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La Fimosis

Tengo fimosis. Tengo la fimosis más grande que jamás se haya visto. Vivo bajo la vergüenza de semejante fimosis. Y mañana me caso. Como lo oyen. Me caso con una joven preciosa que está enamoradísima de mí y que arde en deseos de que le meta la polla hasta el fondo. Ella ha respetado hasta ahora mi deseo de no mantener relaciones sexuales antes del matrimonio. Fue la única excusa que se me ocurrió. Le dije que era del Opus Dei y que debía respetar mis creencias, aunque supongo que ella pensó que simplemente soy mojigato y gilipollas, como es lógico pensar. El caso es que no sé cómo decirle que no me he visto el glande en mi vida y que si quiere encontrarlo, tendrá que hacer desaparecer por arte de magia casi dos metros de prepucio. Me asusta terriblemente la hora amarga en que tenga que enfrentarme a semejante conversación durante la noche de bodas. “La Noche de Los Prepucios Largos”, si se me permite la licencia…

Ustedes se estarán preguntando por qué no le he dado solución al asunto. “Basta con un tajo de bisturí”. Callen, callen, no me lo recuerden. Me pongo malo con sólo pensarlo. El sonido del corte: “rac-rac-rac”… El mareo se cierne sobre mí ante semejante idea y tiemblo como una espiguilla expuesta al viento… Pero no es el miedo –o no sólo es el miedo- lo que me ha impedido operarme la fimosis. La principal razón es que tengo el pene muy pequeño. Pequeñísimo. Prácticamente como lo tenía el día en que nací. El resto de mi cuerpo cumplió en su momento con la ley natural del crecimiento, estirándose normalmente conforme a las diferentes etapas de desarrollo, pero mi colita –sí, la llamo así. ¿Cómo llamarla si no?- se resistió al consenso biológico, manteniéndose en una obtusa y negligente actitud de huelga en el medrar.

En un primer momento, recurrí a especialistas, pero los urólogos son gente desaprensiva que se ríe de sus pacientes y que quiere sacarles fotos con el móvil. Adquirí por mi cuenta desarrolladores que sólo desarrollaron mi intuición ante el timo comercial; colgué pesos en mi penecito, consiguiendo exclusivamente con ello que el muy cabrón se musculase, pareciendo aún más pequeño, como un enano culturista. Expuesto a la decepción permanente y prolongada, desarrollé una hipersensibilidad enfermiza que ahora me impide operarme la maldita fimosis.

¿Que no lo entienden? Pues pónganse en mi lugar e imaginen la siguiente tesitura: un hombre con barba en los pómulos y pelo en los cojones, con 20 años cotizados a la Seguridad Social, vestido con un ridículo batín y el culo al aire, va tumbado en una camilla por los pasillos de un hospital. Por supuesto, ese hombre soy yo (esto último ha sonado muy a Pimpinela, ¿no?). Alguien obliga a pararse al camillero que me lleva hacia el quirófano. “¿Adónde va ése?”, le inquiere el responsable del alto en el camino. “A operarse de fimosis”, responde cruel e insensiblemente y a voces el camillero. Sus palabras llegan a oídos de las decenas de personas que en aquel momento transitan el pasillo. Se ríen. Yo trato de estirar el batín para que nadie pueda verme la colita y oigo que a mi espalda alguien me llama “pichilla loca”. Me muero de la vergüenza y tengo ganas de fenecer allí mismo. Cuando llegamos al quirófano, lo peor que uno pueda imaginar se encarna en la presencia de hasta tres enfermeras. Una de ellas me dice que me quite la bata. “¿Es estrictamente necesario?”, le inquiero. “Bueno, pues remánguese la bata hasta la altura del estómago”, me responde. Dios santo. Cuándo desarrollarán máquinas inteligentes, cyborgs con programación quirúrgica que nos saquen la loncha del prepucio sin mediación humana, me pregunto en aquel momento. Cuando finalmente accedo a las peticiones de la enfermera y dejo a la luz mi chorrilla, el quirófano se convierte en “El Club de la Comedia”. El cirujano y el anestesista gastan bromas y se carcajean a gritos, mientras las enfermeras lanzan risitas histéricas y dicen frases del tipo: “Qué pocholo, se parece a la colita de mi sobrino pequeño”. Me cago en Dios, en la Virgen, en el arcángel Gabriel y en los querubines de espada flamígera…

Por suerte, todo esto no es más que una fantasía masoquista, una pesadilla que sueño despierto a cada rato. Pero detrás de semejante delirio, hay mucha verdad revelada, mucha objetividad con respecto a lo que me espera en un quirófano. Definitivamente no quiero que nadie me toque la colita y menos si ese alguien tiene un cuchillito en su mano. Y tampoco si es mujer y ejerce de enfermera. Todas las enfermeras son unas alcahuetas y seguro que acabarían contándoselo a todo el mundo. Se enterarían mis padres, mis amigos, mi jefe, mi contable… No, no puedo fiarme de las enfermeras. ¡Putas!

Así que tendré que hacerle comprender a mi futura esposa. Mi pene y ella jamás podrán entrar en interacción directa. Es un hecho. Sé que al principio le costará hacerse a la idea, pero pronto la empatía que le caracteriza iluminará su corazón y su mente y podrá ver las bondades de la castidad matrimonial. No es tan malo vivir sin sexo. Hay otras cosas: los clásicos de la literatura, los paseos a la luz de la luna, viajes a Mozambique para limpiarles evangélicamente los mocos a los negritos, las casitas de papel, el activismo político…

Ya me siento mucho mejor…

De todas formas, me pregunto cómo pudo el Señor darme un prepucio seis tallas mayor del requerido. Seguro que era el que tenía reservado a Pau Gasol y alguien se equivocó en el reparto. Pues pobre Pau también, ahora que lo pienso…
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