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Luigi Meroni, mito por accidente...




Era la tarde del 15 de octubre de 1967 y el Torino había ganado 4—2 a la Sampdoria. Luigi Meroni había sido titular en aquel partido. El defensa del Torino era, en la segunda mitad de los años sesenta, el jugador más carismático no sólo del equipo turinés, sino de todo el fútbol italiano.


Denominado "Calimero" por el famoso pollito de los dibujos animados, ya que era pequeño, de apariencia frágil y lucía un peculiar peinado, Meroni no era sólo un futbolista, sino también un "personaje genial" dentro y fuera de los terrenos de juego.


Con el número 7 a la espalda Meroni era extravagante en todos los aspectos de su vida, era un bohemio que cada domingo se disfrazaba de jugador de fútbol. Se decía de él que alguna vez había driblado al portero y con la portería vacía lo había esperado para volver a regatearlo una segunda vez antes de hacer el gol.
Con esa misma extravagancia se comportaba también fuera del campo de fútbol. Escuchaba a los rebeldes Beatles, amaba el jazz, y tenía la melena y la lengua insolentemente largas. Se le podía ver habitualmente paseando su gallina por las calles del centro de Turín. Dio lugar, incluso, a una forma de vestir bohemia que fue seguida por muchos jóvenes de la época.





Uno de esos jóvenes era Attilio Romero, un chico de familia acomodada, que en 1967 tenía 18 años. Formaba parte de la afición "ultra" del Torino y se definía como todo un "meroniano". Tal era su pasión por Meroni que se vestía y peinaba como él.
Romero, además, tenía su habitación plagada de fotografías de Meroni, que también llevaba en su vehículo. "Entonces, mi cariño hacía Gigi Meroni era tan sólo superado, y por poca distancia, por el que tenía a mis padres", reconoció hace unos años.
Pero aquel 15 de octubre de 1967, tras el partido contra la Sampdoria, el destino se cruzó de forma definitiva en la vida de Meroni y de Romero.


Romero iba conduciendo cuando vio que algo salía de ninguna parte y no tuvo tiempo de frenar. Había atropellado a un hombre. Era Luigi Meroni. Era el crack. Era el tipo que estaba en los pósters con los que había empapelado su habitación. No supo que se trataba de su ídolo hasta que bajó del auto y reconoció el rostro que tantas veces había visto en el estadio.


"Se me echó encima, no sabía quién era hasta que al bajar del vehículo lo vi tendido en el suelo —contaría Romero años después—. Enseguida llamé a mi padre, que era médico. Fuimos al hospital pero no se pudo hacer nada".






El entierro de Meroni, que había sido seis veces internacional y que llegó a rechazar un cheque "en blanco" de la "todopoderosa" Juventus de Turín de Giovanni Agnelli, fue seguido en las calles de Turín por una gran multitud de personas. Una presencia tan sólo superada por la registrada en mayo de 1949 cuando toda la ciudad acudió al entierro por la víctimas del "Gran Torino", tras estrellarse el avión que traía al equipo desde Lisboa poco antes de aterrizar. Curiosamente el piloto de aquel aparato se llamaba Luigi Meroni, aunque no estaba emparentado con el malogrado futbolista. Sin quererlo, Romero había convertido a Meroni en un mito.


Tras el accidente, Romero cayó en una profunda depresión nerviosa de la que salió tiempo más tarde ayudado por su padre, especialista en estas enfermedades, y por los aficionados del Torino que nunca le recriminaron aquel hecho.





Pero de nuevo la historia se iba a mostrar caprichosa e iba a compensar de alguna manera a Attilio Romero: treinta y cuatro años después de aquel día fatal el destino le hizo un guiño. Un empresario amigo de Romero, Francesco Cimminelli, compró el club y le ofreció la presidencia. Romero, que trabajaba hacía 27 años en el departamento de relaciones externas de la FIAT, aceptó el puesto. Y bajo su presidencia el club logró dos ascensos (01/02 y 04/05).




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