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¿Tomás café en la calle? Te cuento mi mala experiencia


Iba sentado en el colectivo, tranquilo, tempranito a la mañana, mirando cómodamente por la ventanilla cuando, de repente, se me paró al lado un joven que portaba uno de esos vasos térmicos con café. Mis sensores de peligro se activaron. Por más que tenía la tapita, nadie podía asegurarme que un frenazo del vehículo no terminaría con el líquido de alta temperatura sobre mi humanidad. Mi relajado viaje se tornó, de improviso, en un peligroso trayecto hacia la, casi segura, catástrofe cafetera, culpa de un boludo que no podía despertarse cinco minutos antes y desayunar en su casa, como cualquier persona normal.
Indignado, mientras rogaba por la estabilidad del bondi, intentaba descifrar las razones que llevaban a la gente, cada vez más, a deambular con vasos térmicos por la vida...Pongamos que este muchacho no tenía nada para desayunar antes de partir de su vivienda y no lo hacía solo por esnobismo... ¿Qué actividad TAAAN importante hará que no se puede detener un instante a disfrutar un cortado en un bar o a lo sumo hacer una posterior pausa y beber lo mismo pero en su trabajo? ¿Hay algo más lindo que pedirse un café con medialunas, mientras se lee el diario, en una confitería? ¿Qué sigue después de esto, gente caminando con tostadoras a batería para hacer completo el desayuno? ¿El chofer no ve el peligro latente de estas bombas de café humanas o disfruta mirando por el espejito como se queman el resto de los pasajeros? ¿Le decía algo al pibe del vasito y terminábamos a las manos o resistía, estoico, la presión?
Mi cabeza iba a mil y mi mirada seguía clavada obsesivamente en el vaivén del recipiente del pelotudo que se me plantó al lado. ¿Capaz que este hijo de puta lo hace a propósito, para conseguirse un asiento? ¡No, a mí no me va a ganar! No voy a dar ni un paso atrás en esta batalla. Esto ya es personal, me dije. Por más que me vuelque todo en la cara y me haga una quemadura de tercer tipo, no pensaba cederle el lugar. Hasta empecé a dudar que, efectivamente, tuviera algo en el vaso.
Esperé, con paciencia oriental, hasta que el joven encaró para la puerta. Cuando lo vi bajar sentí el placer del triunfo, nada pudo empañar mi satisfacción, ni siqueira haberme bajado cuatro paradas después de la que me correspondía.
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