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El tremendo efecto psicológico de la inflación permanente.

Efectos psicológicos de la inflación.


Matías se despierta angustiado y no tiene claro porqué. En el desayuno discute con su mujer. No se ponen de acuerdo en como decirles a los chicos que tienen que cambiarlos del colegio donde estuvieron desde la primaria, porque ya les resulta imposible pagar la cuota. Sale con esa angustia de su casa y camina hasta el subte: un montón de gente protestando ya desmayadamente y casi sin fuerzas porque hay un conflicto gremial por salarios o por la pelea interna de sindicatos. Colectivo repleto, media hora tarde, no es el único, igual se come una reprimenda de un jefe que también ha llegado tarde.

Trabaja en el banco hasta el mediodía y cuando sale a comer descubre que su comida aumentó 20% de un día para el otro. Vuelve al Banco y le dicen – finalmente gracias a Dios - que el aumento de sueldo es 30% a partir del mes que viene, y 5% no remunerativo pero que tendrá que hacerse cargo de la prepaga, un 15% de su sueldo, o bien aceptar la Obra Social del Sindicato donde el Hospital es la antesala inevitable del cementerio.

No puede discutir con nadie, no puede reclamar a nadie y no puede buscarse otro trabajo porque en todas partes están echando gente y el mismo Banco está reduciendo el personal.

Al fin del día, ya con subte llega su casa mas que angustiado porque sabe que encontrará debajo de la puerta las diarias facturas de AYSA, Metrogas, Patente del auto, la cuota mensual del club, TV por cable, y casi seguramente la liquidación de la tarjeta de crédito y la cuota de la tienda donde compraron cambiaron ese colchón que no daba más y que todavía no terminaron de pagar.

Todas tienen un aumento y la tarjeta por mas descuentos que ofrece para comprar comida le ha cargado $ 35 por enviar el resumen y 95% de intereses (mas 21% de IVA sobre los intereses) por su mala idea de haber financiado una parte del saldo del mes anterior para compensar hasta llegar al aumento de su sueldo.

No quiere sumar porque sabe que será más que el sueldo de bolsillo de él y de su mujer que es arquitecta y trabaja en un estudio que cada día tiene menos clientes y menos empleados. Los chicos estudian, mientras Matías y su mujer buscan argumentos para no angustiarlos con la noticia del cambio.

La TV por cable es la mínima y no se puede bajar, vender el auto utilitario que duerme en la calle y tiene 7 años no resuelve nada y agravaría severamente la tensión con los chicos; dejar el club donde pueden mitigar durante el fin de semana sus angustias y perder el gimnasio gratuito sería una angustia más, entonces que le queda por hacer?

Hay un sobre angustiante con un membrete en letras de molde que dice AFIP y que no se ha atrevido a abrir todavía pero lo enfrenta, ya no con angustia sino con miedo. Tuvo razón: su departamento de 93m2. en un barrio periférico ha sido revaluado y Matías ingresa a la selecta categoría de quienes pagan Bienes Personales, o el impuesto a la riqueza, como se lo suele denominar. No entiende bien, consulta en el acto con su hermano contador y se da cuenta que deberá pagar un año completo anticipadamente un impuesto que le toma el 3% de los ingresos mensuales de toda la familia. Esa noche ya no dormirá como antes.

Esta es la realidad o un cuento de terror?

Cualquier relación con la realidad no es pura coincidencia. El país se ha sumergido desde hace muchos años en un contexto de elevada inflación que tiene terribles implicancias económicas, sociales y psicológicas.

Muchos de estos efectos son registrados a un nivel plenamente consciente: la reducción inmediata de nuestro poder de compra, la necesidad de una angustiosa espera de un aumento de sueldo, un visible cambio permanente en la vida diaria, un regreso cada vez mas liviano y de menor calidad del supermercado, cargar nafta en al autito calculando litros y recorridos, en fin, angustia e inseguridad.

La inflación se ha movido como un fantasma desde las sombras, perturbando silenciosamente nuestras vidas con tremendas consecuencias en nuestros sentimientos, en las relaciones con nuestros seres queridos, en las duras decisiones que nos afectan, en toda nuestra calidad de vida.

Tiene realmente un efecto psicológico o lo suponemos?

Existen miles de estudios y palabrerío con relación a los efectos económicos que producen las tasas elevadas de inflación en la economía de un país.

Sin embargo, nadie le presta la misma atención el efecto psicológico de la constante variación de precios. Esto se debe, en parte, a la dificultad metodológica que presenta este tipo de investigaciones porque implican estudios no objetivos ni mensurables y terminan siendo quejas o charlas de café.

Podemos, sin embargo, desde un enfoque descriptivo, identificar cómo nos impactan algunos de estos factores desde una perspectiva psicológica.

Miedo, inseguridad e incertidumbre.
Uno de los ejes en que el ser humano basa su desarrollo personal y profesional es su capacidad de tener control sobre su situación actual y futura. A mayor tasa de inflación, menor es la capacidad de las personas para planificar adecuadamente sus finanzas personales, lo que promueve muchas veces sentimientos de inseguridad, incertidumbre y miedo. A modo de ejemplo, en el caso citado, es muy probable que la falta de certeza, sobre si van a estar en condiciones o no de afrontar los gastos, tenga un alto impacto sobre la relación de pareja, su autoestima, su sensación de tener el control.

Incompetencia relativa.
La mayoría de las personas carecen de las habilidades para manejarse con parámetros que cambian todo el tiempo. Una inflación alta es, en realidad, un cambio relativamente gradual de sistema de moneda. Está muy bien documentada la confusión (y consecuente vivencia de incompetencia) de personas mayores o poco educadas cuando sucede este cambio paulatino.

Frustración
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La inflación genera fuertes asimetrías en la economía. Algunos sectores se ven más beneficiados que otros. Las personas varían en su capacidad para tolerar algunos de los cambios bruscos que perciben a su alrededor. Matías puede enojarse con el banco – su empleador - porque aparentemente él puede subir mucho los precios, mientras que él siente que no puede hacer lo mismo porque se quedaría sin trabajo. También se enojará silenciosamente consigo mismo, por sentirse incapaz de mantener feliz a su familia y, por ende, victimizarse.

Sentimiento de injusticia.

Lo anterior puede darse en un marco más amplio. La justicia comprende un conjunto de reglas y normas que establecen un marco adecuado para las relaciones entre personas. En otras palabras, es el arte de dar lo justo o hacer dar lo justo a un individuo, sin tener ningún tipo de discriminación o preferencia hacia ninguna persona.

En el contexto inflacionario que vivimos, hay sectores que actualizan sus ingresos mucho más rápido que otros (a modo de ejemplo: sueldos negociados por los sindicatos con las empresas formadoras de precios). Esto genera en mucha gente la sensación de que su situación es injusta y les cuesta entender los motivos por los cuales a otros sectores de la población les va mejor independientemente de las características intrínsecas de su actividad.

Conductas y emociones asociadas con hechos del pasado.

Si el individuo tiene edad suficiente para haber experimentado previamente algún contexto inflacionario, es probable que, conscientemente o inconscientemente, asocie los hechos actuales con situaciones pasadas y esto tenga algún impacto en su conducta o forma de sentir. A su vez, esta conducta puede o ser o no muy adecuada a la situación actual.

A modo de ejemplo, un ama de casa decide retirar sus ahorros de banco por miedo a perderlos y gastarlos en un viaje o un inversor decide tomar un crédito en pesos a tasa fija especulando que la inflación suba, en búsqueda de una tasa de interés negativa de acuerdo a su experiencia previa. Y siempre se equivocarán.

Conducta especulativa

No solo un empleado, un obrero, un comerciante, un profesional independiente y ni hablar un jubilado han adoptado formas legales, ilegales y hasta picarescas para defenderse contra la erosión que la inflación causa a su calidad de vida.

Los empresarios tienen una completa deformación mental respecto del comportamiento industrial y comercial. En un país sin inflación, una empresa puede planificar y ejecutar dentro de un marco de cierta previsibilidad con un mínimo de incertidumbre sobre circunstancias que no controla.

Puede aplicar sus esfuerzos y su dinero al desarrollo de productos y servicios. En cambio en Argentina la inflación lo obliga a un constante análisis de costos y precios, le quita tiempo para pensar y le agrega tanta inseguridad que no puede planificar a largo plazo.

En un país sin inflación un 5 ó 7% de rentabilidad neta anual es un porcentaje muy aceptable. Para un empresario argentino, con la mente distorsionada por el temor y sus idea corrompidas por la inflación, pensar en menos de un 30% anual de utilidades sobre la inflación es un suicidio y ese es otro motivo para que aumente la inflación, mas allá de la incongruencia de la disparatada emisión monetaria o el exótico gasto público.




Afecta nuestra vida mucho más que lo imaginable


En resumen, la inflación afecta nuestras vidas, no sólo en términos económicos sino también, como hemos visto, tiene importantes efectos en otros aspectos de nuestra cotidianeidad. La inflación moldea nuestros sentimientos, nuestras acciones y nuestra forma de pensar. Cuanto más consciente tengamos las repercusiones de este proceso, más fácil será afrontarlas y evitar que se generen conflictos tanto a nivel personal como con los demás.

Está totalmente fuera de nuestro alcance modificar las variables económicas que afectan la inflación, entonces nuestro gran desafío es cuidarnos, aprendiendo a identificar, manejar y neutralizar los efectos espantosamente negativos de la inflación.

Como llegamos a esto?


Hasta 1945 Argentina no tuvo inflación. Entre 1810 y 1945, los precios crecieron un promedio del 2% anual porque por lo general se mantenía disciplina fiscal (los gobiernos gastaban lo que les entraba como impuestos) y tenían disciplina monetaria (no emitían moneda alocadamente).

Incluso en dos décadas anteriores a 1900, y en los primeros 15 años del siglo XX hubo tasas negativas de inflación anual (deflación) que también se repitieron entre 1998 y 2001.

El fenómeno inflacionario argentino comienza en 1946 con la nacionalización de los depósitos bancarios, la estatización del Banco Central y las consecuentes grandes emisiones de dinero requeridas para financiar los inmensos déficits fiscales que ocasionó el Primer Plan Quinquenal (1947-1951).

Desde entonces, se extendió y creció ininterrumpidamente durante 48 años hasta 1992, con un promedio del 96% anual, único caso mundial de casi medio siglo de inflación, pues en ningún país del mundo la inflación tuvo una presencia continua de más de 10 años, y mucho menos con tan alto promedio anual de suba en los precios.

Entre 1946 y 1972, el promedio fue del 29% anual, pero desde 1973 y hasta 1988 el promedio anual fue del 150%.

La aterradora influencia fue tan profunda en la sociedad que trascendió los límites de la economía dando origen a una necesaria cultura perversa de supervivencia tanto en el mundo empresario, como en la conducta del consumidor y en el comportamiento de los sindicatos.

Especulación, desabastecimiento, mercados negros, desaliento al ahorro, tasas de interés negativas, desvalorización de los depósitos bancarios, licuación de los salarios, jubilaciones y pensiones, deterioro de las relaciones obrero-patronales, polarización de la riqueza, incentivo a la evasión tributaria, fuga de capitales al exterior, aumento de la pobreza, cortoplacismo en las políticas económicas, inestabilidad política, indexaciones, bicicletas financieras, devaluaciones, lucha salvaje por la distribución del ingreso, fueron algunas de las consecuencias inevitables que nos trajo medio siglo de inflación.

Desde 1992 y hasta el 2001 desaparece la inflación, pero no porque se atacara frontalmente sus raíces sino porque se dejó de financiar los déficits fiscales con emisión monetaria del Banco Central y en cambio se pasó a financiarlos con deuda externa, remedio que a la larga resultó peor que la enfermedad y que quedó demostrado en el colapso de diciembre de 2001, y cuyas consecuencias estamos pagando – junto con los errores de este gobierno – ahora mismo.

Durante los 7 años del gobierno militar (1976-1983) el promedio anual de inflación fue del 178%.
En los dos primeros años de democracia (1984 y 1985) la inflación fue del 688% y el 385% respectivamente.

El pico de mayor inflación se dio entre mayo y julio de1989 (hiperinflación): sólo en julio de ese año los precios se triplicaron subiendo el 191%. Luego en enero-marzo de 1990 hubo una segunda hiperinflación con un promedio mensual del 78% y multiplicación por 10 del tipo de cambio.

Ya sea durante la vigencia de dictaduras (Onganía, Levingston, Lanusse, Videla, Viola, Brignone) o de democracia, como fue durante los gobiernos radicales (Illia, Alfonsín), peronistas (Perón, Estela Martinez, Menem, Kirchner) o desarrollistas (Frondizi, Guido), la inflación siempre estuvo presente en todos ellos, debido que sus causas profundas nunca fueron enfrentadas con decisión desde el inicio.

La excepción fue la gestión de De la Rúa entre 1999 y 2001, durante la cual hubo disminución de precios debido a la profunda recesión que vivía el país, pero la deflación es aún más nociva que la inflación pues origina desempleo, déficit fiscal, el quiebre de empresas y el desaliento de la producción, consecuencias que efectivamente ocurrieron en esos años.

Numerosas medidas fueron adoptadas para combatirla pero no tuvieron éxito: controles de precios, precios máximos a productos básicos de la canasta familiar, congelamiento de salarios, del tipo de cambio, de los alquileres y de los combustibles; pactos o acuerdos sociales corporativos entre el estado, sindicatos y cámaras empresarias; congelamiento de salarios; facilidades a la importación para los productos cuyos precios crecen; veda en el consumo de carne cuando su precio subía mucho, y finalmente la candidez de quitar ceros a la moneda nacional, para recrear la ilusión de que la moneda local recuperaba su fortaleza y su poder adquisitivo. Esto se hizo 4 veces desde 1969 a 1991 ya que a nuestro ex -peso moneda nacional que rigió desde 1881 a 1968 se le quitaron 12 ceros al convertirse sucesivamente en el peso ley 18188 en 1969, luego en el peso argentino en 1983, de éste al austral entre 1985 y 1991 y finalmente desde enero de 1992 al presente a la moneda actual denominada nuevo peso argentino.

Las lecciones de la Historia reciente


La principal lección que nos brinda recordar esta breve historia de la inflación argentina es observar que en la mayoría de los intentos para frenarla, estuvo ausente la más importante de las medidas recomendadas por los economistas de todos los tiempos: reducir la cantidad de dinero en circulación.

De nada valen todas las medidas antes mencionadas para eliminarla si el Banco Central sigue emitiendo moneda, ya sea para financiar déficit fiscales (como fue lo que hizo desde 1946 a 1991) o para comprar dólares (que es lo que está haciendo desde el 2003 al 2007). La segunda causa relevante de la inflación argentina es el populismo, la demagogia y el clientelismo, que originan déficits que terminan requiriendo más dinero emitido por el Banco Central.

En los dos últimos años y desde el más alto nivel del gobierno nacional, la política económica ha consistido en que el Ministerio de Economía - vía otorgamiento de subsidios - y el Banco Central - vía emisión de dinero - alientan la gran demanda que se observa en todos los mercados para no frenar el crecimiento del 8% anual de la economía.

Estas medidas favorables al crecimiento son válidas y legítimas cuando no hay inflación, o cuando ésta es menor del 4% anual, pero en el contexto actual en que la inflación ya está instalada en alrededor del 20% anual, esa Política Económica no es la más adecuada porque es como querer apagar un incendio con baldes de nafta. Está bien crecer, pero no a cualquier precio, pues el remedio puede ser peor que la enfermedad.

Los Gobiernos siempre han subestimado la inflación y ahora es demasiado tarde.

El gobierno nacional sigue subestimando la inflación pues afirma que sólo existe “un reacomodamiento de precios”, sin saber que la peor estrategia para combatirla es ignorarla. Si no se frena a tiempo, crece indefinidamente al retroalimentarse en su inercia.

Contextos de hiperinflaciones galopantes derrocaron varios presidentes latinoamericanos:
a Hernán Siles Suazo en Bolivia en 1985 (23.000% anual);

a Alan García en Perú en 1990 (7.600% anual);

a Salvador Allende en Chile en 1973 (800% anual);

a Daniel Ortega en Nicaragua en 1990 (30.000% anual),

a Itamar Franco en Brasil en 1993-94 (4.000% anual)

a María E. de Perón, que no pudo completar su período constitucional de gobierno

La alta inflación del segundo semestre de 1975 aceleró la caída su caída.

Pocos recuerdan que en marzo de 1976 el índice de precios minoristas del INDEC era del 37%, equivalente a un 4.270% anual.

También la inflación de 1989 (4.900% anual) obligó a Raúl Alfonsín a renunciar 6 meses antes de finalizar su mandato presidencial.

No es un mal inevitable, pero si no se la detiene a tiempo la inflación es similar al fuego en un bosque: se pasa de una chispa a una brasa, de una brasa a una fogata y de una fogata a un incendio incontrolable.

Cargamos en nuestras espaldas medio siglo de amarga experiencia en inflación y da la sensación de que pasan los años y la lección no se aprende.
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