Check the new version here

Popular channels

Dos Columbinos en Vuvuzela (

Nota: los personajes, nombres, lugares y delitos aquí descritos son producto de la ficción, cualquier parecido con la realidad es una coincidencia peregrina. Ya que nunca faltan los malintencionados que venden sequías cuando diluvia, el autor deja en manos del creador -si existe tal cosa- las sombras que arrojen a estas sombras.













D O S C O L U M B I N O S

E N

V U V U Z E L A











D'Manrique








D R A M A T I S P E R S O N A E


Hugo Protector de Vuvuzela.
Mendrugo Chanciller de Vuvuzela.
La Polla Generalísimo de Vuvuzela.
De Balde Polizonte del Martirio.
Estrella Dama de compañía.
Chabolito Galopín o la «piraña».
Varicela Ministra de las Penas.
Vinagre Ministro de la Felicidad.
Sándwich Un partisano de las Fart.
Mariquis Otro farsante.
Parido Tratante de enseres.
Chupetón Tratante de géneros.
Ortiga Presidente de Los Mosquitos.
Huevón Presidente de La Botica.
Costilla Presidente del Medio Ocre.
Teodora Cacatúa de las Fart.
Sibila Santera del Martirio.
Facundo Presidente del Estero.
Humareda Presidente del Sol.
Talesman Archipámpano.
Bonafide Su mujer.
Mr. Walrus Cónsul del «Imperio».
Pepa Cocinera esforzada.
Cayetano Cantinero palaciego.
Lucas Estudiante vuvuzelano.
Coral Ídem.
Lucho Ídem.
El libertador «¡El padre de la...!»
El Legislador «¡Ese hijo de la...!»
Sam y Ted Marlines.

Hermes Caballero de la industria.
Dionisio Su sobrino.

Gentes, guardias, miembros del PUBIS,
pandilleros y prisioneros.










LA REVOLUCIÓN...
Una fábula en tres actos.


















PRIMER ACTO
ESCENA I

«Los caminos verdes».

Una lámpara de vela agotada se abre paso por la sombría espesura de parpados y tímpanos, su portador es DIONISIO, un efebo que llega como recién salido de la cama: lleva sobre su cabeza un gorro de dormir burdeos, viste un albornoz azul y un pijama hueso, y calza unas sandalias de cuero. Detrás de él y apoyándose en una sombrilla va HERMES, su tío, un caballero atildado y bien afeitado que ha entrado en años con la sien encanecida; al que, no obstante, vemos tapándose la tapa con un sombrero de paja de alas anchas y tocando las narices con esos anteojos que llevan una bigotera de dos pulgadas; minucia tan mal vista en Berlín como admirada en la gente de bien adentro de Boyacá. Una pajarilla, una camisa celeste, un pantalón beis sujeto por tirantes rojos y unos zapatos pardos de hebilla velan por el resto de su persona.

DIONISIO.—¿Nos damos un descanso?
HERMES.—No se preocupe por mí, que yo estoy bien.
DIONISIO.—Sí, se nota a leguas, pero ya lo dijo el peregrino: «a camino largo, paso corto».
HERMES.—Usted verá, pero yo en su lugar no lo haría; estamos tan de maletas que si nos sentamos, se aparece la chusma.
DIONISIO.—¿También le debemos a la guerrilla?
HERMES.—Todo el mundo le debe a la guerrilla; por fortuna, ya le están pagando con la misma moneda.
DIONISIO.—Ladrón que roba a ladrón...
HERMES.—¡Y cómo ladran esos perros!
DIONISIO.—(Auscultando al público.) No se ve un alma y se nos está haciendo tarde para llegar a alguna parte.
HERMES.—¡Sólo Dios sabe a dónde iremos a parar!
DIONISIO.—¡¿Cómo así?! ¿Conoces o no conoces Vuvuzela?
HERMES.—La distingo, pero no la conozco.
DIONISIO.—¿Con qué nos vamos a encontrar?
HERMES.—No lo sé, a cabalidad, no me dejaba ver por estas tierras hace mucho. Sin embargo, no creo que Vuvuzela haya cambiado del cielo a la tierra, y si lo ha hecho es casi seguro que lo ha hecho para bien; aunque sus mentados aires socialistas sean menos hechos y más palabras, algo habrá dejado la bonanza petrolera, algún progreso debe haber si las riendas de su carreta no han cambiado de simón en una década.
DIONISIO.—¿Cómo era Vuvuzela?
HERMES.—La que yo conocí era, palabras más, palabras menos, una costa sin vallenatos y un llano lleno de costuras. Creo que han resuelto lo primero; aunque lo de hoy no es vallenato, sino irregulares pullas. En cuanto a lo segundo, bueno, los llaneros no conocen todavía las cercas; una cosa que no me extraña, ya vio la rabia que dan las mordidas de la frontera.
DIONISIO.—¡¿Mordida?, eso ni siquiera era un pellizco! Si no te hubiera ganado la tacañería ya estaríamos en una posada. Pero henos aquí: ¡alimentando a los zancudos y esperando la visita de las moscas!
HERMES.—Eso lo dice porque no los conoce: a la guardia de la frontera siempre le ha gustado pasarse tres pueblos, creen que el dinero crece en los árboles; no tienen los pies en la tierra. Como nos vieron la cara de citadinos, se dijeron: «con este par me cuadro a la quinceañera». Pero tacaron burro: no salimos de una cueva de ladrones para entrar a otra; que otro les compre esa chistera.
DIONISIO.—¿Y de qué nos sirven ahora esas monedas? Hay hombres sin dinero, pero no dinero sin hombres; y en estas soledades el Peso nos hace más pobres.
HERMES.—Es cosa de los ceros; son un lastre para los billetes.
DIONISIO.—Acabaremos como el capo de todos los capos, alimentando una hoguera con nuestros vellones.
HERMES.—Paciencia: la suerte es el sésamo de los pobres y ya hemos encontrado un claro en esta redundancia.
DIONISIO.—No sé en qué estabas pensando; si era necesario pasar por una selva, debimos irnos por El Trapecio.
HERMES.—Era esto o caer en las redes de la pasma.
DIONISIO.—Es una pena que no te hubieras fijado antes en el lazo; una piyama es un pésimo disfraz para un fugitivo.
HERMES.—Todos los disfraces son piyamas, pero a nadie le sientan las piyamas prestadas: ¿lo pilla?
DIONISIO.—Es mía, ¡lo juro!; sólo me quedan grandes los pantalones.
HERMES.—Para correr no hacen falta pantalones. En la cárcel, por otra parte, la «soltura» ayuda a no entrar en cintura.
DIONISIO.—¡Huy, tío, calle esos ojos! Esta inmensidad tiene sus ruidos, pero nuestras jaulas están llenas de verdaderos animales; el que menos se despeina tiene que pasar la noche con un elefante, en esas ratoneras no hay quién se salve.
HERMES.—Hum, yo no diría que es una ratonera, se parece más a una prendería: a unos les preocupa entrar y a otros les aterra salir; no todos se ganan la libertad con una boleta de salida.
DIONISIO.—La justicia de Columbia no puede ser de otra manera: si es coja y ciega, tiene que ser lotera.
HERMES.—Después de pisar uno de esos antros, ¿qué suerte cabe esperar? El infierno de dentro no es más cruel que el de fuera, los gruesos muros son decorados, nada más; también están forrados en los huesos y con una mano adelante y la otra atrás los veteranos del patio Libertad.
DIONISIO.—Es verdad, el juez que dicta una sentencia no tiene ni la más remota idea de cuándo acaba la condena. Es muy complejo todo esto de la libertad. Ni siquiera los rateros que enterraron su botín pueden salir a cantar victoria, pues no hay mucho albedrío en vivir como un pirata: tienen que cambiar de «parche» cada noche, una «lora» les caga a diario la espalda y siempre meten la pata en sociedad. Sin embargo, es mejor estar fuera que dentro; no porque adentro sea peor, sino porque afuera hay hacía donde correr. El espacio de algunas prisiones a veces es tan limitado que no se puede salir de ellas ni con los pies por delante; lo que suele convierte en una excusa para despresar a destajo.
HERMES.—Es una cruda realidad que no comparten los peces gordos. Pasan por la cana sin conocer el caspete: en sus patios los dragoneantes se vuelan, las guardas se bajan y las esposas se abren. La prisión es para esa gente un paréntesis, salir de ella no les supone una incógnita; todos son «doctores».
DIONISIO.—¡Y a los demás les toca vivir en una lata de sardinas!
HERMES.—¡Ya tuvieran las sardinas!
DIONISIO.—Pero ni modo, les toca aguantarse; no los veo votando por la pena de muerte.
HERMES.—Es una solución contable.
DIONISIO.—Castigar a un criminal no puede convertirse en un crimen.
HERMES.—También se le podría dejar ese chicarrón al sector privado: si los sabios griegos convertían las minas en cárceles, ¿por qué no convertir las cárceles en una mina de oro?
DIONISIO.—No creo que convertir el cautiverio en un negocio solucione el problema.
HERMES.—Si hablamos del hacinamiento, ayuda. Por otra parte, estoy convencido de que los secuestradores sabrían apreciar la ironía.
DIONISIO.—Bueno, no te niego que sería interesante verlo, pero hablamos de Columbia y allá todo se queda en «vías de desarrollo».
HERMES.—Ese mérito es de la «carreta».
DIONISIO.—¡Ah, pueblo, anda tan dormido que ya ni la mula de tres cascos lo trasnocha!
HERMES.—Le hace falta un jarrón de orejas.
DIONISIO.—Espero que en Vuvuzela existan los terapeutas.
HERMES.—Cuente con ello. El terapeuta es un loco al que se le debe dar cuerda y el vuvuzelano es todo un rollo... Ahora que lo menciona, debe ser un buen campo para hacer empresa; están en auge las ideas descabelladas y hay tanto chaveta como deschavetado. Tal vez podríamos aportar nuestro granito de arena a la comunidad; la salud mental nunca está de más. Se me ocurre que podríamos montar una especie de consultorio confortable, un locutorio tan distinguido que se mantenga reservado, algo así como un manicomio de cinco tenedores: un confesionario para la inmensa minoría.
DIONISIO.—Hum, no es una mala idea, me gusta que sean las oportunidades quienes llamen a nuestra puerta. Además sería incursionar en una ciencia que no tiene ciencia, haríamos lo mismo que nuestros pares: a los varones los mandaríamos a buscar a su madre en otra parte, a las gordas les aconsejaríamos que se larguen y a las que todavía conserven la compostura, esto es, que sus pechos no golpeen sus rodillas, las invitaríamos a pasar las penas con un guarito y a quitárnoslas con un guarismo.
HERMES.—No he escuchado un recetario más completo. Pero ¿qué haría con las pacientes insatisfechas?
DIONISIO.—¿Devolverles el dinero?
HERMES.—¡Eso ni pensarlo!
DIONISIO.—¿Y si nos encontramos con un marido persuasivo?
HERMES.—Habría que ver el tamaño del pisco: si no está a la altura, lo metemos en un saco y lo vendemos a un circo; si es de la media, pues lo sacamos a las patadas; y si da la talla, le sacamos la piedra y le damos en la cabeza.
DIONISIO.—Así que todavía te queda chispa.
HERMES.—Sólo tengo un puñado; cada vez que las muestro me las arrancan de las manos: se venden como pan caliente.
DIONISIO.—La suerte no te durará para siempre.
HERMES.—No creo que los vuvuzelanos tengan mejor ojo que la gente del Dorado.
DIONISIO.—No te engañes, tío, esos esmeros no deslumbran a nadie en La Crímenes.
HERMES.—Lo crea o no, por allá me fue muy bien; mostré mi pasto y llovieron los iluminados que querían hacerme «favores». ¡Pobres cornejas, acabaron desplumándose por lentejas!
DIONISIO.—Al menos fue un final gris: hubo para los Cuasimodos unas cuasi Esmeraldas.
HERMES.—Debo reconocer que partí con ventaja, un avaro siempre tiene trucada la balanza; creen que una piedra vale un ojo de la cara.
DIONISIO.—No hablemos más de Columbia; hay que echarle tierra a la tierrita.
HERMES.—¿Qué es el destierro para los que están de paso?
DIONISIO.—¿Lo olvidarán algún día?
HERMES.—No recordarán nada la semana que entra.
DIONISIO.—Es una lástima que en Columbia no se pueda vivir de ilusiones... ¡Y pensar que todo se fue al caño por una ola de rumores!
HERMES.—Todas las almas en pena arrastran cadenas de plata, pero no todas pueden decir que son inocentes. Nada pudo el sindicato de sicofantes, pues nada se encontró bajo la mesa; sin embargo, nos colocaron el sambenito del lavado, nos sentaron en un banco, le echaron más leña al monte y la prensa volvió a servir al inquisidor...
DIONISIO.—¡Hombres de poca fe!
HERMES.—Caldearon los ánimos y la magia se diluyó.
DIONISIO.—Lo bueno se termina cuando no acaba de empezar.
HERMES.—¡Por eso es que estamos como estamos!: persiguen a los visionarios y a la rosca nadie la aprieta. Basta con fijarse en los primos Nubes; han sido peores que los huracanes y siguen tan campantes. Bagatela está vuelta una nada y se supone que es el polo a tierra.
DIONISIO.—Es la suerte de la capital: no ha terminado de ver estrellas y ya la están cayendo peñascos.

((( Un cuerno pita )))

HERMES.—¿Escuchó?
DIONISIO.—Escuché.
HERMES.—¡Espero que esté contento!
DIONISIO.—No te preocupes, pueden ser Elenos.
HERMES.—¡Ay, qué dicha, nos fusilarán unos intelectuales!
DIONISIO.—La vida es un tesoro para el Eleno...
HERMES.—¡Qué tiro de gracia!
DIONISIO.—Pues el Eleno es el lagarto del monte; se les da mejor el rapto que raspar la coca: si son ellos tenemos chance.
HERMES.—No sé cómo hace para distinguirlos, yo los veo igualitos: todos andan rodeados de niños y colocados hasta el copete.
DIONISIO.—(Con la vista en el horizonte.) ¡Los árboles se mueven!
HERMES.—¡No, qué vaina: salimos de los venteros y damos con los ladrones!
DIONISIO.—Pueden ser las brechas de una muralla.
HERMES.—¡¿Muralla?! ¡El paredón es lo que se nos viene!

Pasa por allí una mano de sonámbulos que andan tan corcovados como las hormigas; marchan medio cubiertos con batas de hospital, los viejos se apoyan en percheros sin suero, los jóvenes llevan a cuestas sus cajones y las mujeres llevan bajo su seno oblongas anchetas. Antes de que el ciempiés se pierda de vista, HERMES le corta la cola con la sombrilla.

HERMES.—Disculpe que la incomode...
DIONISIO.—¿Para dónde van?
PÁNFILA.—Pa viejos.
HERMES.—¿La muerte los persigue?
PÁNFILA. —La patria nos persigue.
DIONISIO.—¿Los persigue?
HERMES.—¿Y qué quiere de ustedes?
PÁNFILA.—Quiere salvarnos.
DIONISIO.—¡No entiendo nada!
PÁNFILA.—Nosotros tampoco.
HERMES.—¿De quién quiere salvarlos?
PÁNFILA.—De los escuálidos.
DIONISIO.—Con ese nombre no deben ser una gran amenaza.
HERMES.—¿Cómo quiere salvarlos?
PÁNFILA.—Con los Panes del Pubis.
DIONISIO.—Eso no suena tan malo.
PÁNFILA.—No somos panas del hambre.
HERMES.—¿Es usted columbina?
PÁNFILA.—No, señor. ¡Yo soy orgullosamente vuvuzelana de Vuvuzela!
DIONISIO.—En tal caso podríamos hacernos compañía; nosotros también vamos a Vuvuzela.
PÁNFILA.—¡Ni loca, yo por allá no vuelvo!
HERMES.—Si no va a Vuvuzela, ¿a dónde se dirige?
PÁNFILA.—A la tierra del cacique Cucú, a Columbia.
DIONISIO.—¡¿Estás loca?! ¿Qué vas a hacer en Columbia?
PÁNFILA.—Algo haré, no soy manca.
DIONISIO.—Columbia no es mejor que Vuvuzela.
PÁNFILA.—Cualquier lugar es mejor que Vuvuzela en estos momentos.
DIONISIO.—¡Eso habrá que verlo!
PÁNFILA.—No se lo recomiendo.
HERMES.—(Auscultando la frente de la chica.) ¿Se siente bien?
PÁNFILA.—Es el piojo de la vicuña; ¡me tiene cocinada!
HERMES.—(Guardando la distancia.) ¿Es contagioso?
PÁNFILA.—Nada nos han dicho.
DIONISIO.—¿Vas a un hospital?
PÁNFILA.—De pronto.
HERMES.—¡¿De pronto?!
PÁNFILA.—Casi no es mortal.
HERMES.—¡Un parte de tranquilidad!
PÁNFILA.—¿Me podrían cambiar...?
HERMES.—¡Ah, no, estamos limpios!
PÁNFILA.—¡Cómo cambian los tiempos!
HERMES.—Para que se entere: en Columbia no se habla más de «hermanos», ahora sólo se escucha de «viejos», «locos» y «huevones».
PÁNFILA.—¡Na guara!, es verdad lo que dicen: así te ven, así te tratan. ¡Qué lindo!, ¿no? ¡Qué bonito es ver llover y no mojarse!, ¿cierto? Pueden reírse por lo que les voy a decir, pero yo era así como ustedes; ¿quién les asegura a ustedes que un día no serán como yo?
DIONISIO.—Eres un desconsiderado.
HERMES.—(Sacando su cartera.) ¡Está bien! A ver, niña, dígame qué es lo que tiene y cuánto quiere; ahórreme el drama.
PÁNFILA.—(Rapándole la cartera y dejándole una excusabaraja.) ¡Haga la cuenta: ahí está el esfuerzo de toda una vida!
HERMES.—¡Pero ¿qué es esto?!
DIONISIO.—Un cesto.
PÁNFILA.—¡Cuando termine de contar me avisa! (Sale pitada.)
HERMES.—¡¡¡Hola, hola, espérese!!! (Deja la excusabaraja en manos de Dionisio e intenta darle alcance a la lázara.)
DIONISIO.—¡Lo que nos faltaba: otra boca! (Tras echarle un vistazo.) ¡¡¡Detente, tío, aquí no hay pierde!!!
HERMES.—(Volviendo.) ¿Qué pasa, no respira?
DIONISIO.—Al contrario, te devolverá el aliento.
HERMES.—Mueche...
DIONISIO.—(Abriendo la excusabaraja.) ¿Qué te parece?
HERMES.—¡Hasta que por fin nos sonríe la condenada!
DIONISIO.—A lo mejor se está burlando de nosotros.
HERMES.—(Detallando la merienda.) Son varios fajos y varios ceros.
DIONISIO.—¿Le pesará?
HERMES.—A los locos no les hace falta el dinero.
DIONISIO.—A los locos, no así a los enfermos.
HERMES.—No estaba enferma, estaba loca; evadía la realidad, no vivía con ella.
DIONISIO.—¿Y el piojo de la vicuña?
HERMES.—Salió de su cabeza.
DIONISIO.—Esto da mala espina.
HERMES.—Al menos no tendremos que saltar muchos matones.
DIONISIO.—Entonces: ¿pa’delante es pa’allá?
HERMES.—No queda de otra, ya hemos quemado nuestras naves.
DIONISIO.—(Avistando un farol.)¿Qué es eso?
HERMES.—¿Otro convoy?
DIONISIO.—Parece un tanque.
HERMES.—(Aguzado.) ¡Pamplinas, es muy lento para ser un pimpinero!
DIONISIO.—Puede ser la punta de una lanza.
HERMES.—De una muy torcida, eso es seguro.
DIONISIO.—Le ha entrado el afán.
HERMES.—¡Rápido, sopla la vela!
DIONISIO.—¿Algún deseo?
HERMES.—¡Deseo ni que deseo! (Sopla la vela y se esconden tras unos matorrales.)

Entra el chanciller MENDRUGO, un buñuelo con pelos, un nihilista de madejas rojas que lleva el cepillo como estilaba el estilista de la osa rucia; un corte que da lozanía a los picos y profundidad a las fosas. Calza unos zapatos charolados, viste un pantalón de paño negro y una camisa de dril roja, y lleva sobre sus hombros un nido de paja; unas veces lo ocupa un cuco, otras veces una urraca, pero siempre hay un pajarito en casa.

MENDRUGO.—(Tras encogerse detrás de un árbol.) ¡Uh!, ¡ah!, esta paridera de madre me va a matar! Yo lo sabía. Lo sabía, pero me quise enterar y me enteré: ese pabellón estaba pútrido, obsoleto. ¡Ay, ay, aquí viene el que es, viene el propio! ¡Viene, viene, viene!... ¡Woooooow! ¡Descanse! Gracias, Lizabeth, esas caraoticas sí que estaban burda’e prieticas; te debo otra, mami. (Suspirando.) ¡Puf, qué peste! Esto es estar podrido, lo demás son cobas. Como dice mi comandante: «¡cuando la culebra se asoma, se asoma!» (Saca las hojas de un diario venido a menos.) Ahora vamos a ver como termina el rollo, aunque fijo-fijo es tan aburrido como el resto. A ver, aquí dice: «En el nombre del Dios todo poderoso», bla, bla, bla y bla, bla, bla, «Vuvuzela es la reunión de todos los vuvuzelanos», más bla, bla, bla, «es irrevocablemente libre e independiente», ajá, «no se permitirán levas que puedan tener por objeto atacar la paz de otras naciones», «se garantiza la inviolabilidad de la vida, la libertad personal, la libertad de pensamiento, de enseñanza, el derecho a transitar, reunirse y sufragar», «a obtener una respuesta oportuna de los funcionarios públicos y a acusarlos si incurren en el quebrantamiento de sus deberes», «todos los vuvuzelanos serán juzgados por las mismas leyes, tienen derecho a un juicio justo y no pueden ser juzgados por tribunales “especiales”, no pueden ser incomunicados o detenidos sin fundamento», «ninguna ley, Constitución, ordenanza o reglamento alguno podrá menoscabar los derechos de los ciudadanos, quienes los expidieren, firmaren o ejecutaren serán castigados...». ¡¿Castigarnos?! ¡Ta loco! ¡Ja, estos pendejos están es orinando fuera del tarro! ¡Cómo se ve que mi comandante los trae locos a esos desgraciaos! Es que mira si son burros estos escuálidos, se ponen a escribir tantas pendejadas que ellos mismos se ponen la soga al cuello; si un juez se pone a ver esto, segurito van presos, porque esto lo que es, es un delito, y uno por partida doble: desperdician papel y desperdician el tiempo del pueblo. Aunque mejor pa mí, me hacen un favor; la verdad, la verdad, es que yo no sentiría lo mismo con papel del bueno. Dan pena estos súpiticos, hasta en eso pierden; creen que con esto nos hacen quedar mal: ¡qué imbéciles! Podrán echarnos el barro que quieran, pero aquí nos quedaremos y ellos seguirán siendo los mismos huele-peos de siempre. Pero yo no debería estar gastando coco en esto, sino en... (Mientras deja en el manuscrito su impronta.) ¡Ay, ese bus en el que te montaste! Tabas tan bien, Milcobas, tan bien posicionado, pero te picó el bichito y el comandante te paró bolas... ¡Conque ahora te aguantas, chico!; no va a ser mamey, pero tú vas a dar el ancho: ¡claro que sí! Es cuestión de llevar al jefe como una sedita: no debes decirle que todo va bien porque es mentira, pero tampoco decirle que todo va mal porque te corta el rollo. Menos mal que si se te arma el peo, ahí tienes a esos gringos maricos; la verdad son unos coño’e madre, pero como dice Chupetón: «no hay Robolución sin el Imperio». (Intenta amarrarse los pantalones.)
DIONISIO.—(Hablando quedo.) He ahí al váter de los tronos.
HERMES.—(Más quedo todavía.)¿Por qué no le seguimos la cuerda?
DIONISIO.—Ni siquiera puede tirar de la cadena.
HERMES.—Ha dicho que no es un pintado en la pared: pintémosle pajaritos en el aire y veamos qué hace.
DIONISIO.—¡Puede ser el mismísimo patas, pero no le daré la mano ni por el putas!... Ni siquiera para meterle los dedos a la boca.
HERMES.—Podemos ahorrarnos el saludo. Estamos ante una de esas rarezas que tanto abundan, un diplomático sin tacto; no se ven en su boca muchos modales, es como una pianola de tres al cuarto que todo el mundo puede tocar.
DIONISIO.—No me gusta como suena, el tipo es un armario y nos puede encuerar.
HERMES.—Yo tengo buen ojo y usted buena espalda, ¿qué nos puede pasar?
DIONISIO.—Acabar de cavar nuestra tumba, por ejemplo.
HERMES.—No acabaremos nada, al contrario, este será un nuevo comienzo, un renacimiento: un borrón y cuenta nueva.
DIONISIO.—Si tú lo dices...
HERMES.—¡Con esa actitud no llegaremos a ningún Pereira!
DIONISIO.—¡Hágale, puye el burro que pa’ntier es tarde!
HERMES.—Vamos a ver este qué pitos toca.
DIONISIO.—Aquí vamos de nuevo. (Hermes agita los arbustos.)
MENDRUGO.—¡Épale, mapanare! ¿Quién anda ahí: amigo o enemigo? Estoy protegido por El Isma, así que ni creas que podrás conmigo. No me digas que no eres nada, porque nada no se puede ser. ¡Llégate! ¡Llégate si eres malandro fino-lino! ¿Qué, te asustaste gatillerito?... ¡Ya está bueno, coño, acaben con el vacile ahora mismo!... ¡Un momento! (Risueño.) ¡Ya las cogí! ¿Fue idea suya, camarada Fineo?... ¡Ja, ya salgan, ya los descubrí! ¡Salga de ahí, camarada Timo! ¿Quieren jugar?, muy bien: ¡si no me responden voy a pensar que son unos malditos paragenitales! ¿Qué tal eso, ah?... No son paragenitales, ¿verdad?... Vamos, ¿respondan?... ¡Ey, díganme algo, no joda, al menos viéntenme la madre!... (Retrocediendo.) Ya me quedó claro, querían cogerme con los pantalones abajo, ¿no?: ¡ustedes lo que quieren es inocularme, coño e madres! Pues se jodieron, el tiro les va a salir por la culata... ¡Hablen de una buena vez, malditos peones del Imperio! ¡Hablen o no respondo! Miren que si no dan la cara, me veré obligado a... retirarme. Eso sí les digo una cosa, aunque es verdad que en el amor y la guerra todo se vale, no hay derecho para ser tan groseros. ¡Salgan!, ¿o qué, me van a tirar plomo parejo por la espalda, se van a graduar de cobardes?... Háblenme, díganme que quieren y algo hacemos: ¡se los juro! Miren que esto nos es bueno pa’l mango, un segundito de estos nos llena full de años. (Encopetado.) Tal vez no lo sepan, pero están delante del máximo chanciller de la República Independiente Popular Plurinacional Democrática Establecida Revolucionaria y Venática de Vuvuzela: ¡el gran Milcobas Mendrugo Moroso!... Ahora, si no quieren salir, están en su derecho, pero les advierto que por ahí hay mucha mina suelta; no me haré responsable si se queman. (Una rama se quiebra.) ¡Ay, fantasmas, fantasmitas, no me asusten más, quédense donde están que yo ya me devuelvo! (Se arrodilla.) ¡Maelito, papi, no me falles, no me dejes morir!; tú sabes que te he sido fiel como ninguno. ¡Llégate, Ismael, llégate!

HERMES y DIONISIO salen de su escondite.

MENDRUGO.—(Sin colores.) ¿Quién coño son ustedes y por qué me quieren inocular? ¿Qué les he hecho de malo, ah?
HERMES.—Somos unas santas palomas, chanciller.
DIONISIO.—Ni Ismael ni Misael ni inoculadores.
HERMES.—De eso no sabemos nada, somos gente correcta.
MENDRUGO.—(Aplomado.) ¡Pues me van diciendo de una buena vez quién carajos son y qué hacen aquí además de asustar gente! (Llevándose la mano a la culata.) ¡Suéltenlo rápido o les vuelo plomo del bueno!
HERMES.—¿Quiénes somos, de dónde venimos, para dónde vamos?... Hum, poco se puede decir al respecto: somos ciudadanos del mundo, venimos de la nada y vamos para el mismo lado.
MENDRUGO.—¡No entendí un carajo!
DIONISIO.—Nos dirigimos hacía Vuvuzela.
MENDRUGO.—Eso está mejor, ya nos vamos entendiendo. Ahora díganme qué van a hacer en Vuvuzela.
HERMES.—Es un secreto.
MENDRUGO.—¿No serán ustedes paragenitales de la ultraderecha columbina, verdad?
DIONISIO.—Se equivoca, no tenemos nada que ver con esos pajares.
HERMES.—Si usted gusta podemos hacerle participe de nuestras intenciones, aunque debe prometernos que será discreto.
MENDRUGO.—Denlo por hecho, compañeros.
HERMES.—¿Tenemos su palabra?
MENDRUGO.—La tienen y sepan que cuando un chanciller de la República Independiente Popular Plurinacional Democrática Establecida Revolucionaria y Venática de Vuvuzela da su palabra, es la República Independiente Popular Plurinacional Democrática Establecida Revolucionaria y Venática de Vuvuzela misma.
DIONISIO.—(Aparte.) ¡Qué traba!
HERMES.—¿Está seguro?
MENDRUGO.—Disparen, pero eso sí les advierto: ¡nada de pistoladas! Quiero la verdad, la verdad verdadera; lo digo en serio.
HERMES.—La verdad, chanciller Mendrugo, la verdad con testigos, es que el éxito nos acosa y el interés por nuestras pirámides no tiene techo.
MENDRUGO.—¡¿Pirámides?! ¡Ahora sí quedé gringo!
HERMES.—Somos del país de las aves, pienso de Evélpides y semilla de Al Pistetero.
MENDRUGO.—¿Son egipcios del Egipto?
HERMES.—Es correcto...
DIONISIO.—Hemos atravesado Las Nieves y Las Aguas para llegar hasta este lindero del mundo.
HERMES.—Estamos buscando un país que merezca nuestra misión diplomática.
MENDRUGO.—Llegaron donde era, nosotros somos expertos en misiones...
HERMES.—Eso hemos oído.
MENDRUGO.—¿Y se puede saber cómo se llaman?
HERMES.—Usted tiene cara de recto y su palabra infunde respeto, así que no hay por qué mantener el secreto: mi nombre es Hermes Trígonos, legado de su excelencia (señalando a Dionisio con ceremonia) Dionysios Polifónicos, príncipe de Egipto del centro, portador del lábaro de la largueza y el caduceo de la abundancia.
MENDRUGO.—(Exaltado.) ¡Qué vergüenza con ustedes, excelencias, ¿quien sabe qué estarán pensando de nosotros?! Perdónenme, se los ruego, de rodillas se los pido; soy un pelín nuevo en el oficio y todavía no me encuentro.
DIONISIO.—No se complique, chanciller, los visionarios entran en la historia dando tumbos...
HERMES.—Y salen de ella a rastras.
MENDRUGO.—Menos mal no les pasó nada, excelencias; estas trochas son calientes y aquí hay más de una víbora de dos patas. Pa la próxima les recomiendo que se traigan una escolta.
DIONISIO.—(Mientras le regala a Hermes una mirada de reproche.) No nos gusta el turismo extremo, chanciller, venimos de esta forma porque nos tocó salir de Columbia como alma que lleva el sheitán; gracias al golpe de ala sólo lograron robarnos el aire y despojarnos de algunos chiros.
MENDRUGO.—Ahí están pintados esos caliches: si no la ponen a la entrada, la ponen a la salida.
HERMES.—(Aparte.) ¡Cómo se quejan estos mediocres!
DIONISIO.—Bueno. Deponer, deponer, no deponen nada; su pirinola tiene truco.
MENDRUGO.—¿Y cómo fue que los sacaron corriendo?
HERMES.—¡Todo ocurrió tan rápido!: nos mostramos a favor de los «movimientos progresistas», y de pronto nos vimos ocultos como despreciables prófugos.
MENDRUGO.—No debieron ir por allá, la oligarquía cipaya ha convertido a Columbia en la Judía de Marica: es una paria internacional y una cuña en la patria grande; quiere evitar el progreso de nuestros pueblos, quiere evitar lo inevitable. Un día llegará la hora de los justos y lloverán bombas sobre Bagatela, y sacaremos una Columbia digna de los escombros; pero hasta que eso no pase, lo mejor es mantenerse alejao de esa influenza.
HERMES.—(Aparte.) Al que le pique, que se rasque.
DIONISIO.—¡Están locos los vecinos!
MENDRUGO.—Eso mismo digo yo...

Entran DE BALDE y LA POLLA custodiando al PRISIONERO. DE BALDE es un viejo verde de perilla pálida, charreteras postizas y guerrera bisoña; una hiena desdentada que conserva el hedor de la sangre en su garganta. LA POLLA no tiene cresta ni barbilla y luce un uniforme de gala que con gala lo desnuda; son tantas sus medallas y es tan menudo su pecho que estas le sirven de coraza hechiza. El PRISIONERO, por el contrario, es un invierno impoluto en el Caribe: su gorro de cuartel, camisa manga corta, pantalón, calzado y delantal son de un blanco lunar; aun cuando su mirada arroja sombra a cada esquina.

MENDRUGO.—¿Y esto qué es?
DIONISIO.—Un trípode.
MENDRUGO.—(Chifla.) ¿Qué llevan ahí, camaradas? ¿Qué sucede con ese?
DE BALDE.—(Se acercan.) La palabra sobran, chico...
LA POLLA.—Es un espía del ve-vecino, ca-camarada, un bla-blanco de orilla.
DE BALDE.—Lo encontramos en la cola, en una posición, diga usté, bastante comprometedora...
LA POLLA.—Quería co-comprar una ba-barra de ja-jabón.
MENDRUGO.—¡No se cansan de robarle a nuestra patria!
HERMES.—¿Y cómo adivinaron tan aviesa intención?
DE BALDE.—No se puede estar tan limpio, chico.
PRISIONERO.—¡Se los juro, yo no hice nada!
LA POLLA.—(Tomando al prisionero del pelo.) ¡¡¡Ni harás, pe-perro!!!
DIONISIO.—¿No es muy joven para ser un espía?
DE BALDE.—En lo espía la edad e lo de meno; pueden estar en pañales, pero nunca se jubilan.
HERMES.—¡Qué trabajo más triste!
DE BALDE.—No crea, caballero, todo sacrificio tiene su premio si uno se esfuerza de verdá.
DIONISIO.—¿Están seguros de que no es un vendedor de helados?
DE BALDE.—Parece, pero no e.
LA POLLA.—Ta súper co-confirmao: ¡lo certi-tificamos!
DIONISIO.—¡Hay que ver cómo se camuflan estos paletos!
PRISIONERO.—(Suplicante.) ¿Qué debo hacer para...?
LA POLLA.—(Tras tumbar al prisionero.) ¡Ah, con-conque ahora sí qui-quieres ca-cantar! ¡Pu-pues tarde pi-piaste, pa-pajarito!
PRISIONERO.—¡¡¡Auxilio!!!
LA POLLA.—(Socarrón.) ¡No te desgastes, mo-mojonero, aquí la ge-gente no’tá sorda, lo que’tá es bi-bien mu-muda!
HERMES.—¿Le encontraron algo en la nevera?
DE BALDE.—Casi ná...
LA POLLA.—¡Puro re-real er si-sifrino este!
HERMES.—Quizá sólo sea un raspador.
DE BALDE.—No podemo arriesgarno.
LA POLLA.—Es un ma-malandro de los ma-malos.
PRISIONERO.—(Arrojándose a los pies de Mendrugo.) ¡¡¡Por el amor de Dios...!!!
LA POLLA.—(Levantando al prisionero con violencia.) ¡Si-sigue así y te voy a me-meter e’rolo hasta er fo-fondo, ma-marico!
MENDRUGO.—Te la vas a tener que calar, chico, ¿quién te mandó a jugar de infiltrado? (A los egiptanos.) Con estos columbinos hay que tener cuidado: columbino bueno se muere chiquito.
LA POLLA.—Eso e ver-verdá, hace unos días le echa-chamos ma-mano a uno bien gua-guabinoso. ¿Ve-verdá, ca-camarada?
DE BALDE.—Sí, sí, ese compay era taimadito.
LA POLLA.—Iba disfrazao y to-todo. ¿Ve-verdá, ca-camarada?
DE BALDE.—Está cierto, chico.
MENDRUGO.—¿Y de qué iba disfrazado ese animal?
LA POLLA.—¡Ima-magínate tú!
MENDRUGO.—Dilo rápido o no lo digas, primo.
LA POLLA.—¡Pu-pué de vu-vuvuzelano! ¡¿Qué tal, ah?! ¡Es er co-colmo, vale!
MENDRUGO.—(Tras recuperarse de una súbita tos.) ¡Son unos diablos esos columbinos!
HERMES.—De seguro se puso en evidencia por llevar calzado.
LA POLLA.—Tas equi-quivocao, doctor, no fue contra-trabando.
MENDRUGO.—Pero no sería nada raro: ¡los tenemos hasta en la sopa!
LA POLLA.—¡Son mi-miones esos ca-carajos!
DE BALDE.—Deben andar por lo cinco...
LA POLLA.—Tri-triplica eso por di-diez y tienes er da-dato.
DE BALDE.—¿No Superan lo cincuenta y pico?
MENDRUGO.—Ese es el pico, chico, esa plaga debe andar por los ciento y tanto.
LA POLLA.—No la-ladrillen, mal co-contaos son doscientos, di tú ca-casi trescientos mi-miones sin contar ca-cachifas ni bu-buhonero.
MENDRUGO.—Pa no peliar, en cifras redondas, son como unas quinientas millonas...
DIONISIO.—(Aparte.) No les copio, ¿qué dicen?
HERMES.—(Aparte.) Dicen: «¡qué grande es Columbia!»
MENDRUGO.—¡Qué arrechera, vale, estamos súper invadidos!
HERMES.—Y no es sólo aquí, están esparcidos por todo el orbe; en este instante puede que alguno nos esté escuchando. El mundo se ha «columbianizado» de tal manera que nadie está seguro en ninguna parte: ahora hay burdeles en donde había «salas de masaje», más casas de empeño que emprendedores y ajustes de cuentas en vez de homicidios simples: ¡es el acabose!
DIONISIO.—Es verdad, son un lunar en cualquier suciedad. Aunque, a decir verdad, hay unos que tienen más pecados que otros, como esos salvajes que han salido del Pacífico; en donde, cabe aclarar, palpitan con fuerza las tinieblas de Columbia. He escuchado a muchas eminencias, entre copa y copa, rompiéndose el coco para devolverle los grillos a esa plantación, pero me parece que la solución más mona no precisa de copos de algodón: bastaría con pelarlos, picarlos y echarles cal encima. No sería un santo remedio, para eso se necesitaría una bomba atómica, pero Columbia sería un problema más tenue y los pocos, que son muchos, se morderían la bemba.
HERMES.—Seguiría siendo una «merienda de negros»; un cuarto de ellos hace más bulla que todas las olas juntas. En vez de sacrificarlos para nada se debería sacar provecho de su número. Así lo hacen en República Pagana con los de la vecina Atea...
DIONISIO.—¿Atea?... ¿No son los ateos quienes se prostituyen por agua y se llenan con queques de barro?
HERMES.—Son los mismos. Atea hace parte de una isla que está en el mar de la indiferencia, justo al lado del botín de los hermanos Batista.
DIONISIO.—Pues creo que han trazado mal el triángulo de las Bermudas o han pasado por alto el cubo de la basura.
HERMES.—No obstante, Atea comparte la isla con la República Pagana, la cual no luce tan mal; hasta se puede decir que en ella se advierte un incipiente desarrollo. A lo que voy, es que en la República Pagana los ateos trabajan como negros para vivir en la sombra; prácticamente no tienen ningún derecho, su orfandad no hace diferencia entre los que nacen en Palangana y los que nacen en Navidad. Para los paganos, los ateos son esos fantasmas que le meten ruido a una casa; más allá de eso no existen, así que sólo les dejan vasos de agua.
DIONISIO.—Los columbinos no pueden ser tan sutiles, hace poco le dieron color a sus escaños para convertirlos en blanco de las burlas; no se explica de otro modo que los representantes de los afro-columbinos sean descarados mimos y ampulosas tetas de monjas.
MENDRUGO.—¡Ja, yo no dejaría perder ninguna pieza, me haría rico haciendo «aceite de perro» con tantas millonas!
PRISIONERO.—¡¡¡Millones!!!
MENDRUGO.—(Rojo como un tomate.) ¡¡¡Sáquenlo, sáquenlo de aquí o voy a terminar matando a este imbécil!!! ¡¡¡No quiero volver a ver esta porquería en mi cochina vida!!!
DE BALDE.—Ya le solucionamo el problema, camarada.
MENDRUGO.—Si alguien pregunta...
LA POLLA.—¡Que va-vayan a llo-llorar pa’l va-valle! (El prisionero es sacado arrastras por los representantes del orden.)
HERMES.—«Pagan justos por pecadores».
DIONISIO.—Tantas maldades, tantos prejuicios.
HERMES.—Hay eruditos perversos...
DIONISIO.—Y cirujanos sin pulso.
MENDRUGO.—(Volviendo de su enojo.) ¿De qué hablan?
DIONISIO.—Del viento que nos sopla.
MENDRUGO.—¿Eh?
HERMES.—Cosas de árabas, chanciller, cosas de árabas.
MENDRUGO.—Comprendo, excelencias, comprendo.
HERMES.—Veo que ya recuperó la calma.
MENDRUGO.—Sí, ya me serené. Discúlpenme si los incomodé, excelencias, pero es que esa gentecita tiene el don de sacarme el desquicio.
DIONISIO.—No hay por qué disculparse, chanciller: la ira es una pasión sorda.
MENDRUGO.—¿Qué les parece si nos olvidamos de esto y me aceptan una invitacioncita bien chévere que les tengo?
DIONISIO.—(Extendiendo sus brazos.) Hable usted con confianza, chanciller, somos todos oídos.
MENDRUGO.—Bueno, es que en Las Flores tenemos una reunioncita pa pasarla bueno, y como mi comandante va a estar ahí, podríamos arreglar de una vez lo de la misión y otros negociados. Les aseguro que serán tratados como reyes y rellenas, si se puede. ¿Qué me dicen, ah, se le miden?
DIONISIO.—(A Hermes.) ¿Tienes algún problema con eso, legado?
HERMES.—Ninguno, alteza, sería un pecado negarnos.
DIONISIO.—Aunque debo advertirle, chanciller, que si todo es tal como lo pinta, será fácil abandonarnos y difícil que nos vayamos.
MENDRUGO.—¡No se diga más! Aprovechemos que está haciendo buen tiempo y pongámonos en marcha, ya verán ustedes la paz que se respira en Maracas...

((( Un disparo espanta a las auras )))

MENDRUGO.—¡Esos relámpagos del Quetetumbo me van a dejar tostao! Pero no perdamos el tiempo (mirando la diabla), el cielo todavía aguanta...

((( Otro rayo ensombrece el ambiente )))

MENDRUGO.—¡Qué climaterio tan terrible, no demora Santa Barbaridad en soltarnos el palo de agua!
DIONISIO.—Si los rayos del Quetetumbo siguen con esa puntería, todo irá divinamente.
HERMES.—No tentemos a las nubes, para correr peligro la tierra es más que suficiente.
MENDRUGO.—Síganme. (Sale.)
DIONISIO.—Nos hemos metido en la boca del lobo.
HERMES.—En tiempos de guerra, cualquier hueco es trinchera.
DIONISIO.—Es el aforismo de un caníbal.
HERMES.—A veces la salvación adopta formas misteriosas...
DIONISIO.—Eso no te lo crees ni tú.
HERMES.—Unas veces es un hombre disminuido, otras es un poderoso veneno y de cuando en cuando toma la forma de una ballena, como lo atestiguó Jonás.
DIONISIO.—¡No jonas, ¿ahora Vuvuzela es una ballena?!
HERMES.—Una muy hambrienta, por eso es preciso alejarse de sus dientes. (Salen.)


http://buzzindiana.blogspot.com
0
0
0
0
0No comments yet