros tan altos e inmensos, fuera tan grande que una decena de chicos no hubieran encontrado todavía la salida, después de quién sabe cuánto tiempo que llevaban intentándolo? ¿Cómo podía existir semejante estructura? Y, lo que era más importante, ¿por qué? ¿Cuál podía ser el objetivo de hacer algo así? ¿Para qué estaban todos ellos ahí? ¿Y desde hacía cuánto?
Por más que tratara de evitarlo, su cabeza volvía una y otra vez a la imagen del horroroso Penitente. Era como un fantasma que parecía saltar sobre él cada vez que parpadeaba o se frotaba los ojos.
Sabía que era un chico inteligente y, de alguna forma, también lo sentía en su cuerpo. Pero nada de lo relacionado con ese lugar tenía sentido. Excepto una cosa. Tenía que ser un Corredor. ¿Por qué estaría tan seguro de eso, incluso después de haber visto lo que vivía en el Laberinto?
Una palmada en el hombro lo sacó de sus reflexiones. Alby se encontraba detrás de él con los brazos cruzados.
-Qué aspecto tan relajado tienes —comentó—. ¿Pudiste disfrutar de una hermosa vista esta madrugada a través de la ventana?
Se levantó deseando que hubiera llegado el momento de las respuestas, o buscando quizás una distracción para sus pensamientos sombríos.
-Suficiente como para querer saber más acerca de este lugar —dijo, esperando no provocar el mal genio que había visto desatarse en ese tipo el día anterior.
Alby asintió.
—Tú y yo, larcho. La Visita comienza ahora —dijo, y comenzó a moverse pero luego se detuvo, con un dedo en alto—. No hay preguntas hasta el final, ¿me captas? No tengo tiempo para parlotear contigo todo el día.
—Pero... —comenzó a decir. Dejó de hablar cuando las cejas de Alby se arquearon. ¿Por qué tenía que ser tan cretino?—. Pero explícame todo.
La noche anterior había decidido no contarle a nadie más lo extrañamente familiar que le resultaba el lugar, ese raro sentimiento de que había estado antes allí y podía recordarlo. Compartir todo eso le pareció una muy mala idea.
—Voy a decirte lo que yo quiera, Nuevito. Vamos.
—¿Puedo ir? —preguntó Chuck desde la mesa.
Alby estiró la mano y le pellizcó la oreja.
-¡Aay! -chilló el niño.
-¿Acaso no tienes trabajo, pichón? —le preguntó-. Hay mucha limpieza por hacer.
Chuck levantó los ojos en señal de irritación y luego miró a Thomas. —Que te diviertas.
-Haré lo posible —le contestó. De pronto, sintió pena por Chuck. Deseó que los demás lo trataran mejor. Pero él no podía hacer nada al respecto, ya era hora de irse.
Se alejó con Alby, esperando que ésa fuera la inauguración oficial de la Visita Guiada.

CAPITULO 7
Comenzaron por la Caja, que en ese momento permanecía cerrada. Era una puerta doble de metal apoyada contra el suelo, cubierta con una pintura blanca agrietada y oxidada. Había mucha más luz y las sombras se movían en la dirección opuesta a la que Thomas había visto el día anterior. Todavía no había divisado el sol, pero daba la impresión de que iba a aparecer sobre la pared oriental en cualquier momento. Alby apuntó hacia abajo señalando las puertas.
—Esto es la Caja. Una vez por mes, recibimos Novatos como tú, nunca falla. Una vez por semana, nos llegan suministros, ropa, algo de comida. No necesitamos mucho, prácticamente nos abastecemos nosotros mismos.
Thomas hizo una señal afirmativa. Sentía que el cuerpo le ardía de ganas de hacer preguntas. Necesito cinta adhesiva para pegarme la boca, pensó.
—Esa Caja es una sorpresa constante para nosotros, ¿me captas la idea? —continuó-. No sabemos de dónde vino, cómo llegó hasta aquí, ni quién está a cargo. Los lardaos que nos mandaron aquí no nos dijeron nada. Tenemos toda la electricidad que necesitamos, cultivamos y criamos casi todo lo que comemos, nos hacemos la ropa y todo lo demás. Una vez tratamos de enviar a un Novato de vuelta en la Caja. No se movió hasta que lo sacamos de ahí.
Thomas se preguntó qué habría debajo de las puertas cuando la Caja no estaba allí, pero contuvo la lengua. Sentía una mezcla de curiosidad, frustración y asombro, todo matizado con el recuerdo constante del horroroso Penitente de esa madrugada.
Alby continuaba hablando sin molestarse en mirarlo a los ojos.
—El Área está dividida en cuatro sectores -levantó los dedos mientras los enumeraba—: Jardines, Matadero, Finca, Lápidas. ¿Lo captaste?
Vaciló, pero después asintió con cara de confusión.
Los párpados de Alby se sacudieron brevemente y siguió hablando. Parecía que pensaba en todas las cosas que podría estar haciendo en ese momento. Señaló hacia la esquina del noreste, donde se encontraban los campos y los árboles frutales.
-Los Jardines. Allí tenemos los cultivos. El agua viene por cañerías que se encuentran en el suelo: siempre han estado, de lo contrario habríamos muerto de hambre hace mucho tiempo. Nunca llueve aquí. Jamás -y apuntó al rincón del sureste, la sección de los corrales y el granero-. El Matadero, donde criamos y matamos animales -luego señaló hacia el sector de las viviendas lastimosas-. La Finca. Ese estúpido lugar es dos veces más grande de lo que era cuando llegó el primero de nosotros, porque seguimos haciendo agregados cada vez que nos mandan madera y plopus. No será bonito, pero funciona. De todos modos, la mayoría duerme afuera.
Thomas se sentía mareado ante las innumerables preguntas que daban vueltas en su mente.
Por último, le tocó el turno a la esquina del suroeste, la zona del bosque. Tenía adelante varios árboles raquíticos y bancas.
—La llamamos las Lápidas. El cementerio está atrás, en ese rincón, donde el bosque es más denso. No hay mucho más. Puedes ir ahí a sentarte, descansar, lo que quieras —aclaró su garganta, como queriendo cambiar de tema—. Pasarás las próximas dos semanas trabajando un día con cada uno de los Encargados de los diferentes trabajos, hasta que sepamos para qué eres bueno. Fregón, Albañil, Embolsador, Arador. Siempre surge algo. Vamos.
Caminó hacia la Puerta del Sur, ubicada entre lo que él había llamado las Lápidas y el Matadero. Thomas lo siguió, arrugando la nariz ante el súbito olor a suciedad y abono que venía de los corrales. ¿Un cementerio?, pensó. ¿Para qué necesitarán un cementerio en un lugar lleno de adolescentes? Eso lo inquietó aún más que algunas de las palabras que Alby
repetía, como Fregón o Embolsador, que tampoco le resultaban muy agradables. Una vez más estuvo a punto de interrumpirlo, pero mantuvo la boca cerrada.
Frustrado, desvió su atención hacia los corrales del sector del Matadero. Varias vacas masticaban y rumiaban de un comedero lleno de heno verdoso. Los cerdos retozaban en medio del lodo, y sólo el movimiento ocasional de alguna cola era la señal de que aún estaban vivos. Había un corral de ovejas, un gallinero y jaulas con pavos. Los trabajadores andaban muy atareados por la zona; daba la impresión de que se habían pasado toda la vida en una granja.
¿Por qué será que recuerdo a estos animales?, se preguntó. Nada le parecía nuevo ni interesante: sabía cómo se llamaban, lo que comían normalmente, cuál era su aspecto. ¿Por qué se acordaba de esos detalles y no de dónde había visto antes a esos animales o con quién? Su pérdida de la memoria era desconcertante por lo compleja.
Alby señaló hacia el amplio establo situado en el rincón trasero, cuya pintura roja ya se había decolorado adquiriendo un tono cobrizo pálido.
—Allí atrás trabajan los Carniceros. Una tarea desagradable y asquerosa. Si te gusta la sangre, ése es tu lugar.
Thomas sacudió la cabeza. Esa ocupación no le sonaba nada bien. Mientras continuaban la caminata, dirigió su atención hacia el otro lado del Área, donde estaban las Lápidas. A medida que se internaban en ese rincón, la arboleda se volvía más densa y espesa, más viva y con más follaje. A pesar de la hora del día, unas sombras oscuras cubrían la zona más profunda del bosque. Miró hacia arriba entrecerrando los ojos, y pensó que finalmente el sol debería haber aparecido, pero todo estaba raro, más anaranjado que de costumbre. Consideró que ése era, seguramente, otro ejemplo de su extraña memoria selectiva.
Llevó otra vez la mirada hacia las Lápidas, pero un disco incandescente seguía flotando delante de su vista. Al parpadear para quitarse la imagen, vio las luces rojas otra vez, deslizándose y destellando en la oscuridad del bosque. ¿Qué son esas cosas?, pensó, disgustado porque el líder se negaba a contestar sus preguntas. El secreto le resultaba irritante.
Alby se detuvo y Thomas descubrió con sorpresa que habían llegado a la Puerta del Sur: los dos muros y la salida se elevaban sobre ellos.
Los gruesos bloques de piedra gris estaban agrietados y cubiertos de una añosa enredadera. Estiró el cuello para divisar la parte superior de las paredes. Su cabeza parecía girar, provocándole la extraña sensación de que estaba mirando hacia abajo y no hacia arriba. Retrocedió un paso tambaleándose, nuevamente impresionado por la estructura de su nueva casa. Luego volvió su atención a Alby, que estaba de espaldas a la salida.
—Allá afuera está el Laberinto —dijo Alby, pasando el pulgar sobre el hombro. Luego hizo una pausa. Thomas miró atentamente en esa dirección, a través del hueco entre las paredes, que servía de salida del Área. Los pasillos de afuera eran muy parecidos a los que había visto desde la ventana junto a la Puerta del Este, temprano en la mañana. Sintió un escalofrío al imaginar que un Penitente podía aparecer y atacarlos en cualquier momento. Se fue hacia atrás antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Tranquilo, se dijo a sí mismo, avergonzado.
Alby prosiguió.
—Hace dos años que estoy aquí. Nadie estuvo más que eso. Los pocos anteriores a mí ya están muertos. —los ojos de Thomas se abrieron y se le aceleró el corazón— Durante dos años tratamos de encontrar una salida a esto, sin suerte. Allí afuera hay unas malditas paredes que se mueven por la noche igual que estas Puertas de aquí. Hacer mapas de la zona tampoco es fácil, nada lo es —señaló con la cabeza en dirección al edificio de concreto en el que habían ingresado los Corredores la noche anterior.
Otra punzada de dolor atravesó su cabeza. Había tantas cosas que procesar de golpe. ¿Llevaban dos años allí? ¿Los muros del Laberinto se movían? ¿Cuántos habían muerto? Se
adelantó para ver el Laberinto por sí mismo, como si las respuestas estuvieran impresas en las paredes exteriores.
Alby estiró la mano y le empujó el pecho, haciéndolo retroceder y tropezarse.
—No se pasa hacia allá afuera, larcho.
Tuvo que contener el orgullo.
—¿Por qué no?
-¿Crees que te mandé a Newt antes del despertar sólo por diversión? Esa es la Regla Número Uno, idiota, la única que no se te perdonará si no la respetas. Nadie, nadie, tiene permiso para entrar en el Laberinto excepto los Corredores. Rompe esa regla y si no te matan antes los Penitentes, te matamos nosotros. ¿Me captas?
Thomas asintió, refunfuñando por dentro, seguro de que exageraba. Al menos, eso esperaba. De cualquier manera, si le había quedado alguna duda de lo que había hablado con Chuck la noche anterior, ésta se había esfumado por completo. Quería ser Corredor y nada lo detendría. Muy dentro de sí, sabía que tenía que ir allá afuera y entrar en el Laberinto. A pesar de todo lo que había aprendido y presenciado ese día, sentía que hacerlo era una necesidad.
Un movimiento en lo alto de la pared situada a la izquierda de la Puerta del Sur llamó su atención. Después del sobresalto, reaccionó justo a tiempo para ver un destello plateado que desaparecía entre el follaje.
Apuntó con el dedo hacia arriba del muro.
-¿Qué fue eso? —preguntó, antes de que lo hiciera callar otra vez. Alby ni se molestó en mirar.
—No hay preguntas hasta el final, larcho. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? —le advirtió. Luego hizo una pausa y lanzó un suspiro—. Son Escarabajos. Es la forma en que los Creadores nos vigilan. Más vale que no...
El sonido de una alarma atronadora interrumpió sus palabras. Thomas se tapó los oídos con las manos. Los latidos de su corazón se aceleraron. Observó a su alrededor, mientras la sirena seguía retumbando. Sus ojos se posaron en Alby. El líder no estaba asustado, más bien... confundido. Asombrado.
—¿Qué pasa? —preguntó. Al ver que su guía no parecía creer que el mundo se iba a acabar, se quedó más tranquilo. Pero aun así, ya estaba cansado de sentirse constantemente atacado por el pánico.
—Eso es raro -fue todo lo que dijo Alby, fijando la vista en el Área con los ojos entrecerrados. Thomas notó que había gente en los corrales del Matadero que miraba hacia todos lados con el mismo desconcierto.
Un niño flaquito cubierto de lodo le gritó a Alby:
—¿Qué es todo eso? —preguntó, echándole una mirada a Thomas por alguna razón. —No lo sé —le respondió Alby con voz distante. Pero Thomas ya no podía soportarlo más. —¡Alby! ¿Qué está pasando?
-¡La Caja, garlopo! -exclamó, y salió disparado hacia el centro del Área con paso tan enérgico que a Thomas le dio la impresión de que tenía miedo.
-¿Y qué pasa con la Caja? -replicó, corriendo para alcanzarlo. ¡Háblame!, tenía ganas de gritarle. Pero Alby no le contestó ni disminuyó el paso.
Al acercarse al hueco, Thomas pudo ver a decenas de chicos dando vueltas por el patio. Intentó controlar el pánico que iba en aumento, diciéndose a sí mismo que todo estaría bien, que tenía que existir una explicación razonable a todo eso. Cuando divisó a Newt le gritó:
-Newt, ¡¿qué está pasando?!
El chico lo observó rápidamente y se acercó a él. Lucía sorprendentemente calmo en medio del caos y le dio una palmada en la espalda.
—Significa que un maldito Novato está subiendo en la Caja —contestó, y después hizo una pausa, como esperando impresionarlo—. Eso es, ahora mismo.
-¿Y?
Al mirarlo más atentamente, Thomas se dio cuenta de que lo que había confundido con calma era en realidad incredulidad, tal vez hasta entusiasmo.
—¿Y? —repitió Newt, boquiabierto—. Nunca aparecieron dos Novatos en el mismo mes, mucho menos durante dos días seguidos.
No bien dijo eso, se alejó corriendo hacia la Finca.

CAPITULO 8
Después de sonar durante dos largos minutos, la alarma finalmente se apagó. Una multitud se había congregado en el patio alrededor de las puertas de acero, a través de las cuales Thomas había llegado el día anterior. ¿Ayer?, pensó sobresaltado. ¿Fue realmente ayer?
Alguien lo golpeó en el hombro. Era Chuck, que estaba otra vez a su lado.
—¿Cómo va todo, Novato? -le preguntó.
—Bien —respondió, aunque nada podía estar más lejos de la realidad. Señaló las puertas de la Caja-. ¿Por qué andan tan frenéticos? ¿Acaso no vinieron todos de la misma forma?
Chuck se encogió de hombros.
-No sé. Supongo que siempre fue algo regular. Uno por mes, todos los meses, el mismo día. Tal vez los que están a cargo se dieron cuenta de que no fuiste más que un gran error y mandaron a alguien para reemplazarte —y lanzó una risita traviesa mientras le daba un codazo en las costillas.
El tono agudo de su voz, inexplicablemente, alegró a Thomas: Chuck cada vez le caía mejor.
—Eres un pesado. En serio -contestó, echándole una mirada simulada de disgusto.
—Ya sé. Pero ahora somos amigos, ¿no es cierto? —repuso el niño, con una carcajada que sonó como un resoplido chillón.
—Me parece que no tengo muchas opciones —confesó. Pero la verdad era que él necesitaba un amigo y Chuck le venía muy bien.
El chico cruzó los brazos con aspecto de satisfacción.
—Me alegra que eso ya esté arreglado, Nuevito. Todos necesitan un amigo en este lugar.
Thomas lo tomó del cuello como jugando.
-Muy bien, amigo, entonces llámame por mi nombre, Thomas, o te empujo por el hueco después de que la Caja se vaya —bromeó, al tiempo que sus palabras disparaban una idea en su cabeza-. Espera un momento, ¿alguna vez ustedes...?
—Ya lo intentamos —lo interrumpió Chuck, antes de que pudiera terminar.
-¿Qué cosa?
—Escondernos en la Caja después de una entrega —contestó—. No baja hasta que no está totalmente vacía. Recordó que Alby le había contado lo mismo.
—Lo sabía. Pero ¿y si...?
—Ya lo intentamos.
Thomas reprimió un gruñido. Esto se estaba volviendo muy irritante.
—Hombre, es muy difícil hablar contigo. ¿Qué es lo que ya hicieron?
—Bajar por el agujero después de que la Caja hubiera bajado. No se puede. Las puertas se abren pero sólo hay un vacío negro. Nada. No hay cuerdas. Cero. Thomas no podía creer que eso fuera posible.
—¿Han...?
—Ya lo intentamos. Esa vez Thomas sí lanzó un gruñido.
-Está bien. ¿Y ahora qué?
—Arrojamos algunas cosas por el hueco, pero nunca escuchamos que tocaran el piso.
Hizo una pausa antes de responder. No quería que lo interrumpiera de nuevo.
—¿Eres adivino acaso? —comentó, con una gran dosis de sarcasmo.
—No. Soy un tipo brillante. Eso es todo —repuso el gordito, guiñándole el ojo.
—Chuck, no vuelvas a hacer eso —le dijo con una sonrisa.
El chico era realmente exasperante, pero había algo en él que hacía que las cosas fueran más tolerables. Respiró hondo y volvió la vista hacia la multitud reunida en el centro del patio.
—Entonces, ¿cuánto falta para que llegue el envío? —En general, tarda una media hora después de la alarma. Thomas pensó un segundo. Tenía que haber algo que ellos no hubieran intentado.
—¿Estás seguro de lo que me dijiste? ¿Alguna vez...? -hizo una pausa esperando una intervención de Chuck, pero no la hubo-. ¿Alguna vez trataron de hacer una soga?
-Sí, con una enredadera. Ellos hicieron una larguísima. Digamos solamente que ese experimento no terminó muy bien.
—¿Qué quieres decir? —¿Y ahora qué?, pensó.
—Yo no estaba aquí, pero escuché que el chico que se ofreció como voluntario había bajado sólo unos tres metros cuando algo pasó zumbando y lo cortó en dos.
—¿Qué? —rio Thomas—. No te creo ni por un segundo.
—No me digas, sabelotodo. Yo vi los huesos del pobre desgraciado. Cortado en dos mitades como si fuera una manzana. Lo tienen en una caja como advertencia para que a nadie se le ocurra ser tan estúpido.
Esperó que Chuck se echara a reír y le dijera que todo había sido un chiste. Pero la risa nunca llegó.
—¿Estás hablando en serio?
Chuck lo miró fijamente.
—Yo no miento, Nov... Thomas. Vayamos a ver quién aparece. No puedo creer que te toque ser el Novato sólo por un día, cara de plopus.
Mientras se acercaban, le hizo la pregunta que faltaba.
—¿Cómo saben que no se trata sólo de provisiones o cualquier otra cosa?
—La alarma no se dispara cuando eso pasa —respondió sencillamente el niño—. Los suministros suben cada semana a la misma hora. Hey, mira —dijo, mientras apuntaba a alguien en el grupo. Era Gally, que los observaba con odio.
—Shank —agregó—. Me parece que no le caes nada bien.
—Sí, ya me di cuenta —masculló Thomas. El sentimiento era mutuo.
Chuck le dio un ligero codazo y los dos continuaron caminando hacia el grupo. Después de ver a Gally, cualquier pregunta que tuviera había quedado olvidada. Ya no tenía ganas de hablar.
El niño, aparentemente, sí.
—¿Por qué no vas y le preguntas qué problema tiene? —preguntó, tratando de sonar como un tipo rudo.
Thomas quería creer que tenía las agallas suficientes, pero la propuesta de su amigo le pareció la peor idea del mundo.
—Bueno, para empezar, él tiene muchos más aliados. No es la persona que yo elegiría para iniciar una pelea.
—Ya sé, pero tú eres más listo. Y apuesto a que más rápido. Podrías darle una paliza a él y a todos sus compañeros.
Uno de los chicos que estaba delante de ellos echó una ojeada por arriba del hombro con cara de enojo.
Debe ser un amigo de Gally, pensó.
-¿Puedes callarte? —le advirtió Thomas a Chuck con un bufido.
Una puerta se cerró detrás de ellos: eran Alby y Newt que venían de la Finca. Los dos parecían muy agotados.
Al momento de verlos recordó de inmediato a Ben, esa horrorosa imagen del chico agonizando en la cama.
—Tienes que contarme qué es todo ese tema de la Transformación, hermano. ¿Qué han estado haciendo esos dos ahí dentro con ese pobre chico?
Chuck volvió a poner su expresión de indiferencia.
—No conozco los detalles. Los Penitentes te hacen cosas malas, someten tu cuerpo a algo horrible. Cuando todo termina, quedas... distinto.
Thomas intuyó que ése era el momento para recibir una respuesta en serio.
-¿Distinto? ¿De qué estás hablando? ¿Y qué tiene que ver eso con los Penitentes? ¿Eso es lo que quiso decir Gally con que "había sido pinchado"?
—¡Shh! —contestó, llevándose un dedo a la boca.
Thomas casi aullaba de la desesperación, pero se quedó callado. Resolvió hacer que Chuck le contara todo más tarde, con ganas o sin ellas.
Después de abrirse paso entre la gente, Alby y Newt se ubicaron justo sobre las puertas que conducían a la Caja. Todos guardaron silencio y, por primera vez, Thomas percibió el traqueteo y los chirridos del elevador ascendiendo, que le recordaron la pesadilla de su propio viaje. La tristeza lo inundó al revivir esos breves y terribles minutos en los que despertó en la oscuridad de la memoria perdida. Sintió lástima por el chico nuevo, que estaría pasando por lo mismo.
Un golpe sordo anunció que el extraño montacargas había llegado.
Observó con nerviosismo a dos Habitantes que se colocaban a ambos lados del hueco. Una rajadura dividía el cuadrado de metal justo por la mitad. Las puertas se abrieron con un chirrido metálico, levantando en el aire una nube de polvo de la piedra circundante.
Un silencio profundo se instaló sobre todos. Mientras Newt se agachaba para poder ver mejor el interior de la Caja, se oyó a la distancia el balido apagado de una oveja. Thomas se inclinó hacia delante todo lo que pudo, esperando poder echar un vistazo al recién llegado.
De una brusca sacudida, Newt se enderezó con la cara arrugada por la confusión.
-Diablos... —disparó con un suspiro.
A esa altura, Alby ya había tenido una clara visión y una reacción idéntica. —No puede ser —murmuró como en un trance.
Un coro de preguntas llenó el aire mientras todos comenzaban a empujar hacia delante para poder ver el interior del hueco. ¿Qué es lo hay allí adentro?, se preguntó. ¡¿Qué ven?! Sintió una punzada de miedo, similar a lo que había experimentado aquella mañana cuando se acercó a la ventana para mirar al Penitente.
—¡Tranquilos! -exclamó Alby, callando a todo el mundo—. ¡Esperen un poco!
—¿Cuál es el problema? —alguien interrogó con un grito.
Alby se levantó.
-Dos Novatos en dos días -dijo casi en un susurro-.Y ahora esto. Dos años, todo igual, y de pronto... -giró, y observó directamente a Thomas—. ¿Qué está pasando aquí, Nuevito?
Thomas le devolvió la mirada, aturdido, mientras enrojecía y se le comprimían las tripas.
-¿Cómo podría saberlo?
—Alby, ¿por qué no nos dices de una vez qué garlopo hay ahí abajo? —intervino Gally. Hubo más murmullos y empujones hacia adelante.
-¡Cállense, larchos! -gritó Alby-. Newt, tú diles.
El muchacho miró una vez más dentro de la Caja y luego enfrentó a la multitud con el rostro grave.
—Es una chica —anunció.
Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo. Thomas sólo captó comentarios sueltos.
-¿Una chica?
—¡La pido para mí!
—¿Cómo es?
—¿Cuántos años tiene?
Thomas estaba sumergido en un mar de asombro. ¿Una chica? Ni siquiera se le había ocurrido pensar por qué sólo había varones y no mujeres en el Área. En realidad, ni lo había notado. ¿Quién es ella?, se preguntó. ¿Por qué...?
Newt hizo silencio otra vez.
—¡Eso no es todo! -repuso, y luego señaló hacia la Caja—. Creo que está muerta.
Un par de chicos tomaron unas cuerdas hechas con las lianas de las enredaderas y bajaron a Alby y a Newt dentro de la Caja para que sacaran el cuerpo. Casi todos los Habitantes del Área habían sido invadidos por la sorpresa y pululaban por ahí con caras solemnes, pateando piedras sin hablar mucho. Ninguno se atrevía a admitir que estaba ansioso por ver a la chica, pero Thomas supuso que sentían la misma curiosidad que él.
Gally era uno de los que sostenían las sogas, preparado para subirlos a ella, a Alby y a Newt. Thomas lo estudió atentamente. Sus ojos tenían un dejo de algo oscuro, como una fascinación turbia; un destello que, de repente, hizo que se sintiera más atemorizado de él que unos minutos antes.
Alby avisó desde el interior del elevador que ya estaban listos, y Gally y los otros comenzaron a jalar de las cuerdas. Después de algunos resoplidos, el cuerpo sin vida de la chica fue arrastrado hacia fuera, hasta uno de los bloques de piedra en el piso del Área. Todos corrieron hacia delante inmediatamente, formando una abarrotada multitud alrededor de ella: un entusiasmo tangible flotaba en el aire. Pero Thomas se quedó atrás. Ese silencio inquietante le daba escalofríos, como si acabaran de abrir una tumba ocupada recientemente.
A pesar de la curiosidad, no se esforzó mucho por mirar, pues todos los chicos se habían apiñado encima del cuerpo. Pero sí había logrado tener una imagen fugaz de ella antes de que le obstaculizaran la vista. Era delgada pero no muy pequeña. Debía medir alrededor de un metro sesenta y cinco. Tendría unos quince o dieciséis años y su pelo era negro como el alquitrán. Pero lo que le había llamado más la atención era la piel: pálida, blanca como las perlas.
Newt y Alby treparon fuera de la Caja y se abrieron paso hasta la chica. La multitud le impedía ver lo que hacían. Unos minutos después, el grupo se separó otra vez y Newt apuntó directo hacia él.
—Nuevito, ven para acá —dijo, sin preocuparse por resultar amable.
Sintió que el corazón se le iba a la garganta y sus manos comenzaron a sudar. ¿Para qué lo querrían? Las cosas continuaban empeorando. Hizo un esfuerzo para caminar con aspecto calmo, pero sin actuar como alguien culpable que trata de hacerse el inocente. Vamos, tranquis, se dijo a sí mismo. No has hecho nada terrible. Pero tenía el extraño presentimiento de que quizás había hecho algo malo sin darse cuenta.
Los chicos apostados al costado del camino que llevaba hasta Newt y la muchacha lo observaron con indignación, como si él fuera el responsable de todos los problemas del Laberinto, del Área y de los Penitentes. Evitó hacer contacto visual con ellos, por temor a lucir culpable.
Se acercó a Newt y a Alby, que estaban arrodillados junto a la chica. Thomas se concentró en ella, para evadir las miradas de los dos líderes. A pesar de la palidez, era realmente bonita. Más que bonita. Hermosa. Pelo sedoso. Piel perfecta, labios tiernos, piernas largas. Lo ponía muy mal tener semejantes pensamientos ante una persona muerta, pero no podía dejar de mirarla. No estará así por mucho tiempo, concluyó, sintiéndose mareado. Pronto comenzará a pudrirse. No podía creer que lo invadieran esas ideas tan morbosas.
—¿Conoces a esta chica, larcho? —lo interrogó Alby, con irritación.
Quedó asombrado ante la pregunta.
—¿Si la conozco? Por supuesto que no. No conozco a nadie, excepto a ustedes.
—Eso no es lo que... —comenzó, pero luego se detuvo con un suspiro de frustración—. Lo que quiero decir es: ¿te resulta familiar? ¿Tienes alguna sensación de que ya la has visto antes?
—No. Ninguna —se movió, miró hacia abajo y después la volvió a observar.
Alby arrugó la frente.
—¿Estás seguro? —agregó, enojado. Parecía no creer ni una palabra de lo que él le decía.
¿Por qué pensará que yo tengo algo que ver con esto?, se dijo. Luego le sostuvo la mirada sin alterarse y le contestó de la única manera que conocía.
—Sí. ¿Por qué?
—Shuck masculló Alby, mirando hacia la chica—. No puede ser una coincidencia. Dos días, dos Novatos, uno vivo, uno muerto.
Entonces Thomas entendió el significado de las palabras de Alby y el terror lo invadió.
—No pensarás que yo... —empezó, pero no pudo terminar la frase.
—Tranquilo, Novato —intervino Newt—. No estamos diciendo que mataste a esta maldita chica.
La cabeza le daba vueltas. Podía asegurar que no la había visto nunca antes, pero luego una ligera sombra de duda se coló en su mente.
—Te juro que no me resulta familiar en absoluto —repuso, de todas maneras. Ya había recibido suficientes acusaciones.
-¿Estás...?
Antes de que Newt terminara, la chica se incorporó de golpe. Respiró profundamente, abrió los ojos y parpadeó, observando a la multitud que la rodeaba. Alby se sobresaltó y cayó hacia atrás; Newt lanzó un grito ahogado y se apartó de un salto; Thomas no se movió, y mantuvo la mirada fija en ella, congelado del susto.
Sus ojos azules se movían de un lado a otro como dardos, al tiempo que respiraba con fuerza. Los labios rosados le temblaban mientras balbuceaba, una y otra vez, algo indescifrable. Luego dijo una frase, con una voz honda y atormentada, pero clara y nítida:
—Todo va a cambiar.
Quedó azorado ante lo que veía: ella giró los ojos hacia arriba y cayó de espaldas al piso. Cuando tocó el suelo, su puño derecho se disparó hacia el aire y permaneció rígido, apuntando al cielo. Luego se quedó inmóvil. Tenía un rollo de papel, apretado firmemente en su mano.
Thomas trató de tragar saliva pero su boca estaba demasiado seca. Newt corrió hacia delante, le separó los dedos y tomó el papel. Con manos temblorosas, lo desdobló y luego se arrodilló en el piso, dejando caer la nota. Thomas se acercó por atrás para poder ver.
Garabateadas en el papel, en gruesas letras negras, había cuatro palabras:
Ella es la última.

CAPITULO 9
Un extraño silencio acechaba el Área, como si un viento sobrenatural hubiera barrido el lugar y aspirado todos los sonidos. Newt había leído el mensaje en voz alta para aquellos que no podían ver el papel, pero en vez de provocar el caos, había dejado a los Habitantes con la boca abierta.
Thomas había esperado gritos, preguntas, discusiones, pero nadie dijo una sola palabra. Todas las miradas estaban fijas en la chica, que ahora estaba acostada allí, como dormida, con el pecho subiendo y bajando al compás de una suave respiración. Al contrario de lo que habían pensado en un principio, estaba bien viva.
Thomas esperaba una explicación de Newt, como si fuera la voz de la razón o una presencia tranquilizadora, pero lo único que hizo éste fue quedarse quieto estrujando la nota y apretando el puño, con las venas a punto de estallar. Thomas se sintió desfallecer. No sabía por qué, pero la situación lo inquietaba mucho.
Alby se llevó las manos a la boca y gritó:"¡Docs!".
Segundos después, Thomas recibió un brusco empujón. Dos chicos mayores se abrían paso por la multitud: uno era alto, de pelo bien corto con una nariz que parecía un limón. El otro era bajo y, sorprendentemente, tenía algunas canas a los costados de su cabeza. Esperaba que pudieran aclarar lo que estaba ocurriendo.
—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó el más alto, con una voz mucho más aguda de lo que él hubiera esperado.
—¿Cómo puedo saberlo, larchos? —dijo Alby—. Ustedes son los Docs. Resuélvanlo.
Docs, repitió Thomas en su cabeza y se le hizo la luz. Debe ser lo más cercano a un médico que tienen aquí. El más bajo ya estaba en el suelo, arrodillado al lado de la chica, tomándole el pulso y escuchando los latidos de su corazón.
—¿Quién dijo que Clint tenía que ser el primero? —se escuchó un grito desde la multitud, seguido de varias carcajadas—. ¡Yo soy el siguiente!
¿Cómo pueden reírse?, pensó. Está medio muerta. Sintió náuseas.
Alby frunció el ceño y esbozó una dura sonrisa que demostraba que no estaba de humor.
—El que toque a esta chica -anunció- pasará la noche durmiendo con los Penitentes en el Laberinto. Desterrado y punto -hizo una pausa, girando lentamente para todos pudieran ver su expresión—. Más vale que nadie se acerque a ella.
Era la primera vez que le agradó oír algo que saliera de la boca del líder.
El tipo bajito, al cual se habían referido como Clint —por lo que había alcanzado a escuchar-, terminó de examinarla.
—Parece estar bien. Respira perfectamente, la frecuencia cardiaca es correcta, aunque un poco lenta. Quién sabe, pero yo diría que está en coma. Jeff, hay que trasladarla a la Finca.
Su compañero se adelantó para tomarla de los brazos mientras él la sujetaba de los pies. Thomas deseó poder hacer algo más que observar. Cada segundo que pasaba estaba menos seguro de haber dicho la verdad. Ella sí le parecía conocida, sentía que había una conexión entre ellos, pero le resultaba imposible recordar algo. La idea lo puso nervioso y miró alrededor, con temor de que alguien hubiera escuchado sus pensamientos.
-A la cuenta de tres -dijo Jeff- ¡Uno... dos... tres!
La levantaron de una rápida sacudida, casi arrojándola por el aire —era obviamente mucho más liviana de lo que habían pensado- y Thomas estuvo a punto de gritarles que tuvieran más cuidado.
—Supongo que tendremos que ver cómo sigue —dijo Jeff a nadie en particular—. Si no se despierta pronto, podemos alimentarla con sopa.
—Sólo vigílenla de cerca -dijo Newt—. Debe ser alguien especial, si no ellos no la hubieran enviado aquí.
Se quedó helado. Sabía que él y la chica estaban conectados de alguna manera. Habían llegado con un día de diferencia, ella le resultaba familiar, sentía un impulso irresistible de convertirse en Corredor a pesar de las cosas terribles que había averiguado... ¿Qué significaba todo eso?
Alby se inclinó para mirarla una vez más antes de que se la llevaran.
—Pónganla al lado del cuarto de Ben y hagan guardia día y noche. Tengo que saber todo lo que pasa. No importa que hable dormida o se eche un plopus. Vienen y me lo dicen.
—Bueno —murmuró Jeff. Luego ambos se fueron hacia la Finca arrastrando los pies, mientras transportaban el cuerpo de la chica que rebotaba a cada paso. Los otros Habitantes del Área finalmente comenzaron a hablar de lo ocurrido, esparciendo sus teorías como burbujas en el aire.
Thomas contempló todo eso en silencio. No era el único que sentía esa extraña conexión. Las acusaciones no tan veladas que había recibido unos minutos antes probaban que los demás también sospechaban algo. Pero ¿qué? Ya se encontraba totalmente confundido y esas imputaciones sólo lo hicieron sentir peor. Como si pudiera leer sus pensamientos, Alby se acercó y lo tomó del hombro.
-¿Nunca la has visto antes? -le preguntó.
—No... nunca. Al menos no que yo recuerde —titubeó.
Esperaba que su voz temblorosa no delatara sus dudas. ¿Y si la conociera... qué significaría eso?
-¿Estás seguro? -insistió Newt.
—No, creo que no. ¿Por qué están interrogándome de este modo? —lo único que quería en ese momento era que se hiciera de noche, para poder estar solo e irse a dormir.
Alby sacudió la cabeza y volteó hacia Newt, soltándole el hombro.
-Algo anda mal. Convoca una Asamblea.
Habló bajo, de modo que Thomas pensó que nadie lo había escuchado, pero su voz no presagiaba nada bueno. Luego los dos se alejaron y se sintió aliviado al ver a Chuck que se acercaba a él.
—Dime, amigo, ¿qué es una Asamblea? Parecía orgulloso de saber la respuesta.
—Es cuando se reúnen los Encargados. Sólo se realiza si sucede algo raro o terrible.
—Bueno, creo que lo de hoy encuadra perfectamente dentro de esas dos categorías —algunos ruidos en su estómago interrumpieron sus pensamientos—. No terminé mi desayuno. ¿Podemos conseguir algo de comer? Estoy muerto de hambre.
Chuck lo miró y levantó las cejas.
-¿Ver a esa niña chiflada te dio hambre? Debes ser más enfermito de lo que imaginaba.
—Dame un poco de alimento y cállate la boca —respondió Thomas tras un largo suspiro.
La cocina era pequeña, sin embargo tenía todo lo necesario para realizar una buena comida. Un horno grande, un microondas, un lavaplatos, un par de mesas. Se veía vieja y deteriorada, pero limpia. Al ver los aparatos electrodomésticos y la disposición familiar de los objetos, sintió que algunos recuerdos —reales, consistentes— afloraban en su memoria. Pero otra vez, faltaba la parte esencial: nombres, caras, lugares, hechos. Era enloquecedor.
—Siéntate —dijo Chuck—. Te voy a traer algo, pero te juro que ésta es la última vez. Puedes estar contento de que Sartén no ande por aquí: odia que ataquemos su refrigerador.
Como no había gente en el lugar, pudo relajarse. Mientras el chiquillo andaba por ahí entre platos y panes, sacó una silla de madera que estaba debajo de una mesita de plástico y se sentó.
—Esto es cosa de locos. ¿Cómo es posible? ¿Quién nos mandó acá? Tiene que ser alguien diabólico.
Chuck se detuvo.
—Deja de quejarte. Acéptalo y no pienses más en eso.
-Sí, perfecto —dijo, mirando por la ventana. Ése era un buen momento para hacer una de las millones de preguntas que daban vueltas por su cabeza—. Entonces, ¿de dónde viene la electricidad?
—¿A quién le importa? Yo la uso y ya.
Pero qué sorpresa, pensó. Nunca una respuesta.
Trajo a la mesa dos platos con sandwiches y zanahorias. El pan era grueso y blanco, las zanahorias de un anaranjado brillante. El estómago de Thomas rugió de desesperación: se abalanzó sobre sus sandwiches y comenzó a devorarlos.
—¡Ah! Güey —masculló con la boca llena—, al menos la comida es buena.
Pudo terminar de comer sin que su amigo dijera una sola palabra. Y tuvo suerte de que el chico no tuviera ganas de hablar porque, a pesar de lo raro que había sido todo lo ocurrido dentro del alcance de su memoria, él se sentía tranquilo nuevamente. Con el estómago lleno, la energía recobrada y la mente agradecida por esos breves momentos de paz, decidió que de ahí en adelante dejaría de quejarse y enfrentaría los hechos.
Después del último bocado, se recostó en la silla.
—Bueno —dijo, limpiándose la boca con una servilleta—. ¿Qué tengo que hacer para convertirme en Corredor?
—Otra vez con eso... —Chuck dejó de jugar con las migas del plato mientras soltaba un eructo largo y sonoro que lo sobresaltó.
-Alby dijo que empezaría pronto mis pruebas con los diferentes Encargados. Entonces, ¿cuándo me toca con los Corredores? —insistió, esperando pacientemente recibir algún tipo de información real.
El gordito puso los ojos en blanco con un gesto exagerado, para dejar bien claro lo estúpida que le parecía la idea.
—Deberían estar de vuelta en unas pocas horas. ¿Por qué no les preguntas a ellos?
Ignoró el sarcasmo y prosiguió.
—¿Qué hacen todas las noches cuando regresan? ¿Qué pasa en ese edificio de concreto?
—Mapas. Se reúnen en cuanto vuelven, antes de olvidarse de algo. ¿Mapas?, pensó, confundido.
—Pero si tratan de hacer un mapa, ¿por qué no llevan papel para escribir mientras están allí afuera?
Mapas. Hacía tiempo que no se sentía tan intrigado. Eso podía implicar una solución potencial para la situación en que se hallaban.
—Por supuesto que lo hacen, pero siempre quedan cosas que tienen que discutir y analizar y toda esa garlopa. Además —el chico volvió a hacer ese gesto de suficiencia con los ojos— ellos se pasan la mayor parte del tiempo corriendo y no escribiendo. Por eso se llaman Corredores.
Thomas pensó en los Corredores y en los Mapas. ¿Acaso el Laberinto podía ser realmente tan inmenso como para que aun después de dos años no hubieran encontrado una salida? Parecía imposible. Pero luego recordó lo que Alby había dicho acerca de las paredes que se movían. ¿Y si estuvieran condenados a vivir allí hasta la muerte?
Condenados. La palabra le provocó una corriente de pánico y la chispa de esperanza que había traído la comida se apagó con un prolongado silbido.
—Chuck, ¿y si todos somos criminales? Quiero decir, ¿y si somos asesinos o algo así?
—¿Qué? —exclamó, mirándolo como si fuera un demente—. ¿Y de dónde vino ese pensamiento tan alegre?
—Reflexiona por un momento. Nuestras memorias fueron borradas. Vivimos en un lugar que parece no tener salida, rodeados por guardias-monstruos sedientos de sangre. ¿No te suena a una prisión? —mientras lo decía en voz alta, le parecía cada vez más posible. Se le revolvieron las tripas.
—Debo tener doce años —dijo Chuck-. Trece como mucho. ¿Realmente crees que pude haber hecho algo que me mande a la cárcel de por vida?
—No me importa lo que hiciste o dejaste de hacer. De cualquier modo, has sido enviado a prisión, ¿o acaso esto te parecen vacaciones?
Diablos, pensó. Ojalá esté equivocado.
—No sé. Es mejor que... —comenzó a decir Chuck.
—Sí, ya sé, que vivir en una pila de plopus —agregó, mientras se levantaba y empujaba la silla debajo de la mesa. El chico le caía bien, pero tratar de mantener una conversación inteligente con él era imposible. Por no mencionar también, frustrante y molesto-. Ve a hacerte otro sandwich. Yo voy a explorar. Nos vemos a la noche.
Salió al patio sin darle tiempo a que se ofreciera a acompañarlo. El Área había vuelto a su rutina usual: cada uno en su trabajo, las puertas de la Caja estaban cerradas y el sol brillaba. Cualquier señal de una chica loca trayendo avisos sobre el fin del mundo había desaparecido.
Como la Visita Guiada había sido interrumpida, decidió ir a dar un paseo por el Área, y así poder conocer mejor el lugar y acostumbrarse a él. Se dirigió a la esquina noreste, hacia las hileras altas de maíz, que parecían listas para ser cosechadas. También había jitomates, lechugas, chícharos y mucho más que no alcanzó a reconocer.
Respiró profundamente, disfrutando del olor fresco de la tierra y de las plantas. Estaba seguro de que el aire le traería algún tipo de recuerdo placentero, pero no fue así. Al acercarse, vio que varios chicos estaban desmalezando y trabajando la tierra de los campos. Uno de ellos agitó la mano y le sonrió. Era una sonrisa de verdad.
Quizás este lugar no sea tan malo después de todo, pensó. No todos deben ser unos idiotas. Tomó otra bocanada de ese aire agradable y dejó de lado los pensamientos sombríos. Había mucho para ver.
Continuó por el sector sureste, donde habían construido cercos rústicos de madera para contener a los animales: vacas, cabras, ovejas y cerdos. Sin embargo, no había caballos. Eso es una maldición, se dijo. Los jinetes serian muchísimo más rápidos que los Corredores. Mientras pasaba por los corrales, se le ocurrió que él debía haber estado en contacto con animales en su vida anterior al Área. Los olores, los sonidos, todo le resultaba muy familiar.
Esa parte no olía tan bien como la de los cultivos, pero aun así, creyó que podría haber sido mucho peor. Explorando la zona, comprobó una vez más lo bien que los Habitantes del Área mantenían el lugar y la limpieza que imperaba en todos lados. Estaba impresionado por lo organizados que tenían que ser y lo duro que debían de trabajar. Se imaginó que el lugar sería horrible si todos fueran vagos y estúpidos.
Finalmente, se encaminó hacia el rincón del suroeste, próximo al bosque. Al acercarse a los árboles escasos y esqueléticos que se erguían delante del monte más denso, lo sorprendió un extraño movimiento a sus pies, seguido de una serie de repiqueteos rápidos y constantes. Miró hacia abajo y alcanzó a ver el reflejo del sol sobre algo metálico —una rata de juguete- que pasaba junto a él correteando a toda prisa hacia el bosquecito. Ya estaba a tres metros de distancia cuando se dio cuenta de que no se trataba de una rata, parecía más bien una lagartija, con unas seis patas saliendo del tronco largo y plateado.
Un escarabajo. Es la forma en que nos vigilan, había dicho Alby
Pudo ver un destello de luz rojiza que barría el suelo delante de la criatura, como si viniera de sus ojos. La lógica le dijo que la mente debía estar engañándolo, pero él hubiera jurado que vio la palabra CRUEL escrita en grandes letras verdes sobre la espalda redondeada del animal. Algo tan extraño merecía una investigación.
Corrió detrás del escurridizo espía y, en cuestión de segundos, penetró en la espesura y el mundo se oscureció.

CAPITULO 10
No podía creer lo rápido que había desaparecido la luz. Desde el Área propiamente dicha, el bosque no parecía tan grande, poco menos de una hectárea. Sin embargo, los árboles eran altos, de troncos macizos, con copas plagadas de hojas. La atmósfera tenía un tono verdoso apagado, como si restaran sólo algunos minutos de luz diurna.
Era increíblemente hermoso y terrorífico al mismo tiempo.
Thomas se internaba en el follaje tan rápido como podía. Al hacerlo sentía los latigazos de las ramas en su cara. De repente, no pudo evitar tropezar con una gruesa raíz que sobresalía del suelo, pero antes de caer logró estirar la mano y aferrarse a una rama. Se balanceó hacia delante hasta que recuperó el equilibrio. Una acolchada cama de hojas y ramitas crujió debajo de sus pies.
Durante la corrida, nunca perdió de vista al escarabajo, que se escabullía por el suelo del bosque. Al adentrarse en la arboleda, la luz roja brillaba con más fuerza ante la creciente oscuridad.
Ya había recorrido unos doce metros, esquivando obstáculos y perdiendo terreno a cada segundo, cuando el escarabajo saltó a un árbol particularmente alto y trepó por el tronco. Thomas se acercó hasta allí, pero ya no quedaban rastros de él. Había desaparecido entre las hojas, como si nunca hubiera existido.
Había perdido a ese miserable.
—Shuck -susurró, casi en tono de broma. Por extraño que pareciera, la palabra brotó naturalmente de sus labios, como si ya estuviera transformándose en un Habitante del Área.
El chasquido de una rama hacia su derecha le hizo levantar la cabeza en esa dirección. Trató de no respirar mientras escuchaba atentamente.
Luego sonó otro ruido más fuerte, como si alguien hubiera partido una rama con la rodilla.
—¿Quién anda ahí? —gritó, sintiendo un cosquilleo de miedo en la espalda. Su voz rebotó como un eco entre las copas de los árboles. Se quedó congelado en el lugar, mientras todo se acallaba, excepto el canto de unos pájaros a la distancia. Pero nadie contestó su llamado ni volvió a escuchar más sonidos en esa dirección.
Sin pensarlo dos veces, se encaminó hacia el lugar de donde provenía el ruido. Se abrió paso empujando las ramas, sin preocuparse por ser sigiloso. Entornó los ojos, esforzándose por ver en la creciente negrura. Deseó haber llevado una linterna. Ese pensamiento le disparó la memoria. Una vez más, recordó algo tangible de su pasado, sin poder ubicarlo en un determinado tiempo y lugar, ni asociarlo con ninguna otra persona o situación. Era frustrante.
—¿Hay alguien por ahí? —volvió a preguntar. Se sentía más calmado, ya que el ruido no se había repetido. Seguramente había sido un animal o quizás otro escarabajo. Por las dudas, insistió—. Soy yo, Thomas. El Novato. Bueno, el segundo Novato...
Hizo una mueca y sacudió la cabeza, esperando ahora de verdad que no hubiera nadie, porque parecía un completo idiota.
Una vez más, no hubo respuesta.
Rodeó un gran roble y se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió la espalda: había llegado al cementerio.
El Lugar era pequeño, tendría unos diez metros cuadrados, y estaba tapizado por una maleza densa que crecía a ras de suelo. Clavadas en el piso, había varias cruces de madera torpemente realizadas. Sus varas horizontales y verticales estaban atadas con un nudo de cáñamo. Las placas con inscripciones habían sido pintadas de blanco por alguien que estaba, obviamente, muy apurado, a juzgar por la calidad del trabajo. Los nombres habían sido tallados en la madera.
Se acercó indeciso a la cruz más cercana y se arrodilló para observar. La luz era tan débil qué le parecía estar mirando a través de una niebla oscura. Hasta los pájaros se habían callado, como si se hubieran ido a dormir, y el ruido de los insectos era apenas perceptible. Por primera vez, se dio cuenta de lo húmedo que era el bosque, pues ya tenía la frente y las manos empapadas.
Se inclinó sobre la primera cruz. Parecía recién hecha y llevaba el nombre Stephen grabado encima. La n era muy pequeña y estaba justo en el borde porque el tallador no había calculado bien el espacio que necesitaba.
Stephen, pensó, sintiendo una tristeza inesperada pero indiferente. ¿Cuál es tu historia? ¿Acaso Chuck te mató con su conversación?
Se levantó y caminó hasta la siguiente, que estaba completamente tapada por la hierba, con la tierra firme en la base. Debía pertenecer a uno de los primeros en morir, porque su tumba parecía ser la más vieja de todas. Se llamaba George.
Miró a su alrededor y vio que había unas doce sepulturas más. Un par de ellas lucían tan nuevas como la primera que había examinado. Un centelleo plateado llamó su atención. Era distinto del escurridizo escarabajo que lo había conducido al bosque, pero igual de raro. Caminó entre las lápidas hasta que llegó a una tumba cubierta por una lámina mugrienta de plástico o de vidrio. Entrecerró los ojos para contemplar lo que había del otro lado y lanzó un grito ahogado cuando la imagen se hizo nítida. Era una ventana que dejaba ver los restos polvorientos de un cuerpo en descomposición.
Completamente espantado, pero atraído por la curiosidad, se inclinó hacia delante para ver mejor. La sepultura era más pequeña de lo normal: sólo contenía la mitad de la persona muerta. Recordó la historia de Chuck sobre el chico que había tratado de bajar por una cuerda a través del foso oscuro de la Caja y fue cortado en dos por algo que pasó volando por el aire. Había unas palabras grabadas en el vidrio, que resultaban muy difíciles de leer:
Que este medio larcho sea una advertencia para todos ustedes: no se puede escapar por el Hueco de la Caja.
Sintió el extraño impulso de sonreír; era demasiado ridículo para ser verdad. Pero también estaba disgustado consigo mismo por ser tan simplista y superficial. Había dado unos pasos hacia el costado para leer los nombres de otros muertos, cuando una ramita se quebró justo delante de él, detrás de los árboles ubicados al otro lado del cementerio. Luego otro crujido. Y otro. Cada vez más cerca. Y la oscuridad era impenetrable.
—¿Quién anda ahí? —gritó. Su voz sonó temblorosa y apagada, como si estuviera hablando dentro de un túnel—. En serio, esto es una tontería —agregó. Odiaba tener que admitir lo atemorizado que estaba.
En vez de contestar, la otra persona abandonó cualquier intención de ser sigilosa y se echó a correr a través de la arboleda que estaba enfrente del cementerio, rodeando el lugar donde él se encontraba. El pánico lo paralizó. A sólo unos pocos metros de distancia, pudo distinguir la sombra de un niño flaquito que corría rengueando rítmicamente.
—¿Quién es ese mald...?
El visitante surgió de golpe entre los árboles antes de que terminara la frase. Lo único que alcanzó a distinguir fue una ráfaga de piel pálida y ojos enormes: la imagen fantasmal de una aparición. Entonces gritó y trató de correr, pero ya era muy tarde. La figura saltó en el aire y cayó sobre sus hombros, sujetándolo firmemente con las manos y arrojándolo al suelo. Sintió que una de las placas se incrustaba en su espalda antes de partirse en dos, dejándole un profundo rasguño en la piel.
Comenzó a empujar y golpear a su atacante, un implacable revoltijo de piel y huesos brincando encima de su cuerpo. Parecía
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