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Norma Jeane (Marilyn Monroe) Parte Setenta y cinco



Norma Jeane (Marilyn Monroe)

Parte Setenta y cinco





Historia, familia, amigos, hechos, imágenes etc. de la más famosa actriz de todos los tiempos.






Marilyn Monroe (Los Ángeles, California, Estados Unidos, 1 de junio de 1926 – íbidem, 5 de agosto de 1962), nacida como Norma Jeane Mortenson y bautizada como Norma Jeane Baker, fue una actriz de cine, cantante y modelo estadounidense






El fotógrafo que vendió su carrera por tres días con Marilyn Monroe

Segunda parte.






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“Olvidé que estaba casado, olvidé mi vida en Nueva York. Estaba enamorado. Era mucho más.” (Bert Stern, de la última sesión de fotos de Marilyn, semanas antes de su suicidio).





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“… una marca en el costado, recuerdo fresco de una operación de vesícula. “Vi la cicatriz. Una imperfección que sólo la hacía parecer más vulnerable y acentuaba la suavidad de su piel. Era de color champán, de color alabastro… Podías meter un dedo en su piel, como probar un merengue recién hecho”.






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De las últimas fotos de Marilyn, por Bert Stern, hoy de más de 80 años.

“¿QUIERES FOTOGRAFIARME DESNUDA, ¿VERDAD?”, le preguntó
Marilyn.

Bert Stern, la última persona que retrató a Marilyn Monroe, recuerda el impacto profesional y emocional que tuvo la sesión de su vida. Todo un festín erótico que no gustó a ‘Vogue’ en su día, hace ahora 50 años. “Olvidé que estaba casado. Estaba enamorado”, confiesa. “Era mucho más guapa de lo que esperaba.”




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Parecía un buen principio. Era jueves, 21 de junio. En Los Ángeles hacía calor, pero ella había querido esa ciudad y él cruzó el país para encontrarla en el hotel Bel Air, suite 261. Él reservó allí sin saber que era uno de sus hoteles favoritos. De Nueva York llevó vestidos, pañuelos, collares. Y encargó tres botellas de Dom Pérignon. La esperaron cinco horas, él y su champán. Y Marilyn apareció, sonriente, esbelta, casi transparente, “hermosa, trágica y compleja”, que diría él. Todo había empezado bien. No acabaría igual.





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Porque Marilyn Monroe cumplió su tarea, y Bert Stern la suya. Aquel junio de 1962, la actriz posó para el fotógrafo con y sin ropa, rubia y morena, pensativa y a carcajadas. Pero nunca vio esas imágenes publicadas: el 5 de agosto aparecía muerta en su cama junto a un frasco vacío de barbitúricos. “Entonces supe que mi historia de amor con Marilyn había acabado”, explica Stern medio siglo después al recordar el adiós de su musa, de la que apenas mes y medio antes había tomado las 2.571 imágenes que cambiarían su carrera.





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Aquellas fotos fueron bautizadas The last sitting (La última sesión). Ahora él desmenuza las impresiones acerca de la ?por qué no? mayor estrella del cine en un libro editado por Taschen con muchas de esas imágenes de las que sólo hay 1.962 copias, a 750 euros cada una, con notas del dos veces Pulitzer y biógrafo de la actriz Norman Mailer. Stern da cuenta de ello en conversación telefónica desde Nueva York. “Es mi sesión más popular”, repite incansable. “No sé si la mejor, pero la más popular. Soy el fotógrafo que hizo las últimas fotos de Marilyn Monroe”.





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Para Stern, por cuya cámara habían pasado Twiggy o Audrey Hepburn, la diva era un reto. Recién contratado por Vogue, volando a Roma para retratar a Elizabeth Taylor en Cleopatra, Monroe se cruza por su mente. Y consigue una cita. “Tenía una llamada de mi secretaria. ‘Marilyn dice sí, Vogue dice sí. Los Ángeles. 21 de junio’. Hice las maletas”.





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Eran las primeras fotografías de Monroe para la revista. “Necesitaba descubrir algo no capturado”, cuenta Stern en el libro. Richard Avedon le había hecho unas lujosas fotos para la revista Life, “estupendas para el mundillo, pero no íntimas. No daban ninguna sensación de quién era ella”. Dispuso todo: intimidad, luz, complementos. Sin saber de cuánto tiempo dispondría ni el humor de la diva. Ella, al fin, apareció. “Olvidé que estaba casado, olvidé mi vida en Nueva York. Estaba enamorado. Era mucho más guapa y más fácil de trabajar de lo que esperaba”.





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El sol se ponía sobre California. Él preparó sus cámaras (“una Hasselblad en blanco y negro y una Nikon de 35 milímetros. Aún deben estar por mi apartamento”) y preguntó con cautela de cuánto tiempo disponían. “¿Estás de broma?”, replicó ella. “¡De todo el que queramos!”. “Ya es mía”, pensó Stern. Fotográficamente hablando.





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Él le enseñó los complementos. “¿Quieres fotografiarme desnuda, verdad?”. “Es una buena idea”, dijo él, dudando si Monroe aceptaría. “No estarás exactamente desnuda, tienes un pañuelo”. “¿Cuánto podrás ver?”, inquirió ella. Depende de la luz, afirmó él. Norma Jean solo pidió una última opinión: a su peluquero, al que le pareció “una idea divina”. Y descorcharon el Dom Pérignon.





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Todo dependió de la luz. Una Norma Jean de 36 años, delgada pero curvilínea y sensual, se transparentaba bajo un pañuelo. “Estaba llena de ideas”, asegura Stern. Las luces realzaban su piel transparente y su pelo de plata, las primeras arrugas bajo los ojos y los surcos de su boca. Y una marca en el costado, recuerdo fresco de una operación de vesícula. “Vi la cicatriz. Una imperfección que solo la hacía parecer más vulnerable y acentuaba la suavidad de su piel. Era de color champán, de color alabastro…Podías meter un dedo en su piel, como probar un merengue recién hecho”.





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Pero Stern no probó nada. “No discutimos de nada. Solo tomamos fotos, fue todo lo que hicimos”, rememora por teléfono. Y descarta conspiraciones que aseguran que con la actriz había personal de seguridad e incluso algún miembro del clan Kennedy. “Estábamos nosotros, su peluquero y el hombre que le maquilló los ojos. Prefirió no llevar más maquillaje, solo se puso crema en la cara y el eye-liner. De su propio maquillaje”. De fondo, All I have to do is dream, de The Everly Brothers. “Música de aquella época”.





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Hasta que amaneció. Monroe quedó contenta a medias con el trabajo. Ella misma tachó algunas de las pruebas de revelado que no la mostraban en la perfección deseada. Hay páginas con 24 negativos de los que se salvan apenas cuatro. A Vogue tampoco le convenció. ¿Y los vestidos y el glamour? Stern guardó sus inservibles contactos.





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Modelo y fotógrafo se reencontraron con más ropa y una estilista para supervisar todo. Un vestido negro de Dior resaltaba la palidez de la estrella, que quiso jugar como la primera vez: peluca negra, camisa blanca, collar de perlas. Un abrigo de pieles que solo roza su cuerpo. Una cama medio deshecha. El mismo escaso maquillaje. Disparo a disparo, recuento final: 2.571 fotos.





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“Su belleza estaba en su espíritu”, explica él, con voz serena. “No creo que pudiera hacer una sesión así actualmente. La recreamos con Lindsay Lohan para New York Magazine, pero estaba copiando mis propias fotos. No hay nadie a quien desee fotografiar hoy. Las otras estrellas no son nada comparadas con Marilyn Monroe”.





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Cinco semanas más tarde, el mundo despedía a la chica de las tres botellas de champán. Ese 5 de agosto, Monroe llamó a Stern. “Nunca cogí esa llamada. Me lo contó alguien años después. Habría hecho todo lo que hubiera podido para ayudarla. Nunca imaginé ese final, jamás. Pensé que era feliz con su vida y su carrera”, narra con abrumadora seriedad.





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Otras cinco semanas después salía Vogue, con 10 páginas sobre Marilyn, sus primeras en la revista y su despedida, apenas una muestra de esa intimidad. El resto aguardó 20 años en un cajón hasta que, en 1982, la revista Eros publicó las imágenes de esa Marilyn definitiva. Dieron la vuelta al mundo. La última sesión, la que comenzó con un encuentro entre dos desconocidos con cinco horas de retraso, un pañuelo transparente y una cicatriz se convirtió en la más sincera. Marilyn necesitaba sus 2.571 grandes despedidas.




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(Todas las fotos de este post son del norteamericano Bert (Bertram) Stern, nacido en Nueva York en 1929. Hizo la última sesión de fotos de Marilyn, desnuda. Ella se lo ofreció a Stern con total naturalidad. Era para la revista Vogue. Fueron 2.500 fotos. No fueron publicadas. A las cinco semanas Marilyn se suicidó. Parece que horas antes de su decisión fatal, llamó a Stern. Las fotos fueron publicadas por primera vez en los años 80.) (1)





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(1) Bertram Stern (n. 3 de octubre de 1929) es un fotógrafo estadounidense que ha destacado en sus trabajos sobre moda y retratos de personas célebres.
Nació el 3 de octubre de 1929 en Brooklyn, con dieciocho años empezó a trabajar en un banco de Wall Street, pero pronto lo abandonó para trabajar como ayudante de arte del director Herschel Bramson. En 1951 entró como director artístico en la revista Mayfair y pronto inició su colaboración con revistas como Vogue, Squire, Look, Life, Glamour y Holiday.





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Entre sus trabajos de esa época se encuentra un retrato de Louis Armstrong de 1959 realizado para una campaña publicitaria de Polaroid que incluso se llegó a considerar de excesiva calidad para la misma. A principios de los setenta cerró su estudio y se trasladó a vivir a España hasta 1976. Tras su regreso a Nueva York se dedicó a realizar fotografía publicitaria y colaboraciones en revistas.
Su trabajo más conocido es The last sitting (La última sesión) que es una colección de 2.571 fotografías tomadas a Marilyn Monroe en 1962 en el hotel Bel-Air de Los Ángeles. Este reportaje lo realizó seis meses antes de su muerte y parte del mismo se publicó en Vogue. La primera edición del libro The Last Sitting se hizo en 1982 y en el mismo Stern cuenta el encuentro con detalle. En 2008 con casi ochenta años de edad Stern replicó el reportaje fotográfico teniendo como modelo a Lindsay Lohan.







Fuentes:
http://www.revistavanityfair.es/articulos/el-fotografo-que-vendio-su-carrera-por-tres-dias-con-marilyn-monroe/17792
https://amilcarmoretti.wordpress.com/2011/11/13/olvide-que-estaba-casado-olvide-mi-vida-en-nueva-york-estaba-enamorado-era-mucho-mas-bert-stern-de-la-ultima-sesion-de-fotos-de-marilyn-semanas-antes-de-su-suicidio/

Gracias Amílcar, muy bueno lo tuyo





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