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El departamento (cuento propio)





EL DEPARTAMENTO


El departamento era nuevo y se encontraba en una de las zonas más tranquilas y seguras de la ciudad. Estaba a sólo una cuadra de mi trabajo y la renta era un sueño; casi la mitad de lo que pago ahora por un piso más pequeño, en un rumbo mucho más inseguro. El único problema era que no tenía ventanas. No fue ningún error de diseño, sino el “uso de suelo” lo que obligó a los dueños a renunciar a su idea de un edificio de oficinas, y terminar construyendo uno habitacional. El detalle era que ya se habían iniciado las obras de los primeros pisos y aquel departamento, que habría de ser una bodega, ya estaba terminado. Nadie lo quería tomar, por lo que lo abarataron al punto que fue irresistible para mi bolsillo. No creí que la ausencia de ventanas fuera a ser ningún problema. Contaba con una buena iluminación eléctrica y sólo pensaba usarlo para dormir. Por lo que lo tomé de inmediato.

Todo marchaba sobre ruedas hasta que tuve que quedarme en casa, incapacitado por una semana a causa de una infección estomacal.

En sólo tres días ya había acabado con mi incipiente biblioteca, y estaba por releer un periódico viejo, cuando escuché un poco de barullo en las calles. No me preocupé y seguí leyendo, cuando las sirenas de ambulancias y patrullas llamaron mi atención. Salí a ver qué ocurría, pero todo parecía en calma. Había niños jugando en la plazuela, mujeres conversando y un señor sacando a pasear a un perro. Entonces regresé y cerré la puerta. Pero adentro volví a escuchar el ruido de las sirenas, ahora acompañadas de helicópteros y gente corriendo en los pasillos. Abrí otra vez la puerta, pero nada había cambiado. Pensé que deberían ser mis nervios y volví al departamento para dormir un poco.

No había pasado ni un minuto de que había regresado a la cama, cuando las luces comenzaron a parpadear y las paredes a crujir. Los helicópteros, patrullas y ambulancias seguían con su escándalo y me quedé a oscuras. A tientas me dirigí a la puerta, pero no pude abrirla, estaba atorada, casi como si alguien la estuviera deteniendo desde afuera. Los murmullos se volvieron más insistentes, además de que empezaron a tamborear las paredes y puertas.

– ¡Salgan todos, el edificio está por ser demolido! –anunciaba una voz magnificada, mientras yo forcejeaba con la cerradura.

Entonces la luz regresó, pero seguía parpadeando como si sólo hubiera querido que viera cómo el departamento se venía abajo. Después todo se volvió oscuro.

A la mañana siguiente me encontré bañado en sudor, recostado junto a la puerta, con las luces encendidas y el departamento intacto. Ese mismo día abandoné el edificio, importándome muy poco si recuperaba o no el mes que había pagado por adelantado.

Ahora tengo que pararme dos horas antes, tomar el transporte colectivo y hacer varios transbordos para llegar al trabajo. Me han asaltado en cinco ocasiones, dos de ellas en el cubo de las escaleras, y algunos fines de semana no puedo dormir nada, porque al vecino de abajo le gusta organizar fiestas que empiezan los viernes por la noche y terminan los domingos en la mañana. Pero al menos aquí no siento que se me viene el techo encima, y tengo ventanas por todas partes.





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