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Médico, Guerrillero, Adicto y Hombre Nuevo

MÉDICO, GUERRILLERO, ADICTO Y HOMBRE NUEVO


Juan Carlos Acosta tuvo el valor de dejar atrás décadas
de errores y sufrimiento. Hoy en día reconstruye lo que
quedó de su vida.




La toma guerrillera a la Embajada de República Dominicana, ejecutada por un comando del M-19 el 27 de febrero de 1980, fue la motivación que bastó para que Juan Carlos Acosta Lesmes se sumergiera en una vida de guerrillero de la que se arrepentiría 26 años después. Para esa época, Acosta Lesmes, de 16 años de edad, era un manojo de nervios que no definía si seguir los pasos señalados por su padre, el estricto coronel del Ejército colombiano Juan de Dios Acosta, o las doctrinas izquierdistas del padre Benancio, un cura argentino que le había inculcado en el Seminario Nuestra Señora de La Consolata, de Manizales, donde hizo el bachillerato, ideas de izquierda de línea dura.


LA VOCACIÓN DE SALVAR VIDAS


Como estudiante de bachillerato, Juan Carlos Acosta ya frecuentaba reuniones clandestinas con jóvenes militantes de la Juventud Comunista en Manizales. Las relaciones con su familia se deterioraron cuando la inteligencia del Ejército, lo identifi có por su tendencia izquierdista. “Ya graduado ingresé a la facultad de Medicina de la Universidad Nacional, porque estaba convencido de que salvar vidas era mi vocación de fondo. Años después me enviaron al departamento del Cauca, a realizar el año rural y me reencontré con mis amigos de la Juventud Comunista, quienes ya estaban organizados como guerrilla y habían conformado el Comando ‘Ricardo Franco’, como movimiento hermano del M-19 y contrario a la línea política de las Farc.
Ahí era frecuente ver gente como Gustavo Petro, Antonio Navarro Wolf, Rosemberg Pabón o a los hijos de estos. Hernando Pizarro Leongómez, el segundo comandante, era llamado en la organización ‘Carro Loco’. Pensé, equivocadamente, que estaba en lo mío”, dice ahora. En la guerrilla Acosta Lesmes era ideólogo junto con un cuadro de compañeros de universidad. Se hacía llamar ‘Andrés Castaño Correa’, en honor a un guerrillero conductor muerto en combates. Después de lograr conformar la columna ‘Ricardo Franco’, con 210 hombres, el médico Juan Acosta Lesmes fue delegado en diciembre del año 1985 para representar a esa facción en reuniones en Quito, Ecuador, en donde la izquierda latinoamericana pensaba conformar el ‘Batallón América’, integrado por las guerrillas M-19, de Colombia; Alfaro Vive, de Ecuador, el Tupac Amarú, de Perú y otras. La reunión guerrillera en Quito, Ecuador, fue un fracaso y alias ‘Andrés Castaño’ regresó a Colombia, en donde se topa con un impresionante cuadro de horror y crueldad. Alias ‘Javier Delgado’, comandante del ‘Ricardo Franco’, había iniciado una sangrienta purga al interior del grupo buscando infiltrados del Ejército.


EL DESENCANTO DE LA GUERRILLA


“Fue conocida en el mundo como ‘La masacre de Tacueyó’. Ya había asesinado a más de cien combatientes y, cuando yo regresé a principios de enero del 86, fusiló a unos cincuenta guerrilleros más, muchos de ellos niños que habían entrado a grupo con ideales nacionalistas. Los obligaban a cavar sus fosas, luego los formaban frente al hueco y les disparabanen presencia de la tropa. A otros los mataban a hachazos”, recuerda. Impresionado, Juan Carlos Acosta pidió una licencia y, justo cuando iba a salir del campamento en compañía de su novia, la guerrillera antioqueña Claudia Patricia Rios, alias ‘Carmen Julia’, ella muere en un combate con el Ejército. “Yo me había formado en la guerrilla como intelectual, como médico, no quería asesinar ni cargar armas, pero me dijeron al llegar de Quito que las vainas estaban malucas, que no llegaban las ayudas extranjeras y había que exigir los ‘bonos de guerra’, que no es otra cosa que la extorsión a la gente, para mantenernos, porque el Estado le estaba respirando a la guerrilla en la nuca.
Por eso pedí una licencia de 15 días para ir a Pereira a buscar a mi familia y saber de ellos”, anotó. Saliendo del monte un grupo paramilitar emboscó los carros de la guerrilla y mató a varios militantes. Juan Carlos Acosta, estaba paranoico. Al llegar a Pereira, comenzó a pensar seriamente en desmovilizarse. La muerte de
su novia, el atentado y la presencia cada vez más frecuente de paramilitares lo convirtieron en un hombre nervioso y comenzó a tomar tranquilizantes.


EN BUSCA DE UNA NUEVA VIDA


“Me entreviste con el procurador regional de Risaralda, el doctor Ever
Rojas Leal, y me entregué al Estado. Le dije que, como médico, no podía ir en contravía del juramento
hipocrático y acabar con las vidas que había jurado salvar. Entonces me enviaron a Barranquilla con la
promesa de un bono mensual de supervivencia y la posibilidad de un empleo como médico”, cuenta. En Barranquilla el guerrillero fue recibido por el Gobernador de entonces, quien lo recomienda para trabajar en una clínica ubicada al norte de la ciudad. “Entre a trabajar como ortopedista. Yo era uno de los médicos de mis camaradas en el monte y me había especializado en heridos de guerra, por eso caí bien en este trabajo”, asegura. De esa clínica pasó al Hospital General de Barranquilla por recomendación del mismo Gobernador. Vivía en el Hotel Canadiense, de la calle Murillo con la carrera 38, pagado con la pensión que le daba el Estado. Por estos días, el ex guerrillero se había convertido en un esclavo de las anfetaminas y
los antidepresivos, impulsado por terror constante de ser víctima de los paramilitares.


COMENZÓ SU CALVARIO


“Como estaba tan cerca a la Zona Cachacal, me bajaba por las noches a
doparme para poder dormir. Luego, ese ejercicio se convirtió en una adicción. Las cosas empeoraron en
1990, cuando llegaron a Barranquilla otros guerrilleros del EPL amnistiados y me hicieron la guerra de
manera corrupta. El Gobierno dejó de mandarme la pensión y quedé viviendo del sueldito del Hospital
de Barranquilla. Un día de junio del 91 llegó una paciente hermosa y nos enamoramos. Ella era adicta al
bazuco y me la lleve a vivir a la pieza. Era la puerta de entrada a mi infi erno”, rememora. Alias ‘Andrés Castaño’ se deslizó poco a poco en el túnel oscuro del mundo de las drogas. Su novia drogadicta lo abandonó cuando perdió el empleo como médico y poco a poco se fue quedando solo. “Me enteré
que mi padre, el coronel Juan de Dios Acosta había muerto de pena moral cuando supo que yo estaba en la guerrilla. No sabía dónde estaba mi madre y todos mis amigos estaban muertos o en la guerra, así que me entregué a la perdición”, asegura.


Transcurrieron varios años en las oscuras y malolientes calles de la Zona Cachacal. “En el 2003 me retiré al norte de la ciudad y me puse a cuidar carros en la calle 76 con la carrera 50. Me decían ‘El Barbas’ porque la barba me llegaba a pecho y estaba esquelético. Un día me pilló la Policía y salió una orden de captura por sedición, rebelión y asonada. La Fiscalía pidió 25 años de cárcel, pero apareció el pastor Rodrigo Arenas, el mismo que puso el carro-bomba en el hotel Royal, y yo conocí al Señor. Un abogado de pueblo revisó mi caso y pagué sólo dos años y medio…
Señor, Gracias por estar a mi lado…”


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