"Un pez gordo" (El Gran pez)--Daniel Wallace

Daniel Wallace- Un pez gordo
UN PEZ GORDOUna novela de dimensiones míticas
De Daniel Wallace
Dedicatoria del autor:
Para mi madre A la memoria de mi padre.......................................................................................................................................
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Daniel Wallace- Un pez gordo
Durante una de nuestras últimas excursiones en coche, hacia el final de la vidade mi padre como hombre, nos detuvimos junto a un río y dimos un paseo hasta sus orillas, sentándonos allí a la sombra de un viejo roble. Al cabo de un par de minutos mi padre se quitó los zapatos y los calcetines, metió los pies en el caudal de aguas claras y se quedó mirándoselos. Luego cerrólos ojos y sonrió. Llevaba algún tiempo sin verle sonreír así.De repente, respìró hondo y dijo:-Esto me recuerda.Y se detuvo a pensar un rato más. En aquel entonces las ideas se le ocurríandespacio, si es que llegaban a ocurrírsele, y supuse que estaría tratando derecordar algún chiste que quería contarme, porque siempre tenía algún chiste quecontar. O tal vez me contaría una historia que celebrase su vida aventurera y heroica. Y me pregunté: ¿Qué le recuerda esto? ¿Le recuerda el pato que se metióen la ferretería? ¿El caballo del bar? ¿El niño que le llegaba a la altura de la rodilla aun saltamontes? ¿Le recuerda el huevo de dinosaurio que encontró cierto día y después perdió, o el país que en su época gobernaba durante casi toda la semana? -Esto me recuerda –dijo- cuando era niño.Miré a aquel anciano, aquel anciano con los viejos pies sumergidos en lacorriente de aguas claras, en esos momentos que se contaban entre los últimos desu vida, y de pronto lo vi, sencillamente, como si fuera un muchacho, un niño, un joven, con toda la vida por delante, tal como la tenía yo. Nunca lo había visto así. Y todas esas imágenes... el hoy y el ayer de mi padre... convergieron, y en ese instante se convirtió en una criatura extraña, fantástica, joven y vieja a la vez, moribunda y recién nacida.Mi padre se convirtió en un mito.
I
El día que nació
Nació durante el más seco de los veranos en cuarenta años. El sol apelmazabala fina arcilla colorada de Alabama hasta convertirla en terrones y no había agua enmuchos kilómetros a la redonda. La comida también escaseaba. Ni el maíz, ni lostomates, ni siquiera las calabazas se dieron aquel verano, agostados bajo elbrumoso cielo blanquecino. Daba la impresión de que todo moría: las gallinasprimero y después los gatos, a continuación los cerdos y luego los perros. Iban aparar a la cazuela, eso sí, del primero al último, incluídos los huesos.Un hombre se volvió loco, comió piedras y murió. Fueron necesarios diezhombres para llevarlo a la tumba, tanto pesaba, y otros diez para excavarla, tal erala sequedad .Mirando al este la gente decía:
¿Os acordáis de aquel río caudaloso?
Mirando al oeste:
¿Os acordáis del estanque de Talbert?
El día en que nació amaneció como cualquier otro día. El sol salió, asomandosobre la casita de madera donde una mujer, con el vientre grande como unamontaña, batía para el desayuno de su marido el último huevo que les quedaba. Elmarido estaba ya en los campos, removiendo la tierra con el arado alrededor de lasretorcidas raíces negras de una misteriosa hortaliza. Relumbraba el sol, radiante,cegador. Al entrar a tomar el huevo, el marido se enjugó la frente con undeshilachado pañuelo azul. Luego escurrió el sudor sobre un viejo tazón dehojalata. Para tener algo que beber más tarde.El día en que nació, el corazón de la mujer se detuvo, brevemente, y ella murió.Luego volvió a la vida. Se había visto a sí misma suspendida sobre sí misma. Viotambién a su hijo... y decía que estaba incandescente. Cuando su ser volvió a seruno, sintió calor donde él estaba.-Queda poco –dijo-, ya no tardará.Tenía razón.2

Daniel Wallace- Un pez gordoEl día en que nació, alguien avistó una nube por allá a lo lejos, una nube untanto oscura. La gente se congregó a mirarla. Una, dos, y dos más, y de pronto sehabían juntado cincuenta personas, por lo menos, todas con la vista alzada hacia elcielo, hacia aquella nubecita que se acercaba a su tierra seca y cuarteada. Tambiénel marido salió a mirar. Y ahí estaba, la nube. La primera nube de verdad enmuchas semanas.La única persona del pueblo que no miraba la nube era la mujer. Se habíadesplomado en el suelo, con la respiración entrecortada por el dolor. Tanentrecortada que no podía gritar. Creyó gritar, tenía la boca abierta en un alarido,pero de ella no salía nada. De la boca. Por otras zonas de su cuerpo sí habíamovimiento. Era él quien se movía. Estaba llegando. ¿Dónde se habría metido sumarido?Había salido, a mirar la nube.No era una nube cualquiera, no. Pequeña no era, desde luego, una nuberespetable, cerniéndose grande y gris sobre todas aquellas hectáreas resecas. Elmarido se descubrió la cabeza, entornó los párpados y descendió del porche paratener mejor vista.La nube traía consigo una leve brisa, además. Daba gusto. La leve brisaacariciándoles suavemente la cara daba gusto. Y entonces el marido oyó un trueno,¡Bum!, o eso le pareció. Pero lo que había oído eran las patadas que su mujerestaba pegando a una mesa. Aunque había sonado como un trueno. Sí señor, así había sonado.Se adentró un paso más en los campos.-¡Marido! –gritó la mujer a pleno pulmón.Pero era demasiado tarde. El marido se había alejado demasiado y no la oía. Nooía nada.El día en que nació, todos los vecinos del pueblo se reunieron en los campos, junto a su casa, para contemplar la nube. Pequeña al principio, luego meramenterespetable, la nube no tardó en hacerse enorme, tan grande por lo menos comouna ballena; blancos rayos de luz se revolvían en su interior, hasta que estalló depronto, chamuscando las copas de los pinos e inquietando a algunos de loshombres más altos que por allí había; sin dejar de mirar, se agacharon, a la espera.El día en que nació las cosas cambiaron.El Marido se convirtió en Padre, la Mujer se convirtió en Madre.El día en que nació Edward Bloom, llovió.
En el que habla con los animales
A mi padre se le daban muy bien los animales, eso decían todos. Cuando erapequeño, los mapaches comían de su mano. Los pájaros se le posaban en elhombro mientras ayudaba a su padre en las faenas del campo. Una noche, un osose echó a dormir al pie de su ventana, y ¿por qué? Mi padre hablaba el idioma delos animales. Tenía ese don.También se encaprichaban con él vacas y caballos. Lo seguían por todas partesetcétera. Frotaban sus grandes morros castaños contra su hombro y resoplaban,como si quisieran decirle algo a él y sólo a él.Cierta vez, una gallina se encaramó al regazo de mi padre y puso allí unhuevo... pequeñito y marrón. No se había visto nunca nada igual, no señor.
El año que nevó en Alabama
En Alabama no nevaba nunca y, sin embargo, el invierno en que mi padre teníanueve años nevó. Caía la nieve en sucesivas capas blancas, endureciéndose tanpronto como tocaba el suelo, y acabó por cubrir el paisaje de puro hielo, donde nohabía forma de abrir brecha. Sorprendido bajo la tempestad de nieve estabasperdido; sobre ella, al menos te daba tiempo a reflexionar sobre tu inminenteperdición.3

Daniel Wallace- Un pez gordoEdward era un muchacho fuerte y silencioso con ideas propias, pero no se leocurría rechistarle a su padre si había que echar una mano con cualquier tarea,reparar una cerca, atraerse a casa a un nov9illo descarriado. Cuando la noche deaquel sábado comenzó a nevar, y continuó nevando a lo largo de toda la mañanasiguiente, Edward y su padre hicieron un muñeco de nieve, ciudades de nieve yotras construcciones, y sólo más tarde se dieron cuenta de la inmensidad y elpeligro de la nevada que no cesaba. Pero se dice que el muñeco de nieve de mipadre medía dos metros de algo, ni un centímetro menos. Para llegar tan arriba, mipadre diseñó un artefacto a base de ramas de pino y poleas, gracias al cual subía ybajaba a su antojo. Los ojos del muñeco eran viejas ruedas de carro, desechadasaños atrás; su nariz, el remate de un silo; y su boca, curvada en una mediasonrisa, como si le rondara por la cabeza una idea grata y divertida, estaba hechade la corteza arrancada del costado de un roble.Su madre estaba en casa, cocinando. Desde la chimenea se elevaba el humo enregueros de blanco y gris, que caracoleaban hacia el cielo. Oía la madre un distantepicar y escarbar, al otro lado de la puerta, pero tan ajetreada andaba que apenas sile prestó atención. Ni siquiera levantó la vista cuando, media hora más tarde,entraron su marido y su hijo, sudorosos a pesar del frío.-Nos hemos metido en un buen lío –dijo el marido.-A ver –dijo ella-, cuéntame qué ha pasado.Entretanto la nieve continuaba cayendo y la entrada volvía a estar casibloqueada a pesar de que acababan de despejarla. Su padre empuñó la pala y abrióun pasadizo de nuevo.Edward se quedó mirándolo: padre dando paletadas, la nieve cayendo, padredando paletadas, la nieve cayendo, hasta que el mismísimo tejado de la cabañaempezó a crujir. Su madre descubrió un alud de nieve en el dormitorio. Decidieronque había llegado el momento de irse de casa.Pero ¿a dónde? Todo el mundo viviente se había transformado en hielo, duro yde un blanco deslumbrante. Su madre empaquetó la comida que había preparado yrecogió unas cuantas mantas.Pasaron la noche en los árboles.A la mañana siguiente era lunes. Dejó de nevar, salió el sol. La temperaturacayó por debajo de los cero grados.-Ya es hora de que vayas a la escuela ¿no te parece, Edward? –dijo su madre.-Supongo que sí –respondió Edward, sin preguntar nada. Y es que él era así.Después del desayuno, bajó del árbol y caminó diez kilómetros hasta el pequeñoedificio de la escuela. Por el camino vio a un hombre convertido en un bloque dehielo.También él estuvo a punto de congelarse, pero no se congeló. Consiguió llegar.Un par de minutos antes de la hora de clase, de hecho.Y ahí estaba el maestro, sentado sobre un montón de leña, leyendo. De laescuela sólo se veía la veleta, el resto estaba sepultado bajo la nevada del fin desemana.-Buenos días, Edward –dijo el maestro.-Buenos días –dijo Edward.Y entonces se acordó: se le habían olvidado los deberes.Volvió a casa a por ellos.Es una historia verídica.
Una gran promesa
Dicen que nunca se le olvidaba tu cara, tu nombre, ni tu color preferido, y que,para cuando cumplió los doce, ya reconocía a todos los vecinos de su pueblo natalpor el sonido que hacían sus zapatos cuando andaban.Dicen que creció tanto y tan deprisa que durante una temporada, ¿meses?,¿casi un año?, hubo de guardar cama, porque la calcificación de sus huesos no le4

Daniel Wallace- Un pez gordoseguía el ritmo a las ambiciones de su estatura, y, cuando trataba de levantarse, sevenía abajo como una parra, todo él un revoltijo de brazos y piernas.Edward Bloom empleó sabiamente aquel tiempo, leyendo. Leyó casi todos loslibros que había en Ashland. Un millar de libros... diez mil a decir de algunos.Historia, Arte, Filosofía. Horacio Alger. Lo que cayera en sus manos. Los leyó todos.Hasta la guía de teléfonos.Cuentan que llegó a saber más que nadie, más que el propio señor Pinkwater, elbibliotecario.Ya entonces era un pez gordo.
La muerte de mi padre:
Toma 1
Las cosas suceden así. El viejo doctor Bennett, nuestro médico de cabecera,sale del cuarto de invitados arrastrando los pies y cierra suavemente la puerta trasde sí. Viejo com él solo, todo él arrugas y flaccideces, el doctor Bennett ha sidonuestro médico desde siempre. Estaba presente cuando yo nací, cortando el cordónumbilical, entregándole mi cuerpo rojizo y apergaminado a mi madre. El doctorBennett nos ha curado de enfermedadees que se cuentan por docenas, y lo hahecho con un encanto y unas atenciones típicas de un médico de épocas pretéritasque, en efecto, es lo que es. Es este mismo hombre quien está acompañando a mipadre en sus últimos pasos por el mundo y quien ahora sale de la habitación de mipadre y, retirándose el estetoscopio de sus viejos oídos, nos mira, a mi madre y amí, y menea la cabeza.-No puedo hacer nada –dice con su voz rasposa. Quiere levantar los brazos conexasperado ademán, pero no lo hace, tan viejo es que ya no puede moverse así-.Lo siento. Lo siento muchísimo. Si tenéis que hacer las paces con Edward sobrealgún asunto, o decirle cualquier cosa, os sugiero que se lo digáis ahora.Contábamos con que sucediera esto. Mi madre me aprieta la mano y fuerza unasonrisa amarga. Ni que decir tiene que no han sido tiempos fáciles para ella. A lolargo de los últimos meses ha menguado de tamaño y de ánimo, se ha distanciadode la vida aunque siga viva. Mira las cosas sin llegar a verlas. La observo ahora y laveo perdida, como si no supiera dónde está ni quién es. Nuestra vida no es lamisma desde que padre vino a casa a morir. Su paulatina muerte también nos hamatado un poco a nosotros. Es como si, en lugar de salir a trabajar todos los días,hubiera tenido que excavar su tumba ahí detrás, en el terreno que hay más allá dela piscina. Y no la ha excavado de golpe, sino centímetro a centímetro. Se diría queeso es lo que le ha dejado exhausto, el motivo de sus ojeras, y no, como madre seempeña en llamarlo, el “tratamiento de rayos X”. Era como si, noche tras noche,cuando volvía de excavar con las uñas ribeteadas de tierra y se sentaba a leer elperiódico, fuera a decirnos:
La cosa marcha. Hoy he profundizado un centímetromás.
Y mi madre dijera:
¿Has oído eso, William? Hoy tu padre ha profundizado uncentímetro más.
Y yo terciara:
Cuánto me alegro, papá, cuánto me alegro. Si te puedo ayudar en lo que sea, no dejes de decírmelo.
-Mamá –digo.-Entraré yo primero –se precipita a decir-. Y, después, si me da la impresión deque...Si le da la impresión de que va a morirse, me hará pasar a mí. Así es comohablamos. En la tierra de los moribundos, las frases se quedan a medias, ya sesabe cómo iban a terminar.Y, con esto, mi madre se pone en pie y entra en la habitación. El doctor Bennettmenea la cabeza, se quita las gafas y las frota con la punta de su corbata a rayasrojas y azules. Me quedo pasmado mirándolo. Es tan viejo, tan terriblemente viejo:¿por qué va a morir mi padre antes que él?-Edward Bloom –dice sin dirigirse a nadie-. ¿Quién lo habría pensado?Sí, ¿quién lo habría pensado? La muerte es lo peor que podía pasarle a mipadre. Ya sé cómo suena esto; la muerte es lo peor que puede pasarnos a lamayoría de nosotros, pero su caso ha sido particularmente doloroso, sobre todo5

Daniel Wallace- Un pez gordodurante estos últimos años preparatorios en que la enfermedad se ha idoagravando hasta convertirlo en un inválido en esta vida, por mucho que a la vezpareciera prepararlo para la otra.Aún peor, la enfermedad le ha obligado a quedarse en casa. Y eso es algo queno soporta. No soporta despertarse todos los días en la misma habitación, ver lasmismas caras, hacer siempre las mismas cosas. Antes de todo esto, solía utilizarnuestra casa como una estación de servicio donde repostar. Un padre itinerante,para quien el hogar era una parada en el camino, siempre afanándose en llegar aun objetivo impreciso. ¿Qué lo impulsaba hacia delante? No era el dinero; loteníamos. Teníamos una buena casa, unos cuantos coches y una piscina en el jardíntrasero; se diría que nada quedaba absolutamente fuera de nuestro alcance.Tampoco era el deseo de ascender... dirigía su propio negocio. Era algo distinto,pero no sabría decir qué. Parecía vivir en un estado de permanente aspiración;llegar allí, donde quiera que fuera, en realidad daba igual; lo importante era labatalla, y la que vendría a continuación, y la guerra no terminaba nunca. Así pues,trabajaba y trabajaba. Pasaba semanas enteras fuera de casa, en lugares comoNueva York, Europa o Japón, y regresaba a horas extrañas, digamos a las nueve dela noche, se servía un trago y reclamaba su butaca y su puesto de cabeza defamilia titular. Y siempre tenía alguna historia fabulosa que contar.-En Nagoya –dijo una de esas noches, después de su llegada, mi madre en subutaca, él en la suya, yo sentado a sus pies-, vi una mujer de dos cabezas. Os loprometo. Una hermosa japonesa de dos cabezas oficiando la ceremonia del té conmuchísima elegancia y belleza. No había forma de decidir qué cabeza era la másbonita.-Las mujeres de dos cabezas no existen –dije yo.-¿En serio? –preguntó, acorralándome con la mirada-. Habló el-señor-adolescente-para-quien-el-mundo-no-guarda-secretos, muchas gracias. Reconozcomi error.-¿En serio? –dije-. ¿Dos cabezas?-Y toda una señora –añadió él-. Una geisha, de hecho. Ha pasado casi toda suvida recluida, aprendiendo las complejas tradiciones de la sociedad de las geishas,mostrándose rara vez en público... lo que explica tu escepticismo, es natural. Puedoconsiderarme afortunado por haber logrado el acceso al sanctasanctórum gracias auna serie de amistades del trabajo y contactos oficiales. Ni que decir tiene que hubede fingir que aquella mujer era lo más normal del mundo; el mero hecho de alzaruna ceja se habría considerado un insulto de proporciones históricas. Me limité atomarme el té, como todos los demás, susurrando “domo”, que es como se dan lasgracias en japonés.Nada de lo que hacía mi padre tenía parangón.En casa, la magia de su ausencia dio paso a la normalidad de su presencia.Bebía un poco. Aunque no llegaba a enfadarse, sí estaba frustrado y perdido, comosi se hubiera caído en un hoyo. Las primeras noches tenía los ojos tan radiantesque se podría haber jurado que refulgían en la oscuridad; mas, al cabo de pocosdías, los ojos se le apagaron. Empezaba a sentirse fuera de su elemento, y sufríapor ello.De manera que no era un buen candidaro a la muerte; lo que empeoraba aúnmás su estancia en casa. Al principio trató de consolarse llamando a larga distanciaa personas repartidas por exóticos lugares del mundo entero, pero pronto estuvotan enfermo que ni esa expansión podía permitirse. Se convirtió en un simplehombre, un hombre sin trabajo, sin historias que contar; un hombre, comprendí, alque no conocía.-¿Sabes lo que me apetecería ahora mismo? –me dice hoy, con un aspectorelativamente bueno para ser un hombre a quier, según el doctor Bennett, quizá novuelva a ver nunca más en vida-. Un vaso de agua. ¿Te importaría traérmelo?-Eso está hecho –le digo.Le traigo el vaso y da un par de sorbitos mientras yo se lo sujeto por abajo paraque no se derrame. Sonrío a este hombre que no parece mi padre sino una versión6

Daniel Wallace- Un pez gordosuya, una versión más dentro de una serie, similar pero diferente, eindiscutiblemente defectuosa en muchos aspectos. Antes me costaba no desviar lamirada al ver los muchos cambios que se habían operado en él, pero ya me heacostumbrado. A pesar de que se le haya caído todo el pelo y tenga la piel cubiertade manchas y escaras, estoy acostumbrado.-No sé si ya te lo habré contado –dice, tomando aliento-. El caso es que habíaun mendigo que me abordaba todas las mañanas cuando salía de la cafetería de allado de la oficina. Y todos los días le daba un cuarto de dólar. Día tras día. Seconvirtió en algo tan establecido que ya ni se molestaba en pedírmelo...Sencilamente, le deslizaba la moneda en la mano. Luego me puse enfermo y estuveun par de semanas de baja; y, cuando volví, ¿sabes con qué me saltó?-¿Con qué, papá?-“Me debe tres dólares y cincuenta centavos”, eso me dijo.-Tiene gracia –digo.-No hay mejor medicina que la risa –dice él, aunque ninguno de los dosestamos riéndonos.Ni siquiera sonreímos. Él me mira con creciente tristeza; son cosas que leocurren a veces, este ir saltando de emoción en emoción como quien salta sobre lasolas.-Yo diría que es bastante apropiado –dice-, que me haya instalado en el cuartode invitados.-¿Por qué? –le pregunto, aún conociendo la respuesta.No es la primera vez que lo comenta, pese a que fue él quien decidió trasladarsedesde el dormitorio que compartía con mi madre. “No quiero que, cuando os hayadejado, mire hacia mi lado de la cama al acostarse noche tras noche y seestremezca, ya me entiendes.” Para él, su reclusión en este cuarto es en ciertomodo emblemática.-Apropiado en la medida en que soy una especie de invitado –dice, echando unaojeada en torno a la habitación insólitamente formal. Mi madre, convencida de queéste es el estilo que conviene a las visitas, decoró la habitación de manera que separeciese lo más posible a la de un hotel. Hay una pequeña butaca, una mesilla denoche y, colgando sobre la cómoda, una inocua copia al óleo de un AntiguoMaestro-. No he pasado mucho tiempo por aquí, la verdad. En casa. No tanto comonos hubiera gustado a todos. Fíjate en cómo estás, hecho todo un hombre y yo...me lo he perdido –traga saliva, lo que para él es un verdadero esfuerzo-. No haspodido contar conmigo, ¿verdad, hijo?-No –respondo, quizá con excesiva precipitación, aunque con el mayor cariñoque puede encerrar esa palabra.-Oye –dice tras un breve acceso de tos-. No vayas a cohibirte sólo porqueesté... ya sabes.-No te preocupes.-La verdad y nada más que la verdad.-Lo prometo.-Pongo a Dios po testigo. A Fred. O a quien sea.Da otro sorbo de agua. Más que por sed, se diría que por el deseo que le inspiraese elemento, por sentirla en la lengua, en los labios: le encanta el agua. Hubo untiempo en que nadaba.-Pero mi padre también solía pasar fuera mucho tiempo, ¿sabes? –dice con unaleve crepitación en la voz-. Conozco la situación por experiencia. Mi padre eragranjero. Eso te lo he contado, ¿verdad? Recuerdo que en cierta ocasión se marchóno sé a dónde a buscar una semilla especial para plantar en los campos. Se subióen marcha a un tren de mercancías. Dijo que estaría de vuelta por la noche. Lascosas se complicaron y no logró apearse del tren. Lo llevó hasta California. Estuvofuera casi toda la primavera. La época de la siembra llegó y pasó. Pero cuandoregresó, traía las semillas más maravillosas del mundo.7

Daniel Wallace- Un pez gordo-Déjame que lo adivine –intervengo-. Las plantó y de ellas nació una parraenorme que creció hasta las nubes, y sobre las nubes había un castillo donde vivíaun gigante.-¿Cómo lo has sabido?-Y, sin duda, una mujer de dos cabezas que le servía el té.Al oír esto, mi padre se retuerce las cejas y sonríe, profundamente regocijadopor un instante.-Lo recuerdas –dice.-Claro.-Recordar las historias de un hombre lo vuelve inmortal, ¿lo sabías?Hago un gesto negativo.-Pues así es. Aunque ésa nunca llegaste a creértela, ¿me equivoco?-¿No da igual?Me mira.-No –dice. Y luego-: Sí. Qué sé yo. Por lo menos, la recuerdas. Lo importantees, creo yo... que intenté pasar más tiempo en casa. Yo lo intenté. Pero siemprepasaba algo. Catástrofes naturales. La tierra se abrió en cierta ocasión, creorecordar, y el cielo se desplomó varias veces. Mäs de una vez, salvé la vida pormilagro.Su vieja mano escamosa se arrastra hasta tocarme la rodilla. Tiene los dedosblancos, las uñas quebradizas, sin brillo, como la plata vieja.-Te diría que te he echado de menos –le dijo-, si supiera qué era lo que echabade menos.-Te voy a explicar dónde radicaba el problema –dice, levantando la mano de mirodilla y haciéndome una seña para que me acerque. Y me acerco. Quiero oírlebien. Su próxima palabra puede ser la última.-
Quería ser un gran hombre
–susurra.-¿En serio? –pregunto, como si para mí fuera una sorpresa.-En serio –ratifica. Las palabras le salen despacio, débiles, pero vigorosas yseguras en ideas y sentimientos-. ¿Te lo puedes creer? Pensaba que era mi destino.Un pez gordo en un gran estanque... eso es lo que quería ser. Lo que quise desde elprimer día. Empecé desde abajo. Durante mucho tiempo trabajé para otros. Luegomonté mi propio negocio. Me hice con unos moldes y fabricaba velas en el sótano.Ese negocio se fue al garete. Me puse a vender jacintos a las floristerías. Fracasé.Pero, al final, me metí en la importación / exportación y las cosas empezaron asalirme rodadas. Una vez hasta cené con un primer ministro, William. ¡Un primerministro! Imagínatelo, un chaval de Ashland cenando en la misma sala que un... Nome queda por pisar ni un solo continente. Ni uno. Son siete, ¿verdad? Estoyempezando a olvidarme de en cuáles he... qué más da. Ahora todo eso pareceirrelevante, ¿sabes? Y es que ya ni sé en qué
consiste
ser un gran hombre... cuálesson los... requisitos. ¿Y tú, William?-Y yo, ¿qué?-¿Lo
sabes
? ¿Sabes que qué consiste ser un gran hombre?Reflexiono largo rato sobre su pregunta, con la secreta esperanza de que seolvide de que la ha formulado. La mente le suele divagar, pero algo en su miradame dice que ahora no se está olvidando de nada, está aferrándose a esa idea, yespera mi respuesta. No sé en qué consiste ser un gran hombre. Nunca me heparado a pensarlo. Pero en un momento así no se puede salir del paso con unsimple “no lo sé”. Un momento así exige ponerse a la altura de las circunstancias,de manera que me aligero cuanto puedo y aguardo a que la inspiración me eleve.-Creo –digo al cabo, esperando que acudan a mi boca las palabras adecuadas-,que cuando se puede decir de un hombre que su hijo lo ama, entonces se le puedeconsiderar un gran hombre.Porque es el único poder que poseo, investir a mi padre con un manto degrandeza, algo que él buscba en el ancho mundo, cuando, en realidad, por un giroimprevisto de los acontecimientos, ha resultado estar en casa desde el principio.8

Daniel Wallace- Un pez gordo-Ah –dice-,
esos
parámetros –atascándose con la palabra,porque de prontoparece levemente mareado-. Nunca lo había pensado precisamente en esostérminos. Pero ahora que estamos enfocándolo así, es decir, en este caso, en estecaso específico, el
mío
...-Sí –digo-. Yo te declaro a ti, mi padre, Edward Bloom, el mayo de los GrandesHombres por siempre jamás. Pongo a Fred por testigo.Y a falta de una espada, le toco suavemente el hombro con la mano.Al oír estas palabras, parece quedarse en reposo. Cierra los ojos pesadamente ycon una pavorosa determinación en la que reconozco el inicio de la despedidadefinitiva. Cuando las cortinas de la ventana se abren como por sí solas, creo porun instante que ésta debe ser la señal del tránsito de su espíritu de este mundo alque haya después. Pero no es más que el efecto del aire acondicionado.-Con respecto a la mujer de dos cabezas –dice con los ojos cerrados, en unsusurro, como si estuviera durmiéndose.-Lo de la mujer de dos cabezas ya me lo

–digo, zarandeándole suavementepor el hombro-. No quiero que me cuentes nada más de ella, papá.-No pensaba
contarte
nada más de la mujer de dos cabezas, SeñoritoSabelotodo –dice.-Ah, ¿no?-Te iba a hablar de su hermana.-¿Tenía una
hermana
?-Claro –dice, y ahora abre los ojos, recobrando su penúltimo aliento-. ¿Te iba yoa tomar el pelo sobre una cosa así?
La muchacha del río
A orillas del río Azul había un roble junto al que mi padre solía detenerse areposar. El frondoso ramaje del roble daba buena sombra y alrededor del troncocrecía un musgo verde, fresco y mullido, donde mi padre reclinaba la cabeza, y aveces se quedaba dormido, arrullado por el plácido rumor de las aguas. Estaba allí un día, sumiéndose en un sueño, cuando de pronto despertó y vio a una hermosa joven que se bañaba en el río. Su largo cabello relucía como el mismo oro,cayéndole en ondas hasta los hombros desnudos. Tenía los senos menudos yredondos. Desde el cuenco de sus manos, el agua le corría por la cara, por el pechoy volvía al río.Edward trató de conservar la calma.
No te muevas
,

se advertía,
en cuanto temuevas un centímetro te verá
. No quería asustarla. Y, todo hay que decirlo, hastaentonces nunca había visto a una mujer al natural y deseaba estudiarla condetenimiento antes de que se marchara.Pero ése fue el momento en que Edward avistó la serpiente. Un mocasín, nopodía ser otra cosa. Hendía levemente las aguas deslizándose hacia la muchacha,cimbreando su pequeña cabeza viperina en pos de la carne fresca. Resultaba difícilcreer que una serpiente de ese tamaño pudiera matarte y, sin embargo, podía. Laserpiente que mató a Calvin Bryant no era mayor. Le mordió el tobillo y al cabo deunos segundos estaba muerto. Y Calvin Bryant doblaba en tamaño a la muchacha.Así que, en realidad, no había nada que decidir. Dejándose llevar por el instinto,mi padre se tiró de cabeza al río con los brazos estirados mientras el mocasín seaprestaba a clavar sus pequeños colmillos en la pequeña cintura de la chica. Ellagritó, desde luego. Cómo no vas a gritar si ves que un hombre se te acerca a nado.Y él mergió de las aguas con la serpiente retorciéndose en sus manos, la bocabuscando algo en que hacer presa, y ella volvió a gritar. Edward logró al finenvolver la serpiente con su camisa. No era partidario de matar, mi padre. Se lallevaría a un amigo que coleccionaba serpientes.Pero no nos olvidemos de la escena: un hombre joven y una mujer jovenmetidos en el río Azul hasta la cintura, los torsos desnudos, mirándose.9

Daniel Wallace- Un pez gordoResplandecientes rayos de sol se abrían paso aquí y allí, y reverberaban en lasaguas. Pero a ellos les daba la sombra casi de pleno. Todo estaba en silencio salvola naturaleza que los rodeaba. En una situación así no es fácil hablar, porque ¿quése puede decir?
Yo me llamo Edward, ¿y tú?
No era cuestión de decir eso. Lo que sí se podía decir fue lo que ella dijo en cuanto recobró el habla:-Me has salvado la vida.Nada más cierto. Una serpiente venenosa estaba a punto de morderla y él lahabía salvado. Arriesgando su propia vida, además. Aunque ninguno de losdos aludió a eso. No hacía falta. Ambos lo sabían.-Eres valiente –dijo ella.-No, señora –respondió mi padre, aunque la chica debía de ser casi de su edad-.Sencillamente, la vi y vi esa serpiente y... me lancé.-¿Cómo te llamas?-Edward.-Muy bien, Edward. De ahora en adelante, éste será tu lugar. Lo llamaremos...la Arboleda de Edward. Este árbol, este recodo del río, esta agua, todo esto. Ycuando quiera que no te encuentres bien o necesites que ocurra algo, vendrás aquí a descansar y a pensar sobre lo que te esté preocupando.-De acuerdo –dijo él; claro que, en ese momento, habría estado de acuerdo casicon cualquier cosa. Su cabeza flotaba muy por encima de las aguas. Le daba lasensación de haber dejado este mundo durante un instante. Y aún no habíaregresado.La muchacha sonrió.-Ahora date la vuelta –dijo-, voy a vestirme.-De acuerdo.Y Edward se dio la vuelta, arrebatado por un bienestar casi intolerable. Tan biense sentía que apenas si lo soportaba. Era como si lo hubieran creado de nuevo yahora fuera distinto, mejor.Como no sabía cuánto podía tardar en vestirse una mujer, le concedió cincominutos largos. Y cuando se volvió, como cabía esperar, ella ya no estaba allí... sehabía desvanecido. Sin que la oyera marcharse, se había ido. Podría haberlallamado... mas no sabía por qué nombre llamarla... Ojalá se lo hubiera preguntado,antes de nada.El viento soplaba entre las ramas del roble y el agua seguía su curso. Y ella sehabía ido. Y en su camisa Edward no encontró una serpiente, sino un simple palo.Un palito marrón.Pero parecía una serpiente... vaya si lo parecía. Sobre todo cuando lo tiró al ríoy lo vio alejarse aguas abajo.
Su discreto encanto
Cuentan que tenía un encanto especial, el don de la modestia, talento para losdetalles inesperados. Era... tímido, mi padre. Y, sin embargo, el preferido de lasmujeres. Llamémoslo un discreto encanto. Además era bastante guapo, aunquenunca permitió que eso se le subiera a la cabeza. Se mostraba amistoso con todosy todos eran amigos suyos.Dicen que tenía mucha gracia, ya entonces. Dicen que sabía contar buenoschistes. No cuando estaba rodeado de gente, porque entonces se volvía reservado,pero si lograbas estar a solas con él, ¡algo que por lo visto intentaban muchasmujeres de Ashland!, te hacía morirte de risa. Cuentan que se les oía reír por lasnoches, ami padre y a las dulces muchachitas; el eco de su risa resonaba por todoel pueblo de noche, desde el porche delantero de su casa, donde se columpiaban.La risa era el sonido de fondo con el que los ashlandeses preferían conciliar elsueño. Así eran las cosas en aquellos tiempos.
De cómo amansó al gigante
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Daniel Wallace- Un pez gordoMuchas fueron las hazañas juveniles de mi padre y todavía hoy se cuentansobre él un sinfín de historias. Pero plantarle cara a Karl, el gigante, tal vez fuera lamás formidable de sus obras, porque en ella se jugó la misma vida. Karl era tanalto como dos hombres, tan corpulento como tres y tenía la fuerza de diez hombres juntos. Ostentaba en la cara y en los brazos las cicatrices de una vida salvaje, ma´spropia de una bestia que de un hombre. Y su proceder estaba en consonancia consu vida. Cuentan que, como todos los mortales, Karl nació de una mujer, peroenseguida se demostró que había habido un error. Y es que tenía un tamañodesmesurado. La ropa que su madre le compraba por la mañana ya tenía lascosturas reventadas por la tarde, tal era la velocidad a la que crecía su cuerpo. Seacostaba de noche en una cama hecha a medida por un carpintero y amanecía conlos pies colgánole por fuera. ¡Y comía a todas horas! Por mucha comida que sumadre comprara o recogiese en los campos, las alacenas siempr estaban vacías alanochecer, y Karl todavía se quejaba de que tenía el estómago vacío. Descargabaformidables puñetazos sobre la mesa reclamando más comida. “¡Ahora!”, chillaba. “¡Ahora mismo, madre!”. Catorce años de tal vida agotaron la paciencia de la mujery, un día, aprovechando que Karl tenía la cara sepultada en un costillar de venado,hizo el equipaje y se marchó por la puerta trasera para no volver nunca más; suausencia pasó desapercibida hasta que se acabó la comida. Entonces Karl se sintiódisgustado, ofendido y, sobre todo, hambriento.Y ése es el momento en que fue a Ashland. De noche, mientras los vecinos delpueblo dormían, Karl recorría sigiloso patios y jardines en busca de alimentos. Alprincipio se contentaba con los cultivos; al llegar la mañana, los ashlandesesencontraban trigales enteros arrasados, sus manzanos desnudos y el depósito deagua seco. No sabían que hacer. Como la casa se le había quedado pequeña, Karlse había trasladado a los montes que circundaban el pueblo. ¿Quién osaríaenfrentarse a él en ese terreno? ¿Y qué podrían haber hecho esas gentes ante elespentoso monstruo en que se había convertido Karl?El pillaje se prolongó durante algún tiempo, hasta que un día desaparecieronmedia docena de perros. Ya era la propia vida del pueblo la que parecía peligrar.Había que hacer algo... pero ¿qué?Mi padre concibió un plan. Era arriesgado, pero no había otra solución. Unaresplandeciente mañana de verano mi padre se puso en camino con la bendición delpueblo. Se dirigió a las montañas, hacia el lugar donde había una cueva. Suponíaque Karl viviría allí.La cueva estaba escondida tras un pequeño pinar y un promontorio rocoso; mipadre la conocía porque, años atrás, había rescatado de allí a una chica extraviadaen las profundidades del bosque. Se plantó ante la cueva y lo llamó a gritos:-¡Karl!Oyo su voz devuelta por el eco.-¡Sal de ahí! Sé que estás ahí dentro. Vengo a traerte un mensaje de parte delpueblo.Transucrrió un largo rato en el silencio de la insondable espesura antes de quemi padre sintiese un crujido y un temblor que pareció sacudir la tierra misma. Y dela oscuridad de la cueva salió Karl. Era aún mayor de lo que mi padre se habíaatrevido a imaginar. ¡Y qué rostro espeluznante, Dios mío! Cubierto demagulladuras y arañazos a causa de su vida salfaje... y de que a veces pasabatanta hambre que no esperaba a que su comida muriera, y en algunas ocasiones sucomida se defendía. Llevaba el cabello largo y grasiento, la barba, espesa yenmarañada, llena de restos de comida y de blandos bichitos rastreros que sealimentaban de las migajas.Al ver a mi padre, Karl se echó a reír.-¿Qué quieres

, hombrecito? –preguntó con pavorosa sonrisa.-Tienes que dejar de venir a comer a Ashland –repuso mi padre-. Los granjerosse están quedando sin cosechas y los niños echan de menos a sus perros.11

Daniel Wallace- Un pez gordo-¿Cómo? ¿Y

pretendes impedírmelo? –bramó Karl, y su voz retumbó por losvalles, llegando a buen seguro hasta el mismísimo Ashland-. ¡Pero si podría
despachurrarte
entre las manos como a una rama!Y, para demostrarlo, arrancó una rama de un pino cercano y la pulverizó entrelos dedos.-¡Pero si podría zamparte en un abrir y cerrar de ojos! ¡Vaya si podría!-Para eso he venido – replicó mi padre.El semblante de karl se crispó, ya fuera por desconcierto, ya porque alguno delos bichitos de su barba le había trepado por la mejilla.-¿Qué quieres decir con que para eso has venido?-Para que me comas –dijo mi padre-. Soy el primer sacrificio.-El primer... ¿sacrificio?-¡A ti, oh gran Karl! A tu poder nos sometemos. Somos conscientes de quehemos de sacrificar a unos cuantos para salvar a la mayoría. Así que yo seré... ¿tualmuerzo?Karl parecía aturdido por las palabras de mi padre. Sacudió la cabeza paradespejársela y una docena de bichitos rastreros salieron despedidos de su barba ycayeron al suelo. Su cuerpo comenzó a temblar y, por un instante, dio la impresiónde que iba a desplomarse; hubo de recostarse contra la falda de la montaña pararecobrar el equilibrio.Se diría que acababan de herirlo con un arma. Que acababa de recibir unaherida en la batalla.-Yo... –dijo con suavidad, con tristeza casi-, yo no quiero comerte.-¿No quieres? –suspiró mi padre con enorme alivio.-No -dijo Karl-. No quiero comerme a nadie –y una gigantesca lágrima rodó porsu abatido rostro-. Es que paso tanta
hambre
–prosiguió-. Mi madre solíaprepararme platos deliciosos, y, cuando se marchó, me quedé sin saber qué hacer.Los perros... siento lo de los perros. Todo, lo siento todo.-Lo comprendo –dijo mi padre.-Y ahora no sé qué hacer –continuó Karl-. Mira cómo soy... ¡
soy
enorme!Necesito comer para vivir. Pero ahora estoy solo y no sé...-Cocinar. Cultivar la tierra. Criar animales –concluyó mi padre.-Exacto –corroboró Karl-. Creo que debería internarme hasta el fondo de lacueva y no volver a salir nunca más. Ya os he causado bastantes problemas.-Podríamos enseñarte.A Karl le costó un momento comprender lo que había dicho mi padre.-¿Enseñarme qué?-A cocinar, a cultivar la tierra. Aquí hay muchas hectáreas de tierra cultivable.-¿Quieres decir que podría hacerme granjero?-Eso mismo –dijo mi padre-. Podrías hacerte granjero.Y fue precisamente eso lo que sucedió. Karl se convirtió en el mayor granjero deAshland, y la leyenda de mi padre se hizo aún mayor. Se decía que con su solapresencia hechizaba a cualquiera. Se decía que estaba dotado de poderesespeciales. Pero mi padre era humilde y lo negaba rotundamente. Simplemente, lecaía bien la gente y él caía bien a los demás. Así de sencillo, decía.
En el que sale de pesca
Entonces se produjo la inundación, pero ¿qué podría añadir a todo lo que ya seha escrito? Lluvia, lluvia a raudales, incesante. Los arroyos se convirtieron en ríos,los ríos en lagos y todos los lagos, desbordándose de sus orillas, se hicieron uno.Quiso la suerte que Ashland se salvara en su mayor parte. Gracias a la afortunadadisposición de una cordillera, en opinión de algunos, porque dividió las aguas entorno a la población. Lo cierto es que un rincón de Ashland, casas incluídas, sigueen el fondo de lo que hoy se llama, acertada aunque poco imaginativamente, elGran Lago, y que, durante las noches de verano, todavía se oye a los fantasmas dequienes murieron en la inundación. Pero lo ma´s destacado del lago son sus12

Daniel Wallace- Un pez gordobarbos. Barbos del tamaño de un hombre, según dicen... y aún mahores. Tearrancan las piernas si te sumerges a demasiada profundidad. Las piernas y puedeque algo más, si no te andas con cuidado.Sólo un loco o un héroe trataría de pescar un pez de esas dimensiones, y mipadre, en fin... supongo que tenía un poco de ambas cosas.Un día se dirigió allí al amanecer, solo, y se adentró en barca hasta el centro delGran Lago, su zona más profunda. ¿Qué llevaba de cebo? Un ratón hallado muertoen el granero. Cebó el anzuelo y lo lanzó. Tardó cinco minutos largos en tocarfondo, y entonces mi padre comenzó a recoger el sedal lenamente. Enseguida notóun tirón. Un tiró que se llevó el anzuelo, el ratón, todo. Así que hizo un segundointento. Esta vez con un anzuelo mayor, un sedal más resistente, un ratón muertode aspecto más tentador, y volvió al anzar el anzuelo. Las aguas comenzaban abullir a su alrededor, a bullir, borbollar y rizarse, como si estuviera levantándose elespíritu del lago. Sin hacer caso, Edward continuó pescando. Pero quizá aquello nofuera muy prudente, visto que las cosas estaban adquiriendo un cariz tan pocolacustre. Y alarmante. Puede que hubiera llegado el momento de rebobinar elcarrete y volver a remo a casa. Adelante, entonces. Pero mientras Edward rebobinaadvierte que más que el sedal es él quien se está moviendo. Hacia delante. Ycuanto más deprisa recoge, más deprisa se mueve. La solución es sencilla, lo sabe:soltar la caña. ¡Dejar que se pierda! Soltarla y despedirse de ella para siempre.¿Quién sabe qué puede haber al otro extremo del hilo, arrastrándolo? Pero nopuede soltarla. Imposible. Siente que sus manos han pasado a formar parte de lacaña. De manera que, recurriendo a una solución de compromiso, deja de rebobinarel carrete, pero la solución de compromiso tampoco funciona; sigue desplazándosehacia delante, Edward, y a buena velocidad, más deprisa que antes. Entonces estono puede ser un tronco. Es alguna criatura que lo lleva a rastras, un ser vivo... unbarbo. Ahora lo ve, saltando como un delfín sobre las aguas, y un rayo de sol le dade lleno; es hermoso, monstruoso, amenazador... ¿medirá un metro ochenta delargo, dos metros?... y al sumergirse se lleva a Edward tras de sí, arrancándolo dela barca y tirando de él hacia abajo, hacia las profundidades donde yace el acuosocementerio del Gran Lago. Y allí ve casas y granjas, campos y caminos, todo elrincón de Ashland que la inundación cubrió. Y ve a la gente también: allí estánHomer Kittridge y su mujer, Marla. Y más allá Vern Talbot y Carol Smith. Homerlleva un cubo rebosante de pienso a sus caballos y Carol está charlando con Marlasobre la cosecha de maíz. Vern ara los campos con su tractor. Bajo brazas y brazasde agua, se mueven a cámara lenta y cuando hablan les salen de la boca burbujitasque se elevan hacia la superficie. Edward pasa de largo a toda velocidad, aremolque del barbo, y Homer le sonríe y empieza a esbozar un saludo, porqueEdward y él son viejos conocidos, pero antes de que Homer haya terminado elgesto, ya han desaparecido pez y hombre; ascienden y emergen de las aguasrepentinamente; y Edward embarranca, ya sin caña, en la orilla.Nunca le habló de esto a nadie. No podía. ¿Quién le habría creído? Cuando leinterrogaban sobre la pérdida de la caña y de la barca, Edward decía que se habíaquedado soñando dormido a orillas del Gran Lago y que... el agua se las habíallevado.
El día en que se marchó de Ashland
Y fue así, a grandes rasgos, como Edward Bloom se convirtió en un hombre. Eraun joven sano, fuerte y amado por sus padres. Y titulado en bachillerato, además.Hacía correrías por los tiernos campos de Ashland con sus camaradas y comía ybebía con fruición. Su vida transcurría como en un sueño. Mas, al despertarse unamañana, supo en su fuero interno que debía marcharse, y así se lo comunicó a sumadre y a su padre, que no trataron de disuadirle. Pero sí intercambiaron unamirada cargada de negros presagios, porque sabían que tan sólo había un caminopara salir de Ashland, y que recorrerlo significaba atravesar el lugar sin nombre. Siestaba escrito en tu destino que habías de marcharte de Ashland, cruzabas ese13

Daniel Wallace- Un pez gordolugar con impunidad, mas, en caso contrario, te quedabas allí para siempre, incapazde avanzar o retroceder. Así pues, se despidieron de su hijo sabiendo que quizá novolverían a verlo, como también él lo sabía.El día de su partida amaneció radiante, pero, a medida que se aproximaba allugar sin nombre, iba cayendo la oscuridad, los cielos se cerraban y una densaniebla lo envolvía. No tardó en llegar a un pueblo muy parecido a Ashland, aunquediferente en algunos aspectos cruciales. En la Calle mayor se alineaban un banco, laFarmacia de Cole, la Librería Cristiana, las Grandes Gangas de Talbot, el Rincón dePrickett, la Relojería y Joyería de Calidad, el Café del Buen Yantar, un salonrecreativo, un cine, un solar, una ferretería y también un colmado, con los estantesabastecidos de mercancías que databan de fechas anteriores al nacimiento deEdward. Algunos de esos comercios eran los mismos que los de la Calle Mayor deAshland, pero aquí estaban vacíos y en penumbra, con los escaparatesresquebrajados, y sus dueños miraban desganadamente al frente desde losdesiertos umbrales. Mas al ver a mi padre sonrieron. Sonrieron y le saludaron conla mano.
¡Un cliente!
, pensaron. Había asimismo en la Calle Mayor, al fondo deltodo, una casa de putas, pero no era una casa de putas como las de las grandesciudades. Sencillamente, era una casa donde vivía una puta.Los vecinos corrían a recibirlo al verlo andar por las calles y se quedabancontemplando sus bonitas manos.-¿Se marcha? –preguntaban-. ¿Se marcha de Ashland?Formaban una curiosa banda. Había un hombre con un brazo contrahecho. Lamano derecha le colgaba del codo y por encima tenía el brazo mustio. Su manoasomaba por la manga como la cabeza de un gato asoma de un saco. Un verano,años atrás, iba en coche sacando el brazo extendido por la ventanilla, para sentir elviento. Pero el coche rodaba demasiado cerca de la cuneta y, en lugar del viento,sintió un golpetazo contra un poste de teléfonos. Se le rompió hasta el último huesodel antebrazo. Y ahora la mano le colgaba inservible, encogiéndose más y más conel tiempo. Deio la bienvenida a mi padre con una sonrisa.Luego había una mujer de unos cincuenta y cinco años que era absolutamentenormal en casi todos los aspectos. Tal era la forma de ser de esa gente: normalesen muchos aspecots, pero con
algo
raro, ese algo espantoso. Al volver cierto día deltrabajo, años atrás, aquella mujer había encontrado a su marido ahorcado,colgando de una tubería del sótano. Al verlo sufrió un ataque apoplético que le dejóparalizada para siempre la mitad izquierda de la cara: tenía los labios torcidos enexagerado rictus y la piel pendía fláccida bajo el ojo. Como no podía mover enabsoluto ese lado de la cara, sólo la mitad de su boca se abría cuando hablaba y suvoz sonaba como si estuviera atrapada en las profundidades de la garganta. Laspalabras trepaban a duras penas por la garganta para escaparse. La mujer habíaintentado marcharse de Ashland después de que ocurriera todo eso, sin conseguirpasar de aquel lugar.Y deespués había otros que simplemente habían nacido tal como eran; paraellos, el nacimiento había sido el primer y peor accidente. Había un hidrocéfalollamado Bert; trabajaba de barrendero. Allá donde fuera, iba cargado con su escobaEra hijo de la prostituta y un problema para los hombres del lugar: casi todoshabían estado con la prostituta y cualquiera de ellos podía ser el padre del chico.Desde el punto de vista de la madre, todos lo eran. Ella nunca había queridodedicarse a la prostitución. Como el pueblo necesitaba tener su furcia, la obligarona desempeñar ese papel, que, con el paso de los años, la había ido amargando.Empezó a odiar a sus clientes sobre todo a raíz del nacimiento de su hijo. Éste erauna gran alegría, pero también una pesada carga. No se podía decir que tuvieramemoria. Solía preguntarle con frecuencia a su madre: “¿Dónde está mi papi?”, yella señalaba al azar al primer hombre que pasara por delante de la ventana. “Ahí tienes a tu padre”, le decía. Entonces él se precipitaba a la calle y le echaba losbrazos al cuello al hombre en cuestión. Pero al día siguiente ya no se acordaba denada y volvía a la carga: “¿Dónde está mi papi?”, con lo que ese día tenía un padredistinto, y así sucesivamente.14

Daniel Wallace- Un pez gordoAl final, mi padre se encontró con un hombre llamado Willie. Estaba sentado enun banco del que se levantó al ver acercarse a Edward, como si hubiera estadoesperándolo. Las comisuras de su boca estaban resecas, agrietadas. Tenía el pelogris y encrespado, y los ojos negros y pequeños. Le faltaban tres dedos (dos de unamano y el tercero de la otra) y era viejo. Viejo hasta el punto de que parecía que,habiendo avanzado en el tiempo tanto como le es dado a un ser humano, habíainiciado el viaje de regreso. Estaba menguando. Volviéndose tan pequeño como unbebé. Se movía despacio, como si caminara con el agua hasta las rodillas, y dirigióa mi padre una sonrisa tétrica.-Bienvenido a nuestro pueblo –le dijo, en tono amistoso a la vez que cansino-.¿Te gustaría que te lo enseñara?-No puedo demorarme aquí –repuso mi padre-. Estoy de paso.-Eso dicen todos –replicó Willie mientras cogía a mi padre del brazo y echaban aandar junto-. Además –prosiguió-, ¿a qué tantas prisas? Dale un vistazo, al menos,a lo que podemos ofrecerte. Aquí tenemos una tienda, una tiendecita estupenda, yahí... aquí mismo –dijo-, un lugar donde podrás jugar al billar, si te apetece. Unsalón recreativo, ¿sabes? Aquí lo ibas a pasar bien.-Gracias –dijo Edward, no queriendo ofender a Willie ni a ninguno de quienes losobservaban. Ya habían atraído a un peuqeño grupo de tres o cuatro personas quelos seguían a lo largo de las calle por lo demás desiertas, manteniendo lasdistancias a la vez que los miraban de reojo haciéndose los despistados-. Muchasgracias.Willie redobló la fuerza con que lo asía al mostrarle la farmacia, la LibreríaCristiana y, a continuación, con un furtivo guiño, la casa donde vivía la puta.-Es una mujer muy dulce –dijo Wille. Y después, como si a su pesar hubierarecordado algo, añadió-: A veces.El cielo se había oscurecido más y comenzó a caer una fina llovizna. Wille alzó lavista y dejó que el agua le bañara los ojos. Mi padre se enjugó la cara haciendo unamueca.-Por estos pagos nunca nos falta lluvia –comentó Willie-, uno acaba poracostumbrarse.-Todo tiene un aspecto un tanto... aguado –dijo mi padre.Willie lo perforó con la mirada.-Se acostumbra uno –dijo-. De eso es de lo que se trata, Edward. Deacostumbrarse a las cosas.-No es eso lo que yo pretendo –dijo mi padre.-Da igual. También a eso se acostumbra uno.Caminaron en silencio a través de la niebla que se condensaba a sus pies, de lalluvia que les caía mansamente sobre la cabeza, de la crepuscular mañana deaquella extraña población. La gente se arracimaba en las esquinas para verlospasar y algunos se sumaban al contingente que los seguía. Edward captó la miradapenetrante de untipo demacrado que vestía un raído traje negro, y lo reconoció. EraNorther Winslow, el poeta. Se había marchado de Ashland pocos años atrás condestino a París, para dedicarse a escribir. Miraba a Edward fijamente y a puntoestuvo de sonreír, pero entonces los ojos de Edward se posaron en su manoderecha, a la que faltaban dos dedos, y Norther empalideció, cerró el puñollevándoselo al pecho y desapareció doblando una esquina. Todos habían puestograndes esperanzas en Norther.-Así es –dijo Willie, que había advertido lo que acababa de suceder-. Por aquí viene continuamente gente como tú.-¿A qué se refiere? –preguntó mi padre.-Gente normal –y esas palabras parecieron dejarle un regusto amargo en laboca. Escupió-. Gente normal con sus proyectos. Esta lluvia, esta humedad... esuna especie de residuo. El residuo de un sueño. De muchos sueños, para ser máspreciso. Los míos, los de él, los tuyos.-Los míos no –protestó Edward.-No –dijo Willie-. Todavía no.15

Daniel Wallace- Un pez gordoFue entonces cuando vieron al perro. Se movía a través de la niebla como unavaporosa sombra negra y, al fin, su silueta se perfiló ante ellos. Su pecho estabamoteado de blanco y sus patas de marrón, y, por lo demás, era negro. Tenía el pelocorto y duro, y no parecía de ninguna raza determinada... un perro genérico, hechode retazos de otros muchos perros. Se dirigía hacia ellos, lenta pero directmente,sin tan siquiera detenerse a olfatear una boca de riego o una farola; no ibacallejeando, avanzaba en línea recta. Aquel perro sabía a dónde iba. Aquel perrotenía una meta: mi padre.-¿Qué es esto? –preguntó Edward.Willie sonrió.-Un perro –dijo-. Más pronto o más tarde, siempre se acerca a inspeccionar atodos, por lo general más pronto que tarde. Es una especie de cancerbero, ya meentiendes.-No –replicó mi padre-. No le entiendo.-Ya me entenderás –dijo Willie-. Ya me entenderás. Llámalo –añadió.-¿Qué lo llame? ¿Por qué nombre?-No tiene nombre. Como nunca ha tenido dueño, no se llama de ningunamanera. Llámalo Perro, sencillamente.-Perro.-Eso es: Perro.Con esto, mi padre se arrodilló, dio unas palmadas y se esforzó en poner aireamistoso.-¡Ven aquí, Perro! ¡Vamos compañero! Aquí, muchacho. ¡Ven!Y Perro, que hasta entonces caminara en una larga línea recta, se quedóinmóvil, observando a mi padre durante un buen rato... un buen rato para un perro,en todo caso. Medio minuto. El pelo del lomo se le erizó en crestas. Clavó los ojosen los de m padre. Abrió la boca y le enseñó los dientes y la rosada ferocidad desus encías. Estaba a unos diez metros de distancia, gruñendo frenéticamente.-Creo que haría bien en apartarme de su camino –dijo mi padre-. Me pareceque no le caigo muy bien.-Alarga la mano –le indicó Willie.-¿Cómo dice? –preguntó mi padre.Los gruñidos del perro resonaron con más fuerza.-Alarga la mano para que te la huela.-Willie, no creo que...-
Alarga la mano
–insistió el viejo.Lentamente, mi padre alargó la mano. Perro se aproximó con su lento andar,sus gruñidos apagados, las mandíbulas prestas para pegar una dentellada. Pero alfrotar la punta del morro contra los nudillos de mi padre, Perro gimoteó y le lamióla mano a mi padre de arriba abajo. La cola de Perro se meneaba. El corazón de mipadre latía con fuerza.Willie contemplaba la escena alicaído, derrotado, como si hubiera sufrido unatraición.-¿Significa esto que me puedo ir? –pregutnó mi padre, incorporándose, mientrasel perro se restregaba contra sus piernas.-Todavía no –dijo Willie, y volvió a agarrarlo del brazo, hundiéndoleprofundamente los dedos en los músculos-. Antes de irte tienes que tomarte uncafé.EL CAFÉ DEL BUEN YANTAR era una sala grande con hileras de verdes asientosde vinilo y mesas de Formica moteadas de dorado. Sobre las mesas había mantelesindividuales de papel y finos tenedores y cucharas de plata, encostrados de comidareseca. Reinaba una densa penumbra grisácea, y, aunque la mayoría de las mesasestaban ocupadas, no se percibía la menor animación ni tampoco rastro alguno deesa expectación ansiosa del hambre a punto de ser saciada. Pero cuando llegaronWillie y mi padre, los clientes levantaron la vista al unísono y sonrieron, como siacabase de llegar lo que habían pedido.16

Daniel Wallace- Un pez gordoWillie y mi padre tomaron asiento a una mesa y, sin que mediara preguntaalguna, una camarera silenciosa les trajo dos tazas de café. Negros pozoshumeantes. Willie clavó la vista en su taza y meneó la cabeza.-Crees que ya lo has conseguido, ¿verdad, hijo? –sonrió llevándose el café a loslabios-. Te crees un verdadero pez gordo. Pero no eres el primero que vemos poraquí. Ahí, en aquel rincón, tienes a Jimmy Edwards. Una gran estrella del fútbol.Buen estudiante. Quería dedicarse a los negocios en la gran ciudad, hacer fortuna,triunfar. No logró salir de aquí. Le faltaban agallas, ¿sabes? –se inclinó sobre lamesa y musitó-. El perro se le llevó el dedo índice.Mi padre echó una ojeada y comprobó que era cierto. Jimmy retiró la mano dela mesa pausadamente, se la metió en el bolsillo y se volvió de espaldas. Mi padremiró a los demás clientes, que tenían la vista puesta en él, y vio que todos estabanen las mismas condiciones. Ninguno conservaba todos los dedos, y algunos sólopodían ufanarse de unos cuantos. Mi padre miró a Willie para solicitar unaexplicación. Más Willie pareció leerle el pensamiento.-El número de veces que han intentado marcharse –dijo-. Ya fuera paraproseguir su camino, ya para volver al sitio de donde habían venido. Ese perro –prosiguió, contemplándose la mano- no se anda con chiquitas.Después, lentamente, como atraídos por un sonido sólo para ellos audible, losclientes sentados a las mesas de alrededor se levantaron para dirigirse a la suya,donde se quedaron mirándolo y sonriendo. Recordaba los nombres de algunos desu infancia en Ashland. Cedirc Fowlkies, Sally Dumas, Ben Ligthfoot. Pero estabancambiados. Veía a través de ellos, esa era la sensación que l daba, pero luegoocurría algo que le hacía dejar de verlos así, como si no parasen de entrar y salirdel campo de visión que tenía enfocado.Dirigió la vista hacia la puerta, donde estaba sentado Perro. Lo mirabafijamente, inmóvil, y mi padre se frotó las manos, preguntándose qué iba asucederle, si habría perdido la oportunidad de pasar de largo junto a Perro y si lapróxima vez ya no le acompañaría la suerte.Junto a su mesa se había detenido una mujer llamada Rosemary Wilcox.Enamorada de un hombre de la ciudad, había tratado de escaparse conél, pero sólologró llegar hasta allí. Tenía los ojos oscuros y hundidos en lo que en su día fue unacara bonita. Recordaba a mi padre de cuando era pequeño y ahora le decía que erauna alegría volver a verlo, tan grande, tan alto, tan guapo.La multitud arracimada en torno a la mesa se hizo mayor y se aproximó más,con lo que mi padre no se podía mover. No quedaba espacio libre. Tenía pegado a laespalda a un hombre aún más viejo que Willie. Parecía petrificado en vida. La pielse le había secado, tensándose sobre los huesos, y sus venas eran azules y con unaspecto tan frío como un río helado.-Yo... no me fiaría de ese perro –dijo el viejo con parsimonia-. Yo que tú, no mearriesgaría, hijo. La otra vez no te ha mordido, pero nunca se sabe lo que puedepasar. Absolutamente imprevisible. Lo mejor es que te quedes aquí sentadito –prosiguió- y nos hables de ese mundo al que quieres ir, de las cosas que esperasencontrar en él.Y el anciano cerró los ojos, y Willie lo imitó, como los demás, pues todosestaban deseosos de oír hablar del luminoso mundo que mi padre sabía leaguardaba a la vuelta de la esquina, más allá de ese pueblo sombrío. De maneraque les habló de ese mundo y, cuando hubo concluido, le dieron las gracias ysonrieron.Y el viejo dijo:-Ha estado muy bien.-¿Podemos repetirlo mañana? –preguntó alguien.-Repitámoslo mañana –susurró otra voz.-Es una bendición tenerlo aquí con nosotros –le dijo un hombre a mi padre-.Una verdadera bendición.17