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¿Puede el marxismo ser nacional?

¿Puede el marxismo ser nacional?

«No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano. He aquí una misión digna de una generación nueva" JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI





GABINO CORREA




Despojar al marxismo de sus aristas eurocéntricas y adaptarlo a las necesidades de la Patria Grande latinoamericana, ha sido el programa que la Izquierda Nacional se esforzó por desarrollar desde hace más de medio siglo. La tarea sigue en marcha.

Como no podía ser de otro modo, sufrió avances y retrocesos al calor de las condiciones políticas imperantes. Tras los aportes iniciales de los años 40, cobró mayor impulso en los 60, cuando la efervescencia popular estimuló a numerosos intelectuales militantes a efectuar aportes decisivos.

Pero el marxismo nacional latinoamericano aún tiene un largo trecho por recorrer antes de asumir formas definitivas. En esta sección el lector encontrará algunos artículos que ayudarán a plantear nuevos problemas, a replantear los que aún no han sido resueltos y a abrir vías de investigación originales y novedosas.
(Nota de IN).

En 1961 la Editorial Coyoacán, animada por la Izquierda Nacional de la Argentina, publicó los escritos de León Trotsky sobre América Latina bajo el título Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina. De sus páginas emerge un Trotsky que a muchos resultará desconocido. Lejos de la imagen dogmática y ultraizquierdista que de él han construido tanto los malos discípulos como los adversarios, Trotsky muestra su extraordinaria capacidad para distinguir la contradicción principal de nuestra época (centros imperialistas versus periferia semicolonial), al tiempo que se revela como precursor de la unidad entre los revolucionarios nacionalistas y socialistas.

A mediados de los años 30 el cerco tendido por Stalin sobre León Trotsky comenzaba a cerrarse. Arrestado en Noruega por un gobierno socialdemócrata que cedía a las presiones diplomáticas de la URSS, el viejo compañero de Lenin se informaba del rechazo de Roosevelt a la solicitud de asilo que se le había formulado. El fascista Benito Mussolini, entretanto, había saludado el desplazamiento de Trotsky por Stalin tras la muerte de Lenin, interpretándolo como un golpe decisivo a la revolución socialista. Perseguido por la burocracia soviética, demonizado por las potencias fascistas y repelido por las democracias capitalistas, el mundo era para el infatigable luchador bolchevique un "planeta sin visado", según la certera afirmación de André Bretón.

Fue entonces cuando sucedió lo inesperado. En el agitado México semicolonial, un presidente militar y nacionalista, el general Lázaro Cárdenas, se atrevía a desafiar a los grandes poderes mundiales recibiendo a Trotsky en su territorio. El gesto de Cárdenas constituía todo un símbolo: era el heredero de la revolución agraria y antiimperialista de 1910 quien ofrecía su apoyo al último de los grandes clásicos del marxismo, a aquel a quien Lenin había calificado como "el mejor entre todos los bolcheviques".

¿Cómo explicar la solidaridad de un militar nacionalista con un revolucionario marxista? ¿Se trataba acaso de una de esas paradojas tan frecuentes en la historia o, por el contrario, el hecho se inscribía en la lógica más profunda de los posicionamientos políticos? Para los analistas de la política mundial, ya fueran liberales, fascistas o stalinistas, no se trataba de explicar sino de condenar. Para Trotsky, en cambio, el asilo concedido por Cárdenas proporcionaba una invalorable enseñanza que en los años siguientes intentaría difundir (con poco éxito) entre sus discípulos.

A los pocos días de llegar a México, Trotsky declaró a la prensa: "Cuando Lenin y yo combatimos juntos durante la revolución, jamás creímos que el resto del mundo seguiría la vía rusa, porque Rusia posee características nacionales e históricas extremadamente pronunciadas y fuertes. Los demás países también poseen características profundamente diferentes y peculiaridades nacionales acendradas; cada país tiene que encontrar un camino diferente (...). Lenin decía que no se les puede imponer caminos rusos a los demás países. En la medicina existen charlatanes que recetan los mismos medicamentos para todas las enfermedades. Los políticos marxistas no pertenecemos a esa escuela de la medicina".

Muchos años más tarde, extinguido ya el cerebro de Trotsky pero no así las ideas por él generadas, fue Arturo Jauretche, el más importante de los intelectuales peronistas, quien llevó la imagen de la mala medicina al terreno de la política: El único camino que tenemos para construir algún día lo que todavía es el germen de una doctrina nacional -escribía en Política y Economía-, es entender los casos particulares, generalizarlos y llegar a determinar las leyes naturales que los rigen (...). Nos habían formado como a todos los argentinos, al revés, de izquierda a derecha y de arriba abajo. Se traía de afuera una supuesta ley general, que tal vez en su país de origen lo fuera, y desde ahí se empezaba a deducir para aplicarnos la receta, como el médico que da el remedio antes de hacer el diagnóstico, porque los diagnósticos también estaban contenidos en la doctrina general".

Si Trotsky había señalado al arribar a México que las peculiaridades de cada país confieren un carácter nacional al socialismo, Jauretche constataba, desde otra vertiente político-ideológica, el extravío de ciertos izquierdistas que "en lugar de intentar la construcción del socialismo criollo, reclaman primero que el país deje de ser criollo para que sea socialista". Pero si la viabilidad de una teoría y una práctica emancipatorias, como pretende ser el socialismo, depende de su arraigo en las peculiaridades nacionales, ¿cuáles son esas peculiaridades en el caso de los países latinoamericanos? Esa es la cuestión que Trotsky abordó durante sus últimos tres años de vida.

¿Antifascismo o antiimperialismo?

Trotsky vivió en México desde enero de 1937 hasta agosto de 1940, cuando tuvo éxito el complot para asesinarlo que organizaron por orden de Stalin dos célebres mercenarios: Vittorio Vidali, alias "comandante Carlos", y Victorio Codovilla, máximo dirigente del Partido Comunista argentino (1). Durante esos años, Europa atravesó repetidas veces el delgado hilo que separa a la revolución de la contrarrevolución. Finalmente, ésta última logró imponerse y millones de personas pagaron con su vida el desangradero de la guerra interimperialista.

Su obligado destierro impidió a Trotsky estar presente en el escenario de los acontecimientos. Recluido en su casona de Coyoacán, observó casi impotente cómo los usurpadores del Kremlin acababan dentro de la URSS con las conquistas de la Revolución de Octubre y, fuera de ella, con las luchas del proletariado alemán, español o francés (2). Sufrió además el asesinato de su hijo León Sedov y de sus más cercanos amigos, exterminados en los sótanos de la policía secreta o de la Gestapo. Mayor fue su aislamiento cuando debió romper políticamente con sus seguidores mexicanos. "Yo no soy trotskista", exclamó Trotsky al enterarse de que los "trotskistas" mexicanos se oponían al gobierno de Cárdenas acusándolo de "burgués" y "reaccionario".

Para un revolucionario, había enseñado Trotsky en el pasado, no existen situaciones sin salida. Era hora de probarlo. Si la guerra europea interrumpía por todo un período las tentativas del movimiento obrero metropolitano de derrocar al capitalismo, su desenlace generaría una nueva situación mundial en la que jugarían un papel relevante los países coloniales y semicoloniales. Aún no se hablaba del Tercer Mundo, pero Trotsky dejó impresas páginas imperecederas dirigidas a orientar su inminente irrupción.

En 1938 el obrero argentino Mateo Fossa viajó a México para entrevistarse con Trotsky. "Para comprender correctamente el carácter de los próximos acontecimientos -indicó el "profeta desarmado"- tenemos que dejar de lado la falsa teoría, totalmente errónea, de que la inminente guerra se librará entre el fascismo y la 'democracia' (...), los imperialistas no luchan por principios políticos sino por mercados, colonias, materias primas, la hegemonía sobre el mundo y su riqueza. El triunfo de cualquiera de los dos bandos significaría la esclavitud definitiva de la humanidad". Y agregaba: "En los países latinoamericanos los agentes del imperialismo 'democrático' son especialmente peligrosos, pues tienen más posibilidades de engañar a las masas que los agentes descubiertos de los bandidos fascistas". Por tal razón, expresaría en otra ocasión: "Estados Unidos es (para los países latinoamericanos) el peligro más inmediato y, en una perspectiva histórica, el más amenazante".

Al condenar simultáneamente a la burocracia soviética, enmascarada tras las banderas del "socialismo" o del "comunismo", y a las burguesías imperialistas, disimuladas bajo el ropaje 'democrático' o descarnadamente rapaces, Trotsky instaba a los revolucionarios latinoamericanos a recorrer un camino propio en la lucha que se avecinaba. Su posición frente al gobierno de Cárdenas no dejaba duda acerca de cuál debía ser ese camino: "Sin renunciar a su propia identidad, todas las organizaciones honestas de la clase obrera en el mundo entero tienen el deber de asumir una posición irreconciliable contra los ladrones imperialistas, su diplomacia, su prensa y sus áulicos fascistas. La causa de México es la causa de la clase obrera internacional".

Al percibir el antagonismo principal de la época -naciones oprimidas versus naciones opresoras- y al denunciar las falsas disyuntivas -democracia o fascismo-, Trotsky ofrecía el último y generoso aporte a la causa de los oprimidos y las clases sufrientes de América latina y el mundo colonial.

Trotsky no era “trotskista”

Mientras que la burguesía mundial consideraba a Trotsky un peligroso bolchevique enemigo de la civilización (es decir, de sus privilegios), los stalinistas lo acusaban simultáneamente de trabajar al servicio de Hitler y de Wall Street. Dada la naturaleza moral y política de sus acusadores, tales calumnias distaban mucho de dañar su figura ante el juicio de la historia. Quienes más ensombrecieron la figura de Trotsky, paradójicamente, fueron muchos de sus discípulos.

Consciente de este peligro, Trotsky escribió en 1938: "Creo que nuestros camaradas, en México y fuera de él, tratan de manera abstracta, en lo que concierne al proletariado, e incluso a la historia en general, de saltear, ya no con las masas por encima de ciertas etapas, sino por encima de la historia en general, y sobre todo por encima del desarrollo del proletariado".

El empantanamiento de muchos trotskistas en las fórmulas abstractas de la "revolución permanente" y su incapacidad para admitir que los "frentes populares" del stalinismo con los partidos burgueses europeos no eran analogables a los frentes nacionales en que se apoyaban los líderes antiimperialistas como Cárdenas, condujo finalmente a Trotsky a romper con el trotskismo mexicano. Si el zapapicos de Ramón Mercader no hubiera cegado su vida en agosto de 1940, Trotsky habría tenido la oportunidad de deslindarse también de esos "trotskistas" argentinos que, incapaces de reconocer las "peculiaridades nacionales" e invirtiendo el método correcto de generalizar a partir de la experiencia propia, adoptaron ante el frente nacional gestado el 17 de octubre de 1945 una posición hostil.

Pero los escritos de Trotsky están allí. Quien sepa ver encontrará en ellos una valiosa guía para la acción. Es una lástima que quienes hoy se apropiaron de su herencia política pertenezcan a esa clase de discípulos que el maestro no mereció tener y que motivaron su exclamación: ¡yo no soy trotskista!
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