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El capitalismo es femenino y el socialismo es machista

Este ensayo se dedica exclusivamente a las queridas lectoras, con todo respeto y afecto. Pero sólo a las mayores de 13 años, por sus explícitas alusiones a determinados actos sexuales, p. ejs. menstruación y gestación, y a la Constitución Sexual de la sociedad. Y se advierte a los varones que su lectura puede resultarles altamente decepcionante. Así que a los fines pertinentes -legales y cualesquiera otros-: ¡Avisado todo el mundo ...!

El sociólogo estadounidense George Gilder publicó en 1973 un libro profético sobre el feminismo: “Sexual Suicide”. A más de tres decenios, impresiona vivamente su contenido.



Mujeres y varones

-- Comienza por espetar que la mujer es sexual, biológicamente, muy superior al varón. Pero mucho. Porque es orgánicamente capaz de una serie de actos sexuales procreativos, que el varón es incapaz de experimentar: gestación; parto o alumbramiento; y lactancia. (¡Vaya novedad!; pero, ¿no es bueno que nos lo recuerden ...?)
-- Son estos tres actos sexuales de la mujer, profundamente sexuales, porque son específicos y privativos de su sexo. Constituyen si se quiere un privilegio de su naturaleza. Comparada con el hombre, ella es inmensamente más potente, por su mayor “potencialidad”.
-- Y eso, antes de mencionar la menstruación, que puede resultar un tanto incómoda para ellas. Pero la regla es otro acto sexual exclusivamente femenino. Como los otros, tiene fin y propósito. Desde sus 13 años y cada 29 días de su vida fértil aproximadamente, y como si sus potencialidades fueran pocas, la mujer recibe de su naturaleza un recordatorio automático de ellas; lo cual le da señal clara, reiterada e inequívoca de su identidad sexual. El varón no tiene nada ni siquiera parecido, por eso la inseguridad en su identidad y posición sexuales, y la patológica tendencia a confirmarlas o afirmarlas mediante la promiscuidad, entre otros medios.

¿Y la mayor musculatura, altura y fuerza física masculinas ...? Pobres e insuficientes compensaciones naturales de la innegable inferioridad biológica del hombre, nos recuerda Gilder. Y no contento, apunta estas consecuencias tremendas:
-- Hay dos sexualidades, femenina y masculina; y la primera se orienta al largo plazo.
-- La mujer tiene un lazo natural con sus hijas e hijos del cual el hombre carece. Y es más aún: naturalmente, el varón tiene conocimiento de su descendencia y acceso a ella sólo si la mujer se lo permite. La maternidad es principal y biológica; y la paternidad, accesoria y más cultural.

La Constitución Sexual de una sociedad

Gilder estudia antropológicamente las sociedades humanas, y encuentra que difieren profundamente en su Constitución Sexual, según sean primitivas o civilizadas:

1) En las primitivas predomina la cortoplacista orientación sexual masculina. Sus economías (y culturas) son recolectoras y cazadoras. Los hombres organizan partidas de caza y pesca; y otros rituales masculinos como los iniciáticos -compensaciones culturales de su menoscabada condición-, de los cuales excluyen a las mujeres, que permanecen en las chozas. Entre una y otra excursión, los hombres regresan a la aldea y se reúnen con las mujeres y sus hijos; reciben sexo y afecto. Quien no tiene mujer, la roba o secuestra, en su propia tribu o en otra. Por eso la guerra es un rito masculino muy importante en las sociedades primitivas. Y desde luego también el poder, o sea la política, para los hombres. En estas sociedades salvajes, jerárquicas y militares, casi no hay capitalismo, y su tecnología es muy rudimentaria y primitiva, al igual que su religión.

2) Las sociedades civilizadas en cambio proscriben el rapto y la violación; así que la mujer puede apoyarse tranquilamente y sin riesgos en su superioridad biológica, y ser ella quien elige a su pareja. Selecciona de entre los candidatos disponibles, los cuales ofertan algunos activos (ganado, vivienda, empleo estable, renta o negocio propio, automóvil o algo ...) en garantía de su papel de proveedores o suministradores principales de la futura familia, rol esencial en la civilización. Eso se llama “compra”; y si los padres de ella ayudan en este menester al varón, se llama “dote”. Son usos y costumbres civilizadas, combatidas por el concepto de amor romántico del s. XIX.

Sexo, familia y civilización

Y es que las sociedades se civilizan sólo cuando la cortoplacista orientación sexual masculina se supedita a la femenina. Si pasa lo contrario, la sociedad comete suicidio sexual.

1) La sexualidad femenina se centra en la unión heterosexual monogámica permanente, con vistas al largo plazo; y en la familia fundada en esa unión. Cuando los varones lo aceptan, las sociedades comienzan a desarrollar agricultura, ganadería y otras actividades económicas orientadas al futuro. Que precisan seguridades, y ciertos montos de ahorros, inversiones, y prolongados términos de maduración. Todo ello requiere del cálculo racional y la capacidad de esperar -en el sexo y en la economía productiva-; y además una base o fundamento, que es la familia ya descrita.

2) Las sociedades civilizadas lo son porque en ellas la mujer civiliza al varón; sí, domestica su salvajismo. ¿Cómo? Poco a poco. Y transforma al hombre en proveedor estable. ¿Con paciencia y ternura? Sí, por supuesto; pero además con una buena estrategia: dejarle al varón la “jefatura” de la familia, la “autoridad”. Todos sabemos que eso es teatro y ella está realmente al mando. Pero la mujer debe representarlo si quiere civilizar al varón -muy inseguro por naturaleza-, y hacerle subordinar la orientación sexual de él (inmediatista) a la de ella (futurista). Después de todo hay algo de teatro en la civilización, un sistema de roles que se actúan.

3) El capitalismo y la civilización se fundan y asientan principalmente en la familia; y la familia, principalmente en la mujer, aunque el hombre -proveedor- no es desechable. La familia es la institución capitalista principal; y secundariamente el mercado y la empresa, también de cara al porvenir, con carácter no transitorio sino permanente. En ambos casos la palabra es “responsabilidad”. Estas dos instituciones económicas, empresa y mercado -junto a la legal de la propiedad privada-, son claves para el capitalismo; pero no tienen esperanzas de sobrevivir a la familia si el Estado la destruye.

Feminismo y socialismo

Gilder enseña que el machismo es un arma letal del estatismo para destruir a la familia y tener así la lealtad absoluta, total e incondicional del individuo. Pero el verdadero nombre del machismo es feminismo. Y viceversa. Son lo mismo.

Vea Ud.: ¿en qué consiste básicamente el programa feminista? En el acceso de la mujer al mercado de trabajo, con el reclamo de un rol proveedor para ella en pie de igualdad con el varón; y asimismo la igualdad sexual. E igual acceso a la política y al Ejército -y también a los comedores, viviendas y dormitorios comunes propios de la milicia- ...

¿Qué implica esto? Nada menos que rebajar la sexualidad femenina al mismo plano de la masculina, degradando la Constitución Sexual de una sociedad civilizada, basada en la familia. ¿Es así ...? Sí, claro, es el sometimiento de la orientación sexual femenina a las demandas sexuales masculinas no civilizadas, enfocadas en las uniones de corto plazo y no permanentes.

El socialismo -nacionalista o clasista-, consagra y da expresión política al más puro, viejo y radical machismo, fuerza anticapitalista. El capitalismo es una trama social pacientemente tejida por las mujeres en los hogares -donde obtienen ellas sus grandes logros, p. ej. la crianza-, antes que por los varones en las empresas. Capitalismo y familia son defensas de la individualidad y la privacidad frente al poder. Socialismo y machismo (“feminismo”) son una vuelta a la horda promiscua e indiscriminada: un regreso a las cavernas. Todas las utopías radicales, desde Platón hasta el s. XX, eran contestes en dos puntos: comunidad de bienes y de mujeres.

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