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Al “default” lo define el acreedor, no el deudor


Al “default” lo define el acreedor, no el deudor


Abogados argentinos del estudio Cleary Gottlieb saliendo de los tribunales de NY

Mientras tanto, entre tanta propaganda, se perdió el tiempo. Reconocerlo no es simple para Cristina Fernández. Nunca lo ha sido.

POR ADRIAN SIMIONI

Protodefault, seudomora, casicesación de pagos. La Presidenta ha abierto un concurso para encontrarle una nueva palabra a la situación financiera en la que podría quedar el país.

Todo dependerá de si lo que en 2005 fue llamado por el kirchnerismo “el canje más exitoso de la historia” se termina de destartalar, luego de 12 años de aquel corte de mangas aplaudido por el Congreso. Doce años que no habrán servido para normalizar la relación financiera con el mundo, pese a la lluvia de recursos de una década.

A Cristina Fernández parecen preocuparle más las palabras que los hechos. Lamentablemente, a los defaults no los definen los deudores que incurren en ellos, sino los acreedores. Y a ellos no les importan demasiado las palabras, sino el dinero. Si cobran, siguen prestando e invirtiendo, con tasas de interés y de retorno que tienden a la baja. Si no cobran, los más arriesgados pueden llegar a prestar o a invertir, pero exigiendo tasas que sólo toman los desahuciados. En definitiva, esa será la realidad del jueves y de los meses por venir. Veremos.

Mientras, podemos jugar ¡otra vez! a ser campeones morales, los que no se bajan los pantalones pero, en un panorama de déficit fiscal, inflación y falta de crédito como el que se presiente, no tendrán un peso para, por dar sólo un ejemplo, renovar las rutas en las que mueren más de cinco mil argentinos al año (no las renovamos en la “década ganada”, imagínese lo que pasaría en ese escenario).

¿Será que no necesitamos capital? Difícil: la propia Presidenta acaba de cerrar acuerdos con China y Rusia para financiar lo que el despilfarro no nos permite afrontar.

Transformado el fracaso en virtud, inflaremos el pecho, mientras seguimos rodando por la espiral descendente.

Desde que Thomas Griesa falló, el Gobierno se preocupó sólo por las palabras. La tribuna. Fernández dijo primero que no pagaría: eludiría el brete cambiando el domicilio de pago. Luego ya no se habló de eso. Nadie explicó por qué.

Entonces, el problema pasó a ser –más o menos cuando Axel Kicillof decía tener “todo estudiado”– que los holdouts (bonistas que no aceptaron el canje) no incluidos en el fallo de Griesa también pedirían lo mismo, lo que obligaría a desembolsar 15 mil millones de dólares en un plazo que nadie precisó. La mitad de las reservas que le quedan al Banco Central.

¿Lo conocés a Rufo?

Desde hace varias semanas, eso también pasó al olvido. Ahora el problema es la cláusula Rufo (la que, presuntamente, permitiría a los bonistas que sí aceptaron el canje, exigir los mismos beneficios que obtendrían los “fondos buitre” ante un pago voluntario del Gobierno argentino). El cálculo más extremo fue el de Jorge Capitanich: podría llegar a costarnos 500 mil millones de dólares, evaluó a mano alzada.

Pero, en este punto, la biblioteca también está dividida: expresidentes del Banco Central del propio kirchnerismo dicen que los bonistas ya reestructurados no podrían reclamar nada porque, si se cuenta el cupón PBI que les concedieron Roberto Lavagna y Néstor Kirchner, en realidad no hubo casi quita. Aquello también fue para el tablón. Otros dicen que cumplir la orden de Griesa no es voluntario, como no es voluntario el ingreso a la celda de un condenado cuando un juez lo manda a Bouwer.

Mientras, entre tanta propaganda, se perdió el tiempo. Reconocerlo no es simple para Cristina Fernández. Nunca lo ha sido. Jamás hubo autocrítica con el viva la pepa fiscal, con los atentados al agro y a la energía o con el desmanejo del sistema previsional (de cuyas consecuencias nos enteraremos en unos años).

Cuando la soberbia impide admitir errores en los hechos, mejor inventar palabras. Aunque definirán los hechos “los malos” de siempre, esos a los que, cuando nos abren la puerta, les vamos a pedir plata, luego de quemar lo que hay en nuestras propias billeteras.


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