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El combatiente Nº42 - PRT







EDITORIAL

Cuando en nuestro número anterior sostuvimos que a partir del cambio de Taiana por Timerman se inauguraba una nueva etapa en las relaciones internacionales de nuestro país con el resto del mundo, especialmente, con el imperialismo norteamericano, todavía Estados Unidos no se había levantado airado de la reunión de la ONU en rechazo a Irán y todavía la presidente argentina no lo había acompañado en ese gesto… Pero un desaire, en política internacional, debe leerse en profundidad: implica una decisión política por la cual se asumen compromisos públicos e internacionales que, más temprano que tarde, pagaremos con nuestro esfuerzo. Nunca las relaciones de “amistad” con la burguesía imperialista han sido beneficiosas para nuestro pueblo. Jamás en la historia de nuestro país una alianza con el gendarme del mundo trajo bonanza a nuestra gente ni fue calificada como un “avance progresista” precisamente. El rechazo mundial a la política imperialista de agresión y saqueo tiene su correlato en las mayorías de este país que con sabia intuición y buena memoria detestan al imperialismo norteamericano por más que se vista de seda o alabe a las Madres de Plaza de Mayo, cuando fueron ellos los promotores de todos los golpes de estado latinoamericanos, aún los más recientes como el de Honduras y el intento en Ecuador. Este gesto en contra de Irán y en favor del imperialismo no será ninguna excepción en nuestra historia y no acarreará más que dolores de cabeza, más saqueo y más riesgo: la presidente exigió a Irán la entrega de los responsables de atentado a la AMIA. Es hipócrita la supuesta voluntad de hacer justicia para con las víctimas del caso, cuando políticas como la que ahora está llevando su gestión fueron la causa de tal atentado que, “casualmente”, ocurrió luego del envío de tropas argentinas a la Guerra del Golfo durante la presidencia de Carlos Saúl Menem. La presidenta nos expone a todos los argentinos a que se sucedan más casos como el de la AMIA en el futuro.



INTERNACIONAL



“La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando a la sociedad e imponer a ésta por norma las condiciones de vida de su clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aún dentro de su esclavitud; porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esta clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la vida de la sociedad.
La existencia y la dominación de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incrementación constantes del capital; y ésta, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de los obreros entre sí.”

KARL MARX (Manifiesto del Partido Comunista, principios de 1848)

La crisis del capitalismo sigue su marcha imperturbable, sin pausa ni prisa, hacia la extensión y la profundización. Las declaraciones, análisis, conclusiones “optimistas” de organismos e instituciones, oficiales y paraoficiales, como las de todos los medios en manos imperialistas, se inscriben en una amplia “guerra de desinformación” y forman parte de la “guerra psicológica” a la que está sometida toda la humanidad.

Muchos países han sacado su comercio del área del dólar. Comercian en sus monedas nacionales o recurriendo a una canasta de monedas. La inmensa deuda gemela de los Estados Unidos (deuda fiscal y deuda externa) suma ya, aproximadamente, doce billones de dólares y sigue creciendo por los intereses que genera y los gastos militares. La única máquina que trabaja veinticuatro horas en Estado Unidos es la impresora de billetes. Hoy, más que nunca, es acertado afirmar que el dólar tiene por único respaldo a las Fuerzas Armadas, no sólo las norteamericanas, sino las de la OTAN. En definitiva, el dólar está “sentado” en la incómoda punta de la bayoneta y camina por el filo de una navaja. Esto es la Santa Alianza de la burguesía imperialista, que se presenta cuando graves problemas aquejan al sistema. Como ocurrió en la primera y segunda guerra mundial, se presenta ahora, cuando se hace NECESARIO destruir fuerzas productivas y preparar el terreno para reciclar el sistema nuevamente.

Hoy por hoy, el sistema se encuentra en franca recesión. Las consecuencias afloran con mayor virulencia en los países desarrollados que acusan grandes deudas fiscales producto de enormes erogaciones que fueron dirigidas para “salvar” a los grandes bancos, erogaciones destinadas a evitar las bancarrotas de grandes empresas privadas, más enormes gastos para subsidiar su comercio. En fin, para afrontar estos gastos debieron y deben efectuar brutales traslaciones de recursos desde los proletariados hacia la burguesía financiera más concentrada, pero nada, absolutamente nada, puede detener el proceso de centralización y concentración del capital, lo que acelera el empobrecimiento general y acerca al sistema al abismo de la debacle. A este proceso, generado por el desarrollo de sus propias contradicciones, debemos sumarle la aparición de la tendencia histórica de la tasa decreciente de ganancia como producto de la incorporación masiva de alta tecnología a los procesos de producción que, objetivamente, cambia la composición orgánica del capital: mayor capital fijo y menor capital variable. Para la economía capitalista, esto se traduce, por un lado, en una mayor productividad del trabajo humano, disminución absoluta de la extracción de plusvalía extensiva y su reemplazo por la incorporación de enorme masas de capital para maquinarias e insumos que redundan en los aumentos de los ritmos de trabajo; por otro lado, lo que se denomina como extracción de plusvalía intensiva, lo que deriva en una tendencia al crecimiento desmesurado de la mano de obra desocupada. La desocupación, por la imposibilidad de reubicarla, se transforma en marginalidad económica y social, expulsión del “mercado laboral” y también de los “mercados de consumo”. Todo esto se expresa como disminución del poder de compra generalizado, lo cual achica el mercado de consumo de mercancías y aumenta la crisis de súper producción. Esta desocupación deja de tener las características tradicionales, para convertirse en una desocupación estructural, en una franca marginalidad al no tener solución en lo inmediato, mediato ni a largo plazo. En este tema, el gobierno del agente de la CIA, Premio Nóbel y Gran Mentiroso, miente patéticamente: dice tener una desocupación del 9,7%, cuando en realidad la desocupación en Estados Unidos tiene un piso de por lo menos un 22%. Están manipulando todas las cifras al más puro estilo de los países bananeros.



Las últimas estadísticas sobre desocupación publicadas en Estados Unidos han profundizado el pesimismo sobre las perspectivas de la economía capitalista. Las bolsas del mundo reaccionaron a la baja. El casino de la especulación, lejos de detenerse, parece que se incentiva. Los gobiernos aparecen como paralizados y pareciera que no salen de las declamaciones sobre la necesidad de regular los capitales financieros. Pero, esto es una ficción que quieren hacer creer al proletariado, mientras siguen con las consabidas “recetas” que generalizan el empobrecimiento de los pueblos. Los países de la Comunidad Europea, unos más y otros menos, también poseen altas tasas de desocupación, por tanto, podemos esperar, no dentro de mucho tiempo, la agudización de los enfrentamientos de clase.

Japón, la “economía del milagro” de otros tiempos, padece la misma enfermedad aunque, a decir verdad, ya se le ha transformado en enfermedad crónica. La enfermedad japonesa entraña un riesgo adicional: el Banco Central Japonés, en sus reservas, es el segundo -en dimensión- poseedor de bonos de deuda del Tesoro norteamericano. Hace poco se vio “obligado” -para conseguir liquidez- a deshacerse de más de cincuenta mil millones de dólares en el mercado, lo que hizo tambalear la economía estadounidense. El otro gran tenedor de bonos de deuda norteamericana es China, que es un franco acreedor de Estados Unidos. Las presiones para que revalore su moneda, el remimbi o yuan, apuntan a la necesidad de Estados Unidos de “licuar” su deuda revalorizando el dólar frente a la moneda china y también a reducir la competitividad de las mercancías chinas en el mercado internacional. Si se lograran estos objetivos de que los chinos cedan a las presiones de la burguesía imperialista no sólo yanqui, sino también la europea y japonesa, se agravarían sus problemas con el proletariado chino y sus conflictos sociales que ya de por sí son innumerables. A esta puja por los valores de las monedas se le está dando el nombre de “guerra de divisas”. Pero, en realidad, son manifestaciones de la crisis frente al inevitable achicamiento de los mercados, del empobrecimiento generalizado llevado al nivel de las “naciones”. China tiene un arma de defensa muy eficaz. Difícilmente se decida a usarla porque hundiría a toda la economía capitalista cuando todavía no se ha presentado en la escena el reemplazo del dólar. Si pone en el mercado internacional TODOS los bonos de deuda norteamericana, seguramente haría caer al dólar como moneda de cambio internacional pero, también, su economía entraría en un proceso peligroso, con graves consecuencias político sociales no sólo en China, sino en todo el mundo.



La gravedad de las situaciones que acechan al dólar como moneda de cambio internacional se está convirtiendo en un hecho irrefutable. Muchos países desde ya hace tiempo han dejado de lado al dólar en su comercio. Otros, presionan cada vez más para que en el comercio internacional se usen los DEG, Derecho Especial de Giro. Frente a esta realidad, el FMI ha puesto entre signos de pregunta la posibilidad de que el dólar continúe su existencia con las actuales características. Es evidente que las burguesías imperialistas norteamericana, europea y japonesa no van a permitir que el dólar caiga sin dar pelea por él. La caída del dólar implica el fin del mundo tal como lo conocemos y la apertura de un proceso inédito. Medir con los viejos parámetros, usados para analizar las crisis anteriores, es por lo menos querer encasillar nuevas realidades en viejos esquemas. Tan erróneo como creer que el mundo y el sistema capitalista han cambiado tanto que se hace necesario elaborar “nuevas teorías” como las que andan en boga.

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