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Las diez claves del desmoronamiento de Grecia

Las diez claves del desmoronamiento de Grecia

Publicado el 03 mayo 2015 por Juan Ramón Rallo

La economía griega no se ha desmoronado como consecuencia de una conspiración internacional dirigida a desacreditar al progresista gobierno de Syriza. En realidad, Grecia lleva más de tres décadas desmoronándose bajo la bota de un Estado gigantesco que ha terminado ahogando cualquier posibilidad de que floreciera un tejido empresarial próspero. El euro no es el culpable de los problemas de fondo de Grecia: únicamente los ha puesto de manifiesto. Cualquiera que haga un recorrido por la reciente historia económica del país no podrá más que constatar que el desastre viene de lejos.

Gasto público hipertrofiado: En los últimos 35 años, Grecia ha duplicado el peso del Estado en su economía. Mientras que en 1980 el gasto público se ubicaba en el 25% del PIB, en la actualidad roza el 50%. Una sobredosis estatal que se ha financiado esencialmente por tres vías: impuestos, deuda e inflación.

Impuestos salvajes: La multiplicación de los desembolsos estatales ha ido inevitablemente de la mano de una multiplicación de los tributos. La presión fiscal desde 1980 también se ha duplicado, lo que se ha traducido en que, por ejemplo, las cotizaciones a la Seguridad Social superen el 40% del salario (son incluso mayores que en España) o en que el tipo general del IVA ascienda al 23%.

Endeudamiento endémico: El actual déficit público no es un fenómeno novedoso en la historia griega. El país no ha cuadrado ni un solo presupuesto desde 1980: de hecho, el déficit público medio por año ha equivalido al 7,5% del PIB. De ahí que la deuda pública cerrara 2014 en casi el 180% del PIB, casi el doble que la ya de por sí muy elevada deuda pública española.
Confiscación inflacionista: La inflación es un impuesto invisible que pagan los ahorradores en dinero o en renta fija: el Gobierno se financia imprimiendo billetes que deterioran el poder adquisitivo de los ciudadanos. Entre 1980 y 2001, la inflación acumulada de la dracma fue del 1.430%, una media del 39% anual. Acaso por ello, y pese a la muy intensa propaganda en su contra, el 70% de los griegos desea seguir en la moneda única y no quiere oír hablar de regresar a la dracma.

Mercados encorsetados: Por si la sobredosis de gasto público no fuera suficiente, la economía griega se ve además castigada por la falta de libertad económica. Según el Índice de la Fundación Heritage, Grecia ocupa el puesto 130 del mundo entre las economías menos libres: por detrás de Líbano, Uganda, Nigeria o Pakistán. Especialmente lamentable es la situación de su sistema judicial —se estima que el 20% de las controversias judiciales se demoran más de una década en ser resueltas—, algo que redunda en una nula seguridad jurídica para la inversión a largo plazo.
Crónico déficit exterior: La absoluta falta de competitividad del país han llevado a Grecia a importar sistemáticamente más de lo que exporta. Como media anual, Grecia ha comprado al exterior el equivalente al 5,5% de su PIB por encima de lo que ha vendido. Por eso el país depende críticamente de mantener sus relaciones comerciales y financieras con el resto del mundo: porque mientras no alteren sustancialmente su modelo productivo, son incapaces de producir internamente aquellos bienes y servicios que necesitan los griegos para mantener sus estándares de vida.

Un rescate privilegiado: La progresiva acumulación de deuda pública en un país asfixiado a impuestos y con nula capacidad para generar riqueza lo condujo en 2010 a la bancarrota. Fue entonces cuando sus socios europeos tomaron la mala decisión de rescatarlo en lugar de dejarlo quebrar: se quiso ayudar a la oligarquía griega a costa del bolsillo de todos los contribuyentes europeos y, al final, nos han empobrecido a todos sin solventar los males de la economía helena. Eso sí, lo que desde luego no podrá aseverarse es que las condiciones del segundo rescate europeo a Grecia fueran leoninas: en 2012, a Grecia se le condonó el 53,5% de su deuda pública en manos de inversores privados, se alargó su vencimiento medio hasta 16 años (el doble que el de Alemania o España) y se redujo su tipo de interés medio al 2,5% (más bajo que el pagado por Alemania).

Una banca que pende de un hilo: La gigantesca incertidumbre económica que vive el país, agravada por la propia incertidumbre política generada por Syriza, ha provocado que desde 2009 hayan escapado más de 100.000 millones de euros de sus bancos. De hecho, sólo en los escasos meses que lleva Syriza en el poder, los depósitos bancarios se han reducido en más de 25.000 millones. De no haber sido por la línea de liquidez de 77.000 millones de euros que el Eurosistema está actualmente proporcionando a las entidades financieras griegas, éstas ya habrían tenido que decretar un generalizado corralito.

Syriza se niega a cumplir su palabra: El Estado y la banca griega son insolventes. En circunstancias normales, el gobierno decretaría la suspensión de pagos, saldría del euro, devaluaría astronómicamente su nueva moneda, empobrecería todavía más a su población con una masiva inflación y, tras ese borrón y cuenta nueva, trataría de volver a empezar. Pero de momento parece que todas las partes tratan de evitar ese trágico desenlace: Bruselas dice querer extender los plazos y los importes del rescate y Syriza dice estar dispuesta a aplicar nuevas reformas y ajustes a cambio de los fondos que necesita. Así las cosas, en febrero Syriza se comprometió a cuadrar sus cuentas subiendo el IVA y el IRPF, recortando el “gasto social” y manteniendo la reducción de empleo público. Pero, hasta la fecha, el gobierno griego no ha movido ficha para transformar esas promesas en realidad, lo que ha llevado a la Troika a paralizar el desembolso de los fondos prometidos en esa extensión del rescate.
El verdadero tic-tac tic-tac: Sucede que, sin esos fondos, Grecia está condenada a quebrar. El calendario de vencimientos de su deuda pública es verdaderamente alarmante: entre el 12 de mayo y el 13 de julio, el gobierno heleno debe devolverle casi 2.800 millones de euros al FMI, y entre el 20 de julio y el 20 de agosto, más de 6.600 millones de euros al BCE. Ambos pagos ascienden al 5% del PIB del país: un dinero del que Syriza carece por entero. En ausencia de un acuerdo con la tan denostada Troika, el Estado y la banca griegos suspenderán pagos en menos de un trimestre. El tic-tac tic-tac empieza a correr contra Syriza: la idolatría al más feroz de los estatismos termina devorando a sus hijos.



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