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Un incómodo espejo para la Argentina

Los científicos de las disciplinas más duras avanzan en el conocimiento realizando "experimentos", creando situaciones controladas en las que van modificando de a una variable por vez para poder evaluar los efectos del cambio. En la discusión macroeconómica, la posibilidad de encontrar una situación que pueda permitir un análisis del estilo es remota, por la cantidad de variables que se mueven en todo momento.

Sin embargo, la historia comparada de la Argentina con la de Uruguay desde la crisis de 2001 replica de manera sorprendente, en el mundo real, las condiciones de esos experimentos de las ciencias duras. Los puntos de partida son llamativamente semejantes. En 2001, ambos países tuvieron una crisis de equiparable magnitud. Ese año, el PBI de Uruguay cayó 3,8%, seguido por un 7,7% en 2002. En la Argentina, los números fueron 4,4 y 10,9%. En Uruguay, el colapso implicó una devaluación del peso superior al 100%, mientras que en la Argentina se arrancó con una del 40%, que cuatro meses más tarde ya superaba el 200%. En los dos países, la crisis derivó en la quiebra y desarticulación de su sector financiero, y ambos entraron en default.

En el arranque de este drama rioplatense, la Argentina era un país más rico. El ingreso per cápita en dólares (en poder de compra equivalente) en Uruguay era de 8040, mientras que el de la Argentina estaba cerca de los 9137.

Pero desde el comienzo se vio que el enfoque con el que se encararía la resolución de los problemas sería diferente. La crisis financiera implicó restricciones a la disponibilidad de depósitos en la Argentina (el corralito y corralón), pero no en Uruguay. Allí se obligó a los bancos extranjeros a hacerse cargo y hacer frente al retiro de depósitos. Aquí se pesificaron las deudas. En Uruguay no.

El enfoque respecto de la reestructuración de la deuda también fue radicalmente diferente. En el caso de Uruguay, tuvo quitas promedio de 13 y 22% (sobre los tramos internacionales y locales), mientras que aquí las quitas llegaron al 75%. ¿Resultado? El país vecino se financia hoy a más de 30 años a una tasa cercana al 4%. La Argentina, después de una década, cayó nuevamente en default y su costo financiero es de más de 10%.

Durante la década, Uruguay se abrió a la inversión extranjera y al mundo. Hoy plataformas de exploración petrolera van camino hacia allí, donde la seguridad jurídica más que compensa su desventaja geológica. Y las pasteras vinieron a instalarse acá, hasta que la corrupción las espantó para que terminen al otro lado del río. Uruguay recibió inversión argentina en agro y brasileña en ganadería. Punta del Este se consolidó como balneario internacional. Las empresas de software empezaron a instalarse en Montevideo y ejecutivos argentinos se movían a Carrasco escapando de la inseguridad de la Argentina. Se podría afirmar, entonces, que sí fuimos exitosos en exportar la inversión.

En Uruguay, esa integración al mundo rindió sus frutos. Las exportaciones crecieron 340%, muy por encima de las de la Argentina, que a pesar del boom de la soja crecieron 210%. Hoy Uruguay exporta más carne que la Argentina y nos provee trigo y electricidad.

Así, Uruguay no conoció nuestra versión K del corralito, el cepo cambiario, ni el Cedín, ni la Supercard, ni el dólar blue, ni los Precios Cuidados, ni el Carne para Todos.

En términos de liderazgo político, Uruguay hizo una profunda transición ética, reduciendo drásticamente la percepción de corrupción en el país. En este plano, se parece hoy mucho menos a Brasil, México y la Argentina y mucho más a Chile. Pero mientras Uruguay consolidaba esta transición, aquí cerramos la década mintiendo en las estadísticas públicas y con un vicepresidente acusado de falsificar su firma en documentos públicos.

Y a pesar de que en Uruguay gobierna la izquierda, no gobiernan los populistas. Porque, probablemente, no hay nada más antipopular que el populismo. Sobre todo si uno se anima a mirar más allá de lo que pueda ocurrir en los próximos meses.

El resultado del populismo a ultranza que nos invade ha sido un déficit fiscal creciente. Y como el Gobierno no puede pedirle más impuestos a la gente se financia con emisión monetaria, esto es, inflación. Que llega aquí al 40%, cuando en Uruguay se mantiene en un dígito.

En definitiva, hoy Uruguay es un país más rico que la Argentina. En dólares de hoy, el ingreso per cápita está en 16.722, mientras que aquí esa cifra se ubica en 15.943.

Uruguay se muestra como un incómodo espejo de nuestra propia realidad, que nos indica que no son necesarias ni la épica, ni la rebelión, ni la agresión para mejorar la calidad de vida de la gente. Lo que se necesita es sentido común, un activo que nos falta entre tanto gas y tanta soja.
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