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Ciudad Fresita, paraíso hippie en el páramo de Merida

Ciudad Fresita, paraíso hippie páramo Merida
Ciudad Fresita, paraíso hippie páramo Merida

De que vuelan, vuelan. La energía que se percibe en Ciudad Fresita es inequívoca. A casi una hora de La Azulita, en el estado Mérida, existe un caserío que Google Maps no registra. En ese lugar confluyen creencias religiosas y nacionalidades que persiguen un fin común: la felicidad

Unos dicen que recibió el nombre por la cantidad de hippies que poblaron sus tierras a finales de los años 70 y principios de los 80. Otros, por las abundantes plantas de fresas que crecían sobre la colina merideña como si fueran monte. Pero a pesar de su nombre, Ciudad Fresita sigue sin ser metrópolis y sin tener una siembra asidua y mercantilista de la fruta. Las 18 casas que conforman el sitio gozan de la tranquilidad que brinda la naturaleza, lejos de cualquier tipo de contaminación o actos delictivos. No hay problemática política, económica y social que turbe la paz de sus habitantes. Ni la hiperinflación inminente, ni el infructífero proceso de diálogo entre Gobierno y oposición. Quienes allí llegaron, por casualidad o por cosas del destino, se asentaron para no volver al caos de la civilización.

En los 41 años que lleva viviendo en la finca Rey Sol, Gerardo Corona ha visto cómo, de a poco, Ciudad Fresita se ha llenado de ideologías, nacionalidades, buenas intenciones. También cómo el poblado, ubicado en el municipio Andrés Bello del estado Mérida, se convirtió en un Área Bajo Régimen de Administración Especial (Abrae) con el establecimiento de la Ley Orgánica para la Orientación del Territorio en 1983. Entre muchos beneficios, ello garantizó que la quebrada que lo surte a él y los demás habitantes lo haga sin interrupciones.

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Corona no tiene una creencia específica. Podría suponerse que el maracayero se encontró en el hinduismo por la figura en relieve y de colores de Ganesha –una de las deidades más importantes del panteón hindú- que está en una de las paredes de su casa. Sin embargo, no tiene fanatismos ni preferencias religiosas. Su ideología se basa en la contracultura, explica, con la mujer como el centro de la vida. “No tengo una etiqueta, me gusta investigar sobre la filosofía y la psicología. Lo mío es una mezcla de budismo con cultura amazónica como filosofía mística. Tomo también cosas del cristianismo”, dice.

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Igual sucede con la mayoría de los lugareños, que funden conceptos de religiones hasta encontrar la creencia idónea con la que identificarse. “En cada casa hay una filosofía, somos muy diferentes. Me identifico con cosas del budismo, pero no soy budista. Jesús, qué bello es, pero no soy cristiana. Estoy en contacto con todas las religiones”, explica Andrea Weissmann, quien halló su hogar en Ciudad Fresita lejos de Hanover, Alemania, de donde es oriunda. Es conocida por los coloridos mosaicos que cubren las paredes de su casa, incluso las ajenas, que surgieron de sus manos. Sus creaciones también se contemplan en sitios como la Octava Maravilla, una casa escondida en la naturaleza que brinda paz a los visitantes a través de los cuatro elementos.

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Con un acento aún marcado, Weissmann explica que llegó hace 33 años “buscando lo verde. Pusimos una carpita hasta que fuimos construyendo nuestra casa alrededor. Estábamos sin servicios, sin carretera, sin nada más que la naturaleza. Eran los buenos tiempos”. Recuerda haber venido con su ahora exesposo buscando la tranquilidad que no encontraba en Caracas, donde vivió por tres años cuando era adolescente. En las colinas halló su sitio de creación, ahora con electricidad y una señal de teléfono efímera. Se le ocurren ideas que van desde plasmar una figura de Budha en una piedra hasta una rapada de pelo, como la de ella, pero con un millón de mujeres, para combatir la escasez de champú.

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Hay quienes sí siguen una corriente espiritual específica. La finca Nueva Nilachala esconde uno de los pocos centros Hare Krishna que existen en el país. Allí, ocho personas llevan a cabo sus rituales de adoración en un pequeño templo, que emite una energía que recorre el espinazo de los recién llegados. En el día, cuando no tienen ceremonias, trabajan la tierra, cosechan su alimento, practican yoga y meditación, ven pasar el tiempo viendo los pájaros y las estrellas.

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Así transcurre la vida de Sairis Bejarano, de 36 años, seis de los cuales los ha pasado entre rituales de purificación y una dieta estrictamente vegetariana, a pesar de haber sido criada como cristiana católica. “Que yo me quisiera venir para acá generó una crisis de identidad en toda mi casa, sobre todo para mi papá. Hay que aprender a dejar todo en manos de Dios y ver cómo todo fluye. Acá encontré muchas respuestas a curiosidades que tenía de niña; encontré paz interior”, cuenta Bejarano, o Syamarani, nombre que recibió una vez formó parte de la Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna.

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Cual Tierra Santa

Lo que las religiones podrían desunir, se fortalece en la camaradería que emerge de esas tierras. Los fanatismos religiosos son rechazados, igual que las disputas por discrepancias en puntos de vista. En Ciudad Fresita se exalta la introspección hasta llegar a la raíz del problema, incluso con métodos que sobrepasan la meditación y el yoga. Por ejemplo, en la Maloca, que significa “casa de medicina” para los indígenas del Amazonas, se imparten rituales chamánicos como la toma de la ayahuasca y el yopo, ambas por 10 mil bolívares.

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Desde la punta de la colina más alta de la localidad, Axel Rudin se encarga de sanar el cuerpo a través del espíritu. Con la lectura del campo áurico ha practicado 160 mil sanaciones en la última década. Acumula cerca de dos mil solo este año. No las cuenta, son meras estimaciones de sus poderes sanadores. “Yo siento qué funciona bien y qué no. Veo el cuadro de personalidad de la persona y cuando digo lo que le sucede, la persona se siente ultra desnuda porque se caen todas sus capas. Si alineas lo que piensas con lo que dices, haces y sientes, puedes encontrar la armonía del cuerpo. Así encuentras la sincronía”, explica el nacido en Umea, al norte de Suecia.

Detenida en el tiempo

La vía hacia Ciudad Fresita es bella, pero peligrosa. No son muchos los “toyoteros” que se arriesgan a subir sus empinadas curvas por riesgo a colearse y caer montaña abajo. La negrura de un destino incierto se contrasta metros más adelante. El color comienza desde que se cruza la quebrada que surte de agua a los habitantes del caserío. Además del verdor circundante, el asfalto se tiñe de fucsia con las flores de las trinitarias y de violeta con las flores del nazareno. Caminar por la única calle de la zona es hacerlo sobre arte urbano: pequeñas figuras de mosaicos como flores, peces, árboles se funden con el concreto que solo conduce hasta el abreboca del caserío. El resto es un sendero forjado a pie, caballos y camionetas 4×4: tierra compactada.

Ciudad Fresita, paraíso hippie páramo Merida
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La localidad se mantiene como un caserío exclusivo de quienes se aventuraron montaña adentro y compraron tierras cuando las ofertaban. Así lo recuerda Corona, uno de los primeros habitantes. Llegó al sitio el 11 de marzo de 1976, fecha que no olvida. Su vida dio un giro de 180 grados cuando arribó a lo que se convertiría en su nuevo hogar. Allí alzó una quinta de madera que construyó con sus propias manos por tres años. “Esta tierra me costó 15 mil bolos de los de entonces. Los terrenos no estaban tan valorizados como ahora. Los hijos de los viejos que se habían ido al servicio militar vendían estos terrenos. Esto estaba despoblado, lleno de puros viejitos”, cuenta el hombre ahora de 66 años.

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República Independiente Fresita

Con su español rústico, Axel Rudin afirma que “la escasez es un estado de conciencia. Yo vivo en abundancia de espíritu. Nada es realmente tuyo hasta que lo compartes”. Además de estar en paz con su esposa y dos hijos, no es mayor preocupación para él si hay colas para comprar pan en La Azulita –el pueblo más cercano: Rudin hornea su propio pan, con avena, frutos secos, incluso pasas. “Menos es más. Por ejemplo, yo como este pan que hice y me da una alegría del carajo. Acá no hay motos, no hay malandros. Mis hijos pueden ir y venir. Para qué más”. Alega que en su finca cultiva más de cinco mil variedades de flores. También frutos y vegetales, como parchita, mora, fresa, auyama, chayota, toronjil, ají dulce, espinaca, amaranto morado, eneldo, papa o batata, por nombrar pocos. La lista es larga, como su barba y su pelo rubios. Caminar por esos predios es pisar alguna especie sin querer. Como todos en Ciudad Fresita, Rudin encontró la autosustentabilidad a través de la siembra.

Ciudad Fresita, paraíso hippie páramo Merida
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A diferencia de las verdaderas ciudades, en Ciudad Fresita tampoco se sigue una rutina establecida. La de Rudin es levantarse sin reloj, muy temprano, con el sol naciente, y acostarse cerca de las 9 de la noche. En el ínterin, hace lo que le place, lo que la finca, él o su familia necesiten. Corona, por su parte, se despierta a las 6 de la mañana por costumbre. Se entera de hechos nacionales e internacionales –como la muerte del expresidente cubano Fidel Castro-, pero prefiere mantener su atención en Friedrich Nietzsche, por ejemplo, antes que discutir si el barbudo revolucionario fue bueno o malo con el pueblo de Cuba. “No me interesa para nada el mundo, me interesa la naturaleza, lo que está en nuestro interior. Eso es lo que trasciende”, remata.

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Levantarse y ver qué hacer es el modus operandi de quienes viven en Ciudad Fresita. Sin mayores preocupaciones, se levantan a tempranas horas de la mañana a sembrar, caminar, hablar con los vecinos a pesar de estar a cientos de metros de distancia. Cada día de Arlenis Olivero y su pareja Rodolfo Descamps es diferente. Ella, periodista, y él, desarrollador de software, encontraron en la montaña el sitio para ver florecer su amor y vivirlo sin tapujos, separación previa incluida. Su vida transcurre sin contratiempos desde que Olivero volvió a Ciudad Fresita en 2014, luego de la convulsión política que vivió en febrero de ese año en Caracas. Visita la capital para impartir la cátedra de Radio y Humor en Mediax y para presentarse en shows de stand up comedy. A pesar de que ya acumula 10 idas en un año, siempre vuelve al hogar que encontró a mediados de los noventa, cuando frecuentaban el sitio para veranear. “Es salir del sistema para no caer en la dependencia. Acá uno se despoja de la vanidad. Es levantarte y tomarte un café de acá, es cosechar un calabacín de tu huerta. Son esas cosas las que hacen que uno se quede”, explica.

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Arlenis es feliz. Se nota en su cara, sus ojos, su sonrisa, que se reflejan en su pareja. No le importa si tiene el pelo alborotado o si sus botas se llenaron de fango. Cuando llega a casa, con sus cinco gatos, sus tres perros y su lecho caliente, todo se vuelve felicidad. Es la emoción que se replica en cada uno de los habitantes de Ciudad Fresita, con soltura y honestidad. Nadie sabe a ciencia cierta qué tiene el sitio para atraer buenas energías, “pero de que tiene algo, tiene algo”, ríe Olivero

Ciudad Fresita, paraíso hippie páramo Merida
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Cable a tierra

Recurrir a La Azulita, el pueblo más cercano, es casi un suplicio. El servicio de internet, los abastos, las farmacias, las bombas de gasolina con sus kilométricas colas, son un mal necesario que no pueden evitar ni quienes se recluyen en la tranquilidad del trinar de los pájaros, el crujir de los árboles, el salpicar de la lluvia vespertina. Gopi Gita ve a los cosmos con compasión, sin entender muy bien cómo hay quienes siguen viviendo en grandes ciudades. “Las ciudades son centros de caos donde la gente siempre vive inconforme. La tecnología es el daño más grande, porque siempre caduca, y de dónde se saca tanto plástico para crear esas productos”, se pregunta.

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Por problemas del corazón, la mujer de ascendencia hindú llegó a Ciudad Fresita en 1998, esperando una muerte rápida. Ha vivido allí desde entonces con la mejor salud, hablando a diario con su cuerpo si existe alguna dolencia y con la naturaleza circundante. Árboles, pájaros, flores, allí encuentra amistades a través de conversaciones telepáticas, “y yo no me meto nada. No necesito marihuana para que el pino me hable”, ríe. Cree en los seres vivos, sin tener predilección religiosa. También en la bienaventuranza y en que la vida va más allá de lo que pueda ver en el horizonte. “La crisis me ha enseñado a quedarme por este lado. Yo me quería quedar en la India cuando Chávez ganó la Presidencia y mírame acá. La vida es otra cosa más allá que si Maduro está en la silla o no”.

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