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La totalidad sagrada




Imagen: "Maternidad" Ana Luisa Muñoz Flores


LA TOTALIDAD SAGRADA


El ser humano, hombre y mujer: parte consciente e inteligente de la Tierra


Dice Leonardo Boff (2014) (1) que el ser humano consciente no debe ser considerado aparte del proceso evolutivo. La mujer y el hombre representan un momento especialísimo de la complejidad de las energías, de las informaciones y de la materia de la Madre Tierra.

Los cosmólogos nos dicen que alcanzado cierto nivel de conexiones hasta el punto de crear una especie de unísono de vibraciones, la Tierra hace irrumpir la conciencia y con ella la inteligencia, la sensibilidad y el amor.

El ser humano, el hombre y la mujer, es esa porción de la Madre Tierra que, en un momento avanzado de su evolución, empezó a sentir, a pensar, a amar, a cuidar y a venerar.

Nació, entonces, el ser más complejo que conocemos: el homo sapiens sapiens. Por eso, según el antiguo mito del cuidado, de humus (tierra fecunda) se derivó homo-hombre y de adamah (en hebreo tierra fértil) se originó Adam-Adán (el hijo y la hija de la Tierra).

En otras palabras, nosotros, nuestros cuerpos, no estamos fuera ni encima de la Tierra viva. Somos parte de ella, junto con los demás seres que ella generó también.
No podemos vivir sin la Tierra, aunque ella pueda continuar su trayectoria sin nosotros.

Por causa de la conciencia, continúa Boff y de la inteligencia somos seres con una característica especial: a nosotros nos fue confiada la guarda y el cuidado de la Casa Común. Todavía mejor: a nosotros nos toca vivir y rehacer continuamente el contrato natural entre Tierra y humanidad pues su cumplimiento garantizará la sostenibilidad del todo.

Esa mutualidad Tierra-humanidad se asegura mejor si articulamos la razón intelectual, instrumental-analítica, con la razón sensible y cordial. Nos damos cada vez más cuenta de que somos seres impregnados de afecto y de capacidad de sentir, de dar y de recibir afecto.

Tal dimensión posee una historia de millones de años, desde cuando surgió la vida hace 3,8 miles de millones de años. De ella nacen las pasiones, los sueños y las utopías que mueven a los seres humanos a la acción.

Esta dimensión, llamada también inteligencia emocional fue desestimada en la modernidad en nombre de una pretendida objetividad de análisis racional. Hoy sabemos que todos los conceptos, ideas y visiones de mundo vienen impregnados de afecto y de sensibilidad (M. Maffesoli, Elogio da razão sensível, Petrópolis 1998) (citado por Boff)

La inclusión consciente e indispensable de la inteligencia emocional con la razón intelectual nos mueve más fácilmente al cuidado y al respeto de la Madre Tierra y de sus seres.

Junto a esta inteligencia intelectual y emocional existe también en el ser humano la inteligencia espiritual. (De acuerdo a Dan Millan,la Inteligencia Espiritual pertenece a cada uno de nosotros. Se encuentra en nuestros corazones y está en el corazón de cada religión, cultura, y sistema moral (2)).

Esta no es solamente del ser humano; según renombrados cosmólogos es una de las dimensiones del universo.

El espíritu y la conciencia tienen su lugar dentro del proceso cosmogénico. Podemos decir que ellos están primero en el universo y después en la Tierra y en el ser humano. La distinción entre el espíritu de la Tierra y del universo y nuestro espíritu no es de principio sino de grado.

Este espíritu está en acción desde el primerísimo momento después de la gran explosión. Es la capacidad que muestra el universo de hacer una unidad aquello que algunos físicos cuánticos (Zohar, Swimme y otros (citado por Boff), 2014) llaman holismo relacional: articular todos los factores, hacer convergir todas las energías, coordinar todas las informaciones y todos los impulsos sinfónicos de todas las relaciones e interdependencias.
Su obra es realizar hacia delante y hacia arriba de forma que se forme un Todo y el cosmos aparezca de hecho como cosmos (algo ordenado) y no simplemente como una yuxtaposición de entes o caos.

En este sentido no pocos científicos (A. Goswami, D. Bohm, B. Swimme y otros (citados por Boff)) hablan de un universo autoconsciente y de un propósito que es perseguido por el conjunto de las energías en acción.

No es posible negar esta trayectoria: de las energías primordiales pasamos a la materia, de la materia a la complejidad, de la complejidad a la vida, de la vida a la conciencia, que en nosotros, los seres humanos, se realiza como autoconciencia individual, y de la autoconciencia pasamos a la noosfera (Teilhard de Chardin, citado por Boff), por la cual nos sentimos una mente colectiva.

Todos los seres participan de alguna forma del espíritu, por más “inertes” que se nos presenten, como una montaña o una roca. Ellos también están envueltos en una incontable red de relaciones, que son la manifestación del espíritu.

Formalizando podríamos decir: el espíritu en nosotros es aquel momento de la conciencia en que ella sabe de sí misma, se siente parte de un todo mayor y percibe que un Eslabón liga y re-liga a todos los seres, haciendo que haya un cosmos y no un caos.

Esta comprensión despierta en nosotros un sentimiento de pertenencia a este Todo, de parentesco con los demás seres de la creación, de aprecio de su valor intrínseco por el simple hecho de existir y de revelar algo del misterio del universo.

Al hablar de sostenibilidad en su sentido más global, necesitamos incorporar este momento de espiritualidad cósmica, terrenal y humana, para ser completa, integral y potenciar su fuerza de sustentación.

Charlene Spretnak (3) desarrolla la idea también de gran comunión dentro de la totalidad sagrada que es el cosmos. Habitualmente esto es negado y reemplazado por percepciones del estado de separación.

El humanismo, tanto seglar como religioso, ha enmarcado la historia evolucionante de la especie humana aparte del resto de la comunidad de la Tierra, mientras que las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islamismo) han aportado un influyente mito de la creación por el cual todas las cosas son creadas separadamente.

Dice Charlene que al igual que innumerables sociedades prepatriarcales y no patriarcales, las mujeres que habíamos abandonado la religión patriarcal, visualizamos la cultura no como una lucha en oposición a la naturaleza, sino como una extensión potencialmente armoniosa de la naturaleza.

Una estructura humana que incluye las tensiones creativas y refleja nuestra incrustación en el cuerpo de la Tierra y las enseñanzas de la naturaleza: diversidad, subjetividad, adaptabilidad, interrelación.

Dentro de tal orientación-llamémosla cordura ecológica-, la afinidad corporal de mujeres y hombres con la naturaleza es respetada y culturalmente honrada, antes que negada y despreciada.


La idea central de la espiritualidad contemporánea de la Diosa es que lo divino-creatividad en el universo o misterio supremo-está entrelazado en y alrededor de nosotros a través de manifestaciones cósmicas. Primero, lo divino es inmanente, no se concentra en algún distante lugar de poder, en un dios celestial afuera del ser humano.

La Diosa, como metáfora de la inmanencia divina y de la totalidad sagrada trascendente, expresa una progresiva regeneración con los ciclos de su cuerpo. Segundo, la dimensión de la existencia humana que participa en la realidad más amplia.

Este poder difiere totalmente del dominador “poder-sobre”, la fuerza conexiva de las estructuras sociales de una cultura patriarcal. Más bien, es un fortalecimiento de las propias capacidades de subjetividad y despliegue cósmico dentro de una red de preocupación y solidaridad que se extiende hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, sacándonos de la fragmentación y solitaria atomización de la modernidad y llevándonos a los más profundos niveles de conexión.

Un tercer aspecto de la espiritualidad de la Diosa es el cambio perceptivo del sentido de la existencia basado en la muerte que constituye el fundamento de la cultura patriarcal, hacia una percepción basada en la restauración y regeneración, una percepción de la vida como ciclos de renacimientos creativos.

Agrega, además Charlene Spretnak, que en la sociedad patriarcal, es común que los hombres se pasen la vida luchando por obtener logros culturales, incluyendo herederos varones que lleven su nombre, para derrotar la muerte y así lograr cierta inmortalidad.

La espiritualidad de la Diosa celebra el poder de lo erótico como un proceso que potencialmente produce una nueva generación. Lo erótico y lo sensual, expresados a través de la estética, estimulan no solo la generación física sino olas imprevisiblemente creativas de renovación espiritual, intelectual y emocional.

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(1) Cfr. Boff, Leonardo (2014): El ser humano: parte consciente e inteligente de la Tierra

(2) Cfr. Millan, Dan. Inteligencia Espiritual. La ruta del aprendizaje. Venezuela

(3) Cfr. Spretnak, Charlene (1990). Ecofeminis: Our Roots and Florewing. In Irene Diamond and Gloria Feman Orenstein (eds), Reweaving the wordl, Sierra Club Books. San Francisco



Ana Luisa Muñoz Flores-Chile -Enero 06 de 2017
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