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¿Por qué la desigualdad es un lastre para las economías?



¿Cuánto debe preocuparnos la creciente desigualdad? Ésta es una cuestión moral y política. También es de carácter económico. Se reconoce cada vez más que, al pasar de cierto punto, la desigualdad puede ser una fuente de males económicos significativos.

EE.UU. – la economía de altos ingresos más importante y con la mayor desigualdad – proporciona en este momento un ensayo del impacto económico que inflige la desigualdad. Y los resultados son preocupantes.

Esta toma de conciencia se ha extendido a las instituciones que normalmente no serían acusadas de tener tendencias socialistas. Un informe escrito por el economista en jefe para EE.UU. de Standard & Poor’s, y otro de Morgan Stanley, concuerdan en que la desigualdad no sólo está aumentando, sino que tiene efectos perjudiciales sobre la economía estadounidense.

DESIGUALDAD EN AUMENTO

Según la Reserva Federal, la capa del 3% superior de la distribución de los ingresos recibió el 30,5% de los ingresos totales en 2013. El 7% siguiente recibió sólo el 16,8%.

Eso dejó apenas más de la mitad de los ingresos totales para el 90% restante. El 3% superior también fue el único grupo que ha disfrutado de una proporción creciente de ingresos desde principios de 1990.

Desde el 2010, la mediana de los ingresos familiares cayó, mientras que la media se elevó. La desigualdad sigue aumentando. El estudio de Morgan Stanley enumera entre las causas del aumento de la desigualdad: la creciente proporción de empleos poco cualificados, mal pagados e inseguros; el aumento de la prima salarial para la gente educada; y el hecho de que las políticas fiscales y de gasto público son menos redistributivas de lo que solían ser hace unas décadas.

Así que, en 2012, dice la OCDE, EE.UU. ocupó el primer lugar entre los países de altos ingresos con la mayor proporción de empleos relativamente mal pagados. Por otra parte, el quintil inferior de la distribución del ingreso recibió sólo el 36 por ciento de los pagos de transferencias federales en 2010, por debajo del 54 por ciento en 1979.

Se proyecta que los impuestos regresivos sobre la nómina, que cuestan a los pobres proporcionalmente más que a los ricos, generará el 32 por ciento de los ingresos federales en el año fiscal 2015, frente al 46 por ciento para el impuesto federal sobre la renta, cuya carga recae más en quienes tienen mayores ingresos.

APUNTANDO AL CONSUMIDOR

También son importantes los enormes aumentos en el salario relativo de los ejecutivos, junto con el cambio en los ingresos desde el trabajo hacia los retornos del capital. Las políticas de la Reserva Federal también han beneficiado a los relativamente mejor acomodados, ya que está tratando de aumentar los precios de los activos que son mayoritariamente propiedad de los ricos.

Estos informes sacan a la luz dos consecuencias económicas del aumento de la desigualdad: la débil demanda y el lento adelanto en el aumento de los niveles educativos.

El argumento de la demanda es que, hasta el momento de la crisis, muchos de los que no estaban disfrutando de un aumento de sus ingresos reales pedían prestado. El aumento de los precios de la vivienda lo permitían. A finales de 2007, la deuda alcanzó el 135 por ciento de los ingresos disponibles.

Luego vino la crisis. Agobiados con enormes deudas y no pudiendo pedir más préstamos, las personas de bajos ingresos se han visto obligadas a gastar menos. El retiro de la equidad de la hipoteca, financiado mediante el endeudamiento, se ha derrumbado. El resultado ha sido una recuperación excepcionalmente débil del consumo.

No tiene sentido prestar imprudentemente a quienes no pueden permitírselo. Sin embargo, esto sugiere que la economía no saldrá a flote nuevamente sin una redistribución del ingreso hacia el segmento consumidor o el surgimiento de otra fuente de demanda.

Por desgracia, no es del todo claro lo que este último podría ser. El gasto público se ve limitado. La inversión empresarial se ha frenado por el débil crecimiento potencial de la demanda. También es poco probable que lo sean las exportaciones netas: el resto del mundo quiere el crecimiento impulsado por las exportaciones, también.

La educación estadounidense también se ha deteriorado. Es el único país de altos ingresos cuya población entre 25 y 34 años no cuenta con una mejor educación que la de 55 a 64 años. Esto es en parte debido a que otros países han alcanzado a EE.UU., país pionero de la educación universitaria en masa. También se debe a que los niños de familias pobres están en desventaja para terminar la universidad.

El informe de S&P señala que para los hogares más pobres, las tasas de graduación de la universidad aumentaron en sólo alrededor de 4 puntos porcentuales entre la generación nacida a principios de la década de 1960 y la que nació a principios de la década de 1980. La tasa de graduación para los hogares más ricos aumentó en casi 20 puntos porcentuales en el mismo período.

Sin embargo, sin un título universitario, las posibilidades de movilidad ascendente son ahora muy limitadas. Como resultado, los niños de familias prósperas tienden a permanecer en buenas condiciones económicas y los niños de las familias pobres seguirán siendo pobres.

Esto no es sólo un problema para aquellos cuyos talentos no se ven recompensados. El no elevar los niveles educativos probablemente perjudica el éxito a largo plazo de la economía. Algunos de los beneficios de la educación bien pueden sólo ser el obtener un bien posicional: a los individuos mejor educados les va mejor porque han ganado una carrera de suma cero. Sin embargo, una población mejor educada también elevaría a todos a un mayor nivel de prosperidad.

Los costos de la creciente desigualdad para la sociedad van más allá. A mi juicio, los mayores costos son la erosión del ideal republicano de una ciudadanía igualitaria.

A medida que la Corte Suprema de EE.UU. distorsiona la Constitución para complacer a los plutócratas, aumenta el peligro para las bases políticamente igualitarias de la república. Las divergencias enormes en la riqueza y el poder han socavado repúblicas en el pasado. Esto bien podría suceder en el presente.

Sin embargo, incluso para aquellos que no comparten estas preocupaciones, los costos económicos deberían importar. El “estancamiento secular” de la demanda, a la que Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de EE.UU., se ha referido, se relaciona con los cambios en la distribución del ingreso.

Igualmente, la transmisión de las desventajas educativas a través de las generaciones es también un obstáculo creciente para la economía. Una economía adicta a la deuda y con niveles estancados de educación probablemente tenga un futuro enfermizo.
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