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Morosidad crediticia china amenaza con golpear a la economía

Morosidad crediticia china amenaza con golpear a la economía mundial






En China, el sistema financiero descapitalizado, el crecimiento desequilibrado y el exceso crónico de capacidad traen a la memoria de los analistas de Merrill Lynch el Japón de 1992.



- El riesgo de lo que el premio Nobel Paul Krugman denomina “japonificación” -una recesión económica semipermanente- acecha a China desde hace por lo menos un par de años. La semana pasada, un informe de Bank of America Merrill Lynch preguntaba nuevamente: “¿China repetirá la experiencia de Japón?”.

Acabemos con el suspenso: Sí, China muy probablemente lo haga. Y el resultado tendrá implicancias mundiales mucho más graves que la principal preocupación de Krugman, que se centra en las probabilidades de estancamiento en Europa.

En China, “el sistema financiero gravemente descapitalizado”, “el crecimiento desequilibrado” y “el exceso crónico de capacidad” traen a la memoria de los analistas de Merrill Lynch, Naoki Kamiyama y David Cui, el Japón de 1992, cuando sus problemas de burbujas por primera vez comenzaron a paralizar la economía.

China depende de las exportaciones en medida aún mayor que Japón en los 90 y su importantísimo mercado inmobiliario ahora “podría estar a punto de caerse”.

Lo más preocupante es el inestable sector bancario. Lo que preocupa a Kamiyama y Cui es la falta de medidas audaces de Pekín en un momento en el cual la magnitud de la deuda china en mora podría ser más grande de lo que jamás fue la japonesa.

Creen que la proporción de préstamos con problemas de recupero se ubica “significativamente en el área de los dos dígitos”. En el primer semestre de este año, calculan los analistas, los bancos comerciales debieron asentar en sus libros pasivos por préstamos en mora más grandes que en todo 2013.

Pero hay que tener en cuenta que esto ocurre aun cuando el gobierno dice estar ocupándose de los desequilibrios financieros. Aún en julio, el financiamiento social total, parámetro de la deuda, todabía crecía a un ritmo de casi 16 por ciento interanual, muy por encima del crecimiento nominal del PIB chino. En otras palabras, China pasó gran parte de este año aumentando su deuda y sus burbujas crediciticias… no frenándolas.

Punto sin retorno
Si estuviéramos en 1992, China podría simplemente obligar a los bancos y las empresas estatales a controlar los excesos y sobrellevar el moderado deterioro resultante del producto interno bruto. Pero China pasó el punto sin retorno después de la caída de Lehman Brothers en 2008, cuando implementó un paquete de estímulo de US$ 652,000 millones, seguido de otros pequeños no revelados.

Estas medidas colocan a China, según la expresión del administrador de fondos de cobertura de Nueva York James Chanos, en una “trotadora al infierno”. Si Pekín intentara ahora una racionalización crediticia amplia, prácticamente todos los sectores de la economía se verían afectados. Los riesgos de agitación social aumentarían vertiginosamente.

China pronto podría enfrentarse al dilema que tuvo Japón en 1997, cuando la firma centenaria Yamaichi Securities Co. quebró y amenazó con convertir la Crisis Financiera Asiática en una debacle mundial. En lugar de decir la verdad sobre la verdadera magnitud de su problema de morosidad de los préstamos, Japón se apresuró a apuntalar el sistema bancario con rescates y rebajas de las tasas de interés.

Las autoridades de Tokio temían que el país perdiera su prestigio si sus pares de Washington, Londres y Bruselas se enteraban de lo cerca que estaba Japan Inc. de la insolvencia. Pero la reacción japonesa -que incluyó cantidades industriales de inyecciones de efectivo financiadas por el Estado y el apuntalamiento de los bancos débiles por parte de los más sanos- lanzó al país a las infames “décadas perdidas” de las cuales el primer ministro Shinzo Abe ahora ha prometido sacar al país.

La opinión generalizada es que China tiene US$ 4 billones de reservas de divisas para arrojarle a su problema de morosidad en los préstamos. Sin embargo, cualquier acción para convertir en efectivo los bonos del Tesoro estadounidense, la deuda europea y los bonos japoneses que tiene China precipitaría una caída mundial.

Un crack chino castigaría a los mercados de materias primas, todas las industrias, de la manufactura a la alta tecnología, y las calificaciones soberana y crediticia de las empresas de las economías dependientes de las exportaciones, de Australia a Japón y Brasil. Sería un inoportuno golpe a los Estados Unidos y una Europa cada vez más frágil.

Sin embargo, los bancos chinos siguen abriendo el grifo de los nuevos créditos. El mes pasado, los préstamos nuevos en moneda local aumentaron a US$ 114,000 millones (frente a US$ 63,000 millones en julio), mientras que la oferta monetaria M2 creció 12.8% interanual.

Y, dado que China ahora registra las cifras de producción industrial más débiles desde la crisis mundial, economistas como Liu Li-Gang de Australia New Zealand Banking Group apuestan a nuevas tandas de estímulo para garantizar que este año China alcance su meta de crecimiento de 7.5%.

En lugar de esto, China debería permitir que el desapalancamiento comenzara de inmediato. Si bien el gobierno permitió algunos pequeños incumplimientos de pago, incluido el de Shanghai Chaori Solar Energy Science Technology en marzo, todavía no ha permitido uno grande que castigue a las instituciones de préstamo.

Va a tener que soportar algunas suspensiones de pagos más importantes que podrían incluir a un gobierno municipal o dos. Las autoridades deben ordenarle al banco central que seque el crédito y tome duras medidas contra el monstruo de la banca en las sombras que ha crecido exponencialmente desde 2008.

Lamentablemente, China no da señales de estar organizando esta purga. Como demuesta Japón aún hoy, el crecimiento sano depende de un sistema bancario estable y funcional. Cuanto más tarde China en crearlo, más se arriesga a padecer el tipo de década perdida que la economía difícilmente pueda permitirse.
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