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Demasiada sangre




SÁBADO
31 DE OCTUBRE DE 2015



MATO Y OLVIDO, DE DANIEL ARES (ED. DEL NUEVO EXTREMO)
Demasiada sangre

Mato y olvido, de Daniel Ares (Ed. Del Nuevo Extremo)

Demasiada sangre
Desde que dejé la cocaína le temo como nadie a las pastillas para dormir. Sé que te hipotecan el sueño y eso sí que no. Adhiriendo al viejo precepto tumbero que reza “un preso dormido no está preso”, nada valoro tanto como los confines de la cabeza en las lejanas regiones del sueño donde yo ya no soy yo. Mantengo más o menos plumereada la conciencia, así que antes o después, al final me desmayo y consigo dormir. Por no perder esa gracia, decía, rechazo todo tipo de ansiolíticos... Pero resulta que la exitosa revista para la que trabajaba por aquel entonces, en un despliegue de generosidad que nunca pude olvidar, decidió que el fotógrafo y yo viajáramos en ómnibus desde Buenos Aires hasta Santa María del Valle Menor, mil setecientos kilómetros hacia el norte del país y a través del verano. Demasiado.

Ni bien arrancamos me clavé una pastillita cuyo nombre olvidé apenas tragada y dormí de un tirón hasta la estación de ómnibus de Santa María del Valle Menor, una de las ciudades más lindas y tranquilas del Noroeste argentino. Lástima que cuando llegamos nosotros, estaba a punto de explotar.



Típica por sucia y pequeña, la terminal apareció como la suponíamos: una confitería mustia y siempre abierta, dos o tres canillitas esperando los diarios de la Capital, y a la salida de la estación cuatro taxistas dormidos en el interior de sus autos con las luces de posición todavía encendidas. Eran las seis y poco de la mañana, y más allá de los cerros, una aureola de fuego anunciaba al sol como un gran incendio sin humo y el aire ya era tan denso que había que morderlo para respirar. El fotógrafo y yo no sabíamos si estábamos despiertos, o si soñábamos todavía.

En un principio pensé que también mi compañero –a juzgar por sus movimientos retardados– se había tomado un calmante, un relajante muscular o algo por el estilo. Pero cuando lo conocí mejor, comprendí que no era la química. Algo ya había sospechado yo la tarde anterior (¿ayer o antes de ayer?), a punto de partir, cuando casi perdemos el ómnibus por no sé qué problema que había tenido él. Como para que lo vayan conociendo, mi socio en la aventura se llamaba Ricardo Pavón, y algo con él no andaba bien.
Diría más. Diría que Pavón estaba loco, de verdad loco, clínicamente loco, poco tardaría en pensar que se encerraba en el baño para romper la plata o charlar con las canillas. De arranque era imposible precisar su edad, llevaba más de 40 años en la cara, acusaba 30 cuando le preguntaban, y su cabellera, tupida y negra, parecía de 20. ¿Raro, no? Pero además Pavón pertenecía a ese tipo ya clasificado de fotógrafos que para una persona como yo (dijéramos “pragmático” a la hora de trabajar), suele ser la peor combinación. Me refiero al clásico reportero de combate, esos que se visten como para la guerra así vayan a cubrir un casamiento: esos que siempre encuentran la punta oculta de una madeja que naturalmente los desborda y en la que fatalmente terminarán enredándose; no sé si me explico: un espécimen de escasa inteligencia y entonces arrogante, sobreactuado siempre, escéptico por las dudas, más vivo que nadie, amigo del cuidador, del jockey y del caballo. En resumidas cuentas: esa clase de tipos que hablan demasiado. Más de lo que saben, por lo menos.

El caso es que no mucho después, Pavón y yo terminaríamos a los tiros, con ganas de matarnos, pero claro, por el momento, en un principio, como cualquier pareja que recién empieza, andábamos a los besos, jurándonos fidelidad eterna y dispuestos a comernos la cancha en una cobertura sin precedentes. La nota era importante, y yo necesitaba el trabajo como nunca antes en mi vida había necesitado un trabajo.

En un acto de arrojo que todavía hoy no me puedo explicar, por aquellos días yo estaba recién casado por segunda vez, y endeudado como venía al cabo de cinco años de libertad plena (o sea: sin esposa ni empleo más que algunas changas y novias necesarias), no tuve mejor alternativa, como para remontar la situación, que desempolvar mi viejo traje de luces y volver al oficio del que tanto había huido: el periodismo, claro. El “periodismo industrial”, como me gusta llamarle.

Cinco años antes de que ocurriera todo esto que voy a contarles –y al cabo de no pocas temporadas en primera–, yo me había retirado de las grandes ligas jurando no volver jamás, y desde entonces solo había aceptado trabajar a bordo de buques piratas, revistas de orígenes turbios y fondos oscuros, donde pagaban mucho por esforzarte poco, y cuyos finales eran verdaderos naufragios que te arrojaban en cualquier playa empapado y en bolas, pero que al menos hasta ahí te permitían navegar y saquear cuanto barco se pusiera a tu alcance, y así, del pequeño botín, lo que no se tragaban las tabernas de los puertos, te bastaba para sobrevivir hasta el próximo abordaje…

Exceptuando esas derrotas, decía, no había vuelto a pisar la cubierta de una redacción por un lustro completo. Era freelance, me gustaba el título, trabajaba poco… Pero también por eso muchos de mis más viejos camaradas –que sí continuaron su carrera triunfal a bordo de sólidos buques mercantes– me habían olvidado a tal punto, que ahora se asombraban como si vieran andar a un muerto cuando me cruzaban por la calle. Casi todos ellos eran hoy oficiales y más de uno había llegado a capitán, así que no me costó mucho conseguir empleo. Ni bien me ofrecí por los puertos, me dijeron “subí”, y cuando quise darme cuenta, ya tenía mi primera bolsa de papas doblándome los hombros.

Porque no vayan a pensar que pese al oficio y la trayectoria no me tuve que hacer de abajo como si me hiciera de nuevo, qué va. Y es que si algo de sacerdocio tiene el periodismo –eso hay que reconocerlo–, es su manera de tratar a los desertores cuando vuelven vencidos. En círculos tales, solo a muertos célebres como Gauguin se les permite la aventura de ser quien quiera ser. Cualquier otro humano vivo que tenga el tupé de querer vivir su propia vida, será siempre sospechoso. Y sobra decir que más allá de mi fama de mujeriego, alcohólico, drogadicto y colérico –fama que, claro está, no me ayudaba demasiado–, más allá de esas coincidencias, decía, yo no era ningún Gauguin, aunque sí me reconocían –porque no todas son espinas– una pluma potable y cierta suerte en la calle, y fue por eso que, pese a todo, en cuanto me ofrecí, me tomaron; y ya que iba a entregarme, decidí venderme al mejor postor, y en aquel momento, por varios cuerpos, no había en la Argentina una revista más exitosa que Primicias, nave insignia y triunfal de la Editorial Nueva Línea, cuyo director y dueño, Mario Pietragalli, era un joven y pujante empresario con pretensiones de gran editor y que hasta el éxito de Primicias había competido por el mercado sin más aciertos ni otro prestigio que un par de semanarios baratos de torpe hechura y pestilente contenido. Hasta que lanzó Primicias, con su diseño Newsweek, su perfil levemente opositor por imperio del marketing, su tono altisonante y zumbón, y sus incontables páginas a cuatro colores donde tanto cabían la Biblia como el calefón, y donde tanto opinaban Carnera como San Martín entre las inmortales palabras de un cuerpo de elite formado por columnistas progres, renombrados y previsibles.

El caso es que Pietragalli, así, la pegó. En menos de un año alcanzó el primer puesto en las ventas y un peso específico en la opinión pública, y entonces, como era de prever, demasiado joven para triunfar, el chico confundió el éxito con el prestigio, la astucia con la inteligencia, la forma con el contenido, la calor con la nevada, y un día, de golpe, Mario Pietragalli, fabricante de revistas, despertó convertido en algo más que un editor, más bien en un visionario comprometido con su tiempo y su pueblo, recientemente iluminado por apenas un exceso en las ventas, seguro de ser el camino, la verdad y la vida, y que, sin ningún pudor, cada noche arengaba a sus hombres con enfáticos discursos sobre el “nuevo periodismo”, “la razón de la comunicación”, “la sociedad que queremos” y basura por el estilo que recitaba por la cubierta mientras repartía palmadas y latigazos y una ración de comida para los que sobrevivían al cierre. Después de todo, si Primicias era la nave que iba a llegar a Júpiter, La Cuarta Carabela en los umbrales del Tercer Milenio, sus tripulantes, vamos a ver, para qué carajo querían dinero si con un comprimido a la hora de comer era más que suficiente... Claro que para mí, en aquel momento y en aquellas circunstancias, ese plato de mierda sabía como un manjar. Yo necesitaba el trabajo, y todo lo demás no me importaba nada.

Por eso cuando me dijeron “subí”, yo subí y allí estaba ahora, algo más viejo pero todavía en forma, dispuesto a pelear el puesto como si fuera joven, bastante más pesado pero también más ducho, quebrado y recién despierto pero todavía aturdido en una ciudad desconocida y recalentada hasta el estallido por un asesinato de película que el Hollywood destartalado de la prensa nacional no podía perderse.

Era el homicidio más impresionante desde el regreso de la democracia emergiendo como una bendición sobre la realidad nacional cuando las únicas tragedias que llegaban a las redacciones eran los flashes de venta. El asesinato de Paula Santos, en cambio, lo tenía todo: sexo, droga, pasión, poder, política y sangre, mucha sangre, sangre como para festejar el quinto centenario del nacimiento de Drácula. Una fiesta del horror a la que los hijos de la rapiña no podíamos faltar. Allí fuimos todos.

Porque no solo Pavón y yo llegamos esa mañana al Valle Menor. El resto de la prensa argentina, en pocas horas –mejor tratada que nosotros, claro (pero ellos no llegarían a Júpiter, ojo)–, aterrizaría en el aeropuerto de Santa María y antes del mediodía estarían todos allí, con sus presiones y sus cierres, sus postulados y sus apuros, sus cámaras y sus prejuicios, y su público voraz que los sigue a todas partes. Porque repito: el país entero, en la abulia estival de un verano sin romances, divorcios ni suicidios, ahora clavaba los ojos en la ciudad de Santa María del Valle Menor, y desde allí nosotros, atontados por los ansiolíticos, diminutos y humanos, sin destino preciso, urgidos y mal pagos, con nuestros pequeños pesares siempre a cuestas, nosotros, nada menos que nosotros, le contaríamos al resto del mundo la verdadera verdad de lo que pasaba en un lugar que ni siquiera conocíamos.
Así salieron las cosas.

Periodista premiado

Ganador del Concurso Extremo Negro 2015 por la novela Mato y olvido, Daniel Ares nació en Buenos Aires, en 1956. Escritor y periodista, inició su carrera en los medios en 1980, pasando por las editoriales Atlántida, Perfil, Editores Asociados, Abril, AGEA y otros. Además fue corresponsal en Brasil del semanario del Grupo Veintitrés Miradas al Sur. Lleva publicadas las novelas La curva de la risa (De la Flor, 1992); Banderas en los balcones (De la Flor, 1998); Popper, la Patagonia del oro (Alfaguara), novela traducida al alemán y al griego; Josefina, atrapada por la pasión (Nowtilus, Madrid, 2006) y El asesino entre el centeno (La Ínsula, Barcelona, 2007).

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