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Teorías; un absurdo?

Comunidad Taringa, vuelvo a dejarles un ensayo para vuestra lectura y comprensión, esta vez, viene despues de una lectura del libro de B. Greene, El universo elegante , bueno como siempre este ensayo ira con unas imagenes, y queda a vosotros, su lectura. Expuesto de esta manera, adelanto que comentarios ajenos a mi entender (basicamente los agresivos) los ire sacando, gracias.


TEORIAS: ¿UN ABSURDO?

Cuando terminé de leer el libro: El universo elegante de Brian Greene sentí la necesidad de escribir este pequeño ensayo.
El pensamiento europeo nace en Grecia y con el tiempo se expande a todo occidente y en la actualidad a todo el planeta. Para los griegos teoría significa mirar, lo que hacía el espectador en los juegos y festivales públicos. Este espectador no intervenía en tales juegos y festivales: su actividad era “teórica”.
Contemplaban, opinaban, criticaban, especulaban el resultado de la “vida teórica”, es decir “pensar”, y afirmaron la superioridad de la “teoría” sobre la acción, que es experiencia de vida, no de pensamientos. En la mayor parte de los casos se usa “teoría” sin precisarse lo que se entiende por este término y fiándose en un entendimiento mental del uso del vocablo. Casi todas las teorías se transforman en axiomática.
El axioma significa lo que es creído y valorado. Además posee, por así decirlo, un imperativo que obliga al asentimiento una vez que es enunciado y entendido. Es una proposición que se impone inmediatamente a la razón y que es indispensable e indemostrable y evidente.
Hace 100 años Albert Einsten sugirió en sus teorías de la relatividad que el espacio y el tiempo podían ser “deformados” o distorsionados por la gravedad.
Estas palabras son comunes en la ciencia ficción y evocan la idea de que la gravedad puede hacer muy especiales con estas atractivas cualidades.
Einstein dice que deberíamos olvidarnos de nuestras reflexiones sobre la “fuerza de la gravedad” y utilizar en cambio el lenguaje de la geometría para hablar de efectos gravitatorios. “La gravedad es geometría”. ¿Entonces qué es la deformación del espacio?
¿Qué significa realmente una curvatura del espacio y el tiempo?
El espacio es vacío, el vacío no puede tener forma ¿cómo puede la gravedad curvar el espacio y el tiempo si estos no contienen ninguna sustancia que curvar? Empleando las matemáticas como lenguaje, la ciencia puede describir situaciones que están más allá de la capacidad de imaginación, que van a menudo en contra del sentido común y de la intuición. Afirma que la experiencia sola puede ser una guía poco fiable.
Sin duda, toda la física moderna entra dentro de esta categoría. La geometría es la comadrona de la ciencia.



Sin la descripción abstracta que nos proporciona las matemáticas, la física nunca hubiera avanzado más allá de la simple mecánica, es decir, como fenómenos de movimiento.
¿Qué relación hay entre las ciencias físicas con la matemática?
Hay dos proposiciones: primero, que toda proposición matemática debe tener una física equivalente, aun cuando pueda no haber sido descubierta todavía en determinado momento, y segundo, que todo fenómeno físico puede ser expresado matemáticamente.
En realidad ninguna de estas proposiciones tiene ningún fundamento, y la aceptación de ellas como axiomas pertenece al mundo de la ilusión, de la ignorancia. Los físicos necesitan ayudarse con modelos “mentales” tales como átomos, ondas, partículas subatómicas, universos en expansión, pero las imágenes son inexactas e imposibles de visualizar como los átomos, puesto que contienen ciertas características que simplemente no existen en nuestra vida diaria.
La propiedad característica de la física-matemática es que sus deducciones no pueden ser formuladas de otro modo que matemáticamente, y pierden todo su significado e importancia si se hace cualquier intento por interpretarlas en el lenguaje de los hechos.
La teoría de la relatividad desorienta a la gente, y que se atribuye a Einstein una tendencia a demostrar que “todo es relativo”, por más que, en realidad, el trata de descubrir y establecer “lo que no es relativo”, y sería todavía más correcto decir que Einstein trata de establecer la relación que hay entre lo que es relativo y lo que no es relativo.
Se debe eliminar uno de los más esenciales malentendidos que existen en relación con las dimensiones. No hay ningún acercamiento partiendo de las matemáticas al estudio del espacio-tiempo.
Las matemáticas se separan a sí mismas fácil y simplemente de la física tri-dimensional y de la geometría euclidiana.
Porque realmente no pertenecen a ese terreno. Es completamente erróneo pensar que todas las relaciones matemáticas deben tener significados físicos o geométricos, por el contrario, sólo una parte muy pequeña y la más elemental de las matemáticas tiene una conexión permanente con la geometría y con la física, y solo unas cuantas magnitudes geométricas y físicas pueden tener expresión matemática permanente.
Es necesario que entendamos exactamente que las dimensiones no pueden ser expresadas matemáticamente y que, en consecuencia, las matemáticas no pueden servir como instrumento para la investigación de problemas de espacio y tiempo. Sólo las medidas que se hallen dentro de coordenadas previamente acordadas pueden ser expresadas matemáticamente. Las matemáticas “no sienten” las dimensiones como la geometría y la física las sienten.
Las matemáticas no pueden sentir la diferencia entre un punto, una línea, una superficie y un sólido.
El punto, la línea, una superficie y el sólido pueden ser expresadas matemáticamente sólo por medio de potencias, es decir, simplemente por medio de designaciones: a una línea, a2 una superficie, a3 un sólido.
La artificialidad de la designación de dimensiones por potencias se hace perfectamente clara cuando preguntamos ¿qué significarán a27, o a538 o a9367?
Una vez que permitimos que las dimensiones correspondan a potencias, esto querrá decir que las expresan “realmente” las dimensiones. En consecuencia el número de dimensiones debe ser igual al número de potencias. Esto sería un absurdo a las claras, ya que la limitación del universo en relación con el número de dimensiones es obvio, y a nadie se le ocurriría defender la posibilidad de un número infinito o siquiera de un gran número de dimensiones.
El espacio no se considera más aisladamente, el espacio – tiempo tetra – dimensional permite el movimiento.
Pero el movimiento por sí mismo es un fenómeno muy complejo. Desde nuestra primera aproximación al movimiento nos encontramos con un hecho muy interesante.
El movimiento tiene en sí mismo tres dimensiones claramente expresadas, “duración, velocidad y dirección”. Pero esta dirección no se encuentra en el espacio euclidiano, como lo supuso la antigua física, es una dirección que va del antes al después, que para nosotros no cambia nunca y no desaparece nunca.
El tiempo es la medida del movimiento, si representamos el tiempo por una línea, la única línea que satisfará todas las exigencias del tiempo será “una espiral”. Una espiral es una “línea de tres dimensiones”, por así decirlo, esto es, una línea que necesita tres coordenadas para su construcción y designación.
La tri – dimensionalidad del tiempo es completamente análoga a la tri – dimensionalidad del espacio. Nosotros no medimos el espacio por “cubos”, lo medimos linealmente en diferentes direcciones, y hacemos exactamente lo mismo con el tiempo, aun cuando en el tiempo podemos medir sólo dos coordenadas de tres, la duración y la velocidad: la dirección del tiempo no es para nosotros (los que estamos dominados por una mente materialista) una magnitud sino una condición absoluta.




No ocurre así, cuando un ser humano se libera de su mente inferior y adquiere “la mente superior espiritual”. La tri – dimensionalidad del tiempo explica todos los fenómenos (materiales – psíquicos y espirituales) que han permanecido hasta ahora incomprensibles, y hace innecesaria la mayor parte de las elaboradas hipótesis y suposiciones que han sido indispensables en las tentativas de comprimir al universo dentro de los límites de un todo contínuo de cuatro dimensiones.
En los últimos dos siglos, tanto los filósofos, los físicos y matemáticos, los biólogos y demás ciencias, cayeron en un error común: “la materialización de lo psíquico”.
Las antiguas culturas Egipcia y Sumeria y después la China y la India, siempre se ocuparon del a “espiritualidad de la materia”.
Occidente se caracterizó por el desarrollo del intelecto, y este es incapaz de aprehender la vida, sólo le es dado percibir lo fragmentario y parcial, lo exterior y extenso, la forma y no la esencia, “la intuición” es la única capaz de captar la vida, lo interior y espiritual, a esta facultad de la “mente superior” le corresponde la visión de la totalidad. Intuición e intelecto son, pues, realidades contrapuestas, aunque la primera engloba al segundo del mismo modo que un film contiene las infinitas secuencias que lo componen. Si el intelecto actúa, sólo ve y analiza cada secuencia, y cuando intenta explicar “el todo” lo hace por adición de las mismas, sin desentrañar el sentido último del movimiento. En cambio la intuición puede penetrar la “realidad” dimensionando la duración real del tiempo, no del tiempo mecánico sino del tiempo vital y concreto que adiciona el devenir con sus infinitos cambios cualitativos. Cuando alguien se refiere a su propio cuerpo lo hace en un sentido posesivo, como cuando dice “mi casa”, en cuanto a la mente, no se la considera tanto una posesión como “una poseedora”. Mi mente no es un mueble, es “yo” mismo.
Es un error considerar que la mente es, por lo tanto, un propietario de experiencias y sentimientos o foco de los pensamientos.
¿Qué soy yo? Si hay un “testigo” que observa, verá a lo largo de la vida que aparecen en nuestro escenario una gran cantidad de “yoes”. A medida que crecemos y nos desarrollamos, nuestro gustos, humores y opiniones cambian, nuestra visión del mundo se modifica y aparecen nuevas emociones y pensamientos. Son distintos “yoes” y lo peor es que no se comunican entre ellos.
Hay una lucha interior por tener el control del momento, hasta que viene el otro “yo” y se lo quita, esta es la locura que produce “la mente sublunar”. Hay 987 yoes peleando por el poder, y todos ellos son ilusorios.
¿Cuál es el yo dominante que estudia la teoría de cuerdas? ¿Qué grado de locura posee un físico – matemático? Un gran sufí, Mansur (Al – Hallay) cuando lo estaban matando, sus últimas palabras dirigidas a un discípulo fueron; “tu yo, si no lo dominas, te dominará”.
No apego al yo, es la actitud del sabio real.
El objetivo de las enseñanzas que recibe el discípulo de su maestro es transformar el “yo dominante” en el “yo arrepentido” y luego en el “yo convertido”.
La motivación del “yo dominante” es satisfacer sus apetitos que en su mayor parte son animales, sensuales y ofensivos. El yo arrepentido es el reprochador del yo dominante y busca la perfección. El yo convertido es el “yo” que ha encontrado la paz y alcanzado la perfección.
El medio cultural de occidente proporciona una mentalidad de trasfondo que fomenta el “yo dominante”, el énfasis de la civilización prevalente se pone en “la prisa”, en obtener algo y transmitirlo, antes de encontrarse debidamente equipados para hacerlo.
El hecho de que cualquiera pueda establecerse como experto, maestro, terapeuta o físico – matemático, produce este error. El “yo dominante”, siempre ágil en su sofisticación, oculta al individuo que él está intentando correr antes de ser capaz de caminar.
Tensiones en el interior del individuo originan aflicción, incluso colapso. Las tensiones son el resultado de la batalla entre la vanidad, por muy escondida que se encuentre, y el conocimiento interno de que la personalidad es falsa y está intentando convencer que “su teoría” es verdadera porque lo creen miles de científicos y los estudiantes de esas ciencias.
Es obvio que desconocen la ley de Tomás Gréshan, financiero inglés (1519-1579), que fundó la bolsa para los mercaderes de Londres, como asimismo una universidad y otras instituciones científicas y artísticas. La ley dice: “la moneda mala expulsa a la buena”.
Todas las distorsiones –y más- que ha persistido se deben a la presencia y actividad del “yo dominante” que en vez de conocer “realmente algo”, se alimenta de autoestima. Para el ser humano es muy desafortunado, porque es diametralmente opuesto a su verdadero destino posible. Cuando el velo de la ilusión se aparta y se les permite a los ojos ver “la verdad”, nos damos cuenta de que los ojos no son suficientemente fuertes para resistir su presencia. El “yo dominante” que pertenece a la raza de la luna, siempre su mente rechaza enfrentarse a “la verdad”.
Nuestra magra consciencia, minimizado mercader al cual se obligó a considerar reales tan solo el peso y la medida, suele sonreír escépticamente ante los antiguos sabios de pretéritas culturas que, a su magro juicio, eran animistas, primitivas, fantasiosas. Pérdidas nuestras alas, nos molesta en nuestra fosa racional, nosotros ¡Ay! No podemos hacerlo. Nuestro pensamiento aprendió a detenerse en lo dado, en la “cosa” alcanzada por los instrumentos de medición. Así, hemos esclavizado nuestro majestuoso “yo real” a la tiranía del yo dominante producto de nuestra personalidad adquirida, y hemos hecho de aquél una teoría, y de la deslucida imagen de éste, el universo de nuestra realidad virtual.
Así, pues, para entender los misterios de Grecia, de la sabiduría China, de la metafísica India, de los Arcanos de Egipto, no nos dan las fuerzas mentales, no tenemos impulso espiritual elevado, sino apenas una temerosa intuición que no puede florecer, agazapada y confusa bajo la presión del miedo a caer en lo ridículo, la charlatanería, lo fantástico, y alejarnos así de aquella idea de la que hacemos culto, la de que la verdad, para ser tal, ha de ser demostrada –como erróneamente decimos – matemática y científicamente. Nosotros hemos hecho un culto al intelecto, nos quedamos en él, incapaces de volar más alto.
Cuando el alma adquiere conocimiento científico de un objeto, se aleja de “lo uno” y deja por completo de ser “una”, porque la ciencia implica la razón discursiva, y la razón discursiva implica multiplicidad.
El alma, en este caso, se aparta de “lo uno” y cae en el número y la multiplicidad. Para alcanzar “lo uno” es, pues, preciso elevarse por encima de la ciencia, no alejarse jamás de lo que es esencialmente “uno”, hay que renunciar por consiguiente a la ciencia, a los objetos de la ciencia y a todo espectáculo que no sea el de lo “uno”.
Hace más de 800 años AC el Tirthankara Parsvanatha nacido en Venares, se dio cuenta que el mundo astronómico que observamos desde nuestro planeta se nos “aparece” así porque vemos el cuerpo del universo desde el interior. Y no lo captampos en su conjunto, porque nuestras observaciones están hechas en nuestra propia escala, y ésta, en relación al conjunto, es infinitesimal.
El hombre en el universo, es semejante a un microorganismo en el cuerpo humano, si pudiéramos transformarnos en el más pequeño microbio, veríamos a nuestro cuerpo desde el interior, como el cielo estrellado guarnecido de las galaxias que son nuestros órganos. Si por el contrario pudiéramos volvernos inmensos y ver el universo en su propia escala, lo veríamos como un cuerpo viviente, este es el efecto del “principio de relatividad”, de este principio se derivan dos leyes: “la ley general” y “la ley de excepción”.
El hombre, célula de la humanidad, forma parte de la vida orgánica sobre la Tierra. Esta vida en su conjunto representa un órgano muy sensible de nuestro planeta que juega un rol importante en la economía del sistema solar, en tanto célula de este órgano, el hombre se encuentra bajo el imperio de la ley general, que lo retiene en su lugar, a cumplir allí su trabajo y consagrarle su propia vida. Es verdad que esta ley le deja un cierto margen, una especie de tolerancia que le permite algunos “movimientos libres”, dentro de los límites que ella fija. En el interior de estos límites, objetivamente muy restringidos, pero que subjetivamente parecen vastos, el hombre puede dar libre curso a sus fantasías y a sus ambiciones. Podemos decir, por ejemplo, que el hambre, la servidumbre del trabajo para asegurar nuestra subsistencia, es uno de sus factores. La cadena, instinto sexual, reproducción, afán de los padres por sus hijos, es otro. El amor carnal es necesario para el bien general. La cultura, la tradición, las creencias religiosas, científicas, filosóficas, políticas y costumbres morales de la sociedad, son otras cadenas de la ley general.
En síntesis, el margen admitido para los movimientos libres tolerados, tiene como límite lo que puede describirse con un término muy gráfico; la felicidad burguesa, carrera, en no importa qué rama de la actividad humana, fortuna, familia, amores, honores, etc. Pero todo esto con la condición “sine qua non” de una aceptación, aunque más no sea subconsciente, pero sin reservas del carácter inevitable de la “muerte”. En tanto el hombre acepte sin lucha el principio de la aniquilación final de su cuerpo y su personalidad, puede actuar en la vida sin atraer sobre sí la presión incrementada por la “ley general”.
Ocurre algo totalmente distinto si emprende la lucha con miras a franquear los límites que ella impone. Choca entonces con una acción centrada sobre él de esta ley y sus derivados. Si al marchar directamente hacia la meta, que es la liberación (el despertar de la consciencia), el hombre transpone sucesivamente los obstáculos, y por ello da pruebas de una fuerza que le permite desafiar el dominio de la “ley general”, esta misma ley comienza a actuar sobre él indirectamente, en general por intermedio a sus allegados, cuando ellos no siguen la misma ruta.
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