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Porque nos da gracia el humor negro

Buenos dias a todos,hoy me ha surgido una pregunta bastante complicada(al menos para mi)y es que porque a algunos nos causa gracia el humor negro y es que me lo prehunto debudo a su contenido en el que se basa.Debido a este les traigo 10 reflexiones sobre el humor negro que encontre en internet:



1. “¡Eh, que era un chiste!”

Toda polémica sobre humor negro que se precie debe contar con una recua de fans del humorista un poco lentos de mollera. Son esos que vaya usted a saber por qué extraña razón se ven obligados a defender a su ídolo resaltando lo obvio una y otra vez, como si el resto del mundo se acabara de caer del peral y ellos fueran los únicos que han accedido al arcano intríngulis de la cosa. “¡Eh, que no iba en serio, so memos, que era un chiste!” Como los comentarios de estos fans suelen adornarse con ripios del tipo “¡Perico de los Palotes es un genio!”, “¡El mundo no se merece a Perico de los Palotes!” o “¡Bravo por el gran Perico de los Palotes!”, leerlos de principio a fin suele dar un poco de vergüenza ajena. Sobre todo cuando piensas que Perico de los Palotes no tiene ni la más remota idea de que esos tipos que le adoran en la intimidad de su casa existen. Este tipo de notas-a-pie-de-página-no-solicitadas-por-el-humorista tendría un pase si el tweet polémico fuera un prodigio de sutileza y finezza, un auténtico tsunami de mordacidad y perspicacia condensado en 140 caracteres. Pero es que el tweet en cuestión era “Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El holocausto fue un montaje!” Sí, es harto evidente que eso pretende ser un chiste. Pero también es harto evidente que saltar al ruedo para decir que un chiste es un chiste te clasifica en el género de las amebas del intelecto.

2. “¡Eh, que en realidad está ironizando sobre los nazis!”

En un segundo nivel de comprensión lectora se encuentran aquellos fans que parecen percibir lo obvio: “No estoy solo, parece que el resto de la humanidad ha entendido perfectamente que lo de Vigalondo pretendía ser un chiste”. Bien, es un punto a su favor. A cambio, y gracias a una extraña conexión extrasensorial con el cerebro del cineasta, se sienten libres de interpretar el tweet por su cuenta y riesgo. Tras mucho cavilar, deciden que el tweet no sólo era un chiste, sino que además era irónico. ¡Vigalondo está parodiando al negacionista típico! Albricias. Es todo un consuelo saber que Vigalondo no va a meter en el microondas al próximo anciano judío con el que se cruce por la calle, uno de esos que insisten en llevar tatuado en el brazo un misterioso y absurdo número en vez de un irónico “amor de madre judía”. Porque Vigalondo no es un nazi, sólo imita a los nazis para parodiarlos. De acuerdo, compro. Pero veamos: ¿cómo distinguimos a un cachondo demócrata que ironiza sobre el Holocausto de un nazi de los de verdad al que le da por ironizar sobre el Holocausto? Como dice Santiago González (irónicamente), “¿cómo puede alguien pensar que un progre puede decir eso si no es como broma?” El argumento de “estaba ironizando” abre un amplio abanico de posibilidades alternativas de defensa durante el proceso penal:

- "No, no, señor juez, yo grite ¡fuego! en medio del concierto porque estaba parodiando al típico gilipollas".
- "No, no, señor policía: yo le dije a su mujer que se estaba beneficiando a su secretaria para ironizar sobre el tradicional metepatas que siempre aparece en todas las fiestas".
- "No, no, señor fiscal, yo he dicho en Twitter que me envíen fotos de menores desnudas como parte de una performance en la que satirizo al pederasta medio".

3. "¡Eh!, ¿no tenéis sentido del humor o qué? ¡El chiste era gracioso!"

No, el chiste de Vigalondo no era gracioso. Era un chiste muy malo. Y eso por no hacer sangre con los que le siguieron:

- “Decoraban las paredes con cuadros de Degas”
- “¿Cómo se llama la película esa de Spielberg? Ah, sí… Parque Judaico”
- “Cómo se llama la película de Spielberg… Ah, sí, A todo gas”

Pero ojo no nos vayamos a confundir: los chistes de Vigalondo no son pésimos porque toquen el tema del Holocausto. Son pésimos porque, independientemente de su tema, no son graciosos. A veces pasa: el ingenio suele ser esquivo. ¿Quieren humor negro gracioso sobre temas sensibles? Busquen en internet a Ricky Gervais, Bill Hicks, Lenny Bruce o Sarah Silverman.

Pero demos un paso más allá y supongamos que el chiste sí era gracioso:

- "No, señor juez, yo grite ¡fuego! en medio del concierto porque estaba parodiando al típico gilipollas. ¡Además, los cadáveres quedaron amontonados en una posición súper graciosa!"

Se entiende, ¿verdad?

4. “¡Que sí, que el chiste es gracioso!”

Enfrentados a un cargante que insiste en percibir como gracioso todo aquello que, de acuerdo a sus prejuicios de turno, “debería” ser gracioso, sólo nos queda llevar al latoso de la mano hasta el siguiente nivel de análisis. Vamos allá.

No existe “lo gracioso”. Tampoco existe “lo bello”, “lo feo”, “lo artístico”, “lo vulgar”, “lo dulce” o “lo salado”. Pero no porque sobre gustos no haya nada escrito o porque “lo bello” y “lo feo” sean construcciones sociales que responden a los intereses de los grupos dominantes (ambas afirmaciones son mentira). “Lo gracioso” no existe porque lo que nosotros percibimos como “divertido” no es más que una rutina de nuestro cerebro mediante la que este depura errores, proporcionándonos placer a cambio. Daniel Dennett lo explica perfectamente aquí. Esa es la razón de que alguien que ríe a destiempo o que encuentra gracioso algo que ninguna otra persona de su entorno considera divertido tenga bastantes probabilidades de tener un tornillo flojo o de ser un poco lelo. Por eso la reacción instintiva frente a alguien que hace un chiste cruel sobre un enfermo terminal es apartarnos de su lado. Y nos apartamos de su lado no porque éticamente nos resulte repulsivo, sino porque nuestro instinto nos dice que algo no funciona bien en su cerebro. Es decir, que ese tipo un poco lelo podría resultar peligroso.

5. “¡Fachas!”

Este es el argumento más cansino con el que hemos de lidiar en este país. Naturalmente, se trata de un argumento unidireccional que sólo funciona con determinados temas. Si Vigalondo se hubiera reído de los parados, de las mujeres maltratadas, de los palestinos, de José Couso, de la homeopatía o de las menores prostituidas por las mafias rusas nadie llamaría “fachas” a aquellos que no le encontraran la más mínima gracia a sus chistes. Les llamarían “sosos”, “aguafiestas” o “mojigatos”, pero no “fachas”. Pero lo que resulta francamente inquietante es que centenares de españoles se sientan con la autoridad moral suficiente como para mandar a la hoguera de “lo facha” a todos aquellos que no comulgan con sus dudosos gustos. Porque da igual que hayas entendido perfectamente que lo de Vigalondo era un chiste, da igual que entiendas que el chiste no era sobre los judíos sino sobre los negacionistas, da igual que hayas captado las supuestas sutilezas de la broma mucho antes que ellos, da igual que hayas pillado a la primera lo de “ahora que tengo más de cincuenta mil followers”, da igual que creas que todo el mundo es libre de cagarla en público, da igual que disfrutes con el humor negro inteligente de André Breton o Ricky Gervais o cualquier otro, da igual que entiendas a la perfección que Vigalondo no es un nazi ni nada que se le parezca.… Da todo absolutamente igual: si no te ríes con los chistes sobre el Holocausto es que eres un facha. “¡Ríete, puto facha, ríete! ¡Y rapidito!” Quedamos a la espera de que estos adalides de la democracia y del sentido del humor a toque de pito empiecen a expedir certificados de “ser humano válido” con una mano mientras con la otra le atizan martillazos a los que no han sabido fingir correctamente una miserable sonrisa.

Y aún a riesgo de quedar como una ameba del intelecto, voy a señalar una obviedad: si te ríes con un chiste sobre el Holocausto que no tiene ninguna gracia es que eres un poco nazi. No demasiado nazi, sólo un poco. De esos nazis que no gasean a nadie, pero que se ríen por lo bajini cuando se lo imaginan.

6. “¡Qué poco sentido del humor!”

¡Pues claro! ¡Si no sabe aguantar una broma, márchese del pueblo!

7. “Es arte”

Este es el segundo argumento más cansino de este país. Por lo que parece, los artistas operan en una especie de burbuja que levita sobre la realidad, ajenos por completo a ella. El artista tiene vía libre cual bebé de teta para esparcir despeños diarreicos a ritmo de ventilador industrial sin que sus actos, sean cuales sean, conlleven consecuencia alguna. Esas mismas consecuencias con las que los seres humanos inferiores, aquellos que no han tenido la suerte de formar parte del Parnaso, deben afrontar a diario por todos y cada uno de sus actos y palabras. Es más: al parecer, no sólo los actos y las palabras de un artista no deben acarrearle consecuencia alguna, sino que este tampoco debe verse perturbado por las molestas críticas de terceros. Un director de cine como Polanski no viola menores: las bendice con la varita mágica que lleva en los pantalones. Un humorista no se ríe de los campos de concentración: ironiza sobre el nazismo. Un artista no apalea inmigrantes: organiza happenings. Pero ya veo venir el argumento. Un chiste sobre el nazismo (es decir, palabras) no es lo mismo que apalear a un inmigrante (es decir, hechos). Bueno, en ese caso exploremos algunas etapas intermedias, y pongan ustedes la raya donde quieran. Luego, razonen si pueden el porqué de esa raya:

- Vigalondo escribe irónicamente en su tweet “Deberíamos abrirle la cabeza a unos cuantos judíos”
- Vigalondo sale a la calle, se sube a una caja de manzanas y grita irónicamente “Deberíamos abrirle la cabeza a unos cuantos judíos”
- Vigalondo se mete en un bar de lesbianas y dice irónicamente “Deberíamos abrirle la cabeza a unos cuantos judíos”
- Vigalondo se mete en un bar de nazis y dice irónicamente “Deberíamos abrirle la cabeza a unos cuantos judíos”
- Vigalondo se mete en un bar de nazis con un bate de béisbol en las manos, se lo pone en las manos a uno de ellos y dice irónicamente “Deberíamos abrirle la cabeza a unos cuantos judíos”
- Vigalondo pasea por la calle con un nazi, pasa un judío a su lado y Vigalondo dice irónicamente “Deberíamos abrirle la cabeza a este judío”

Etcétera.

8. “Los chistes inteligentes sirven para discriminar gilipollas”

Los chistes imbéciles también, pero en sentido inverso.

9. “Era una provocación”

Existe una curiosa escuela de pensamiento adolescente anclado en la fase anal que dice que las provocaciones tienen valor por sí mismas. Para sus seguidores, Divine comiéndose una mierda de perro en Pink Flamingos vendría a ser la cima de la cultura occidental, y las portadas de las bandas grindcore el más sublime destilado de la creatividad humana. La provocación, se supone, es buena y necesaria y divertida independientemente de su contexto, su oportunidad, su objetivo y su contenido. Otra escuela de pensamiento adolescente igual de absurda que la anterior dice que todo lo políticamente incorrecto es malo per se. Pero supongamos que la primera afirmación es cierta: luego, es lógico suponer que una provocación será tanto más eficaz cuanta más gente se sienta provocada por ella o más virulenta sea la reacción desencadenada. En ese caso el chiste de Vigalondo podría haber llegado mucho más lejos de donde lo hizo. Si se trata de provocar, hay avisperos mucho más sensibles que patear. El Islam es el más obvio de todos ellos. ¿Por qué no convertir en protagonista de nuestras “lecciones de misantropía en letales pedos de dos minilíneas” a Mahoma? Si el mensaje es “nada importa, todo es una puta broma”… llévalo hasta sus últimas consecuencias, machote. ¿Somos nihilistas con respecto a seis millones de muertos? Bueno, ¿por qué no llevar entonces nuestro nihilismo hasta los seis millones más uno: tú mismo? No pretendas pegarle una patada a un avispero porque eso es “divertido” y “provocador” y porque “discrimina gilipollas” y luego te la cojas con papel de fumar cuando las gilipollas de las avispas te pican.

Vigalondo ha respondido a este argumento con el siguiente tweet: “A la ola de "provocadores" que me ¡exigen! chistes de Franco, ETA y Mahoma: COMPRÁOS UN MONO Y TIRADLE CACAHUETES”.

No, no se trata de convertirse en el mono de nadie: se trata de llevar la broma hasta su corolario lógico, como se explica en el punto 10.

10. “El fuego quema”

La reflexión más inteligente sobre el affaire Vigalondo ha sido la de Quitus, un comentarista de la web Focoblog (y que, por cierto, ha criticado también la cobertura que El Mundo dio a la noticia; que no se diga que oculto nada):

- “Uno no puede jugar a ser Lenny Bruce y no pasar un par de veces por la “casilla de cárcel” (tomando esa casilla como metáfora o no)”.

Exacto.

A todos aquellos que consideran que lo de Vigalondo ha sido una tormenta en un vaso de agua les convendría echarle un vistazo a Los Idiotas (Lars Von Trier, 1998). Y más concretamente, a su violentísima escena final, en la que el más inesperado de los personajes lleva hasta las últimas consecuencias su provocación, aún a costa de sí mismo, después de que el resto de “provocadores” de su grupo haya frenado justo allí donde su boutade empezaba a tener efectos palpables en su cómoda vida de adolescentes perpetuos espanta-abuelas.

(Nota: El País ha despedido a Vigalondo. Curiosamente, El País nunca ha sentido la necesidad de despedir a Forges, que ha hecho del insulto a los judíos uno de los temas recurrentes de sus chistes. Vigalondo, en este caso, ha sido claramente discriminado en comparación con todos aquellos colaboradores y redactores del diario que se han hartado a manos llenas de insultar a quien les ha dado la gana sin ironía alguna que amortiguara el golpe.)

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Es una nota interesante(aunque en partes se ponga densa),mi opinion es que el humor negro al igual que todo los demas tipos de humor sirven para despejar la mente un rato,en mi caso cuando algo malo pasa me gusta intentar ponerle gracia,esto para mi aminora su gravedad ,y ahí es el punto que me parece que intenta tocar el humor negro.


Gracias x su tiempo denle un puntito si les gusto y tengo pensado hacer un post de humor negro dentro de poco.
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