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Cueveros: los ganadores de la fiebre del dólar

Nota del 2012, algo extensa pero interesante y entretenida.

Operan en las sombras, en departamentos del centro de Buenos Aires o tras la fachada de un negocio legal. Desde que el gobierno argentino restringió la compra de dólares, las cuevas ofrecen la moneda norteamericana en un mercado sin reglas en el que los billetes viajan ocultos en chalecos, sobretodos y medias. Cómo viven y ganan los cueveros porteños que no sienten culpa y piensan día y noche en spreads, rúculas, corretas y pescados.

Por: Alejandro Rebossio
Ilustraciones: Claudio Roncoli



Una mañana helada de junio, C. L. recibió un pedido importante: un cliente necesitaba 240.000 dólares. En invierno es más fácil transportar dinero encima. Se puede esconder entre el sobretodo, el saco, el pantalón, las medias, además del chaleco especial que suele usarse para este tipo de trabajo. C. L. lo sabe bien, pero tiene miedo llevar tanta plata encima. Teme que lo asalten. “Estoy cagado”, le confiesa a su socio y entonces llama al cliente de vuelta.

-Todo junto, no. Es mucha rúcula junta. Te lo llevo en dos partes. La mitad hoy; la otra mitad mañana.
Cerraron trato.

Al día siguiente el propio C. L. cargó 120.000 dólares en billetes de 100 -unos 1.200 billetes distribuidos en 12 fajos de 10.000 dólares cada uno- en el baúl de su auto, estacionado en el microcentro porteño. Partió a la casa del cliente, en Villa Urquiza, un bonito barrio de clase media de Buenos Aires. A la vuelta regresó con 1.440.000 pesos en billetes de 100. Es decir, unos 14.400 billetes que hay que contar uno por uno. Y controlar que sean verdaderos. C. L. tiene práctica, pero se queja:

-Un problema es que no hay billetes de más de 100 pesos. Cuando llevás pesos, llevás muchos billetes por todos lados.

El delivery o envío a domicilio de dólares es uno de los servicios que sumaron las cuevas para sus clientes, que cada vez son más desde que en Argentina sólo se pueden comprar dólares para viajar al exterior o para importar mercaderías.
Las cuevas son los sitios clandestinos donde se vende y se compra el dólar paralelo, es decir, los refugios donde se opera esa moneda en negro, sin controles cambiarios, impositivos o contra el lavado de dinero del Banco Central o la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP).
Los cueveros son los ganadores de la “fiebre del dólar” en Argentina.


PESCADOS Y RÚCULA

C.L. trabajaba en un banco desde el que fugaba al exterior dinero de empresarios, pero hace un año vio que podía hacerlo por cuenta propia. Entonces abrió una cuenta en las Islas Vírgenes Británicas para comenzar a operar. Para eso contrató a un gestor que cobra entre 3.000 y 6.000 dólares. Una persona de su confianza aportó el capital para llenar esa cuenta de dólares desde otra que también tenía en el extranjero. Cuando uno de sus clientes quiere fugar una cierta cantidad de dólares, le lleva los billetes a su oficina. Entonces C. L. ordena el giro de esa cifra desde su cuenta caribeña a alguna que su cliente tenga en el exterior. C. L. se queda con los billetes.

C.L. vivía pendiente de las horas o días en que una transferencia demoraba en confirmarse. Eso era antes. Ahora vive el minuto a minuto de la cotización del dólar blue o dólar paralelo. Está un poco subido de peso y ligeramente más robusto de dinero: su negocio engordó a partir de los controles cambiarios que el gobierno de Cristina Kirchner implementó desde el 28 de octubre. Hasta ese día el cambio de divisas suponía el 10% de la facturación de C.L.. El resto provenía del servicio de fuga de capitales. Ahora, el cambio le supone el 50% de sus ingresos.

-Yo soy un operador chico, pero me subió el volumen. También atiendo a muchos que quieren comprar o vender solo 2.000 dólares. Con ésos perdés mucho tiempo, pero si viene un pescado, le cortás la cabeza.



Lo dice con una media sonrisa permanente. A C.L. le va justo su suéter marrón con botones. No acompaña con nada para comer el cáfe con leche que se toma en el bar Simonetta, en el distinguido Barrio Norte, donde vive y donde me citó a las 19 horas para conversar. Es un clásico cheto –fresa- de los que no usan corbata.
Dice que sólo ha aprovechado la cascada de ingresos para comprarse un auto usado por 11.000 dólares. Ni siquiera ha veraneado en el exterior. C. L., de 37 años, abogado devenido cuevero, se fue a las playas de la costa atlántica bonaerense.

C. L. alimenta de rúcula –forma sofisticada de llamar al dólar- a los pescados –clientes apurados o desprevenidos- a un precio mayor o se las compra a uno menor que el pactado en un mercado opaco como el blue, donde nadie sabe bien las cotizaciones.

En los diarios se publica el valor del blue, pero siempre se observan centavos de diferencia entre uno y otro artículo porque las fuentes son diversas.

Hay una página web, www.dolarblue.net, que da las cotizaciones del dólar en los variados mercados: el oficial, el mayorista (para empresas que comercian con el extranjero o remiten beneficios a sus casas matrices), el blue, el celeste (promedio del blanco y el blue que se toma de referencia para pagar en pesos algunos bienes que cotizan en dólares, como los inmuebles de clase media y alta).

El green (el de los arbolitos, pero también el de que cobran cuevas chicas en caso de grandes operaciones, dado que les cuesta mucha logística conseguir tantos billetes), el gris o contado con liqui (es una operación legal para fugar capitales, llamada internacionalmente blue chip, y consiste en comprar con pesos bonos o acciones, venderlos a algún inversor del exterior y cobrar los dólares en una cuenta de afuera, aunque a un precio mucho mayor que el blue).

Está el dólar Moreno (es el apellido del secretario de Comercio Interior, que en mayo ordenó a las casas de cambio que lo bajaran de 6 a 5,10 pesos, pero a este precio no se consigue en ninguna parte) y el euro blue (la moneda europea mueve una de cada diez operaciones en negro; el resto está dominado por la de Estados Unidos).


UN NEGOCIO FAMILIAR

-Ganamos los cambistas y perdieron los bancos.
C.L le da un sorbo al segundo café. Y habla de la importancia de ser confiable.
Antes la gente iba a las entidades financieras tradicionales para comprar dólares. Desde que en abril la AFIP autoriza la compra sólo para viajes al exterior, desaparecieron de los bancos las colas de clientes que querían hacerse de lechuga, que es la forma popular con la que se ha conocido durante décadas al dólar en Argentina. Ahora que conseguirla es más sofisticado a alguien se le ocurrió bautizarla con el nombre de otra verdura menos vulgar: rúcula.

Los clientes de C.L son de su entorno social: familiares, amigos, ex compañeros de colegio o conocidos de conocidos.

-La gente busca personas de confianza porque va y viene mucha plata. Tiene miedo a que le den billetes falsos y después no le puede reclamar a nadie. Tiene miedo a las salideras -robos al salir de un banco o, en este caso, de una cueva-. No quieren ir a un lugar que parezca una cueva. Por eso tenemos oficina en el Microcentro. Ahí la gente se mimetiza con los que van al banco.

C. L., que en varios pasajes de la conversación susurra para que no lo oigan los parroquianos de otras mesas, cuenta que trabaja con un socio y tiene un empleado de 24 años que no estudió nada, pero es de “buena familia y honesto”, traslada plata cuando no es mucha. C. L. dice que le paga bien.

-Es fundamental el recurso humano porque tus clientes lo ven.
C. L. no quiere agrandar el boliche.

-Mi socio quiere hacer crecer el negocio, pero yo le digo que no porque nos puede dar demasiada exposición. Acá hay dos riesgos: la AFIP y los robos en la calle. Hace poco hubo un asalto con itacas a un blindado de una casa cambio en pleno Corrientes y 25 de Mayo, en pleno Microcentro.
C. L. recibe llamados con pedidos de compra o venta de dólares hasta las 12. Después se va a buscar plata a la casa de cambio donde la guarda en una caja de seguridad y más tarde recibe o visita a los clientes.

-De 12 a 16 zapateás. Si alguien me llama después de las 12, fijo el precio ese día y hacemos la operación al día siguiente. Es peligroso porque puede haber un cambio de cotización que me haga perder plata, pero hay que fidelizar al cliente. En este negocio lo importante es mantener la palabra.
Lo dice mirándome fijo. Como si hiciera referencia a pactos de caballeros.


DELIVERYS BOYS

El mercado blue opera desde las 10.30, es decir, media hora después de que abren las casas de cambio y bancos, hasta las 15, cuando cierran todos. Es fácil de explicar: muchas cuevas guardan su dinero en cajas de seguridad en las casas de cambio y bancos. Otras tienen cajas fuertes en sus propias oficinas, siempre y cuando cuenten con dispositivos de vigilancia suficientes.

Muchos bancos les han pedido a los cueveros que se fueran con su dinero a otro sitio. “Tenés que cerrar la caja de seguridad”, le ordenó un empleado de banco a C. L. “¿Por qué?”, respondió el cuevero. “¿A qué se dedican?”, inquirió el empleado y a C. L. no le gustó nada. El banco no tiene derecho a preguntar eso.

-No podés entrar y salir muchas veces por día de tu caja de seguridad porque al banco se le junta mucha otra gente que tiene que esperar mientras vos entrás o salís.
Algunos cueveros como él se llevan parte del efectivo a su casa. Y algunos clientes prefieren que los dólares golpeen a sus puertas.

El servicio de delivery o entrega del dinero a domicilio tiene un costo que compensa por los menores riesgos de robo o de que los intercepte uno de los sabuesos (inspectores) de la AFIP que merodean de incógnito en las casas de cambio del Microcentro o en edificios de la zona. Se sospecha que buena parte de los departamentos de la City porteña están alquilados por cuevas.

Una vez, C. L. llegaba a su oficina cuando se encontró con una romería de inspectores tributarios.

-Parece que mi edificio estaba lleno de cuevas, pero al final no pasó nada.

Cueveros y liquidadores, que son los que llevan y traen el dinero en una operación y que a veces son los propios operadores, transportan los billetes encima. Usan unas especies de chalecos antibala en los que se meten billetes y que van debajo de la camisa. Otros los meten en fajas de neoprene debajo de las medias, en los que entran seis ladrillos de 10.000 pesos o dólares en cada pierna. Algunos recurren a las más convencionales riñoneras que van dentro del pantalón.

Cueveros, liquidadores y clientes tienen miedo de llevar tanta plata por la calle. Han reaparecido noticias de asaltos en casas o secuestros exprés porque los ladrones se han dado cuenta de que a partir de octubre muchos argentinos han retirado sus dólares de las cuentas de los bancos por temor a un nuevo corralito y los han escondido en sus viviendas.

Lo que está claro para los cueveros es que los liquidadores deben ser personas de confianza que no se inventen que les robaron todo en la vía pública. Las grandes cuevas están más tranquilas: algunas pueden darse el lujo de contratar policías de civil para acompañar a los liquidadores.


LA CUEVA DE GORDON GEKKO

El negocio del dólar blue ha hecho ganar mucho dinero a las cuevas. El ex presidente del Banco Central Martín Redrado dijo en mayo que este mercado paralelo pasó de negociar 10 millones de dólares por día a 60 millones a partir de los controles de octubre. El mercado oficial mueve 400 millones.

-La cueva es el negocio del momento. El spread es más que importante. Es un negocio que vino para quedarse.
El que habla es A.G., de 53 años, suéter de rombos y remera metida dentro del jean, un tipo que trabajó durante toda su vida en las mesas de dinero de los bancos (centros de inversiones especulativas) y que en septiembre pasado se inició como cuevero.

La cabeza de un cuevero como A.G. está todo el día pensando en el spread: la diferencia entre el valor por el que compra los dólares y el precio por el que los vende.

A.G. me cita a las 15.30, cuando cierra el mercado cambiario, para atenderme distendido en sus oficinas, que son las de una de las 133 sociedades de bolsa autorizadas para operar en el mercado bursátil. Es una sala con una mesa ovalada de madera y varias sillas de cuero negras con rueditas, entre persianas americanas y alfombra azul, donde podría sentarse con todo gusto Gordon Gekko y los demás tiburones de la película Wall Street. Pero allí está A. G., de hablar firme y concreto, sin vueltas, con el aplomo del que lleva años en el negocio financiero.

Enseguida deja en claro que no contará todos los secretos de una:

-Yo del negocio de las cuevas no domino tanto porque recién empiezo en esto.

Hasta el 28 de octubre, el spread que lo obsesiona hasta los fines de semana era de cinco centavos de peso. Ahora se ha duplicado o triplicado. Hasta el aquel día 28, la moneda norteamericana, histórico refugio del ahorro, instrumento para grandes transacciones y fetiche de los argentinos, cotizaba a 4,26 pesos en el mercado oficial, mientras que en el paralelo estaba 5% más caro (a 4,50 pesos).

El 28 de octubre, cinco días después de conseguir la reelección con el 54% de los votos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner decidió contrarrestar el ataque especulativo que sufría el peso después de años de apreciación e impuso controles impositivos previos a todos aquellos que quisiesen comprar dólares en el mercado oficial.

Ahora el cepo se cerró casi del todo: desde julio de este año, el que quiere comprar dólares para viajar al extranjero debe blanquear los pesos y depositarlos en una cuenta bancaria. Ya en abril la AFIP había bloqueado la adquisición de divisas para el ahorro o para comprar inmuebles, incluso para los que pagan sus tributos al día. Hoy, el que quiere dólares para otra cosa que no sea viajar va a cuevas como las de C. L. o A. G.

Como es difícil comprar divisas en el mercado oficial, el mercado paralelo crece. Y sube el precio del dólar que se vende en las cuevas: ahora, a mediados de julio, cuesta 6,55 pesos, un 43% por encima de los 4,58 pesos que se pagan en la plaza regulada por el Banco Central y la AFIP. Esa brecha fue la que permitió a los cueveros convertirse en los grandes ganadores de la nueva fiebre del dólar en Argentina, el país donde más se acumulan billetes norteamericanos (1.300 dólares por cabeza), sin contar al país emisor, Estados Unidos.

A. G. está casado, tiene dos hijos adolescentes y un origen menos aristocrático que la mayoría de sus colegas cueveros. Se crió en Boedo, un barrio de clase media de Buenos Aires, el mismo donde en la década del 20 nació aquel grupo de artistas de vanguardia como Roberto Arlt que se opuso a sus pares elitistas de la peatonal Florida, como Jorge Luis Borges. Así como el escritor Raúl González Tuñón perteneció a los dos grupos, A. G. también ha transitado su vida de Boedo a las calles que cruzan Florida, en plena City porteña, donde el mundillo de las finanzas ahora solo mira al dólar.

El riesgo del cuevero es la cárcel. Aquellos que compran y venden dólares negros pueden quedarse hasta ocho años en prisión por la ley penal cambiaria. En la AFIP reconocen que no hay nadie preso por este delito, más allá de que han sido detenidos por unas horas algunos arbolitos, esos vendedores callejeros de dólares apostados en Florida o Corrientes.

Hay cuevas puras y duras que se esconden en algún departamento de un edificio, pero también muchas se ocultan tras la fachada de sociedades de bolsa, casas de cambio, financieras (compañías que asesoran a inversores) y cooperativas (que se dedican a la compraventa de cheques).

Son negocios con un rostro legal, pero que también operan el llamado dólar blue, el nombre con el que lo bautizaron los avergonzados cueveros en alusión al ya mencionado blue chip, aquella operatoria internacionalmente conocida para fugar capitales saltando controles pero sin violar la ley. Las multinacionales usan el blue chip o contado con liqui para girar utilidades a sus casas matrices. No lo pueden hacer libremente con cotización oficial por los controles de facto que ha aplicado el Gobierno.

La cueva de A. G. está a pocas cuadras del señorial edificio de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, donde en la actualidad solo se juntan viejos brokers. El mayor volumen de acciones ya no se opera a los gritos en el parqué sino desde las computadoras de los escritorios de las sociedades de bolsa.

La primera vez que pisé la cueva de A. G. no lo hice para hablar de su vida como cuevero sino para acompañar a un amigo que quería vender euros. En la puerta del edificio, el portero interrumpió nuestro camino al ascensor.

-¿A qué piso van?
Dijimos el piso.
-¿A quién van a ver?
Le contestamos y nos hizo un ademán con la mano para que pasáramos.

Subimos, tocamos el timbre en la puerta que identificaba a la sociedad de bolsa y entramos a la recepción. Una secretaria nos hizo esperar. Había otro cliente tranquilamente sentado. La espera se podía aligerar con unas revistas económicas o mirando las noticias financieras de Bloomberg TV en una pantalla gigante. Cámaras de seguridad controlaban la escena. La secretaria nos hizo pasar y nos recibió A. G. con una sonrisa, como para relajarnos. Mucha gente común va con temor a las cuevas porque sabe que está haciendo algo ilegal. A. G. llevaba aquel día una camisa a cuadros. Nos condujo a un salón sin ventanas y con una máquina para contar billetes. Había varias de ellas por el resto de las oficinas de paredes blancas.

-¿Trajiste billetes de 500 euros o de 100? Porque pagamos mejor por los de 500.
Si se cambian billetes de 500 euros, los que en la bancarizada Europa suelen ser sinónimo de dinero negro, el euro cotiza a 7,37 pesos, pero si canjean los de 100, la moneda europea se deprecia a 7,27.
La segunda vez que lo vi me explicó por qué:

-Los de 500 son más fáciles de transportar y me comentaron que son los preferidos para pagar las cometas (sobornos) al Gobierno. Con un solo billete de 500 euros transportás el mismo valor que con siete de 100 dólares o con 45 billetes de 100 pesos. Los billetes chicos de dólares también valen menos que los de 100. A razón de 6,35 o 6,40 por dólar, en lugar de 6,45 para la compra.

Había quedado para entrevistarlo bajo la estricta condición del anonimato, la única alternativa bajo la que aceptan hablar los pocos cueveros que se atreven. Se sienten cada vez más perseguidos por la AFIP, aunque este año las autoridades tributarias solo anunciaron el cierre de dos de las entre 5.000 y 7.000 cuevas que se calcula que existen.

A principios de julio los inspectores dirigidos por Ricardo Echegaray montaron un operativo en un hotel en Corrientes y Esmeralda en el que sospechan que operan varias cuevas. Pero es más habitual que la AFIP tenga éxito con el eslabón más débil de la cadena: suele informar que ha detenido a uno, dos, tres, nueve arbolitos, que son empleados de relojerías, joyerías, kioscos de golosinas y otros negocios del centro porteño en los que se montaron cuevitas.

Los arbolitos ofrecen en la calle y a viva voz “cambio”. Ofrecen la lechuga más cara que en las cuevas, pero suelen atrapar a turistas y desprevenidos. Los arbolitos operan con un spread de 20 centavos, pero se dedican a operaciones menores. Pese al control de la AFIP, el bosque del centro de Buenos Aires está cada vez más frondoso. La de arbolito es una buena oportunidad laboral para una persona con calle, pero supone altos riesgos.


ANTROS DE LA ARISTOCRACIA

Los mercaderes del dólar blue necesitan justificar ante las autoridades los ingresos y los gastos, como el alquiler de la oficina y los salarios de los empleados, y por eso necesitan contar con negocios en blanco. No por nada algunas casas de cambio legales han cerrado desde que casi no pueden vender divisas en el mercado oficial. No pueden sostenerse solo con el blue. Por eso han pedido la semana pasada reunirse con el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, y con Moreno para reclamarles una solución.

Pero las financieras como la de E. P. no tienen esos problemas para justificar ingresos. Con oficinas también en el microcentro, E. P., un cheto de 40 años, en pareja y con una hija de dos, es dueño de una financiera que opera el blue desde que en 2002 regresaron los controles de cambio tras la devaluación del peso. Los controles han sido habituales en los ‘70 y los ‘80, cuando los argentinos comenzaron a refugiarse más en el dólar ante la seguidilla de alta inflación y fuertes depreciaciones de la moneda nacional (1975, 1981, 1989, 2002). Se relajaron en la convertibilidad, durante los diez años en que un peso equivalió a un dólar, y regresaron para controlar las grandes operaciones en 2002. Las pequeñas estaban apenas vigiladas hasta el 28 de octubre pasado. E. P. siempre se ha ocupado de las grandes.

Para hablar de su trabajo, E. P. prefiere juntarse a las seis de la tarde, bien lejos de su oficina, cerca de su casa, en el restaurante Kansas, que está pegado al Hipódromo de Palermo, una de las zonas más coquetas de Buenos Aires. Siempre hay largas colas de autos para entrar al restaurante en el que se ofrecen barbecue ribs (costillitas de cerdo con salsa de barbacoa) y otras carnes asadas al estilo norteamericano. E. P. se pide una Fanta naranja y una alitas de pollo para merendar.

Su día había comenzado jugando con su hija. Habíamos quedado que a las 9.40 yo lo llamaba a su teléfono celular: solo podía atenderme durante los 20 minutos en los que manejaba hasta la oficina. Finalmente prefirió juntarse en Kansas porque temía que mi aparato estuviese pinchado por los servicios de inteligencia.

Días después quise volver a encontrarme con E. P. Me dicen que se fue de vacaciones a Europa.
E. P., A. G. y C. L., los tres cueveros, se negaron a hablar, dudaron, aceptaron, dieron marcha atrás, dijeron sí pero no, desconfiaron ante cada pregunta o comentario.

Hasta un amigo cuyo padre trabaja en una sociedad de bolsa y que siempre ofrecía cambiar dólares en el mercado paralelo de repente dijo que en realidad no se dedicaba a semejante cosa. “Están cagados”, me repetían mis contactos que conocían a cueveros.

Una mañana de junio acompañé a otro amigo a cambiar dólares. Se encontró con un joven empleado de una cueva en un banco del barrio de Palermo porque ambos tenían cajas de seguridad en esa sucursal. Ahí estaba también esperando para entrar a su caja Enrique Ezkenazi, el banquero que hasta hace poco era dueño del 25% de YPF y que aquel día llevaba un sobre papel madera bien relleno. Mi amigo tenía una caja de seguridad pequeña, como el tamaño de un brazo.

El empleado de la cueva, una bien grande, como un horno microondas. Hicieron el trueque de billetes, pero el cuevero no tenía cambio y le pidió a mi amigo que fuera más tarde a su oficina. Quedaba cerca, en la avenida Las Heras, entre edificios de departamentos de clase media alta. En la planta baja un portero nos preguntó nombre y apellido, pero no nos pidió que mostráramos el documento de identidad. Subimos. En la oficina con cuadros de caballos había una romería de señores chetos que no se miraban entre sí por temor de ser identificados en semejante antro aristocrático.


PASE PAL’ FONDO

Menos estilo que los señores chetos tenía el rubio teñido con camisa desabrochada y cadenas de oro en el pecho que regenteaba una de las dos cuevas que cerró la AFIP en el bulevar Olleros, en el límite de Palermo y Belgrano. Era una cueva que no se escondía. Era una casa de cambio que daba a la calle.

Es más: tenía un cartel en su fachada que decía “Cambio” hasta que en octubre, a partir de los controles del Gobierno, lo quitaron. Pero el negocio seguía operando. Cuando todavía era verano, quise comprar dólares allí. Primero pedí autorización en la página web de la AFIP y la obtuve. Entonces me dirigí a la casa de cambio.

-Quiero dólares- le dije a la señora que atendía en la caja.
Me contestó que estaba a más de cinco pesos.
-Pero yo vengo a comprar dólar en blanco, a cuatro pesos y pico. Tengo autorización de la AFIP.
-Sí, pero acá solo operamos con el dólar blue.

Lo dijo sin ningún complejo. Demasiado desparpajo le duró poco.



En las principales casas de cambio de Buenos Aires, que se suceden en la calle Sarmiento, en la City porteña, las cajeras se la pasan hablando entre ellas porque no hay clientes que puedan comprar dólares en blanco por ventanilla. Por el contrario, se observa un constante entrar y salir de gente al interior de las oficinas de esas casas de cambio. Es cuestión de pasar una puerta vecina de las ventanillas y se abre el mundo del blue. Allí se ven desde cuarentones empleados de grandes empresas hasta jubiladas con tintura y abrigos de cuatro cifras que compran o venden rúcula.

Moreno, el hombre clave de la economía argentina, se reunió en noviembre pasado, después de aplicar los controles, con Arturo Piano, el dueño de la más famosa casa de cambios, y con otros de sus colegas. Les advirtió: “Si no quieren ir presos, que el billete (paralelo) no supere los 4,50 pesos”. Ni ellos terminaron tras las rejas ni el dólar blue detuvo su ascenso hasta los 6,25 pesos. En junio volvió a pedirles que en diez días lo bajaran a 5,10. Antes de reunirse con ellos, se confesó ante empresarios amigos:

“A la economía la vamos a ir blanqueando de a poco. Pero hoy tenemos una economía en negro en la que hay que intervenir. Si un secretario de Comercio Interior no interviene en el mercado negro, no está interviniendo en la economía”. Fracasó otra vez.

En la City circulan diversos rumores sobre cómo el Gobierno busca digitar este mercado: desde que ha montado sus propias cuevas o que las controla por medio de banqueros amigos hasta que no hace nada más que amenazar y detener a unos pocos arbolitos por unas horas.

-El paralelo es un mercado informal, sin regulación del Banco Central, sin normas -dice, tajante, A. G., entusiasmado en su silla con rueditas- Se rige por la oferta y la demanda.

Hace dos años A. G. fue despedido de uno de los 15 principales bancos que operan en Argentina. La edad le jugó en contra. En septiembre tuvo su revancha en la sociedad de bolsa. No se esperaba con que los controles que comenzaron en octubre le iban a cambiar tanto su suerte.

-El mercado blue tiene sus ventajas. No hay registro de nada. Cuando antes la gente iba a comprar dólares al banco, tenía que dar su documento, explicar el origen de los fondos por las normas contra el lavado de dinero. Acá no hay papeles. Por un tema impositivo, el que negrea, siempre iba al paralelo. Pero ahora vienen todos.


LOS CORRETAS

A las 10 AM, apenas pisa su oficina, E. P. ya tiene órdenes de clientes para comprar o vender dólares. Algunas son de esa misma mañana. Otras son de la tarde anterior, posteriores al cierre del mercado.
-Cuando llego, no sé el precio. Entonces llamo a un corredor.

Los corredores o corretas, como se los conoce en la jerga financiera, tienen sus propias oficinas y están en permanente contacto telefónico con cuevas para vincular a las que compran y a las que venden. Los corretas operan también en el mercado formal, están registrados en el Banco Central, pero en los últimos meses reciben más llamadas del paralelo. El correta blanco es también correta blue.

-El corredor es que el determina el precio del dólar blue, quién compra a quién, a qué hora y dónde, pero no es el formador de precios.

La ecuación es simple: el valor depende de la demanda y la oferta y los que más demandan y ofrecen son las grandes casas de cambio y últimamente también las sociedades de bolsa, en las que este negocio crece y crece.

-Tengo que vender 100.000 dólares- le dice E. P. al corredor. El correta se pone a buscar una cueva que quiera comprar esos 100.000. Hablan por teléfono o Messenger. Para comunicaciones menos urgentes usan el correo electrónico, pero con direcciones de Gmail o Hotmail con nombres de fantasía.

-En una hora te consigo comprador- le responde el correta.
No se conocen entre sí ni saben dónde están geográficamente. El corredor llamará una hora más tarde para decirle con qué otra cueva cerrará la operación.

-¿Me vienen a liquidar o voy yo? -pregunta el cuevero.

-Andá a las dos de la tarde a buscar los pesos a…-le responde el correta. El intermediario se lleva una comisión del 0,05%. Si una sociedad de bolsa como la de A. G. movía por día 100.000 dólares antes de los controles de octubre, el corredor se llevaba 50 del que compra y 50 del que vende, es decir, 100 en total.

Ahora, como una firma de esa magnitud opera 200.000 o 300.000 diarios, el correta entonces embolsa 200 o 300. Y eso es solo lo que recibe de las operaciones de una cueva que vende y otra que compra. Por día atiende muchas más. A su vez, la sociedad de bolsa ha pasado de ganar 5.000 pesos (1.100 dólares) diarios por las operaciones de cambio a entre 20.000 pesos (4.400 dólares) y 60.000 pesos (13.200 dólares).


EL LLANTO DE LA CUEVA

En Argentina, las cuevas existen desde los años ’70. A partir de 2002 se abrieron muchas y desde octubre numerosos operadores financieros legales han ampliado su negocio ilegal. No todas las sociedades de bolsa operan en el blue, pero muchas debieron hacerlo porque sus propios clientes de siempre se lo han comenzado a pedir.

Una cueva es ilegal, riesgosa y con ganancia rápida. Pero tiene sus bemoles.
-No es fácil, necesitás muchos clientes para mantener una oficina- dice E. P- Yo laburo 50% menos que antes del 28 de octubre. Se me ampliaron los márgenes, pero gano menos plata.

E.P -que siempre se dedicó a fugar el dinero de personas ricas- adjudica la caída del volumen de las operaciones, por un lado, al derrumbe del mercado inmobiliario. La gente no puede hacerse de dólares blancos para pagar propiedades y los negros están muy caros. En los primeros cuatro meses de 2012 se hicieron menos compraventas de inmuebles en la ciudad de Buenos Aires que en el mismo periodo de 2001 y 2002, años de una de las peores crisis de Argentina.

Por otra parte, los clientes de E. P., que son grandes empresarios de la industria y el campo, están ganando menos dinero en general y, por tanto, cuentan con menos pesos negros para cambiar a dólares. Este año la actividad industrial se ha estancado y la agricultura ha perdido un décimo de la cosecha por una sequía. A E. P. le aparecieron pequeños clientes, “chiquitaje”, gente de clase media o media alta que quiere comprar o vender dólares.

En la sociedad de bolsa donde opera A. G. se puede decir que el dólar blue creó puestos de trabajo. Justo en una coyuntura en la que la economía desacelerada ha estancado el crecimiento del empleo. A. G. ha visto cómo el volumen de operaciones cambiarias se le duplicó a partir de octubre hasta suponer el 20% o 30% del negocio de esa sociedad de bolsa. No es extraño en un país en el que el dólar enloquece y donde la plaza bursátil está poco desarrollada. Un 65% o 70% de las transacciones cambiarias son de los clientes de siempre de la sociedad de bolsa y el resto, del nuevo chiquitaje.

-Es gente que te cambia 5.000 dólares -cuenta A. G., pero no la desdeña- No te hacen perder tiempo y ganás cada vez más.
Al fin de cuentas, A. G. es un empleado y en un momento nuestra conversación queda interrumpida por su jefe, que le pide la sala de reuniones y nos invita a que continuemos hablando en su amplio despacho.


LOS OTROS GANADORES

E.P. dice que el que tiene dólares trata de vender lo menos posible porque piensa que va a seguir subiendo a 7 u 8 pesos. Vende lo que necesita para sus gastos. Pero algunos hicieron una diferencia en el mar revuelto del dólar.

Entre octubre y abril, el Gobierno dejaba que las personas corrientes (no las empresas o importadores) compraran dólares si tenían justificados sus ingresos. Desde mayo solo permite adquirirlos para viajar al exterior. Pero en aquellos seis meses más de un asalariado con todo en regla se hacía de divisas en el mercado oficial y los vendía en el blue, con una ganancia de alrededor del 30% en pesos en un solo día.

Ahora esa bicicleta se terminó, pero todavía hay gente que conserva dólares comprados en los mercados oficial o que los adquirió en el blue cuando el valor de la moneda norteamericana extraoficial aún no se había disparado por los controles. Ellos todavía pueden hacer negocios en las cuevas. Son los pequeños ganadores del mercado paralelo.

Algunos han aprovechado esa diferencia que se ha estirado al 43% para comprar automóviles extranjeros de lujo, que cotizan en dólares, pero que se pueden pagar en pesos de acuerdo con el precio oficial, que es el que abona el importador. Otros menos pudientes se compraron vehículos nacionales o brasileños, que cotizan en pesos. Así fue el que la venta de coches nuevos subió un 11,5% en mayo pasado, cuando el público en general ya no pudo comprar dólares en el mercado oficial. La industria automotriz venía de caer 6,9% en abril por la desaceleración del consumo.

Otros ahorristas compran oro en los bancos estatales Nación Argentina y Ciudad de Buenos Aires, que también reciben pesos a su cotización oficial. Los que también encontraron un negocio de ocasión son aquellos que estaban construyéndose una casa o reformándola porque los materiales y la mano de obra se pagan en pesos.
-Están resguardando su plata- los justifica E. P.

Aquellos que hacen estas operaciones vendiendo dólares en cuevas se supone que se cuidan de los controles de la AFIP. Deben contar con al menos una parte de sus ingresos en blanco. Nadie puede hacerse una casa entera con plata negra si no quiere levantar sospechas. Las autoridades tributarias también vigilan que los que compraron dólares en el mercado oficial los declaren después en el impuesto de bienes personales, que grava los patrimonios superiores a 67.000 dólares. De todos modos, hay atajos: el contribuyente puede justificar que los gastó en algún viaje al exterior.


LOS PERDEDORES

De los 40.000 o 50.000 dólares que opera cada día C. L., la mayor parte es de gente que repatria algo de su dinero para gastos cotidianos, como el pago de la cuota del colegio privado de los hijos, o para compras puntuales. El que fuga dinero al exterior le paga una comisión del 4% y al que la trae él le abona un 1%. ¿Cuál es entonces el negocio de repatriarles la plata? Que después cambian los dólares por pesos.

Con las operaciones cambiarias, C. L. preveía sacar 1.000 pesos (166 dólares) por día, de modo de acumular 20.000 por mes y pagar así los gastos de la oficina. El beneficio vendría de la fuga de capitales al exterior. Pero este joven abogado está facturando con el dólar blue unos 4.000 pesos (666 dólares) diarios.
Los perdedores del mercado blue son aquellos que compran el dólar a un precio tan elevado como el actual.

-El que quiere comprar no quiere pagar 6,55- dice E. P., que conversa sin problemas en la barra de Kansas porque la música pop y el ajetreo de tragos y platos tapan todo- Hoy no hay desesperación por comprar. Compra el tipo al que despidieron del trabajo y no quiere dejar la indemnización en pesos. Conozco uno al que le pagaron 3 millones de pesos, fue a la AFIP, no lo dejaron comprar dólares y entonces vino a mí.
E. P. recibe a entre 15 y 20 clientes por día en su oficina. Allí trabajan con él dos socios, un empleado, una recepcionista y dos cadetes que no se encargan de llevar y traer dinero.

-Nosotros no llevamos plata a ninguna parte. Siempre pedimos que nos lo traigan- se jacta E. P. Pide otra Fanta y deja sin comer la última alita de pollo del plato.
Como su colega, C. L. atiende más vendedores de dólares que compradores.

-Cuando viene un comprador, es un buen día. Te puede venir un industrial con unos pesos que le sobran y quiere ponerlos en moneda dura. Ese tipo antes la hubiera puesto en un plazo fijo, pero tienen poca tasa de interés, hay inflación (del 22,8% anual, según los organismos provinciales de estadística) y el dólar blue subió 40% en lo que va del año.

A él también le compran dólares blue los importadores que subfacturan compras en el exterior para pagar menos aranceles en Argentina, pero que necesitan compensar al proveedor extranjero girándoles divisas mediante el oneroso contado con liqui. Los importadores son los que más dólares compran y por eso el gobierno de Cristina Kirchner ha puesto en febrero restricciones al ingreso de todo tipo de mercaderías, desde artículos de consumo hasta insumos y maquinarias para la producción o medicamentos.

El Gobierno necesita hacerse con los dólares para pagar la deuda externa y para evitar una devaluación en el mercado oficial, que acarrearía más inflación y menos actividad económica.

-En un país corrupto como éste, seguro que los funcionarios cobran cometas para ingresar productos importados. Ellos también son los ganadores del control del dólar -dice A. G. con su café en la mano.
Días después, en la confitería del Hotel Emperador del barrio de Retiro, un ex alto funcionario del kirchnerismo me contaba que las restricciones a las importaciones habían elevado el contrabando.

-¿Y cómo entran las mercaderías?- le pregunté.
-Cometeando a los aduaneros.

A. G. percibe en su sociedad de bolsa más gente que demanda dólares que la que ofrece. Lo contrario de sus colegas. A. G. lo atribuye a que el argentino ahorra en dólares, sobre todo los más viejos. Son los que tienen experiencias de varias devaluaciones a la largo de sus vidas.

-Este país siempre pensó en dólares. Cuando hubo quilombos grosos y estabas posicionado en dólares, ganaste. Tenés empleados de clase media para arriba, empresarios, que tienen pesos y no saben qué hacer. En la historia ya los cagaron tantas veces…

La mayoría de sus compradores tienen más de 40 años, pero también se aparecen por la oficina bursátil pibes de veintipico que quieren comprar 200 dólares. La operación promedio es 7.000. Algunos de sus clientes son personas que quieren viajar al extranjero y no pueden comprar divisas en el mercado oficial porque carecen de recursos en blanco. Otras son aquellos que han contraído deudas en la moneda norteamericana, que muchas veces se estipula en los contratos por el temor a una devaluación del peso. También están los que, pese a todo, quieren comprar un inmueble.

-Los que van a comprar casa o departamento con los dólares en la mano consiguen hasta un 15% de descuento- cuenta A. G. Si tienen pesos, los vendedores se los cotizan a 6,65 por dólar, es decir, como en el mercado blue.
Otros grandes perdedores del blue son los inmigrantes que trabajan en Argentina.

Son 1,8 millones, según el último censo de 2010, y la mayoría llegó de Paraguay, Bolivia, Chile y Perú. Muchos envían ayuda a sus familias. Durante meses, las compañías de envío de remesas como Western Union y MoneyGram podían girarles hasta 1.374 pesos por mes (300 dólares), según el tope impuesto por el Banco Central. Esos pesos cambian por dólares a la cotización oficial, es decir, a 4,58 pesos. Desde el 17 de julio, el monto que se puede enviar subió a 500 dólares.

El problema es que las empresas cobran una comisión cada vez más alta desde los controles de octubre.

-Quiero mandar plata a Perú -le dije a una empleada de Western Union en un local diminuto al lado del Obelisco.
-Mirá que la comisión es del 52%.
-¿52%?
-Sí, es de terror, antes (del 28 de octubre) era 6%. No tiene conviene mandar la plata.
Le conté la anécdota a C. L.

-Cuanto menos transparente el mercado, menos ganan. Gana el que tiene guita (dinero), el que la tiene afuera, el que tiene buenos contactos: los empresarios, los profesionales, los del campo, los comerciantes. Sube el consumo de alto nivel. El asalariado y el pueblo pierden.

C. L. no guiña el ojo, ni hace una mirada cómplice, ni una media sonrisa. Él, como tantos cueveros, se considera gente de bien que está haciendo algo que es ilegal solo porque al Gobierno se le ocurrió restringir casi todas las operaciones. Para él, el cuevero solo ofrece un servicio a quienes lo necesitan.
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