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Espejito, espejito. (Parte 2) (El Cazador)

El Cazador


Tras los tupidos arbustos se encontraba El Cazador. Un hombre de aspecto feroz, flaco pero corpulento y lo suficientemente alto como para inspirar respeto. De su cinturón colgaba una espada y un puñal, de su espalda una ballesta color verde. Hacía ya bastante tiempo que el hombre estaba agazapado tras esos arbustos, esperando a su presa… Calculaba mientras estaba quieto y su rostro y cuerpo se perdían en el bosque. Eternamente quieto podía permanecer, observando.
Calculando.
Hacía ya unas cuantas horas que se encontraba esperando a El Rey. ¿Vendría? ¿La Madrastra no lo habría engañado?
“Lo dudo”
A pesar de ser una mujer malvada, era leal y El Cazador jamás la había ofendido. La lógica de la selva lo regia, y una presa no debe enfrentarse a un depredador.
Calculaba.
-¿Dónde estás?
Murmuro.
Pero El Rey no venia… Tampoco vino después de unas cuantas horas.
-Maldita bruja…
Dijo y, por fin, se levanto de su guarida improvisada. El arbusto se movió un poco y el emergió tras el. Estaba cubierto de hojas y pintura natural color verde. Se movió lentamente, alejándose del Camino Real, e intento buscar refugio.
Una vez que se hubo sentado, un ruido lo alerto. Era un grito ahogado, casi imperceptible para cualquier otra persona.
Calculaba.
¿Seiscientos metros?
-Más… Ochocientos.
Lentamente comenzó a dirigirse al Camino Real y a caminar para luego terminar trotando.
Bajo una empinada ladera de no más de cincuenta metros y aterrizo en la pedregosa calle.
Mientas la cruzaba escucho de vuelta el grito.
Calculaba.
-¿Seiscientos metros?
Y corrió.
Corría muy rápido, pero sus pasos no se oian. Los enormes arboles impedirían a cualquiera encontrar a otra persona, pero El Cazador no era alguien común. Corria. Corria. Y miraba, tras los arboles, en las copas, en todos lados. Nada se escapaba a su aguda vista.
Calculaba.
No veía a la presa, pero estaba ahí… La sentía. La olía…
Se tiro tras unos arbustos que le impedían mirar mas allá de una serie de arboles de, donde él pensaba, que había venido el ruido. Se arrastro y miro.
El Cazador estaba entrenado para evitar cualquier emoción durante su cacería. Un caballo podría quebrarle la rodilla, pero su boca no se movería. Las emociones, los sentimientos y todo lo que hiciera fallar su puntería o su pensamiento racional era alejado.
Pero aun así no pudo contener un gritito de felicidad cuando vio sentada en un árbol a una joven tan blanca como la nieve, con un feo gato color naranja.
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