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¿Krugman se pasó a la “corpo”?

Krugman elogiaba la política económica de este Gobierno, pero hoy la criticó proponiendo un regreso a la ortodoxia. Tal vez parezca contradictorio, en medio del maniqueísmo predominante en Argentina. Pero los candidatos presidenciales deberían comprenderlo, para tener más chances de solucionar el problema de la inflación.



Por Gastón Utrera

La Presidenta citó muchas veces a Paul Krugman como defensor de sus políticas económicas.

Krugman ha sido, en los últimos años, feroz crítico de las políticas de ajuste en medio de la crisis europea y ferviente impulsor de políticas monetarias y fiscales expansivas en Estados Unidos.

Incluso llegó a plantear la posibilidad de considerar, para países europeos en crisis como Grecia y España, la “solución argentina”: salir del euro para devaluar y reestructurar deudas.

Pero ahora plantea que Argentina debería dejar de lado su heterodoxia económica y aplicar un poco de ortodoxia. Concretamente, reducir el déficit fiscal y la emisión monetaria.

En la Argentina maniquea de hoy, donde sólo parece posible ser oficialista u opositor, no sería extraño que oficialistas acusen a Krugman de haberse pasado a la “corpo”. Otro analista pagado por Magnetto.

Tampoco sería extraño que opositores al Gobierno plantearan que Krugman tiene razón, pero que eso implica que antes no la tenía. Que estaba equivocado cuando hablaba bien de las políticas económicas de este Gobierno.


La realidad es otra, bien diferente.

Las políticas de impulso a la demanda, como aumentar el gasto público, incurrir en déficit fiscales e, incluso, emitir dinero para financiar esos déficit fiscales, no son buenas o malas independientemente del contexto.

En situaciones de recesión, alta capacidad ociosa en las empresas, alto desempleo y riesgo de deflación, las políticas de demanda son recomendables, porque impulsan la actividad económica sin generar inflación.

Pero en situaciones en las cuales ya no hay capacidad ociosa en las empresas, el desempleo es relativamente bajo, y no hay riesgo de deflación, las políticas de demanda dejan de ser recomendables, porque generan más inflación que aumento de la actividad económica.

Y cuando se insiste demasiado tiempo con políticas expansivas en el contexto equivocado, la elevada inflación termina haciendo caer la actividad económica, producto de las distorsiones que genera, como el atraso cambiario y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios.

Eso lleva a una situación más compleja. La de recesión con inflación, en la cual las decisiones de política económica se hacen más difíciles.

Porque ya no es tan claro qué conviene hacer con la demanda agregada. Con recesión sin inflación hay que impulsarla. Con inflación sin recesión hay que contraerla. Con ambos problemas, impulsar la demanda aumenta la inflación y contraerla profundiza la recesión.

Por eso no funciona lo que viene haciendo el Gobierno, es decir, seguir con más de lo mismo.

Pero tampoco funcionaría lo que proponen algunos economistas, que creen conveniente sólo ajuste fiscal y monetario.

Solucionar todo esto requiere políticas monetarias y fiscales complementadas con políticas de ingresos, es decir, de coordinación de aumentos de precios y salarios. Lo que ningún candidato a la presidencia está proponiendo hoy.

Sólo el Gobernador De la Sota propuso el año pasado un Pacto Social, pero no es claro todavía si fue con esta lógica.

Podría haber profundizado esa propuesta en lugar de perder tiempo anunciando un crac económico inminente. Desperdiciando incluso la oportunidad para proponerse, como hombre del peronismo, y con larga experiencia política y de gestión, como el único capaz de lograr tal tipo de acuerdos. No hubiera sido un mal planteo.

De cualquier modo, todavía estamos a tiempo para que los candidatos salgan del maniqueísmo fiscal.

Y comprendan que salir de una alta inflación requiere ser pragmático, dejando de lado los dogmatismos.

Sabiendo que el problema es más complejo incluso de como lo plantea Krugman.

Que acaba de enterarse, con más de siete años de demora, de que la inflación en Argentina es más elevada de lo que muestran las estadísticas oficiales.


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