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Las caricaturas de Tristán



Nadie, o muy pocos, se acuerda de Tristán. A veces una mención al pasar por algún historiador, pero convengamos que el hombre está algo olvidado. Su libro “Ciento cincuenta caricaturas” se lo puede conseguir en las librerías de usados o en Mercado Libre. En 2006 hubo una exposición de caricaturas sobre presidentes argentinos y le dedicaron un modesto espacio, pero por lo general hoy el hombre es un desconocido, un motivo para reflexionar acerca de los imponderables de la vida, porque en los tiempos de la Argentina peronista, es decir, entre 1943 y 1955, el nombre de Tristán fue un emblema de la resistencia contra el régimen. Sus caricaturas publicadas en el diario socialista La Vanguardia eran verdaderas editoriales y como tales estaban ubicadas en la primera plana, en el centro de la página.

Tristán, es decir, José Antonio Ginzo, nació en Lincoln (existen otras versiones sobre el lugar) el 22 de julio de 1900 y murió en la misma ciudad, en septiembre de 1969. También una ironía del destino, porque desde muy joven fue un gran viajero. En 1926 vivió en España y estudió en la Academia de San Fernando de Madrid. Concluidos sus estudios se dedicó a viajar por Europa, en esos años en los que caían los gobiernos democráticos y se consolidaban los regímenes autoritarios.
Alrededor de 1939, Ginzu empieza a ser Tristán y a publicar en La Vanguardia. En esos años trabajaban en el diario fundado en 1894 por Juan B. Justo dibujantes como Clement Moreau y Eduardo Álvarez, quien firmaba con el apodo de Reco. Pero a partir de 1943, Tristán será el único caricaturista del diario, diario que, dicho sea de paso, un año después comenzará a ser semanario, por carecer de recursos económicos y legales para salir todos los días.

Para bien o para mal, Tristán estaba convencido de que el peronismo fue la versión criolla del nazifascismo. Esta conclusión no la obtuvo solamente a través de los libros sino a partir de la experiencia adquirida en Europa. Cuando algunos colegas le observaban que el peronismo no podía ser encasillado en las categorías europeas del nazifascismo, él admitía esas diferencias, pero acto seguido no vacilaba en destacar que si a la comparación con Mussolini, Hitler o Franco no la aceptaban, sí había lugar para compararlo con los caudillos criollos de esos años como Anastasio Somoza o Trujillo, ambos amigos íntimos de Perón, quien en estos temas, y a la hora de elegir sus compañías, raramente se equivocaba.

Sesenta o setenta años después se pueden mirar y apreciar a estas caricaturas como el testimonio de una época donde efectivamente, la grieta (para usar una palabra al uso en estos tiempos) era real y el enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas era absoluto. En ese contexto, el diario La Vanguardia ocupó un lugar privilegiado en lo que podría denominarse la prensa antiperonista. Se trataba de un periódico prestigiado por la trayectoria y el testimonio intelectual y moral de los políticos e intelectuales socialistas que escribían o dibujaban allí, de un diario que en nombre del movimiento obrero pero empujado a confrontar con el populismo, llegó a ser muy leído por las clases medias y altas antiperonistas.

El director de La Vanguardia en esos años fue Américo Ghioldi; su secretario de redacción Luis Pan, y Juan Antonio Solari firmaba sus columnas con el apodo de Argentino Cantinflas. En ese diario, al que todo socialista con pretensiones políticas o intelectuales pugnaba por ingresar, Tristán fue el más reconocido por el público, por los seguidores y por sus enemigos. Tanto era su prestigio y su influencia entre los lectores, que un empinado dirigente peronista llegó a admitir a regañadientes que podían llegar a consentir la existencia de La Vanguardia, pero a condición de que nunca más se publicaran las caricaturas de Tristán.

La historia de La Vanguardia en ese tiempo es la historia de sus persecuciones, clausuras y represiones. Antes de 1946 el diario fue cerrado en cuatro oportunidades. A las sanciones legales se sumaban las provocaciones de los filofascistas de la Alianza Libertadora Nacionalista. Imposibilitado de editar en la ciudad de Buenos Aires, la imprenta se trasladó a Ranelagh, pero allí también llegó la mano del régimen. Esta vez el motivo de la clausura no fue político, sino normativo. Según los argumentos de un jovencísimo Guillermo Borda, funcionario de la municipalidad, La Vanguardia molestaba a los vecinos con el ruido de su imprenta. Al futuro ministro de la dictadura de Onganía poco le importaba que la imprenta funcionase de las dos de la tarde a las cinco. La orden era cerrar el diario a cualquier precio.

En todas las circunstancias, de legalidad o ilegalidad, La Vanguardia siguió saliendo. A veces era apenas una página, a veces cambió su nombre, pero la presencia socialista nunca estuvo ausente. Por otra parte, la recepción en el gran público no podía ser mejor. A fines de los años cuarenta La Vanguardia vendía alrededor de 280.000 ejemplares. La oposición antiperonista leía el diario de punta a punta, sus editoriales se comentaban en reuniones, mesas de café, en la calle y en los hogares. Las caricaturas de Tristán eran festejadas y reproducidas en barrios, pueblos y sobre todo en los claustros universitarios, furiosamente opositores a un régimen que hizo su campaña electoral con la consigna “Alpargatas sí, libros no” y que en plena euforia populista sus seguidores no vacilaban en acuñar leyendas al estilo: “Haga patria, mate un estudiante”.

Tristán disponía del don de precisar en pocas líneas las debilidades o torpezas de un régimen que siempre dejaba grandes flancos para la crítica. Como nunca, el humor, la burla y la ironía se transformaban en un arma poderosa para atacar al peronismo. Decía que para Tristán no había ninguna duda de que el peronismo era fascista y que su lucha no era diferente a la que sostuvieron maquis, partisanos y republicanos en Europa.

En esa línea no faltaban las simplificaciones y las lecturas sesgadas. Los obreros son representados como mates con la cabeza hueca; los colaboradores de Perón son energúmenos impresentables, una versión criolla de lo que un director de cine italiano calificó como sucios, feos y malos. Son los tiempos de “La fiesta del monstruo”, de Borges y Bioy Casares y de “Casa Tomada” de Julio Cortázar. Perón por su parte, está siempre con uniforme militar adornado por signos nazis y Evita con atuendo de reina y gestos de diva resentida, frívola y despótica.

Algunas caricaturas son para la antología. Ejemplo: “Viejo truco”, en la que en el primer plano se distingue a un burro corriendo detrás de una zanahoria. El burro marcha hacia un precipicio donde acecha un tigre feroz que, por supuesto, luce insignias nazis. Para esos meses salió otra caricatura en la que Perón monta un caballo y ataca con una lanza. ¿A quién ataca? A tres mujeres: universidad, libertad sindical y prensa libre. A un costado del flete hay una mujer muerta que responde al nombre de Ley 1.420.

La caricatura “Perón cumple” lo registra desfilando en un jeep con los brazos en alto delante de una multitud embobada. Al costado derecho se ven los bastidores que representan fábricas que el lector puede apreciar que no son más que eso: fachadas vacías de contenidos. A un costado y escondido, un seguidor de Perón quema leña para simular la existencia del humo de fábricas inexistentes.
Abundan consignas en la que los seguidores del régimen escriben con errores de ortografía. ¿Ejemplo? “Biba Perón”. En 1954 hay una caricatura en la que Perón está abrazado con monseñor Copello, pero la foto está quebrada. “¿Quién hubiera dicho?” es el título de esa caricatura que ironiza la relación entre el romance político de la Iglesia Católica y el peronismo en 1946 y su ruptura en 1954.

Tristán no fue el único caricaturista opositor en esos años. Merecen mencionarse en esa línea a Oski y César Bruto; pero sin dudas que el más popular y el más eficaz a la hora de ridiculizar al peronismo fue Tristán. Por supuesto, la respuesta del peronismo fue en más de un caso violenta, entre otras cosas porque la oposición tampoco se privaba de ejercer la violencia.
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