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Abuso verbal, descalificacion



La descalificación es una forma de manipulación
Hace algunos años, tuve una relación en la que mi novio solía descalificarme cada vez que yo decidía romper el silencio y confrontarlo. Él reaccionaba diciéndome cosas como: "Otra vez vas a empezar con tu drama y tus tonterías; eres una caprichosa, quieres salirte con la tuya". Por fortuna, tomamos la decisión de separarnos. Después, en terapia, comprendí que yo no estaba loca, sino que él me descalificaba para controlar la relación.

La descalificación es una forma de manipulación psicológica para hacer que uno dude de la realidad o de su propia experiencia, de manera que uno sienta que su percepción y sus emociones no son válidas. En este proceso, el otro se planta con tal certeza que pone en duda nuestro sentido de realidad, sacándonos de nuestro centro progresivamente, hasta que terminamos por creer que, efectivamente, estamos locas. Es una estrategia que se hace muy evidente en las relaciones de pareja, pero está presente en otros ámbitos de la vida a través de diferentes mecanismos.

1. Miedo a perder la ventaja
La descalificación aparece con mayor facilidad cuando hay un ejercicio de poder desigual. El agresor puede ser un jefe, un padre de familia, una persona idealizada. Incluso hay guías (terapeutas, entrenadores o profesores) que llegan a cometer descalificaciones cuando el aprendiz o el paciente manifiesta que se siente listo para volar solo. Eso se debe a que los guías se encuentran en una situación de poder mientras el alumno o el paciente cree en ellos. Y los guías no quieren perder esa ventaja.
A veces la descalificación aparece con un rostro ambiguo, como el sarcasmo, la burla o la conmiseración. En ese caso, la falta de confianza en uno mismo se carga de culpa: "algo malo habré hecho, no soy suficientemente bueno/eficiente/agradable/inteligente, nadie más me va a querer así". Entonces surgen las preguntas: ¿por qué mi maestro habría de llevarme por el camino equivocado?, ¿por qué mi terapeuta, —o la persona que me ama— me mentiría? Así, uno renuncia a su percepción de la realidad, aceptando la que el otro propone.

2. Micromachismo
El psiquiatra y psicoterapeuta Luis Bonino Méndez identifica a la descalificación como una de tantas formas de micromachismo, entendido como un conjunto de comportamientos "invisibles" de violencia y dominación, que algunos varones realizan en el ámbito de las relaciones de pareja. Dichos comportamientos, considerados "normales", han sido legitimados y ejecutados sin consecuencias debido a que las mujeres, al ignorar su funcionamiento, las aceptan y perpetúan de manera inconsciente.
Los micromachismos en la pareja comprenden una serie de maniobras interpersonales que se manifiestan como formas de presión de baja intensidad, con las que los varones intentan imponer y mantener el dominio o la supuesta superioridad sobre la mujer, reafirmar o recuperar dicho dominio ante la mujer que se "rebela", resistirse al aumento de poder de la mujer con la que se vincula, o aprovecharse de dichos poderes.

3. Entre la soledad y la libertad
Paula tenía menos de un año casada, pero no era feliz. Intentó de muchas maneras resolver la situación, hasta que llegó a la conclusión que debía separarse: necesitaba aprender a hacerse cargo de su propia vida, porque de otra manera no podría formar una pareja más o menos equilibrada. Cuando le planteó a su marido la situación, él ignoró los motivos de Paula y le dijo: "lo que pasa es que estás deprimida, necesitas ayuda, has entrado en un proceso autodestructivo". Ella dudó de sí misma y se quedó con él varios meses más.
En ese tiempo, él trató de ganar cómplices para su causa: habló con la familia de Paula para decirle que ella estaba muy mal, pero que él la estaba cuidando. Sin embargo, cuando se acercó a los amigos más cercanos de Paula, la estrategia no funcionó. La conocían muy bien y sabían que ella estaba en un punto crucial de su vida, que no necesitaba más guías o tutores, que era momento de tomar las riendas de su vida; tenían claro que él no lo hacía por "maldad", simplemente era un mecanismo de defensa, que no quería quedarse solo, y por eso estaba recurriendo a una posición paternalista que, sin embargo, la descalificaba. Sólo después de algunos meses de separación, Paula pudo ver la situación con claridad.

Recuperar la confianza
En una situación donde somos descalificados continuamente, lo mejor es hacer un alto, tomar distancia y volver a ponerse en contacto con uno mismo a través de algunos ejercicios:
Escucha el cuerpo, ve sus reacciones, interpreta sus mensajes. Cada quien tiene zonas del cuerpo más sensibles que otras; ahí suelen expresarse malestares relacionados con dolencias emocionales. Dicen que cuando el alma calla, el cuerpo grita. (Aquí hay un libro que puede ser de utilidad).

Revisa tus sueños. El inconsciente trabaja para ti, cada noche, dándote un coctel de imágenes que, aisladas, no tienen mucho sentido. Pero si las ponemos en relación con nuestro día a día, es posible que encontremos algunas pistas hacia lo que realmente nos inquieta y nos motiva.
Una decisión, una pregunta. Parece una obviedad, pero cuando se trata de recuperar la certeza y la confianza, es muy útil hacerse preguntas ante cada elección, por pequeña que parezca: ¿esto me gusta o no?, ¿cómo me hace sentir?, ¿necesito quedarme o marcharme?, ¿qué quiero hacer, qué es lo mejor para mí?

Entre amigos. Quienes te conocen bien y te quieren, te dirán la verdad. Bajo el tamiz de su mirada, se puede reconstruir el puente de regreso a uno mismo.
Crea tus herramientas. Una buena terapia te ayudará a reconocer cómo es que ese mecanismo de descalificación se activa; a su vez, te ayudará a crear las herramientas emocionales para lidiar con ello.

Comprende y suelta. Cada quien construye su realidad a partir de historias, perspectivas y experiencias. Cuando hay diferentes percepciones, es importante reconocer que ambas son correctas, que no hay una que sea más verdadera que otra. Reconocer cuál es la realidad del otro te ayudará a reconocer la tuya.

Este ejercicio puede ayudarnos, en primer lugar, a reconocer el problema, porque cuando la gente abusa físicamente, uno puede mirar el golpe y saber que es un comportamiento reprobable, pero cuando se trata de cuestiones emocionales, es difícil saber dónde está el daño.

Él dice que estoy loca: El otro día en un café me tocó escuchar a una pareja discutiendo. Ella le pedía a su novio que fuera más consciente, porque algunas de sus reacciones le hacían daño y estaban minando la relación. A lo que él respondió: "¡Estás loca!, imaginas problemas donde no los hay, sólo lo haces para molestarme". No pude más que revolverme por dentro, porque me reconocí en ella.



Abuso verbal, ¿cómo identificarlo?

El abuso verbal es un problema que nos atañe a todos. Es tan común en la cultura latinoamericana que se vive como algo "normal", pero está muy lejos de serlo. Este tipo de violencia existen en cualquier tipo de relación en la que uno considera al otro como inferior (sea entre padres e hijos, compañeros de trabajo o parejas heterosexuales u homosexuales). Pero, debido a que vivimos en un sistema de valores predominantemente machista, las situaciones más evidentes se dan en relaciones en las que el hombre agrede verbalmente a la mujer.

El abuso verbal toma muchas formas, desde la burla hasta los gritos, pasando por comentarios entre dientes hasta la descalificación. Se da cuando el lenguaje ya no sirve para construir lazos afectivos sino para destruir al otro, para ponerse en una supuesta posición de superioridad, para evadir la responsabilidad de un acto o para enmascarar una mentira o un error.
Desafortunadamente, el que toleremos este tipo de relación viene de un prejuicio cultural: nos han hecho pensar que no tener una relación de pareja es un rasgo sospechoso, o bien, que una tiene que “aguantar” lo que sea para que los hijos no sufran, pero el costo de los abusos es altísimo. Aunque no deja huellas físicas, el abuso verbal provoca heridas emocionales profundas. Quienes lo sufren tienen el autoestima erosionada, y los niños que lo presencian desarrollan una visión pobre y torcida de las relaciones de pareja.



Nuestra capacidad de adaptación es tan alta que, para sobrevivir, muchas mujeres hacemos como que no pasa nada. Toleramos las agresiones hasta que la violencia pone en peligro nuestra salud física y mental. En ese punto ya no se puede negociar nada, la mujer siempre pierde, no importa cuan dócil o amable sea, siempre se siente en falta, al grado que ella también comienza a creer que de verdad “se merece” la agresión que recibe.
Antes de llegar a ese punto donde se borran los límites, es necesario identificar cuándo se está en una situación de abuso verbal. La psicóloga y terapeuta Marie Hartwell-Walker, considera que hay varios signos que revelan este tipo de violencia:

1. El sarcasmo. Es la cara “amable” del abuso verbal. Ejemplo: Juan hace bromas sobre María, tanto en público como en privado. A María le parecía gracioso al inicio, pero cada vez las bromas le resultan más diífciles de tolerar porque la hacen sentir humillada. El sarcasmo tiene el objetivo de vulnerar al otro, de menospreciar sus logros, sus pensamientos y todo aquello que le resulta significativo. El límite se vuelve difuso porque uno se pregunta cómo es que alguien tan carismático y gracioso puede ser tan hiriente. Si tu pareja te usa para hacer bromas y a ti no te causan gracia, hay abuso verbal. No lo permitas.

2. “Estás loca”. Cuando le expresas a tu pareja que te lastimó, él alega que estás exagerando, que eres demasiado sensible o que estás loca, histérica, neurótica. Si le señalas que ha dicho algo inapropiado, él responde: “Yo estoy mal, pero tú estás peor”. Si le dices que no está siendo cordial en su trato, él te acusa de hacerlo quedar como “el malo” de la película. Si no hay forma de que asuma su responsabilidad y construye un argumento tan torcido que te persuade de que si algo está mal es por tu culpa, hay abuso verbal.

3. Tienes que tratarlo con pinzas. La casa, ese lugar que era un refugio para ti y para tu familia, es donde más amenazada te sientes. Los niños y tú tratan pasar tanto tiempo como puedan fuera de casa para evitar las agresiones. Si no puedes relajarte ni un momento porque cualquier pequeño error puede desatar la furia de tu pareja, hay abuso verbal.

4. Del dicho al hecho. El abuso verbal crónico suele derivar en altercados físicos. Si empezó con palabras pero comienza a golpear objetos que aprecias o a amenazarte con agredirte o lastimar a las personas que quieres, hay abuso verbal.

5. Las palabras no son sólo sonidos. Se ha documentado que el abuso verbal produce dolor físico. Aunque uno lo toleres por el motivo que sea, aunque uno haga como que no pasa nada, el cuerpo termina por dar muestra de ello a través de enfermedades crónicas, alergias, etcétera. Si en tu relación te sientes menospreciada por tu pareja y de pronto tienes dolencias inexplicables, lo más probable es que haya abuso verbal.

El amor no admite ningún tipo de agresión, nadie tiene por qué tolerar el desprecio. La única forma de evitar esa forma de violencia es poniendo límites y estableciendo distancia. Pide ayuda si es necesario y no te avergüences. Lo que el otro diga o haga no tiene que ver contigo sino con sus inseguridades, con la necesidad de sentirse omnipotente, con tener el poder a costa de lo que sea. No te aferres a una relación violenta, no vale la pena. Recuerda que no puedes evitar lo que no controlas, pero sí puedes ponerle un alto al impacto que provoca en ti.

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